viernes, 18 de febrero de 2011

EN LA CONMEMORACIÓN DEL CENTENARIO DEL NATALICIO DE LUIS MARÍA MURILLO QUINCHE, INICIADOR DE LA ENTOMOLOGIA EN COLOMBIA*

Los 23 años que nos separan del primer congreso de la Sociedad Colombiana de Entomología no desvanecen aún de mi memoria el recuerdo del homenaje que conmovido recibió mi padre en aquel evento coincidente con su penúltimo cumpleaños. Y tan fresca como aquella evocación, guardo la memoria del trascendente reconocimiento que nueve años después perpetuó en Tibaitatá su nombre al bautizar con el suyo la Colección Taxonómica Nacional. Demostraciones de aprecio que hoy me traen a conmemorar con ustedes el primer centenario de su nacimiento, a recibir con afecto y en su nombre el cálido homenaje de quienes han guardado con celo su memoria, de quienes han engrandecido una profesión y multiplicado los conocimientos de una disciplina de la que mi padre fuera uno de sus pioneros.

Aprendiz malogrado de la "alquimia", frustrado con la desaparición de un laboratorio destruido por un un temblor en 1917, Luis María Murillo prosiguió con Otto de Greiff con interés naturalista, en la búsqueda de fósiles por los cerros bogotanos. Claudicó a las excursiones el futuro famoso musicólogo y en Medellín dió inicio al estudio de su profesión en la Escuela Nacional de Minas; Murillo sin hallar un sólo fósil, descubrió a cambio entre el verdor de las montañas la riqueza de una fauna por su tamaño despreciada. Nació allí su vocación por los insectos, y en ausencia de esa disciplina en nuestro medio, se formó a sí mismo. Hizo de la naturaleza su universidad y transformó en ciencia aplicada el producto de sus descubrimientos.

Esas primeras décadas del presente siglo representan para el país el inicio de la entomología. Fueron dos sus grandes abanderados, Francisco Luis Gallego en el campo educativo y Luis Maria Murillo en el de la ciencia aplicada. Su quehacer admirable en medio de las dificultades, marcó la senda que muchos insignes colombianos émulos de su amor por la sabiduría y por el progreso de la patria han construido, asegurando un promisorio futuro a la disciplina que hace tan sólo sesenta años era excéntrica dedicación de empecinados idealistas. Por ello al abordar algunos sucesos históricos de la entomología en Colombia, deseo, aunque no sin el temor de olvidos de quien ha abrazado al ejercicio de otra profesión, rendir como lo haría mi padre, reconocimiento a la memoria de esos quijotes colombianos y extranjeros que sembraron con fructíferos resultados la semilla de la entomología; como Adriano Cabal, Amadeo Lagoeyte, Belisario Losada, Joaquín Santamaría, Vicente Velasco Llanos, Alvaro Verano, Charles H. Ballou, entomólogo norteamericano vinculado en 1929 a la estación experimental de Medellín, Edward Chapin, del Instituto Smithsoniano de Washington y jefe del Museo Nacional de los Estados Unidos, el hermano Apolinar María, fundador de la Sociedad Científica de la Salle, antecesora de la Sociedad Colombiana de Ciencias Naturales, Carlos Marín, Hernando Osorno Mesa y Francisco José Otoya, excelentes investigadores de los institutos de Biología y Ciencias Naturales, Ernesto Osorno Mesa, iniciador de la entomología médica en Colombia, Rene Paul Robat, entomólogo belga al servicio de la Federación Nacional de Cafeteros, y una generación más reciente, que antecede tal vez a la mayoría de los aquí reunidos, entre quienes podría mencionar no sin riesgo de equivocaciones, a Nelson Delgado, Iván Jiménez, Carl Knot, Rafael León García, a Hernán Alcaraz Vieco, presidente fundador de esta Sociedad, a Antonio Beltrán Rincón reconocido por sus aportes al conocimiento de las plagas del arroz y el algodón, a Luis Armando Bermúdez, Alex Bustillo, Lucrecio Lara, Lázaro Posada, Alfredo Saldarriaga y Raúl Vélez, abanderados de la entomología forestal, a Adalberto Figueroa, autor de "La Ruptura de un Equilibrio" y defensor del control biológico de las plagas, a Rafael González Mendoza, investigador de las moscas de la fruta, a Miguel A. Revelo, ganador en 1964 del premio Ángel Escobar y presidente de la Asociación Latinoamericana de Entomología, a Robert F. Ruppel científico de la asistencia técnica de la Fundación Rockefeller, a Isabel Sanabria de Arévalo, importante compiladora del "Catálogo de Insectos de Importancia Económica en Colombia", a Germán O. Valenzuela, fundador con Hernán Alcaraz, Hugo Calvache, Teodoro Daza, Adalberto Figueroa, Darío Galindo, Benigno Lozano, Jorge Menocal, Alfredo Saldarriaga y Raúl Vélez, entre otros, de la Sociedad Colombiana de Entomología.

