viernes, 3 de julio de 2009

INEVITABLEMENTE EL HOMBRE ES RELIGIOSO

La muerte carece de expertos que absuelvan el menor interrogante. Sin embargo cuando por curiosidad hizo José el intento de buscarlos, miles de páginas de embaucadores aparecieron en los motores de búsqueda de la internet.
Para él la empresa era una pesquisa sin respuesta, especulativa sin remedio y presa de la vacilación de siempre: el premio o el castigo, la reencarnación, la eternidad... la nada. Se preguntó sin ánimo de responderse: «¿Quién conoce el verdadero mundo que se alberga al otro lado del cadáver?». Era obvio que sólo «viviendo» la muerte se podía despejar la incertidumbre.
Sus cavilaciones lo condujeron por reflexiones religiosas que al cabo de mucho tiempo no le aportaron nada. «En materia de fe la racionalidad no cabe –y era con razones que buscaba alimentar su entendimiento–. [...] Más allá de la existencia de Dios, todo es indecisión, hipótesis, deseo. [...] El hombre se vuelve más religioso en los momentos críticos, transa con la divinidad sacando beneficios». Recapacitó en ello y negó que tal fuera su caso. No se acercaba a Dios abjurando del pasado, ni presintiendo que el piso firme de sus creencias se volvería inestable. Le pareció grotesco retractarse en el último momento, y por puro sobresalto, de cuanto había hecho enteramente convencido.
Explorando el más allá, inasequible, José terminó inmerso en cuestiones religiosas desconectadas por completo del porvenir y de la muerte. Asuntos que tenían que ver con la historia de sus críticas y sus creencias.
No habiendo dado nunca claras muestras de fervor, el juicio a sus escritos lo ubicaba como agnóstico, libre pensador o ateo. Su propia mujer lo había presentado ante el párroco como un blasfemo. Pero a la hora de la verdad José sí era cristiano. Se había formado en colegios religiosos; había experimentado el contagio de un pasajero brote nihilista juvenil de corto vuelo, frenado por el rigor de su personalidad; más formado, había entrado en un período de impetuosa actividad crítica; y finalmente sus juicios se habían decantado con las reflexiones de la madurez. Ahora releía sus artículos de antaño y encontraba algunos un poco irreverentes. Tal vez el trato con Javier lo había moderado en las opiniones religiosas, acaso el tema se había vuelto frívolo y ya no merecía ardorosas discusiones. Tampoco descartaba que el sosiego de su enfermedad le hubiera arrebatado sus arranques críticos.
Cuando revisaba los artículos se sorprendía de la cantidad de temas que habían sido blanco de su pluma. En uno, por ejemplo, se refería a las imágenes, y manifestaba extrañeza de que los católicos abusaran de la de Jesús martirizado; que reverenciaran y oraran a los clavos, a la cruz y a las espinas que habían sido el tormento de un hombre compasivo. Aceptaba que la cruz fuera símbolo del cristianismo, pero le costaba entender que se veneraran objetos que fueron la fuente del martirio. «¿Quién pondría en un altar el arma que segó una vida para rendir homenaje al inmolado? ¿Quién exhibiría feliz la foto del cadáver de su ser querido? ¿Quién la imagen de un ser amado en pleno sufrimiento? ¿Por qué en cambio de Jesús crucificado, no impone la Iglesia la imagen de Jesús resucitado?». En fin, eran asuntos de fe que a nadie lastimaban. En cambio pensaba en las cruzadas y en las guerras santas, esas, decía, sí merecían una opinión más contundente. Opinión que estaba consignada en uno de sus libros: «No se cuántos crímenes se hayan cometido en nombre de la razón, pero en nombre de la fe se han cometido infinidades. En nombre de la fe nuestra propia Iglesia asesinó; y en nombre de su credo los fundamentalistas musulmanes matan».
Pero su papel de crítico estaba muy lejos de mostrar sus emociones. Tras de esa imagen de enjuiciador imperturbable se escondía un hombre reverente, de pronto fervoroso. Pero tan reservado en asuntos de fe, que no la compartía ni siquiera con su amigo el sacerdote. A él, como a todo el mundo, apenas le constaban los juicios de racionalidad que hacía de las creencias. Nadie lo hubiera imaginando dialogando con Dios, tanto que algún día Javier tuvo la impresión de que José no se sabía ni el Padrenuestro.
–Es que no te vi gesticular palabra –dijo Javier al término de una eucaristía.
–Porque son intimas las manifestaciones de mi religiosidad. Exteriorizarlas es presumir de bueno.
–Mientras no sea que te avergüenzas...
–Para que sepas, conozco esa oración mejor que los que la recitan a diario sin tener conciencia de lo que están diciendo. Lo más importante es que con ella nos comprometemos a perdonar para que nos perdonen. Más que para adular, como lo hacen la mayoría de las plegarias, el Padrenuestro es para hacer con Dios un razonable acuerdo. Es una oración de la mejor factura, una plegaria enseñada por el mismo Jesucristo.
Javier se sorprendió. «Ha de pensar que no todo está perdido», especuló José, mientras intentaba descifrar la expresión del sacerdote. Y para que no quedara duda de su ilustración, apuntaló su comentario sobre el Padrenuestro con el conocimiento de otras enseñanzas:
–Los católicos son más dados a rezar que a practicar, a recriminar a los demás, que a examinarse interiormente. Olvidan cuando censuran, que la viga más que en ojo ajeno está en el propio. Lanzan la piedra sin estar libres de culpa, prefieren que el pecador muera, más que se arrepienta y viva. Si todos entendiéramos lo que es poner la otra mejilla, jamás habría violencia.
–Estás salvado –dijo Javier– si has hecho tuyas tantas enseñanzas.
Y José le dijo para recalcarle que no se estaba subordinando a sus exhortaciones:
–El discurso de Jesús alienta por igual al creyente dogmático que al revolucionario. Por igual anima a quienes luchan por la justicia en la Tierra, que a quienes convocan las almas para el Cielo.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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domingo, 21 de junio de 2009

CARTA XLI: TU VOZ

Septiembre 10

Mi Copito:

Amo el tono de tu voz que no arrasa los silencios, la expresión suave de tu espíritu tranquilo y sin rencores.

Adoro la mansa cascada de tus palabras que me sumerge en un mundo de terciopelo cuando mi naturaleza es apacible y me vuelve dócil cuando brota mi temperamento tempestuoso.

En mis noches, selladas con tu llamada cotidiana, las frases amorosas creadas con la sedosa entonación de tus palabras, se convierten en el grato susurro que me va dejando adormecido. Pero también tu acento sutil es la transición exquisita que me transporta de los sueños a la hermosa realidad del día.


Luis María Murillo Sarmiento ("Cartas a una amante")

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viernes, 12 de junio de 2009

EN LAS ALTURAS

Fascinante dominio de las nubes,
que gráciles desnudan su etéreas formas,
de raudos tapices de esencia gaseosa
-ilusión de las mágicas alfombras del oriente-;
de mullidas colchas de blanco vaporoso,
 
níveos copos, algodonosos, densos.

Opacos filtros que refunden
los rayos luminosos:
atenuada e imprecisa incandescencia,
ansiada estrella en los confines
de los velos nubelosos que la encubren.

Caudalosos ríos convertidos en hilillos,
geométricas manchas vegetales,
verdes tintes de esperanza,
desérticos retazos amarillos,
extensas heridas de tierra erosionada,
tortuosos caminos que se pierden
hilvanando un paisaje terrenal en miniatura,

Relieves profundos que la lejanía confunde
en un extenso manto sin altura,
cimas majestuosas
que se besan con las nubes,
argénticos penachos congelados,
eterno azul,
sensación frenética inefable
que domina el orbe en las alturas.



LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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viernes, 5 de junio de 2009

LA INMUNIDAD: ANTITOXINAS, FAGOCITOS Y ANTICUERPOS

Emil von Behring (1854-1917), médico militar y profesor de higiene, puso al descubierto las antitoxinas con que el organismo inactiva los productos tóxicos de las bacterias.

Comenzó por observar que los filtrados sin bacilos diftéricos provocaban los síntomas de la enfermedad. En los estudios para determinar la dosis letal de estos filtrados en animales de experimentación, encontró en una toxina la explicación al fenómeno y observó además que los animales terminaban por hacerse inmunes.

Procurando descubrir las sustancias protectoras, utilizó suero de animales resistentes en cobayos previamente inyectados con toxina. Los cobayos sobrevivieron. También sobrevivieron aquéllos sometidos a toxinas tratadas con suero de animal inmune. No solamente los animales diftéricos formaban antitoxinas, sino aquéllos sometidos a la acción de la toxina y no de la bacteria. En un nuevo experimento, inyectó Behring la antitoxina al hombre y demostró que prevenía la enfermedad o la curaba cuando ya se había iniciado. Daban inicio estos hallazgos al uso de los antisueros y a la inmunización pasiva o artificial, en las que el organismo no fabrica, sino que recibe del exterior las sustancias protectoras, y cuya primera aplicación fueron los sueros antitetánicos de Behring y Kitasato, y el antidiftérico de Behring y Wernicke. Este último fue puesto en conocimiento del mundo científico en 1892. La inmunización activa con vacunas se había iniciado desde finales del siglo XVIII, con las inoculaciones de Jenner contra la viruela.

En 1890 Behring y Kitasato, discípulos de Koch, descubrieron el suero antitetánico al observar que dosis no letales de toxina tetánica conferían a los organismos inoculados la posibilidad de prevenir la enfermedad. Tres años más tarde Pfeiffer pudo confirmar esos hallazgos en la bacteriolisis del vibrión colérico en el peritoneo de conejos inoculados con cultivos muertos, y en la supervivencia de animales expuestos a bacilos del cólera y tratados con suero inmune; suero que perdía esa cualidad al calentarse, como lo experimentó Jules Bordet, cuyos trabajos en 1895 dieron cuenta de las características del suero de los animales inmunizados, como aglutinación y hemólisis.

Gracias al descubrimiento de Behring 78% de los enfermos de difteria del hospital de Trieste pudieron sobrevivir a la epidemia. La mortalidad fue en cambio del 50% cuando el suero se terminó. Nadie dudó entonces de contribución tan importante. Por él recibiría el Premio Nobel en 1901. El escéptico Virhow terminaría por escribir: “Todas las observaciones teóricas deben retroceder ante la elocuencia abrumadora de los números, que no admiten contradicción”.

