sábado, 15 de agosto de 2009

CARTA XLII: ¿QUÉ TAN LEJOS DE DIOS NOS ENCONTRAMOS?

Septiembre 14

Mi amor:

No imaginas cuánto gozo con las plácidas horas en tu compañía, tanto que termino en mi sueño prolongándolas. Y has de saber que cuando físicamente dejas de estar presente, vuelves a mi mente arropada en mi memoria en una rutina inevitable que reproduce nuestros momentos cotidianos. Son impresiones sensoriales, pero también reflexiones. Pensamientos como los que nos ocuparon esta tarde, consideraciones que bien valen unos renglones de este interminable epistolario, que más parece un diario. Razonamientos que demuestran que tanto como nuestros cuerpos están nuestros pensamientos en perfecta consonancia.

Dices que alguna relación tiene con Dios el hombre, aun para negarlo. No deja de ser cierto. Para mí, la maravillosa complejidad del mundo y de la vida es suficiente demostración de su existencia. No soy como lo has visto un creyente practicante. Pero en Dios creo. Rechazo el dogma y no practico el rito, y siento que estoy con Dios cuando albergo en mi corazón buenos sentimientos, cuando soy sensible al dolor de mis semejantes, cuando soy solidario con ellos, por ejemplo. Tengo la certeza de que sin bondad hacia la humanidad cualquier amor a Dios sólo es mentira.

No me gusta hablar a Dios con palabras prestadas, no disfruto las oraciones prefabricadas que sin digerir, de memoria se recitan. Me molestan las manifestaciones exageradas de religiosidad, que imagino fruto de enfermedad mental o expresión de adulación inútil. Creo que la manifestación religiosa sana es mesurada.

Henos aquí, en medio de una relación pecaminosa, tú y yo hablando de bondad, de Dios, y acercándonos al Creador, para agradecerle este hermoso sentimiento. No es ironía, tampoco paradoja. ¿Pero quién realmente diferencia el bien del mal cuando de amor se trata? ¿Quién hay que pueda reprochar en nombre de Dios la expresión de un sentimiento de ascendencia tan divina? El ambiente religioso seudomoralista que rodea al amor no pasa de ser un sainete impuesto por conveniencia social y dudosas tradiciones culturales.

Sí, amor. Disentimos de las costumbres de nuestra sociedad, pero a diferencia de quienes en la oscuridad esconden sus vergüenzas, nosotros a la luz del día exhibimos nuestro afecto. Un amor que se encubre, no es auténtico. Una verdad que no se proclama no convence. No es genuino un principio por el que no se lucha hasta la muerte.


Luis María Murillo Sarmiento ("Cartas a una amante")

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2 comentarios:

carmensabes dijo...

Siento que las aceras de mis entrañas se inundan de emoción.

Encontrar tus escritos y tu talento me llena el espíritu, no sin sentir una punzada que me atormenta por lo parelelo que discurre mi vida.

Un abrazo!!

Luis M Murillo dijo...

Carmen, tu comentario es una ofrenda exquisita, para el autor. Te envío mi gratitud.

Luis María Murillo