¿Y cómo no rendir también tributo a todos los entomólogos que hoy en diferentes campos trabajan en el país con vocación admirable? Hagámoslo, entonces, a través de la distinguida junta directiva de la sociedad que los representa, del doctor Aristóbulo López Avila su presidente, y de los doctores Alfredo Acosta, Judith Sarmiento, Hugo Calvache, Jorge García, Rubén Restrepo, Miguel Benavides, Emilio Luque, Iván Zuluaga, Dora Alba Rodríguez y Raúl Pardo.

De este presente promisorio, permítanme retornar al pasado incierto, y reencontrarme con el bachiller-entomólogo que era mi padre en 1928. Encarnaba entonces una ciencia en el país desconocida, que oficialmente sólo disponía de este entomólogo en cierne, en un Ministerio de Industrias que contaba por todo presupuesto un millón y medio de pesos colombianos, cuando la entomología económica en Estados Unidos contaba con más de seiscientos entomólogos y varios millones de dólares al año. Acababa de nacer el 19 de octubre de 1927 la sección de Sanidad Vegetal bajo la dirección de Luis María Murillo, agrónomo ayudante (porque jamás fue nombrado un jefe) quien con sus propios recursos dotó la incipente sección, dividiéndola en los departamentos de botánica, fitopatología y entomología. Se hizo cargo de este último y dejó en manos del agrónomo Antonio Miranda el de fisiopatología y a cargo del padre Enrique Pérez Arbeláez, cuyo centenario de nacimiento se ha conmemorado en el pasado mes de marzo, el de botánica.

Pero la entomología, término desconocido para la época, era para los pocos que alguna noción tenían del vocablo, una chifladura, cuando no un gravísmo desperdicio del presupuesto nacional. No comprendían que "esos bichos insignificantes podían destruir millones de dólares anuales de la economía". Hasta el Senado de la República llegó el juicio al jóven entomólogo Murillo, pero sus jueces Carlos Uribe Echeverri y Emilio Robledo le dieron su confianza. "El bachiller entomólogo había sido pesado y hallado justo por la balanza de la democracia" diría en sus memorias el entonces encausado.

Los conocimientos entomológicos de otras latitudes, no aplicables a nuestro medio fueron estímulo decisivo a sus investigaciones. Y en medio de las precarias condiciones de la época recorrió el país entero aun a lomo de mula y por caminos polvorientos y en goletas hasta el archipiélago de San Andrés y Providencia, descubriendo plagas y describiendo sus hábitos, su relación con el ambiente, su distribución geográfica y nuevas fomas para combatirlas, e inició una colección que llegaría a más de 100.000 insectos y que sometida a constantes y lamentables pérdidas, encontró en Tibaitatá morada definitiva.

Temeroso del daño de los ecosistemas por los insecticidas, centró sus investigaciones en la lucha biológica de las plagas. La aplicó con éxito en la erradicación de los insectos nocivos, dejando enseñanzas que hoy constituyen ejemplos clásicos de represión biológica. Anteriores a los suyos, nuestra historia sólo consigna exitosos los experimentos de Federico Lleras Acosta (padre del presidente Lleras Restrepo) y Luis Zea Uribe, en 1913, cuando usando el método del profesor D'Herelle, inyectaron un hongo inocuo para el hombre, traído del Instituto Pasteur, a algunas langostas que pocas horas después presentaron una enfermedad diarreica que las extingió en tanto que sus deyecciones sirvieron para propagar la epidemia entre la plaga.