Para 1925 la mortalidad de la enfermedad había disminuido en un 90%. La otra antitoxina, la antitetánica sería de uso obligado en la II Guerra Mundial. También se dispuso para entonces, como profilaxis de la difteria y el tétanos, de las anatoxinas, en las que los microorganismos fueron reemplazados por exotoxinas tratadas con calor y formol.

Emil Roux, Alexandre Yersin, Friedrich Löffler y Kund Faber habían descubierto que la acción patógena de los microbios estaba mediada en buena forma por toxinas. Desde final del siglo XIX gracias a estos trabajos se tuvo conocimiento de las exotoxinas. En 1933 las investigaciones de Boivin y Mesrobeanu llevaron a la identificación de las endotoxinas.

En 1880 se había observado que la mezcla del agente patógeno con sangre del huésped inmune constituía grumos de microorganismos aglutinados, que eran así más fácilmente atacados por los leucocitos. Las sustancias del cuerpo responsables de estos efectos se denominaron anticuerpos, las inductoras del fenómeno inmunitario, antígenos. Con los años se demostró que la producción de anticuerpos se conseguía no sólo con bacterias y virus completos, sino con fracciones suyas y aún con sólo alguna de sus proteínas.

El descubrimiento de los anticuerpos llevó al desarrollo de antisueros y al empleo de gamaglobulinas, tras los estudios de Landsteiner, Marrack, Heildelberg y Kendall sobre la reacción antígeno anticuerpo. Los experimentos de Landsteiner demostraron la especificidad de la reacción antígeno-anticuerpo. Habiendo inducido la producción de un anticuerpo contra un antígeno proteico, modificó Landsteiner el antígeno hasta determinar los cambios que impedían su reconocimiento. Estos resultaron mínimos.
El concepto de inmunidad se desarrolló en la primera década del siglo XX con el descubrimiento en París de la fagocitosis por el ruso de origen judío Elie Metschnikoff sobre la fagocitosis, fuente de la inmunidad celular; con las teorías de Paul Ehrlich sobre la formación de anticuerpos y la sospecha de receptores para ellos en las células, y con los trabajos de Pfeifer y Bordet.

La inmunología, ligada en sus comienzos a la bacteriología, adquiría con todo este desarrollo estatus de disciplina independiente

En 1924 el alemán Aschoff propuso la designación como sistema retículo endotelial, al conjunto de células conjuntivas con acción fagocítica. En él se involucraban los dos tipos de fagocitos descritos por Metschnikoff, los macrófagos y los micrófagos.

Al sistema de inmunidad celular de Metschnikoff se opuso la inmunidad humoral de Bordet, al final ambos sistemas demostrarían su existencia.

En un principio se postuló la producción de los anticuerpos y las antitoxinas en ganglios linfáticos, médula ósea, bazo y células del sistema retículo endotelial. Conociendo sus acciones mas no su naturaleza, riñeron entre sí dos teorías, la pluralista y la unitaria, que defendían la existencia de muchos o un único anticuerpo como responsable de las diferentes acciones.

Sobrevendría la invención de la electroforesis por Tiselius y Kabat en 1937 para demostrar en 1939 la presencia de los anticuerpos en la fracción gamma de las globulinas. Paulatinamente se fueron identificando los anticuerpos. Primero la Ig G, luego la M, en 1958 la A por Heremans, luego la D y finalmente la E por Rowe Ishizaka y Fahey; hasta llegar en la década de los sesenta del siglo pasado al conocimiento de la estructura molecular de ellas, trabajo de Porter y Edelman laureado con el premio Nobel de Medicina en 1972, veinte años después de que se utilizaran por primera vez las gamaglobulinas en una inmunodeficiencia.

El complemento intuido desde finales del siglo antepasado, fue descifrado como un sistema cuyos componentes se fueron conociendo con el transcurso del siglo XX. Los dos primeros los descubrió Ferrara comenzando esa centuria.


BIBLIOGRAFÍA
1. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966:127-130
2. Butler J. A. V. La vida de la célula. Barcelona: Editorial Labor S.A. 1965:122
3. Encyclopédie pur l’image, Pasteur. París: Librairie Hachette. 1950: 40, 41, 41 (ilustración)
4. Iribarren Manuel. Los grandes hombres ante la muerte. Barcelona: Montaner y Simón S.A. 1951: 323
5. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7, 139, 169, 170, 178, 179, 282
6. Metchnikoff Elias. Estudios sobre la naturaleza humana. Buenos Aires: Orientación Integral Humana. 1946: 227-228
7. Nordenskiöld Erik. Evolución histórica de las ciencias biológicas. Buenos Aires: Espasa – Calpe Argentina S.A. 1949:670-671
8. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI:7
9. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 3
10. Singer Charles. Historia de la biología. Buenos Aires: Espasa - Calpe Argentina S.A. 1947: 434-436
11. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 256, 257, 257 (ilustración)
12. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 190
13. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 47
14. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 154, 251-261, 313-321, 361

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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jueves, 28 de mayo de 2009

HOMBRE, ESENCIA MINÚSCULA Y GIGANTE

Lúcida arcilla, que encierras en tu entraña
esencia de deidad y de demonio,
naturaleza minúscula
en la inmensidad del orbe,
brizna al vaivén de la fortuna
-chispa a la vez dominadora-,
amo y señor,
depredador que guarda el universo.

Invención magnífica de Dios -talla de barro-,
perpetuo constructor de sueños e ilusiones,
genio, bohemio, artífice virtuoso,
ingenio innovador, que como un atlas,
carga el apogeo de la Tierra en sus espaldas.

Entendimiento escrutador de lo absoluto,
enredado en los enigmas de la vida.

Espíritu sensible al mimo y al halago,
alma atormentada y despiadada,
con entraña utilitaria o de quijote,
conciencia colmada de dilemas,
al arbitrio del bien, del mal y las pasiones.

Disciernes, odias, amas,
juzgas, perdonas y condenas,
aciertas, te equivocas, yerras.
Trascendente y frívolo,
ruin y generoso
discurres por la vida,
hilando el tramado de la historia,
colonizando el tiempo y el espacio,
cual heredero de Dios
que imagina a su ambición
la creación en su totalidad subordinada.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético")

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miércoles, 20 de mayo de 2009

LO QUE EL HOMBRE OCULTA

Hablando de la muerte terminé hablando de lo irremediable; y especulando sobre lo irremediable volví a ocuparme, cosa rara, de las relaciones de pareja. Advertí, para mostrar la conexión, que la relación entre el hombre y la mujer encierra verdades tan inexorables como el fin de la vida, a las que reaccionamos de la misma forma: creyendo que sólo aquejan a los demás y sorprendiéndonos cuando nos afectan.
Fernando y Nayibe, que eran los impresores de mis obras, me escuchaban. Nada era nuevo para ellos que vivían corrigiendo las artes de mis libros. Sin embargo muy pocas veces ponían en discusión su contenido. Su trabajo era ante todo técnico. Esta vez era una conversación de amigos. Fernando estuvo de acuerdo con la mayoría de mis razones. Yo afirmaba que el agotamiento del amor y la infidelidad son insalvables: «Están en nuestros genes. Ni los sermones del párroco, ni las prédicas moralistas prolongan el amor. ¡La infidelidad patente o latente, siempre está presente!». Fernando asintió, pero prefirió referirse a la infidelidad de pensamiento, sin descartar que algunos hombres definitivamente fueran fieles, creo que para no incitar las suspicacias de Nayibe.
–Muchos –dijo– proclaman su virtud, ¿cómo me atrevo yo a contradecirlos?
No me di sin embargo por vencido:
–La vida íntima, es íntima, Fernando. Tan secreta que sólo su dueño la conoce. Los hombres somos –no sabía hasta dónde era válido incluirme– farsantes expertos y consuetudinarios; magistrales cuando de cuestiones de moral se trata. Los hay capaces de desgarrar sus vestiduras en demostración de apego a costumbres que en realidad repudian. Hay que ver cuanto vende el mercado del sexo por ejemplo. Entre sus compradores están los mismos que en publico se ofenden con la imagen pornográfica que hambrientos en su intimidad devoran.
–A toda la humanidad cierta obscenidad le agrada –opinó Nayibe–, y es normal que sienta el pudor de confesarlo. Son deleites que no tienen que manifestarse en público.
–Que lo gocen en privado es lo mandado. Al fin y al cabo son placeres para disfrutar a solas. En público cohíben y avergüenzan. Tan odioso es en estos casos el cinismo como la afectación. Es la naturalidad lo más honesto. Yo no censuro lo que es un gozo universal, lo que critico es la doble moral de reprobar y disfrutar al mismo tiempo.
–Lo mismo se puede decir de los infieles –anotó Nayibe.
–Pero sin pretender defenderlos –arguyó Fernando–, ¿un infiel que otro camino tiene? Justificar la infidelidad es tanto como reconocer que se tienen amores clandestinos. El primer mandamiento del infiel es negar hasta la muerte.
–Negar hasta cuando los cogen in fraganti: «no es lo que parece mi amor», «no es lo que te imaginas» –dijo Nayibe en tono de reproche.
Entonces Fernando decidió poner a salvo su inocencia, y cuando concluyó con «nada tengo que ocultar», yo dije que tampoco, pero no con intención de negar, sino por el contrario, de proclamar mis infidelidades para dar prueba de mi transparencia. Y nada tengo que ocultar, porque ya son hechos confesados. Me doy cuenta sin embargo de que esa actitud corre el riesgo de ser tildada de cinismo, y en ese momento aunque no esperaba reproches por hechos del pasado, preferí no correr riesgos y planteé otro tema, el de la infidelidad en las mujeres, para poner a Nayibe en el banquillo.
–Es mucho menos notoria que la masculina –adujo– y si va en aumento es porque ustedes son nuestros maestros.
Me pareció ingeniosa su respuesta.
–Doy por cierto que progresa –dije–, pero no sé si nuestro ejemplo sea determinante. Un vestigio de nuestra evolución nos hizo infieles.
–No te tomes, José, el tiempo de explicarlo, que a punta de corregir las pruebas de tus obras casi puedo recitar de memoria tus razones.
Entonces parafraseando recordó que el hombre primitivo teniendo la responsabilidad noble y difícil de poblar la Tierra, debió hacer suya a cuanta hembra pasara por su lado. «Y les quedó gustando –anotó Nayibe de su propia iniciativa–. El resto es el cuento de las hormona masculinas que alebrestan a la mujer que se las toma».
–¿Sabes lo que me llama la atención, Nayibe? Que el hombre siempre ha sido infiel, pero la mujer, sólo hasta ahora lo declara y lo reclama. Yo me pregunto: ¿Si siempre los hombres hemos sido infieles, con quien entonces hemos practicado el adulterio?
–Con la misma mujer es imposible –dando pistas, respondió Fernando.
–Conclusión amigos míos, que muchas más mujeres que las que imaginábamos son las coautoras de nuestros resbalones. De pronto son más infieles que nosotros, pero más prudentes.
–De eso pueden estar seguros. Una mujer infiel no cae tan fácilmente –aseguró Nayibe.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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miércoles, 13 de mayo de 2009

MEDICINA, ¿APOSTOLADO O SACRIFICIO? *

Equivocamos, tal vez, la elección de nuestra profesión, quienes atados a la vocación por un apostolado elegimos la medicina como fuente de un sustento digno. Y habrán de entender las generaciones venideras, que sólo patrocinadas por actividades ajenas a la medicina, podrán dedicar su tiempo al ejercicio de su oficio humanitario.