En la obra de Murillo encuentran los descubridores de la lucha biológica, Erasmo Darwin, Carlos de Geer, Alberto Koebele, René Antonio de Reaumur y Antonio Vallisnieri al primer gran abanderado de ella en nuestro medio. Sus cuatro décadas de servicios al estado, iniciadas en el entonces Ministerio de Industrias, fueron su lucha permanente contra el uso indiscriminado de los insecticidas y en favor de la represión de las plagas por sus predadores naturales, trabajos que le valieron su ingreso como miembro honorario a la Real Sociedad de Entomología de Bélgica y en Colombia el reconocimiento con la Cruz de Boyacá durante el gobierno de Alberto Lleras Camargo.

Utilizando la avispita Aphelinus Mali, Luis María Murillo controlaría al Eriosoma Lanígerus de los manzanos de Boyacá en 1929, se valdría del Criptolaemus Monstrousieri contra la palomilla del café, reprimiría a la Diatrea Sacharalis, gusano barrenador de la caña, mediante la Trichogramma Minutum, introduciría un hematófago originario de las Filipinas, la Spalangidae, para combatir la Lyperosia, mosca brava hematófaga, azote de los ganados en el Huila; haría objeto del más completo estudio al gusano rosado colombiano del algodón, Sacadodes Pyralis y a la Aphanteles Turbariae, avispa parásita de sus rosadas larvas, medio eficaz de reprimirlo y principal motivo de su obra "Sentido de una Lucha Biológica", y con Francisco José Otoya, Hernando Osorno y Carlos Marín, entonces sus colaboradores, en 1948 haría lo que calificaría como una espectacular lucha biológica, al erradicar la Icerya Purchasy, plaga de las plantas ornamentales con la Rodolia Cardinalis.

Pero aquéllas fascinantes gestas, son hoy quehacer cotidiano de los entomólogos, y no pretendo embebido por el pasado cautivante prolongar estos deshilvanados retazos de historia. Deseo en cambio dedicar las palabras finales, a expresar a esta sociedad, en nombre de toda mi familia, la profunda gratitud con que recibimos este homenaje que devuelve al presente el nombre de mi padre. La dedicación ejemplar y el entusiasmo de sus miembros que transluce de la organización de SOCOLEN y de la pulcritud de sus publicaciones, se convierten en certeza de que en medio del común desamparo de nuestras sociedades científicas por parte del Estado, la entomología se encuentra en las mejores manos y los frutos del mañana no serán menores a los que hoy apreciamos de sus adalides del pasado.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* Discurso pronunciando en la inauguración del XXIV Congreso de la Sociedad Colombiana de Entomología, el 17 de julio de 1996, en Cartagena, en el que se rindió homenaje al pionero de esa disciplina.


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viernes, 11 de febrero de 2011

PARÁBOLA DE LA VIDA HUMANA

Periplo de la vida,
subjetiva infinitud
enmarcada por la nada.

Nacimiento

Final feliz
de un viaje indeseado,
despertar a un sueño
colmado de ilusiones,
encuentro de un destino
incomprendido... incierto.

Infancia

Edad del alma cristalina,
y de la vida pura,
y sin dobleces,
años de lúdica inocencia,
de veniales travesuras,
ajenas a la carga
pesada de la vida.

Juventud

Fragua de ardorosos sentimientos,
forja de rebeldes desafíos,
derroche de vitalidad,
cruzada quijotesca
que endereza el mundo,
ímpetu renovador
cargado de ilusiones.

Vejez

Cantera excavada,
memoria de fecundas experiencias,
libro de lecciones infinitas,
frágil humanidad
en que termina
la energía de los años juveniles.

Muerte

Descanso al final de la jornada,
que descubre el misterio más temido,
aparente reencuentro con la nada,
vano anhelo de vida perdurable.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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domingo, 6 de febrero de 2011

ASÍ HE DE AMARTE

Cubriré tu cuerpo con mis besos
sobre un lecho de tus flores favoritas,
y esparciré fragancias que rimen con tu aroma.
Haré que el frenesí se funda con el arrullo tierno
y tu pudor se rinda a mi tímido arrebato.
Deshojaré cual pétalos tus velos
y expondré tu perfección desnuda:
tibia piel, inédita y radiante.
Abrigaré tu desnudez con mis caricias:
declaración de un sentimiento palpitante.
Haré de tus susurros y los míos
-secreto rumor de las palabras-,
un florilegio, una romanza,
una canción de amor beatífica y profana.
Exploraré las tentadoras dichas de tu cuerpo,
surcaré tus caminos y meandros,
y sembraré el carmín de mi pasión
en una posesión inolvidable


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")
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sábado, 29 de enero de 2011

UNA TARDE HABLANDO DE INFIDELIDAD, DE INSTINTO Y DE PAREJA

La mente de José siguió siendo en su enfermedad un mundo en permanente ebullición, que contrastaba con el sosiego de su cuerpo. Incluso cuando escribía, se le veía como dormido, a pesar de tener el papel y la pluma entre sus manos. Y cuando se entregaba a los recuerdos y las meditaciones, había que concentrarse en el ritmo de su respiración para afirmar que estaba vivo.
Esta vez estaba ausente, aislado de su entorno, con los párpados cerrados, al punto que la enfermera pensó que estaba amodorrado e intentó quitarle las hojas que sostenían sus manos, pero el reflejo del enfermo la contuvo.
–No estoy durmiendo –dijo José al aferrarse a ellas–. ¿No ve, Inés, que las estoy leyendo?
Y lo hacía, solo que por momentos se quedaba inmerso en los recuerdos que aquel documento reavivaba:
–La mujer es un costoso objeto de placer –dijo José.
–En su juventud –completó Joaquín, para pulir la idea.
–No –replicó José–, en su madurez, cuando sus atributos se marchitan pero seguimos en deuda por un placer que se acabó hace tiempo.
–Como la buena mesa –volvió Joaquín a intervenir–. Con gusto pagamos lo que un plato delicioso cuesta, pero nos negamos a cancelar cuando el platillo sin ser sabroso también nos indigesta. Porque la pérdida de la belleza de pronto es lo de menos, son los malos tratos y los sermones reiterados los que más nos pesan.
–Hablas como un casado –sentenció José–. Y llamamos cantaletas a ese odioso suplicio que las mujeres no ven como maltrato. ¡Lo que hay que tolerar cuando ellas nos cuentan entre sus pertenencias!
–¿El hombre posesión de la mujer?, parece un chiste.
–Es la tragedia del hombre que se casa. Mira Joaquín de lo que te has salvado.
–¡Qué falta de amor, cuánto insolencia! –exclamó Federico, cansado de participar con su mutismo.
–El amor es un delirio – dictaminó Joaquín.
–No creo en el amor de las parejas –dijo José corroborándolo–, porque es un sentimiento egoísta; en últimas destruye. Basta observar, para probarlo, el comportamiento de un amante despechado. Del enamoramiento al amor el trecho es largo, del enamoramiento al odio, es breve. De otra manera debiéramos llamarlo.
–Los despechados son ustedes –expuso Federico–, que a falta de afecto duradero se obnubilaron con el placer y el sexo.
–Es pragmatismo –se defendió Joaquín–. ¿Es depravación pensar en la mujer como un objeto erótico?
–Es que la vida de pareja no se reduce a lo sensual.
–Sin sexo de por medio, y me perdonas, la compañera de un hombre es un amigo. La pareja –puntualizó José–, es ante todo erótica.
–Insisto en el amor con una visión de largo plazo. Para los viejos que pierden el encanto de su cuerpo la pasión es lo de menos. Lo urgente es tener amor y compañía. Pero un amor filantrópico como el amor al prójimo. De los otros amores no doy cuenta; tampoco creo que el enamoramiento dure hasta la muerte, y acepto que la infidelidad existe. Existirá mientras exista el hombre, porque a la seducción y al desliz no hay nadie inmune. Lo que propongo es que las parejas asuman actitudes razonables para darse la mano en la vejez cuando las mayores penurias aparecen. Olvidando si es del caso que alguna vez fueron amantes.
–¡Vaya propuesta! –dijo Joaquín–. Tan razonable es, como imposible.
–Un argumento espléndido y sencillo –le pareció a José–. Una razón convincente para que las parejas perseveren. Tan solo temo que esa necesidad se sienta demasiado tarde, cuando ya ha hecho estragos el amor, y el odio sea irreconciliable.
A Federico le pareció una opinión muy pesimista y persistió en su empeño.
Argumentando se les fue esa tarde, entre conceptos ponderados, intelectuales, picantes y explosivos, que al anfitrión le parecieron de no dejar perder. Por eso con los apuntes redactó un coloquio. Varios lustros después esa conversación era la que lo ensimismaba, releyendo el artículo que anteponía a sus ojos:
–José Robayo (JR): ¿No estaremos haciendo ver a la mujer y al hombre como irreconciliables adversarios?
–Joaquín Ospina (JO): Pues si lo hicimos, declaro que el asunto no es tan grave.
–Federico Castañeda (FC): Nunca dejarán de atraerse la mujer y el hombre: es un axioma. Las contrariedades que surgen no afectan a los géneros. La animosidad cuando se da, es cosa de individuos.
–JO: También así lo estimo. La pésima relación con mi mujer, caso hipotético, no puede llevarme a desdeñar a sus congéneres. Tanto que son las demás las que resaltan los defectos de la única mujer que se torna inaguantable.
–FC: Algo presiento de Dostoyevsky en esa frase. Una edad, según él, hay en el hombre en que todas las mujeres gustan... excluyendo a una.
–JR: Nada hay más cierto en el amor. Evoluciona de la mujer exclusiva a la mujer excluida, de la mujer preferida a la mujer repudiada. Es un afecto en declinación constante, en que la unión se mantiene por intereses ajenos al amor.
–JO: Pero la pasión busca salidas porque jamás claudica.
–FC: La infidelidad... o el cambio de pareja.
–JO: La infidelidad, que por clandestina es más emocionante. Algo tiene el peligro que hace perder al hombre.
–FC: Ese peligro, como una enfermedad, es epidémico.
–JO: Diría más bien pandémico, porque es universal.
–JR: Universal sí, pero habitual como una endemia. En últimas la infidelidad es connatural al hombre.
–JO: Luego ejercerla es un derecho.
–JR: Así lo planteé en «Déjenos ser infieles», texto que jamás fue publicado.
–FC: E hiciste bien, hubiera sido un exabrupto. La relación se arruina con sólo proponerlo.
–JR: Sería distinto si la mujer comprendiera la idiosincrasia masculina. Su reacción ante la infidelidad no es analítica. Peca por violenta y visceral.
–FC: La del hombre no lo es menos, diría que más brutal.
–JR: Ni quien lo dude. Aclaro que el derecho a la infidelidad es para todos, y por igual ambos sexos merecen el perdón. Y volviendo a mi razonamiento, afirmo que a la mujer no la preparan para tratar con hombres de este mundo: descorteses, desacomedidos, prácticos, sensuales, infieles y poco detallistas; sino que la dejan soñar con un príncipe azul inexistente. ¿Por qué no les contamos que sin dejar de ser importante la pareja en la vida de cada hombre, otras mujeres siempre despertarán una provocación constante? ¿Por qué no somos francos y abiertamente les decimos que por complacerles, no estamos dispuestos a ir eternamente en contra de nuestras propias ansias?