Descontando los pocos médicos que holgadamente pueden vivir de su trabajo, porque sabiamente han conseguido esquivar el vínculo con las instituciones públicas, muchos son los que en instituciones del Estado (las que reflejan el verdadero estado de la medicina colombiana), cumplen una labor abnegada, sacrificando las comodidades que otro oficio menos exigente pudiera prodigarles; abocados a sueldos de miseria, ni siquiera equiparables al de una secretaria ejecutiva; a jornadas extenuantes, a riesgos médico-legales propiciados por una asistencia mal planeada, en la que es esquivo el presupuesto; a normas del estado que limitan su trabajo, a la desprotección contra los riesgos ocupacionales y cuando no, sometidos a la explotación de cuanto comerciante adivina en los servicios de salud la posibilidad de lucro. Y hasta huérfanos del trato humanitario que su vocación, en cambio, les obliga a prodigar a sus pacientes.

El médico, receptor otrora de las más altas distinciones y consideraciones, hoy debe ver con angustiosa nostalgia, que al ejercicio de su noble apostolado se opone la triste realidad de una profesión llena de riesgos y de responsabilidades como ninguna otra, y sin la recompensa siquiera de una vida digna.

Despreciado por gobiernos anteriores, el médico como supremo conocedor y orientador de las políticas de salud, hoy por fortuna advierte el acertado nombramiento del reconocido intensivista Alonso Gómez Duque como Ministro de Salud, designación que llena de agrado y esperanza a sus colegas, al intuir en su designación el renacer de una ilusión que devuelva a la salud y al médico la importancia que ha de tener en toda comunidad sensata.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* En el periódico colombiano El Espectador fue publicada esta epístola, el 14 de octubre de 1994 (pág. 4A). Varios ministros han pasado desde entonces por esa cartera, que terminó por fusionarse con la de Trabajo en el ministerio de Protección Social. Creo que ya no se añora la medicina de antaño, no porque haya retomado sus viejos ideales, sino porque paulatinamente van desapareciendo quienes la practicaron. Las nuevas generaciones de médicos no pueden extrañar lo que nunca conocieron. Hoy las leyes del mercado dirigen la salud; por eso nos corrigen cuando hablamos de pacientes: la designación correcta es la de clientes.

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martes, 5 de mayo de 2009

CARTA XL: TU PIEL

Septiembre 7

Mi amor:

Que sensación más tierna la de tu piel, hermoso regalo de tu ser a mis sentidos.

No parece haber conocido tu piel el rayo abrasador del mediodía que eclipsa la belleza, marchitando los años juveniles. Tal vez la han cultivado los delicados destellos de la luna, tal vez en ella tu corazón ha prolongado la ternura y la bondad con que palpita.

Transpira tanto amor tu piel como tu alma, y como ésta, aquélla es generosa. De dolor sabe y de amargura y a cambio, sin embargo, entrega una plácida caricia. Adulta es por sus años, ingenua e infantil por su tersura.

Por tu piel sé que eres dulce, por tu piel que eres buena, por tu piel que eres pura. Me enamoró tu piel y mis manos jamás renunciarán a ese angelical contacto.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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jueves, 23 de abril de 2009

A LA SOMBRA DEL ARBOL DE LA ESTANCIA

Tiene el árbol que me da su sombra
un tronco recio
de jibas pronunciadas,
y largos brazos
que ávidos de luz
escalan las alturas;
y una silueta de copa redondeada,
y un cuerpo frondoso
que delata en su tímida cadencia
el soplo de un viento imperceptible.

Entre el verde tamiz de su enramada
asoma el tono azul vivificante,
la inmensidad azul
de un cielo despejado.

Jirones de luz filtra el sol
en el trémulo ramaje,
luminosas briznas que salpican
la verde alfombra
de frescos pastos
que invitan al reposo,
rayos cálidos, atenuados
a la sombra de un pródigo follaje.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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sábado, 11 de abril de 2009

LA PENICILINA

Pocos agentes efectivos contra las enfermedades infecciosas existieron hasta el hallazgo de la penicilina. Tal vez sólo deban destacarse la quina, importada del Nuevo Mundo, efectiva contra la malaria y la emetina usada en el tratamiento de la amebiasis desde 1912.

Del efecto inhibidor del crecimiento bacteriano por gérmenes del suelo ya había conocimiento en época de Pasteur. El científico francés había descrito en 1877 la destrucción del Bacillus anthracis cuando el cultivo era contaminado por microorganismos del aire, y había informado la resistencia al carbunco de los animales inoculados con el bacilo e inyectados con gérmenes comunes. Así escribió: “Estos hechos autorizan a concebir acaso las más grandes esperanzas desde el punto de vista terapéutico”. Pero fue sólo la preocupación de Alexander Fleming por el fenómeno la que permitió su aprovechamiento. Trabajando en el laboratorio bacteriológico del Saint Mary´s Hospital de Londres, descubrió Fleming en 1928 que un cultivo bacteriano de estafilococo, contaminado por un hongo vulgar y abundante -al olvidar tapar la caja del cultivo-, comenzaba a disolverse en la vecindad del moho. Su interés por el hongo lo llevó a aislarlo. Los micólogos concluyeron que el moho era el Penicilliun notatum, y a la sustancia por él producida le dio Fleming el nombre de Penicilina.

Sería catalogado mucho después, en 1942, como antibiótico, cuando el profesor Selman Waskman, profesor de bacteriología en los Estados Unidos, introdujo tal denominación para las sustancias producidas por microorganismos con capacidad de inhibir el crecimiento de los microbios, acaso en recuerdo del término antibiosis de Vuillemin, quien lo propuso en 1899 para designar la inhibición del bacilo del carbunco por los gérmenes contaminantes.

El trabajo de Fleming fue por mucho tiempo solitario. Aislar el moho no fue fácil, más cuando había poco interés por él. Sin embargo los resultados clínicos con la sulfamida, presentados en 1935, despertaron el interés por los antibacterianos y con él, por el descubrimiento de Fleming. Pronto el Penicillium fue desarrollado en medios sintéticos. Se iniciaba así la era de los antibióticos.

Habiendo participado como médico en la gran guerra del catorce, Fleming conocía muy bien la infección de las heridas y ante todo el cuadro mortal de la gangrena gaseosa, en cuya prevención poco papel jugaban los antisépticos. Su ilusión era encontrar una sustancia que destruyese en la sangre las bacterias. Antisépticos como el mercurocromo no admitían la administración sistémica. La penicilina en cambio, aún a grandes dosis resultaba inocua.

La mortalidad por heridas ascendió en la I Guerra Mundial al 85%, infecciones como la gangrena gaseosa y el tétanos fueron las grandes responsables. La vuelta a las técnicas de Lister, el debridamiento de las heridas y otras medidas procuraron y consiguieron en parte el control de la sepsis. Faltaba aún la aplicación del gran descubrimiento de Fleming. Pero su utilización se retrasó doce años. Primero debía purificarse y concentrase.
Patrocinados por la Fundación Rockefeller, Fleming, Florey y Chain emprendieron los estudios sobre el antibiótico en 1939. Sir Howard Walter Florey profesor de patología en Oxford retomó el descubrimiento de Fleming, animado por el deseo de obtener un antibiótico eficaz para aplicación clínica. El bioquímico Erns Boris Chain, judío alemán exiliado en Inglaterra por la persecución nazi, se unió al esfuerzo. Así se obtuvo un extracto purificado de Penicilina. La primera inyección realizada por Barnes con 30 mg resultó atóxica al ratón. Finalmente el 25 de mayo de 1940 se probó en tres ratones con estafilococo, estreptococo y Clostridium septicum respectivamente. Todos los animales sobrevivieron.

El 12 de febrero de 1941 la penicilina se aplicó por primera vez a un enfermo, pero el medicamento milagroso con que se intentó salvar la vida de un policía londinense afectado por la sepsis, se agotó a los cinco días de tratamiento, cuando el paciente ya mostraba franca mejoría. La recaída y la muerte ensombrecieron este primer intento. Pero el éxito coronó el segundo ensayo, cuando un joven de 15 años fue salvado de una mortal infección estreptocóccica con que se complicó la herida de su muslo lesionado.

Absorbida por la guerra, no fue la patria de Fleming la que inició la producción de las enormes cantidades de antibiótico que la humanidad requería, sino Estados Unidos, nación aún en paz, que unió el apoyo gubernamental al de los grandes laboratorios farmacéuticos de la nación, Merck, Pfizer y Squibb, para producir el moho, en gigantes e innovadores tanques, en ingentes cantidades. Terminada la II Guerra Mundial salieron incalculables dosis de antibiótico de las fábricas de las dos naciones aliadas a los campos de batalla. En 1957 tras el descubrimiento de la estructura molecular por Dorothy Crowfoot Hodking, John C. Sheehan y K. R. Henery-Logan del IMT consiguieron sintetizar la penicilina.

Como pocas veces, el mundo rápidamente reconoció a Fleming todos sus méritos. Jorge VI en 1944 lo armó caballero y el Premio Nobel en 1945 llegó a sus manos, en honor compartido con Florey y Chain.

La exitosa utilización del medicamento, se encontró sin embargo con la resistencia bacteriana, aún con la de los mismos estafilococos que un día contribuyeron a su descubrimiento. En 1944 se reportó el primer caso de estafilococo productor de penicilinasa, y en 1948 65 a 85% de los estafilococos aureus hospitalarios eran resistentes a la penicilina.

Inefectiva resultó la penicilina contra la fiebre tifoidea, pero lo fue en cambio el cloramfenicol, no lo fue tampoco contra la tuberculosis, pero apareció la estreptomicina. Y la molécula fundamental ante el fenómeno de la resistencia, dio muy cerca de nuestros días origen a penicilinas semisintéticas y penicilinasa resistentes, que por primera vez aparecieron en 1960.


BIBLIOGRAFÍA
1. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966:174-177
2. Ballester Escalas Rafael. Los forjadores del siglo XX. Barcelona: Gassó Hermanos Editores. 1964: 376, 377
3. Burger Alfred. Química médica. Madrid: Ediciones Aguilar. 1955: 954
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5. Butler J. A. V. La vida de la célula. Barcelona: Editorial Labor S.A. 1965:115
6. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 536-539, 537 (ilustración)
7. Grant Madeleine. El mundo maravilloso de los microbios. Barcelona: Editorial Ramón Sopena S.A. 1960:124-134
8. Jaffe Bernard. La química crea un mundo nuevo. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1964: 81-86
9. Jawetz Ernest, Manual de microbiología. México: Manual Moderno, 1975: 123-128
10. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7, 173, 236, 238, 330
11. Murray B. E. Problems and mechanisms of antimicrobial resistance. Infectious disease clinics of North America 1989; 3:423-24
12. Nisenson Samuel, Cane Philip. Gigantes de la ciencia. Buenos Aires: Plaza & Janés S.A. 1964:251-257
13. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 4
14. Pujol Carlos. Forjadores del mundo contemporáneo. Barcelona: Editorial Planeta. 1979: Tomo 6, 339, 340, 345, 348-350
15. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 70, 72, 73
16. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 342-346


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes, 3 de abril de 2009

LOS PRODIGIOS DEL POEMA

Con una pluma por pincel
puede hacerse el cuadro más hermoso:
un paisaje a punta de vocablos,
un bodegón...
un fresco…
una obra maestra,
si se quiere.

Mezclando en la paleta palabras y colores,
proclama el bardo la emoción del lienzo.

Sin laúd ni clavicordio,
sin flauta, sin cítara y sin lira,
el verbo agita la cadencia
que le da musicalidad a las palabras:
brota un concierto con la armonía del verso.

Componiendo acordes con sílabas y frases,
puede el bardo musicalizar con los sintagmas.

El alma es muda por más que sufra,
por más que se estremezca;
por más amor que sienta,
por más odio que albergue.
Muda si los demás no pueden escucharla,
muda si no puede expresar sus sentimientos.

Trenzando afectos y palabras en el verso,
sublima el bardo la emoción humana.

Soy poeta,
y cantaré al amor y al sufrimiento
de la forma más elocuente y más sentida.
Construiré sueños,
tejeré ilusiones con mi verbo,
conmoveré la entraña pétrea,
aliviaré a los seres sin consuelo,
y encontraré en el verso
el camino perfecto para llegar al alma.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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viernes, 27 de marzo de 2009

PENSAR EN LA MUERTE ES SALUDABLE

Había amigos de José para los que era un suplicio departir con él a sabiendas de que estaba moribundo. Se preguntaban qué decirle; vacilaban entre hablarle con naturalidad, excluyendo el tema de la muerte, y referirse a ella invocando esperanzas ilusorias. Alguno pensó que era mejor hablar de la enfermedad en forma descarnada. Muchos optaron por una solución pragmática: no volvieron jamás a visitarlo. Otros, como Andrés, lo sorprendieron con su ingenio.
José abrió el paquete que el amigo enviaba y extrajo un libro con título diciente: «Sobre la muerte y los moribundos». En la contraportada una foto, la doctora Kübler-Ross, su autora, profesora de psiquiatría en Chicago. Ojeó sus páginas. En grandes caracteres una dedicatoria corta: «José, un libro dice más que mil palabras. Te recuerdo a diario, pero no tengo el valor de visitarte». Con ese título hubiera sido un regalo escalofriante, pero a esas alturas a José le resultaba más extraña la vida que la muerte. Revisó los capítulos: «Sobre el miedo a la muerte», «Actitudes con respecto a la muerte y al moribundo», una frase célebre: «Los hombres son crueles, pero el hombre es bondadoso», de Tagore. Se identificó con ella. Se adentró en más capítulos y terminó leyéndolos. Encontró las reacciones psicológicas del enfermo terminal agrupadas en sus fases: primero la negación y el aislamiento, luego la rebeldía y la ira, después la negociación o el pacto, más adelante la depresión, hasta aceptar por último la condición de moribundo. Todo estaba descrito meticulosamente. A José le constaba, no tanto por él, como por otros desahuciados. Confrontó su experiencia con el libro: «No rechacé el dictamen porque desde mi juventud estaba preparado. Nunca luché contra lo inevitable, aunque reconozco cierta irritabilidad en la segunda fase. No regateé con Dios, ni hice ofrecimientos a cambio de mi vida. Cierta depresión fue irremediable. Y nunca llegó la pérdida de todo el interés, y al abandono». Luego leyó: «Si el enfermo tiene tiempo suficiente, llegará a una etapa de tranquilidad, en continuo descanso, como si se preparase para un largo viaje». Era cierto, no le dolía la muerte, la imaginaba como un sueño profundo, reparador y plácido; y lo mejor de todo, para siempre. Se sentía tranquilo, más que los visitantes, que convencidos del frágil estado emocional del moribundo temían que cualquier palabra lo sumiera en la tristeza. Pensó que su placidez no era gratuita, sino el producto de una vida entrenándose para enfrentar la muerte. Claro que el duelo había existido, años atrás, cuando con la energía de la juventud se había rebelado contra la burla que convertiría en cenizas sus esfuerzos, toda sus conquistas y un millón de sueños. Sí, era la depresión y la rebeldía que mencionaba la doctora Kübler-Ross, pero experimentada sin necesidad, cuando gozaba de vida saludable. Una insensatez, le dijeron quienes conocieron su secreto: «Uno no se atormenta con la muerte sin tocarle». No comprendían que su revuelo no brotaba del pavor, sino del absurdo desenlace de la vida; del contraste entre las rigurosos exigencias de la supervivencia –y los frutos admirables del esfuerzo– y el miserable epílogo de la existencia.
Pero esas profundas y largas reflexiones no sólo lo llevaron a encontrarle a la extinción sentido, sino a percibir la muerte sin temor. A aceptarla como algo natural. Cuando el momento supremo pareció inminente, lo pudo vivir sin sobresalto. Mucha ventaja le llevaba José a la mayoría de los mortales. Testigo del pánico de enfermos afligidos por las fatalidad de su padecimiento, creyó un deber comunicarles el secreto de la buena muerte. Imaginó un libro confiando su receta; al menos unas columnas sobre las bondades de la preparación anticipada, pero no lo hizo. Entre su rutina y sus dolencias sus intenciones se fueron disipando.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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miércoles, 18 de marzo de 2009

HACIA LA RECTIFICACIÓN DE LAS POLÍTICAS EN SALUD *

Tanto preocupa la situación de la salud y de los médicos en Colombia, que muchos comenzamos a pensar si abstraídos por el quehacer científico de nuestra profesión no estamos siendo negligentes con otras responsabilidades de las que nos hemos dejado despojar, poseídos por la apatía que produce la actividad política y el ejercicio del poder, únicos medios en Colombia para influir en la vida de la nación.

Las siguientes líneas son reflexiones que por estos días obsesionan a los profesionales de la salud ante medidas que sin suficiente análisis se tomaron en el gobierno anterior.

No debió imaginar en sus postrimerías la administración Gaviria, que al reglamentar mediante el decreto 973 del 13 de mayo de 1994 la ley 100 en lo atinente a las incompatibilidades e inhabilidades del personal de la salud, iba a generar una crisis como la que ya comienzan a sentir en todo el país las instituciones hospitalarias.

Sin proponérselo, y sólo por desconocimiento del sector, la norma que prohíbe al médico trabajar más de 8 horas con el estado, so pena de destitución y multa de hasta 200 salarios mínimos, está propiciando la renuncia masiva de los médicos. No debe por tanto interpretarlo la opinión pública como el motín concertado por un gremio que por cierto nunca ha sido unido, sino tan sólo como el fiel acatamiento de una ley paradójicamente anarquizante.

Poco dado el médico por razones éticas incuestionables a movimientos por reivindicaciones salariales tan acostumbrados en otras profesiones, imperceptiblemente se fue acostumbrando a exceder su ritmo de trabajo para conseguir con dos sueldos y con extenuantes jornadas dominicales o nocturnas un sustento digno, inferior sin embargo al de una buena secretaria ejecutiva.

Dispuestos a acatar la norma los profesionales de la medicina han comenzado por renunciar al puesto menos favorable; y a solicitar, asediados por sus obligaciones, una retribución justa para sus únicas ocho horas de trabajo. Y más que la crisis individual del médico, cabeza de familia, comienza a sentirse la crisis de las instituciones hospitalarias que con presupuestos miserables no encuentran personal de salud que puedan contratar, no sólo por sus bajos sueldos, sino porque en su mayoría, las condiciones de trabajo son agotadoras, y la falta de elementos o la tecnología precaria causa pánico a quienes saben la responsabilidad con que deben brindar la asistencia a los enfermos.

Quienes vimos con preocupación las decisiones tomadas desde un ministerio de salud ajeno al quehacer cotidiano de nuestra medicina, advertimos las consecuencias que esta particular medida habría de propiciar. Hoy cuando los hechos confirman los temores, alcanzamos también a intuir que de este trance que no previó el gobierno, podrán surgir las medidas que enderecen la sanidad de la nación, si en verdad se quiere resolver la situación de una manera responsable.

El manejo de la salud pública dejó de ser problema de los médicos desde que se alejó a sus más sabios conocedores de la formulación de sus políticas, desde que se proscribió al médico de la cartera de salud, hoy por fín en mejores manos. Dejó de ser hasta de los directores de hospitales y secretarios de salud, en actitud siempre mendicante, en pos de presupuestos que siempre han sido esquivos. La crisis de nuestro sistema de salud, crisis primordial de presupuesto, exige la acción inmediata de nuestro presidente y del Ministerio de Hacienda. Es hora de que la nación entera sepa si ese ministerio está dispuesto a responder por la salud de tantos colombianos.