–FC: Igual de claras deberían ser las mujeres con nosotros.
–JR: Eso es justicia.
–JO: Me parece muy racional, como para que pueda funcionar donde obran los instintos. La infidelidad, toca reconocerlo, llega antes de que las parejas solucionen por vía de la razón sus diferencias. Definitivamente no es perdurable la relación monógama. Es contraria a la naturaleza humana. Ni que el hombre fuera una codorniz, que tiene grabada la monogamia entre sus genes.
–JR: He deducido al ahondar en el origen de la poligamia, que la creación especializó a la hembra en el cuidado del fruto y al macho en la diseminación de la semilla. Le dio al hombre la capacidad de engendrar en forma permanente y a la mujer la misión de albergar en su vientre una gestación bastante prolongada. Para compensar el ritmo reproductivo lento de la hembra –el embarazo dura nueve meses–, la naturaleza hizo que el macho en ese lapso pudiera preñar a muchas compañeras. La ley natural no fue por tanto un hombre emparejado con la misma hembra, sino un macho para muchas hembras, a fin de que la especie humana se extendiera. Hoy, cuando somos más de 6000 millones, la poligamia carece de sentido, pero quedó el vestigio en que la infidelidad asienta.
–FC: Si es la propagación de la especie el argumento, ¿cómo explicas que existan especies monógamas que no se han extinguido?
–JR: Porque son muchas las crías que nacen de cada apareamiento. En los humanos, en cambio, el embarazo gemelar ya es una extravagancia.
–FC: Si la monogamia es contranatural, debe desaparecer el matrimonio.
–JR: No necesariamente. El peso de la tradición lo mantendrá. Mi invocación al comportamiento instintivo del hombre primitivo, es apenas la explicación a una conducta como la infidelidad, no la expedición de un certificado de defunción al matrimonio. Creo que por exigencia cultural la infidelidad seguirá sin aceptarse. Haciendo a un lado toda intención jocosa, no quiero decir, como Joaquín, que el hombre debe ser infiel, sino que debe ser comprendido si llegara a serlo. La razón del hombre hasta cierto punto modula sus pasiones. De tal forma que seguirá asumiendo, en la medida de sus capacidades, las exigencias que demanda el matrimonio.
–JO: En palabras más sencillas, el ser humano seguirá siendo monógamo en público y polígamo en privado.
–JR: Exactamente, pues el hombre con sólo aparentar resuelve sus dilemas.
–FC: No imagino la panacea para los conflictos afectivos. No es fácil conciliar lo ideal con lo posible, el deber con el ser. Si la sociedad consintiera la poligamia, no encontraría una forma práctica de llevarla a cabo. La igualdad de la mujer y el hombre en occidente descartaría el harem que conocemos, porque al hombre con varias esposas, se sumaría la mujer con múltiples maridos. Y al no existir una cabeza evidente en esa estructura tan extraña, ese modelo trastornaría la organización de la familia. Hasta el asiento natural del hogar podría quedar convertido en varios domicilios. Tal vez serían los hijos una propiedad colectiva, y desaparecería la presunción de paternidad ante la multitud de potenciales padres. Y esos son apenas unos escasas reparos que aparecen de improviso ante la propuesta sorpresiva. ¿Quien pone a marchar una familia en esas condiciones? De hecho sería un modelo más promiscuo y más anárquico que el actual, censurado por su hipocresía. El matrimonio actual se mantendrá con todo y sus defectos.
–JO: Difícil rebatir tan poderosos argumentos. Pero les faltó lo más sencillo, que la batalla por la poligamia nunca se dará porque los hombres no ansiamos que nos la legalicen. ¡Líbrenos Dios de tamaña esclavitud! Queremos apenas disfrutar a las mujeres subrepticiamente.
–JR: El modelo matrimonial existente es antinatural, es imperfecto, pero como dijera Churchill de la democracia, el menos malo. El problema no es la organización familiar, sino la psiquis. El hombre se hastía fácil. Sus sentidos se saturan con el mismo estímulo, con la rutina se adormecen. La infidelidad rompe con la monotonía.
–FC: Y desintegra a la pareja, porque lo que para un cónyuge representa el remedio de su hastío, para el otro encarna el desengaño.
–JO: Traición que no suele ser premeditada.
–JR: En eso estoy de acuerdo. La intención del infiel no es causar daño, por eso oculta. Con frecuencia el hombre que cede a una tentación ama a su esposa y no percibe la infidelidad como falta imperdonable. Al disociar el amor y la pasión, siente que esta saciando su deseo sin arriesgar su verdadero afecto.
–JO: Como quien dice que ama a su mujer; a las demás escasamente las desea.
–JR: Tratándose del desliz corriente, porque en la relación con una amante de verdad, el amor es el primer damnificado.
–FC: Justificada o no, la infidelidad y la pareja no conviven. La tasa de separaciones por su causa lo confirma.
–JO: De todas formas el modelo marital jamás será cerrado, sin importar que se siga pregonando el matrimonio como una unión que debe durar hasta la muerte. Seguiremos viendo una sucesión de monogamias con algo de infidelidad a cuestas.
–FC: ¿Es lo mismo que separaciones a granel tras matrimonios breves?
–JO: Exactamente.
–FC: Muchos moralistas se van erizar con nuestros vaticinios.
–JR: Allá sus dogmas. La fuerza de los hechos es más poderosa que los caprichos de los hombres. No sobrevivió el puritanismo victoriano a los embates de las conductas liberales; ni la Inquisición, que pasó de la intimidación a la vergüenza.
–FC: Los que ayer fueron vicios hoy son costumbres, como lo dijo Séneca.
–JR: Y así parece. Los pecados del futuro no serán el amor libre, ni las conductas sexuales licenciosas. Con más dureza se castigarán los embarazos impensados y las infecciones venéreas negligentes, porque en un mundo que vela cada vez más por sus recursos, esos descuidos cuentan como que un pecado grave.
José pasó la página, y en la siguiente se encontró con frases sueltas, sin paternidad alguna. Aunque al leerlas recordó que eran las conclusiones que él había planteado. Hubieran sido producto del consenso, pero prefirió dejarlas con el sesgo de su pensamiento.