Leyes y decretos deben propiciar una medicina racional y responsable. Es definitivamente sano que el médico no abuse de su jornada laboral, que justamente remunerado no tenga que exceder su capacidad física en la consecución de su sustento, que sus pacientes no tengan que padecer las consecuencias, ni los errores involuntarios de su agotamiento, que disponga de tiempo para cumplir sus obligaciones familiares. Es saludable que las instituciones de salud dejen de ser entes deshumanizados que manejan cifras, ufanándose más de las estadísticas que de la calidad en la atención de los pacientes. Es provechoso que a la masificación de la asistencia la substituya la personalización de la atención, que el enfermo deje de ser un número de historia, un desconocido con una dolencia física para quien la institución programa diez o quince minutos con su médico y vuelva a recibir de quien lo atiende el tiempo, la dedicación y la simpatía de quien también puede velar por la salud del alma. Es bueno que el estado se asesore de quienes a diario palpamos la realidad de la salud, es bueno que comprenda que la asistencia, con excepciones, no es buena ni responsable, y está mal planificada, porque con frecuencia se desborda la capacidad de sus hospitales, porque los recursos son escasos, porque el personal médico es insuficiente. Es bueno que el médico vuelva a reencontrarse con el amor a su profesión y no tenga que alejarse a otras actividades en busca de un sustento digno. Es importante que del trabajo del médico sólo se beneficien él y su paciente y no intermediarios con ánimo de lucro.

No hace falta voluntad a quienes aferrados a nuestro apostolado estamos dispuestos a colaborarle a un gobierno que ha manifestado su sensibilidad por lo social. Dispongámonos entonces a buscar conjuntamente una solución definitiva al sector de la salud en esta crisis. Comencemos en este país violento por rescatar la vida, prodigándoles a los colombianos la atención integral y responsable que la constitución les garantiza.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* Esta columna fue escrita el 3 de octubre de 1994 a raíz de la aplicación de una norma que impedía a los empleados públicos trabajar más de ocho horas con el Estado, La crisis que precipitó en el sector de la salud finalmente se resolvió con una ley que amplió a doce horas la vinculación de los médicos con el Estado. Por lo demás buena parte de los males denunciados persisten.

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lunes, 9 de marzo de 2009

LA QUIMIOTERAPIA

La vida de Paul Ehrlich (1854-1915), médico y biólogo alemán, discípulo de Koch, giró siempre en torno a las propiedades y aplicaciones prácticas de los colorantes, que en su época de estudiante, recién habían sido introducidos en los cortes histológicos. Inclinado por la química y la histología, que en su mente convergían en el conocimiento de los microorganismos, y con una tesis doctoral que versaba sobre los colorantes y la práctica histológica, soñaba con la destrucción de las bacterias dentro del organismo, y estaba convencido de que los colorantes por su afinidad a ellas cumplirían tal objetivo. Pero la verdad era que sin éxito se habían utilizado aplicaciones intravenosas de colorantes de acridina, urotropina y sales de quinina.

Recuperándose de una tuberculosis pulmonar, Ehrlich regresó de Egipto y dirigió sus estudios al conocimiento de la inmunidad. Fue recibido por Koch, quien le confió en 1890 la supervisión de sus pacientes tratados con la tuberculina.

La afinidad selectiva de los colorantes, le hizo imaginar a Ehrlich la posibilidad de encontrar sustancias tóxicas, que afines a la bacterias, pero poco a las células humanas, permitieran, sin causar daños al huésped, tratar con éxito las enfermedades infecciosas.

Ehrlich inició sus experimentos con Shiga descubriendo el rojo tripán, con el que consiguió la curación de la tripanosomiasis en las ratas. Del parásito investigado derivó la sustancia su nombre. Aunque no resultó ser tan efectiva en el ser humano, fue precursor histórico del prontosil rojo de Gerhard Domagk y significó el inicio de exitosas investigaciones en la terapéutica antiparasitaria.

Las investigaciones de Ehrlich en 1905 en pos de un tratamiento para la sífilis, condujeron al hallazgo del compuesto arsenical arsfenamina o salvarsán, “la bala mágica”, verdadero inicio de la quimioterapia en el tratamiento de las infecciones. Se materializaba así la posibilidad de combatir mediante sustancias químicas sintéticas los microorganismos patógenos del hombre.

Fue estudiando el atoxil, compuesto arsenical empleado en el tratamiento de la enfermedad del sueño, como obtuvo al cabo de varios años, en 1910, el salvarsán, preparado 606 de la secuencia de sus experimentos. La nueva molécula, obtenida conjuntamente con Hata, aunque efectiva contra el Treponema pallidum, tuvo efectos tóxicos que limitaron su uso y lo llevaron a desarrolar en 1912 una nueva molécula, el neosalvarsán.

No sólo se beneficiaron los enfermos de sífilis con estos descubrimientos; al salvarsán fueron también sensibles el botón de oriente y la frambesia tropical, entre otras enfermedades. Complementando la acción del salvarsán contra la sífilis se introdujeron en 1941 los compuestos de bismuto. La toxicidad hepática del primero y renal de los segundos limitaron sin embargo su uso, afectando el tratamiento de la sífilis, aunque tan sólo el corto tiempo que tardó la introducción de la penicilina.

Los aportes de Ehrlich al conocimiento y tratamiento de las infecciones valieron a su autor el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1908.

Observando el anatomopatólogo alemán Gerhard Domagk en 1932 la acción bactericida de un colorante, el prontosil rojo, descubrió la acción contra el estreptococo. Administraba a sus conejos y ratones de experimentación virulentos estreptococos y posteriormente los compuestos sulfaminados, descubriendo que los animales tratados sobrevivían, no así los tomados como control. En 1935 comunicó sus primeras experiencias. Enfermedades como la erisipela o la fiebre puerperal tenían por fin un tratamiento razonable. En el Instituto Pasteur se descubrió al año siguiente que era en realidad la sulfanilamida, en la que aquél se metabolizaba, la responsable de la acción antibacteriana. Había nacido con su descubrimiento la sulfamidoterapia. Como alguna vez lo hiciera Lister, Domagk también probó con éxito en un ser querido, su pequeña hija, el producto de sus experiencias. Le inyectó prontosil para curar con éxito una grave infección estreptocóccica originada en un pinchazo accidental con una aguja. En 1936 el medicamento salvaría la vida del hijo del presidente Roosevelt

Entusiasmado el mundo científico en Europa y en América comenzó a modificar las moléculas originales en pos de nuevos medicamentos, tanto o más eficaces que el descubierto por Domagk. Surgieron multitud de sulfas que en polvos y tabletas hicieron parte de las raciones de los soldados que marchaban a la guerra. Domagk fue galardonado en 1939 con el premio Nobel por su descubrimiento, pero sólo lo recibió hasta 1947, ya desaparecido Hitler, quien había ordenado a los alemanes abstenerse de recibir el Nobel.

Pero el medicamento más importante en la batalla contra las infecciones sería el que el médico y bacteriólogo inglés Alexander Fleming descubriera en 1928: la penicilina. Al hongo productor de la penicilina, seguirían los estreptomicetos como invaluable fuente de antibióticos. En uno venezolano descubrió en 1944 Selman Abraham Waksman, microbiólogo ucraniano residente en Estados Unidos, un nuevo antibiótico al que dio el nombre de estreptomicina. Su investigación le merecerían el Premio Nobel en 1952. En otro también hallado en Venezuela, Burkholder en 1947 descubriría el Cloramfenicol.

Una importante lista de antibióticos producida por los estreptomicetos como rifampicina, vancomicina, novobiocina, lincomicina y eritromicina se uniría en el trascurso de las investigaciones a estos decubrimientos, comenzando una industria a la vez próspera y esperanzadora.


BIBLIOGRAFÍA
1. Alsa Sua A. Antibióticos ß-lactámicos: penicilinas y cefalosporinas. En Farmacología. 16ª. Ed. Madrid: Interamericana-McGraw-Hill. 1996: 942
2. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966: 171-177
3. Ballester Escalas Rafael. Los forjadores del siglo XX. Barcelona: Gassó Hermanos Editores. 1964: 376-378
4. Farreras Valenti Medicina Interna. Barcelona: Editorial Marín S.A. 1967: Tomo II, 921
5. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 540
6. Iribarren Manuel. Los grandes hombres ante la muerte. Barcelona: Montaner y Simón S.A. 1951: 324
7. Jaffe Bernard. La química crea un mundo nuevo. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1964: 75-79
8. Jawetz Ernest, Manual de microbiología. México: Manual Moderno, 1975: 123, 142-146
9. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7:170, 236-238, 277, 282
10. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 7
11. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
12. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 3
13. Pujol Carlos. Forjadores del mundo contemporáneo. Barcelona: Editorial Planeta. 1979: Tomo 6, 339, 351
14. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 264, 264 (ilustración), 267
15. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 60, 63, 73
16. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 153, 340-342



LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes, 27 de febrero de 2009

CARTA XXXIX: NO ERES LA OTRA, SIEMPRE LA PRIMERA

Septiembre 3

Embriagador Copito:

El romanticismo y la sensualidad son el mar en que navegan los amantes, libres de los deberes de una unión formal, proyectando su afecto al infinito.

La amante encarna el amor fresco pero también representa la ruptura con un orden que no se reconoce, simboliza un grito de libertad y de protesta.

No todas las amantes son iguales, no a todas las animan las mismas intenciones, no todas sufren de la misma forma.

A ti te quiero de cara al sol y con la frente en alto. Te quiero a mi lado erguida y sin vergüenza, altiva, capaz de proclamar tu amor, reclamando el derecho que tienes a mi afecto. No una más, no la otra; siempre la primera. Puede saber el mundo que te quiero. Que no jugamos su moral plagada de dobleces. Uno soy ante el mundo y fiel... fiel, claro, a mis principios. Actúo como pienso y con valor para afrontar el peso de mis actos.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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sábado, 21 de febrero de 2009

LAS MANOS

Instrumentos que edifican o destruyen
al vaivén de la naturaleza humana.

Para labrar la tierra,
en recias se transforman
las manos tiernas
que acarician con dulzura.

Y aquéllas que unidas,
a Dios se elevan pidiendo bendiciones,
también enérgicas empuñan el acero,
lúbricas recorren un talle cautivante,
de razones llenas imprimen
con la pluma un pensamiento,
amorosas escriben un te quiero
o envilecidas se manchan
con la sangre del hermano.