«El enamoramiento es una psicosis pasajera, una trampa con que la naturaleza busca perpetuar la especie».
«Sólo una psicosis explica que un extraño que apenas irrumpe en la vida de otro, se haga sin esfuerzo a un afecto mayor al que éste le profesa a sus familiares más queridos».
«No es de extrañar, por tanto, que tras la estupefacción del enamoramiento vuelva a ser el amor a la familia el dominante».
«De la pareja se espera felicidad. Si no la proporciona la unión carece de sentido. Sacrificarse para padecer es insensato».
«El matrimonio comienza a derrumbarse cuando se hacen conscientes las obligaciones, las restricciones de la libertad y la disonancia de los caracteres».
«Los miembros de la pareja no se pertenecen. Los seres humanos sólo pertenecen a sí mismos».
«El éxito de la convivencia depende de la afinidad de las personas».
«Las personalidades antagónicos, gracias a los renunciamientos absurdos del amor, son las que más padecen las consecuencias del enamoramiento».
«La convivencia estrecha satura a la pareja. El hastío es un mal habitual de los cónyuges y una rara aflicción de los amantes».
«Como los actos ajenos se juzgan a la luz de los propios sentimientos, la naturaleza tan desigual del hombre y la mujer hace imposible que uno comprenda al otro. La solidaridad de género, en cambio, se ve favorecida. Los hombres –o mujeres– dice el adagio, se tapan con la misma colcha».