Luis María Murillo Sarmiento ("Del amor, de la razón y los sentidos"

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viernes, 13 de febrero de 2009

LA ESTERILIZACIÓN

Comprendidos los fenómenos que precipitaban la infección postoperatoria, se entendió la importancia de proveer para las cirugías unos instrumentos libres de microbios. En un principio las heridas únicamente podían ser manipuladas con elementos tratados con fenol o con agua hirviente. Más adelante Koch demostró que aquél no era tan eficaz y que entre los antisépticos eran verdaderamente útiles la tintura de yodo, el sublimado y el alcohol, sustancias que desafortunadamente deterioraban el instrumental quirúrgico. Presentó entonces como alternativa a la desinfección química predominante, un método nuevo, el vapor de agua, efectivo también contra las esporas. El mundo siguió sus enseñanzas.

En pos de la esterilización el ingenio del hombre recorrió muchos caminos. En Francia, Terrier creó el esterilizador a vapor. En Alemania, Bergmann y Schimmelbusch contribuyeron con técnicas asépticas que trascendieron hasta los quirófanos actuales. Downes y Blunt en 1877 demostraron la acción de la luz solar sobre el líquido putrescible. Nuevos estudios a principios del siglo siguiente hallarían en la franja ultravioleta de aquélla energía la explicación de su poder germicida. Con resultados variable Prochownick y Spaeth en 1890 y Beattie y Lewis en 1920 experimentaron con diversas corrientes eléctricas; y Rieder en 1902 utilizó los rayos X consiguiendo la destrucción del vibrión colérico. Bruynoghe y Dubois en 1925 expusieron la leptospira al radium atenuando su patogenicidad, pero sin destruirla. También las ondas sonoras de alta frecuencia fueron objeto de experimentación por Wood y Loonis en 1927; pero más elemental y eficaz seguía siendo el calor, tal como había sido confirmado desde 1881 por Koch, Wolffnüsel, Gaffky y Löefler. Aún Spallanzani en el siglo XVIII había ya demostrado la destrucción de protozoos mediante la ebullición. Más efectivo que el seco, resultaba el calor húmedo; y más la esterilización a presión que en condiciones atmosféricas.
Ácidos y álcalis (Kröning y Paul 1897), sales (Ficker 1898), jabones y detergentes, alcoholes y ésteres (Epstein 1897), fenoles, colorantes y aceites, yodo, sales de mercurio, agua oxigenada y derivados del alquitrán de hulla como substitutos del ácido fénico, radiaciones ionizantes y ultravioleta, desinfectantes clorados, compuestos de yodo y difenoles, terminarían por engrosar la lista de los desinfectantes utilizados; pocos en realidad llegarían a perdurar.


BIBLIOGRAFÍA
1. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 220-221
2. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 113-116, 124, 132
3. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7: 405
4. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 118
5. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6, 405
6. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 92, 97 (ilustración), 253, 258, 260
7. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 100, 106-108, 110, 111, 118-128
8. Thorwald Jürgen. El Siglo de los cirujanos. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1958: 23, 272-273, 272 (ilustración), 317, 318, 320 (ilustración), 323
9. Thorwald Jürgen. El Triunfo de la cirugía. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1960: 256, 377-378
10. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 59
11. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 197-198


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes, 6 de febrero de 2009

DECREPITUD

La eternidad de la vida
es un segundo.
La belleza un instante fugaz:
nostálgico recuerdo.

¡Avanza tiempo implacable
consumiendo en tu brasa la tersura!
Salpica de pátina la piel alabastrina.
¡Ájala, ultrájala y percúdela!

Muestra la decadencia a la piel juvenil de terciopelo;
que la tez rendida delate el ocaso en sus arrugas.
Húndete en las miradas vivaces y fulgentes,
y que se tornen los ojos encarnados y sin brillo;
que sombras tras las sombras aniden
en la opacidad de la mirada.

Que el roble se deshaga
y el acero se rinda ante los años,
que claudique el músculo vencido
y la osamenta colapse ante su peso,
que la carne otrora palpitante
esconda con vergüenza su lascivia.
Y por último,
que trémulo y corvado,
el cuerpo se hinque ante su tumba,
y en una visión fantasmagórica,
su macilento espectro
se abrace en las tinieblas con la muerte.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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viernes, 30 de enero de 2009

EUTANASIA

Muchas veces escribí que la vida pertenece a quien la usufructúa, a quien la siente consumirse en su piel, a quien con ella sufre o se alboroza.
«La vida es el tesoro más valioso y el mínimo bien del que puede sentirse amo y señor el ser humano. Que la existencia provenga de Dios no cambia la condición de dueño que tiene el hombre de su propia vida. Y es el propietario el que dispone con plena licitud –bien o mal– de sus haberes. Cuidar de la propia vida es un compromiso del hombre, pero consigo mismo, un instinto de auto preservación que a veces rechazamos».
Ahora sí que resultan pertinentes las reflexiones que me llevaron por tópicos emparentados con la muerte y en los que me ufané de la solidez de mis afirmaciones. Por fin estoy confrontando la teoría y la práctica. El sentimiento, un elemento nuevo, es definitivo en la ratificación de mis hipótesis. Ya no soy el intelectual que diserta desapasionadamente, sino el enfermo que descubre sus propias experiencias.
No hacía ni un año que Santiago me había puesto a pensar en la eutanasia. Paralizado desde el cuello a consecuencia de un accidente absurdo, llevaba a mi parecer una vida miserable. «Mejor se hubiera muerto», decían sus amigos, aunque como era obvio, siempre a sus espaldas.
–José, ¿qué piensas del suicidio? – me preguntó Santiago.
–Es una decisión cobarde y valerosa. Porque se necesita valor para llevarla a cabo, pero ese arrojo nace de la cobardía, de la impotencia para encarar el sufrimiento. El suicida huye al dolor escogiendo la alternativa menos dolorosa. La mayoría de los mortales temen más a la muerte que a la vida, por eso no piensan en eutanasia ni en suicidio. Muchos lo abrigan, pero pocos culminan su arrebato.
–Como quien dice que faltan más suicidas.
–Como quien dice que aunque pocos, siguen siendo demasiados.
–O sea que lo censuras.
–No podría. Su angustia me estremece. Desearía que nadie tuviera que buscar en la muerte refugio a su tristeza. Más que la muerte en sí, me duele del suicida el infinito dolor con que se va del mundo. Pero que no haya duda, reconozco en el suicidio un auténtico derecho. A mi parecer el único daño defendible es el que se causa uno a sí mismo. Y sin embargo agredirse no es el objeto del suicida. Busca alivio, trata de huir del sufrimiento. No hay en él una intención malvada. La noción de daño obedece a la subjetividad de quien lo juzga. Quien se suicida responde a una decisión desesperada.
–Con frecuencia acalorada –me argumentó Santiago–. Otras veces es una maquinación premeditada y fría. En mi caso la cronicidad de mi parálisis y el impedimento físico de atentar contra mi vida, aplacaron los impulsos destructivos y volvieron mi determinación más reflexiva. El acostumbramiento se confundió con la resignación y los accesos de desesperación se distanciaron. Lo cierto es que ya no pienso con el abatimiento del primer instante. No tengo como atentar contra mi vida, tampoco me interesa. Pero si mi condición me encaminara hacia la muerte, la acogería con gusto.
–Es otra manera de despreciar la vida. ¿Una descortesía con Dios, acaso?
–En lo absoluto. Mi existencia es un bien que ya me dio sus gozos. Ahora me tortura. Me siento con potestad sobre mi vida, tanto como el suicida, así no tenga las intenciones de acabarla.
–La majestad de la vida patentiza la mano del Creador, pero confiada al hombre se vuelve patrimonio suyo. Si es una dádiva, no debe devolverse. De hecho el guiñapo en el que el tiempo transforma nuestro cuerpo, nos impide devolver la vida rozagante del recién nacido. Y si me dijeran que la que se engrandece con los años es el alma, respondería que los dogmáticos no deben preocupase, porque los suicidas apenas arruinan la materia.
–La voluntad y la capacidad de discernir del hombre me hacen creer que Dios le dio libertad para regir su vida.
–Luego el suicida merece amor y no condena.
–Y mejor antes que después de consumar su muerte. El amor ayuda a disuadirlos, aunque no a todos el desamor los mata. Hay quienes mueren en medio de una ira incontrolable, otros acorralados por una enfermedad como la mía.
–¿Acaso pensaste en la eutanasia?
–¿Y quién en mi condición no piensa en ella? Que me haya refugiado en la música, en el cine, en la lectura, no quiere decir que no tenga motivos. He llegado a añorar el dolor del que la gente huye, a poner mi esperanza en la sensación de una punzada, en pagar con dolor la dicha de sentir y de moverme. Tener que depender de otros para las necesidades más elementales, peor aún, para las más privadas, rebaja mi autoestima y colma mi paciencia. Me atormenta saber que no existe siquiera una esperanza. Pienso que mi inmovilidad sólo se redimirá con otra quietud mayor, la de la muerte.
Sentí que había pulsado las fibras más sensibles. Que había removido la costra de una herida que creía resuelta. Entre apenado y triste lo seguí escuchando:
–La psiquis es la que más se afecta en el suicida, sacrifica la materia sin la certeza de una tranquilidad definitiva. En quienes padecemos un estado terminal o crónico, ocurre lo contrario. Es el cuerpo el que nos daña el alma. Mientras que el suicida malogra su futuro, quien por la eutanasia opta no tiene porvenir por qué sacrificarse. ¿No crees que es comprensible que un enfermo terminal quiera adelantar su desenlace?
–Cada cual es dueño de su vida. Si pesan los argumentos del suicida, ¿cómo no habrían de pesar los de quien busca la eutanasia? Como aquél, éste también tiene razones. Sin embargo, aunque puedo entender sus sentimientos, no soy capaz de dar aliento a sus motivos. Es más, si actuara, sería para alejarlo del abismo de la muerte trágica. Y si alguna vez una dolencia me pusiera en la órbita de la eutanasia, no escucharía tan sólo mis razones. Tomaría también en cuenta el sentimiento de mis deudos.
–Argumentos como esos me tienen sumido en mi camastro.
–De todas maneras Santiago, una cosa es que yo mismo ejecute mi designio, y otra, que vuelva a un tercero responsable de mi muerte. Peor aún, que la ejecute alguien por piedad, sin que el enfermo la demande.
Cuando terminé la evocación quedé en manos de mis pensamientos. Ya no tenía que especular con enfermedades hipotéticas. Era el momento de enfrentar mis razones y mis sentimientos.
A pesar la nostalgia, inevitable, pienso que hay tragedias peores en infortunios que no acaban con la vida. En nada cambia mi enfermedad la idea de que la muerte es el refugio de muchos que padecen. También es cierto que sin importar los pretextos con que pretendamos atenuar su impacto, la muerte hiere. Hiere a quien se va; hiere a quien le sobrevive. Me duele alejarme de Eleonora. Su llanto, siempre prudente, me destroza el alma. No puedo pensar con egoísmo. De la desaparición súbita a la lenta, tras una enfermedad debilitante, hubiera preferido la primera. Pero acostumbrado a encontrar el provecho de lo aceptable en ausencia del beneficio de lo bueno, y ganancia en lo malo, en ausencia de la utilidad de lo aceptable, me doy cuenta de que morir rodeado de afecto y de cuidados, y hasta con la posibilidad de movimiento, es preferible a la condición de un tetrapléjico. Definitivamente no voy a recurrir a la eutanasia.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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viernes, 23 de enero de 2009

LA LECCIÓN DEL HOSPITAL DE KENNEDY *

Podrá nuestra justicia habitualmente inflexible con los débiles, pero vacilante y transigente con los delincuentes peligrosos, ensañarse con la enfermera jefe que hoy aparece como única vinculada a los trágicos sucesos del Hospital de Kennedy. Se podrá penalizar, con tanto o más rigor que un planeado y frío asesinato, esta lamentable falla humana; se podrá estigmatizar y destruir sin proceso justo, como lo hicieron ya los medios de comunicación -que tanto claman por la libertad de prensa- una vida que sepamos, consagrada a un apostolado; se podrá con espectacularidad tratar de acallar a una opinión pública sorprendida y temerosa de la asistencia en nuestros hospitales; pero no se podrá ocultar más la riesgosa práctica de la medicina que caracteriza la atención pública, huérfana de una política juiciosa y responsable por parte del Estado, so pena de perpetuar hechos tan dolorosos como el que por azar le ha correspondido al Hospital de Kennedy.

De poco valdrá la responsabilidad y buena voluntad de quienes trabajan al lado del enfermo, de nada las súplicas de los directores de los hospitales, mientras siga siendo mezquino el reparto presupuestal en el ministerio y en las secretarias de hacienda.

La salud prodigada con ética, definitivamente no es rentable, pero el valor sagrado de la vida humana, obliga y justifica toda inversión que aun a pérdida hagan los gobiernos.

Hechos como los que originan la presente nota tendrán que hacerle entender a los gobernantes, que no es la cantidad, sino la calidad de los casos atendidos la que mide el verdadero impacto de sus programas de salud. No se puede, como a cualquier empresa, exigirle a los hospitales utilidades que sólo se consiguen recortando las nóminas ideales, pagando mal a su personal y restringiendo los gastos por paciente.

Se acepta que un piloto no debe excederse en su jornada, pero a pesar de los estudios que lo demuestran, se hace caso omiso de los riesgos que para el enfermo implica el agotamiento de quienes velan por su vida. Jornadas nocturnas sin descanso, excesiva asignación de pacientes por enfermera, escaso personal médico para enfrentar una demanda numerosa, médicos y enfermeras que para mejorar sus míseros salarios trabajan hasta el cansancio dos jornadas diarias, hospitales sin recursos técnicos, físicos y humanos adecuados, en los que los estudiantes sin experiencia asumen el rol de profesionales graduados porque el personal asistencial es insuficiente, son entre otros los verdaderos hechos que deben llamar la atención de los medios de comunicación, de la justicia, de las autoridades y de quienes se dicen preocupados por la suerte de la comunidad a la que sirven.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* El suceso aquí descrito ocurrió hace catorce años. Una enfermera agotada con la sobrecarga de trabajo confundió dos medicamentos y aplicó a varios recién nacidos una dosis mortal de la droga equivocado. Fue condenada a varios años de cárcel. A pesar de los años transcurridos no se puede decir que la asistencia sea más segura: aún subsiste la sobrecarga asistencial, quizás sea mayor, porque el personal asistencial no ha aumentado en la medida en que ha crecido la población atendida.

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sábado, 17 de enero de 2009

AUSENCIA

Ansío la nada...
la negación...
la ausencia...

La obscuridad en que se pierda
mi sombra y mi existencia.

Anhelo mi pensamiento en blanco
y mi memoria
sin huella de recuerdos.
Que mi corazón se aquiete
y en mis venas la sangre se detenga.

Y más allá...
plácido mi espíritu
sumido en la nada inagotable.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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lunes, 5 de enero de 2009

CARTA XXXVIII: DEL AMOR Y LOS AMANTES

Agosto 30

Enternecedor Copito:

Dispuestos al amor estamos todos. Los que buscan lo tradicional y socialmente conveniente, como los dispuestos al escándalo y a romper barreras arbitrarias.

Amor llamamos a muchos sentimientos. Desde el paterno, el más perfecto, hasta el que buscan los amantes ligeros que apenas anhelan los placeres de la carne.

El amor de pareja sin embargo, por más interior y profundo que parezca, es un amor distinto, un seudoamor marcado por la posesión y el egoísmo. Un sentimiento que halaga al objeto amado sometido, pero que busca su destrucción si se rebela. Es una manifestación de bondad condicionada: se proporciona en la medida en que se goza de la exclusividad del ser que amamos. Para ser amor genuino le faltan cualidades, pero para no contradecir la tradición, amor sigámoslo llamando. Su poder, de todas maneras, resulta incontenible.

Hay amantes que buscan la relación fácil y el entretenimiento pasajero, que buscan la aventura recóndita y fugaz, sin perturbar la relación sólida del hogar reconocido. En la otra orilla, hay quienes desengañados de la pareja lícita buscamos afanosamente el ideal amoroso en brazos más amables. No perdemos la esperanza en el amor eterno y estamos dispuestos a vivir con otra un amor hasta la muerte. Para unos ese amor ha de permanecer oculto, para otros debe proclamarse. En particular creo que todo amor trascendental merece revelarse, aunque por conveniencia, el de los amantes con frecuencia se camufla.

El nuestro tendrá que ser trascendental y nada anónimo; por eso no me cohíbo al recorrer las calles asido de tu brazo, de tomar tu mano ante la muchedumbre y de acariciarte a los ojos de la gente. Sin temor y sin vergüenza le comunico al mundo que te amo. La otra no eres tú, sino aquélla que a pesar del contrato matrimonial se quedó sin mi cariño. Así que en pro de mi reputación no sigas ocultándote cuando un conocido pase a nuestro lado. Tu existencia no pone en peligro un matrimonio que en la práctica no existe. Déjales ese ejercicio a las amantes enfrascadas en idilios pasajeros.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXXVII:LA FELICIDAD NO ES IMPOSIBLE

Agosto 26

Copito:

Me asombra la diversidad de formas con que el ser humano reacciona ante una misma causa y su extraordinaria capacidad para resurgir de las cenizas.

Ante un mismo hecho veo personas pasivas que lo sufren y lo aceptan, otras encuentro indiferentes, y otras más, por el contrario, me impresionan con su disposición para someter la adversidad. Igual hay personas maltrechas que les cobran a los demás su sufrimiento, mientras otras como tú, transmutan en bondad sus aflicciones.

Igual existe el que al primer revés se rinde y el eterno derrotado que continúa luchando. El que se deleita sin motivo y el que a pesar de las dichas vive en la amargura.

Todos anhelamos la ventura y en diversa magnitud la conseguimos. ¿Por qué unos más? ¿Por qué otros menos? La medida no la da definitivamente nuestro entorno, es algo interno. La felicidad es personal, es subjetiva, lo que cada individuo determine, no lo que los demás supongan. La felicidad es la satisfacción consigo mismo. No hay otra manera de entender la felicidad bajo un criterio práctico.
Si se tratase de la armonía perfecta y del placer imperturbable en nuestro interior y en nuestro entorno, tendríamos que afirmar que la más mínima expresión de felicidad es imposible.

La felicidad es un don en exceso subjetivo que nosotros mismos construimos. Quien la aguarda de fuera la posterga hasta la muerte. Aunque he padecido muchas veces la tristeza y no ha perdido oportunidad mi pluma para registrarla, he tenido la fortuna de adaptar con sabiduría mi vida a las vicisitudes y gratificaciones que me depara el mundo. Por este motivo puedo decirte que hoy en medio de la adversidad estoy feliz, más cuando hay una nueva causa para serlo: tú, una experiencia grata y novedosa.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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sábado, 27 de diciembre de 2008

EVOCACIÓN MARINA

Ondulante inmensidad
de enigmáticos encantos,
de verdes y azules fascinantes,
que en blanca explosión,
-baño espumoso y burbujeante-
se ofrece a las playas sedientas,
de arena calcinada.

Ondas trémulas mecidas por la brisa,
atomizadas briznas
que expanden su fragancia:
salino aroma que imprime en la memoria
el plácido recuerdo de las playas,
radiante cielo ,
aguas azules, límpidas y cálidas,
rumor de olas,
murmullo de palmeras que despeina el viento,
cortejo de alcatraces,
-certeros pescadores-
que arrebatan al mar la refundida presa.

Despertar marino
que entre desvanecidas brumas
ve emerger del horizonte
los rayos de la vida.
Áureo mar del poniente, en que naufraga
el incendiario cortejo que despide el día.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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sábado, 20 de diciembre de 2008

LOS GUANTES DE CIRUGÍA

Johannes de Mikulicz, célebre cirujano alemán, contribuyó a la asepsia con el vestido blanco que impuso en el quirófano: gorra, mascarilla, bata, pantalones y zapatos de goma. Enseñaba que los elementos quirúrgicos solamente con pinzas esterilizadas debían manipularse.

Para esterilizar los instrumentos el calor era excelente, pero ¿qué hacer para controlar los gérmenes de las manos de los cirujanos? El fenol a muchos les causaba dermatitis, y tal vez más eficiente que el mismo fenol era la exhaustiva limpieza con agua y jabón para retirarlo.

Mickulicz quien practicaba exámenes microscópicos de los residuos bajo las uñas y advertía públicamente a los cirujanos de su mala desinfección, estaba convencido de la insuficiente asepsia de las manos con el jabón, el alcohol y la solución de sublimado. Por ello introdujo los guantes esterilizados de hilo para las intervenciones. Pero siendo de algodón, se humedecían y debían cambiarse con frecuencia en una misma operación.

En 1890 William Steward Halsted, profesor de cirugía en Baltimore, introdujo los guantes de goma, no propiamente con fines asépticos, sino procurando preservar de la dermatitis provocada por el sublimado corrosivo de las salas de cirugía a la enfermera Carolina Hampton, su futura esposa. De la Good Year Rubber Company obtuvo la fabricación de unos guantes tan delicados que parecían una segunda piel. Fueron los ayudantes de Halsted menos románticos y más científicos quienes terminaron por imponerlos en las cirugías. Mickulicz llevaría a Breslau los guantes de goma inventados por Halsted.


BIBLIOGRAFÍA
1. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 220-221
2. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 113-116, 124, 132
3. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7: 405
4. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 118
5. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6, 405
6. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 92, 97 (ilustración), 253, 258, 260
7. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 100, 106-108, 110, 111, 118-128
8. Thorwald Jürgen. El Siglo de los cirujanos. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1958: 23, 272-273, 272 (ilustración), 317, 318, 320 (ilustración), 323
9. Thorwald Jürgen. El Triunfo de la cirugía. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1960: 256, 377-378
10. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 59
11. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 197-198


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes, 12 de diciembre de 2008

LOS PELIGROS DE LA SOCIEDAD Y DEL ESTADO

José podía parecer inalterable, pero era temperamental y apasionado. Un hombre de pasiones intelectuales y afectivas, pero conciliador: «Soy amigo de tolerar lo tolerable». Y en efecto, en el trato personal buscaba más la concordia que el conflicto. Tras una explosión de ira podía albergar sentimientos de destrucción y de venganza, pero al igual que una tormenta terminaba en calma, con un pensamiento despejado, convencido de que las hieles del rencor sólo amargan a quienes lo pretenden, y casi nada a quienes son su objeto.
Su apasionamiento contra la altivez era un clamor contra las injusticias, traducido a veces en un manifiesto de su pluma, otras en el deseo de una contienda a muerte, que sabía de antemano que nunca libraría, y en últimas, en una pretensión mágica en que imaginaba que su espíritu volvería a este mundo convertido en ángel justiciero. «No para cobrar afrentas personales, pues no soy rencoroso, sino para causar suplicio a quienes se ensañan con quienes no tienen posibilidad de defenderse».
Lo social lo apasionaba. Le permitía expresar el rasgo filantrópico de su personalidad. «No hablo por mí, que jamás padecí el rigor de la pobreza». Y sus columnas podían convertirse en un emotivo discurso social en que exponía la voracidad del hombre y la indolencia de las clases dirigentes. Que contrastaba con el énfasis que podía darle a la autoridad, a la globalización y a la libre empresa, que lo hacía percibir como un hombre de derecha. «¿Dónde quedaron tus concepciones izquierdistas?», decían unos. «¿Dónde quedaron tus ideas conservadoras?», se preguntaban otros. «Ni lo uno, ni lo otro», contestaba. «Ninguna ideología lo explica o lo resuelve todo. Menos cuando se sitúan en los extremos. Ni siempre blanco, ni siempre negro; las tonalidades de gris condensan mejor la sabiduría y la prudencia. No me caso con ideologías ajenas, apenas en parte las acepto. Sólo sigo por entero mi propio pensamiento. ¿Cómo pueden dudar que soy ecléctico?».
La libertad y la bondad eran el eje de su filosofía. Actuando sin atropellarse debían –según él– conseguir un punto de equilibrio en el que la sociedad y el hombre encontraran la máxima felicidad factible. Era un modelo que armonizaba el interés propio y el interés ajeno, pero que sólo podía surgir del convencimiento de todos los mortales. Pero algo tan elemental para su mente no había sido obvio para sus semejantes. Era la historia de la humanidad rendida a la codicia. José así lo percibía: «En el principio la Tierra tuvo que pertenecer a todos. ¿Cómo pudieron tan pocos acumular tanto y demasiados quedar desamparados? La selección natural en nuestra especie fue más allá de la supervivencia, hipertrofiando la ambición y estimulando a los más aprovechados a acaparar más que lo necesario. [...] Surgieron la familia, la sociedad y el Estado, todos tocados por el egoísmo. La autoridad, llamada a restablecer el equilibrio, terminó en la mira de los codiciosos que debía aquietar. Símbolo de supremacía y dominio, vive dispuesta a servir al poder y a la ambición. […] El poder que da el ejercicio de la autoridad hace perder al hombre la sensibilidad, lo hace olvidar la obligación de servir y lo lleva a actuar en su propio beneficio. ¡Desconfiad de quien busca el ejercicio del poder! Es sospechoso hasta que se demuestre lo contrario. Pocos se someten a tantos sacrificios sin recompensa diferente a la satisfacción de su servicio. [...] El hombre con poder ambiciona los bienes que tiene a su cuidado, es negligente con las necesidades de sus gobernados, desconoce de ellos sus penurias, y arbitrario, pasa temerariamente sobre sus deseos; imagina la realidad, porque la desconoce, de ahí sus normas absurdas, de ahí sus yerros en inversiones y proyectos. [...] La persecución de los vendedores ambulantes, la desidia con los desplazados, la reducción de la nómina para dejar a miles sin empleo, prueba la falta de sensibilidad de los hombres con poder, ciegos de jactancia al drama que causan sus déspotas medidas. El Estado en esas manos se corrompe. Tal vez la organización tradicional del Estado y el poder deban ser objeto de la reingeniería más drástica».
Veía que la asociación era forzosa, pero no por ello se olvidaba de sus riegos. «La sociedad es pertinente para progresar, pero el hombre organizado socialmente también es peligroso. Fácil intimida y anula a quienes sospecha en disidencia. Lo hacen desde hombres que parecen santos, hasta los peores engendros criminales. Desde las organizaciones que mediante sanciones amordazan a sus miembros, hasta las mafias que acallan con la muerte. La fuerza de muchos fácilmente arrasa la resistencia de unos pocos. Y sobran los ejemplos: sacerdotes extrañados por sus superiores, militares confinados a las peores guarniciones, trabajadores arrojados de su empleo, opositores de gobiernos tras las rejas, fustigadores de la corrupción ultimados en las calles. Si el hombre fuera por instinto recto, las organizaciones más rígidas, como el Estado, la mayor amenaza para la libertad, jamás tendrían sentido».
Le parecía el Estado una estructura a la vez necesaria y peligrosa. Su naturaleza era una de sus preocupaciones, y examinando modelos, se quedaba con el capitalismo. «Aunque lejos de la perfección, genera riqueza y honra la libertad. Concentrará el capital en quienes más lo tienen, pero de alguna manera llega a los que más lo necesitan. Otros como el comunismo no generan riqueza, reparten pobreza y silencian las ideas. ¿Y qué hombre vive con dignidad cuando se le controla el alma?». Claro que hacía una nítida distinción entre la izquierda democrática y la totalitaria; contra ésta le parecían lícitos todos los medios para aniquilarla: «Porque es artera y le niega a sus opositores las prerrogativas que exige para sí. Cuando un totalitarismo asienta en el poder no existe forma pacífica para deponerlo». Pensando en ello, recordaba la lucha de clases del marxismo: «torpe engendro de ingenuos o malintencionados comunistas».
Odiaba la polarización entre patronos y trabajadores, y preguntaba: «Si la prosperidad de unos está en el esfuerzo de los otros, ¿de dónde el absurdo enfrentamiento? ¿Por qué no entender que sin empresarios no hay capital; sin capital, industria; y sin industria, empleo? ¿Y que sin los trabajadores no hay producción ni empresa que perdure? ¿Cómo contradecir un planteamiento tan sencillo?».


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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sábado, 6 de diciembre de 2008

ESE ES EL HOMBRE

El hombre es lo que siente,
y lo que siente es lo que agita
su alma y su materia.
El hombre es lo que sueña,
y lo que sueña
es su mundo de imposibles.
El hombre es lo que sufre,
y lo que sufre
una huella indeleble en su recuerdo.

El hombre es lo que goza,
y lo que goza
compensa su infortunio.
El hombre es lo que cree,
y lo que cree
explica lo absoluto.
El hombre es lo que oculta,
y lo que oculta
su faz aterradora.

El hombre es lo que niega,
y niega lo que lo deshonra.


El hombre es lo que crea,
y lo que crea
es lo que lo trasciende.
El hombre es lo que piensa,
y lo que piensa
lo que le sobrevive.

Lo que siente, lo que sueña y lo que sufre...
lo que goza...
lo que cree, lo que oculta y lo que niega,
con él se extingue
cuando la llama de su ser se apaga.

Lo que piensa y lo que crea nunca sucumbe,
es su forma de perdurar tras de la muerte.



LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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viernes, 28 de noviembre de 2008

EL FALLO DE LA CORTE, UN FALLO PELIGROSO *

Nuevamente vuelve a rendirse la justicia a la fascinación de la forma, y el apego a lo "jurídico", conmina a la familia y a la sociedad a los peligros de la farmacodependencia.

El fallo de la Corte Constitucional que despenaliza el uso de los estupefacientes, demuestra una vez más la atolondrada deformación de nuestra justicia, que dejó de ser práctica (tal vez nunca lo ha sido), y que a más de ciega se ha tornado amoral e intelectualmente deficiente. Sus juicios desatinados no sólo no procuran, sino que atentan contra el bien común.

Qué penosa demostración de la extrema ineptitud que carcome al país en todas sus instancias, que hasta tan altos tribunales hayan llegado personas sin el aplomo moral, sin sabiduría y sin la capacidad de discernimiento suficiente para asumir tan delicadas responsabilidades.

Un país que en aberrante impunidad clama justicia, no puede contemporizar con magistrados que más parecen cómplices de los carteles de la droga. La nación indignada reclama la satisfacción de su renuncia, la Colombia honesta, por el contrario, exalta a aquéllos magistrados, como Vladimiro Naranjo, que aunque en minoría, encarnan la rectitud y la sabiduría.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* Este texto fue publicado en el diario colombiano El Espectador el 18 mayo de 1994 (pág. 4A) y mostraba mi total rechazo a la despenalización del uso de estupefacientes. Hoy ha vuelto al Congreso de Colombia un nuevo proyecto de penalización ante la insistencia del presidente Uribe; y vuelvo a cuestionarme pero sin la exaltación de entonces. No puedo albergar duda del daño de las dependencias, pero sí reconozco ahora un serio conflicto con el principio de autonomía y la libertad del individuo para decidir su destino, más exactamente, en este caso, para dirigir torpemente su destino.

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