–Señor Robayo, creí que ya se había dormido –insistió de nuevo la enfermera, y le ofreció un calmante.
José apartó la vista de los textos, miró sobre sus lentes, y guiado por la voz se encontró con su mirada.
–¿Qué horas tiene?, Inés
–Van a ser las dos de la mañana.
–En este amanecer sobra el calmante –dijo José–, el bienestar llegó con los recuerdos. Definitivamente evocar lleva otra vida.
Pero Inés no entendió lo que quería decirle. El lo intuyó, por eso dijo:
–Releyendo estos viejos documentos se me ha ido tanto tiempo como el que tomó escribirlos.
La enfermera compuso la cama mientras el escritor guardaba en la carpeta sus papeles.
–¿Se la pongo en la silla?
–Déjemela en la mesa, me queda más a mano.
–¿Le apago la luz?
–¡Definitivamente! No porque me espere un sueño irreversible me voy a perder del placer de dormir en este mundo.
No supo Inés que responder. Así que en silencio apagó la luz y le cerró la puerta.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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sábado, 22 de enero de 2011

CARTA LVI: LO QUE ESCONDEN LAS MIRADAS DE LOS HOMBRES

Octubre 30

Copito:

Lo íntimo y mundano que hay en el instinto femenino probablemente nunca lo sepa de tu boca, pero como macho atrevido no siento sonrojo al confesarte las características volcánicas de la naturaleza masculina.

Hoy he sentido el impulso de contarte lo que esconden las miradas de los hombres.

Toda mirada lasciva, furtiva, prudente, descarada o tímida, esconde un mismo antojo. Aunque todos tengamos una apariencia diferente, por igual nos consumimos de pasión al ver una mujer que atrae. El deseo es idéntico, siempre gozamos los hombres lo carnal. La posibilidad de poseer nos arrebata.

Unos glúteos que atraen, una pelvis que fascina, unos muslos bien torneados, unos senos hermosos, se llevan tras de sí nuestra mirada, como arrastra un imán la limadura. El interés en el resto vendrá luego, llegará el momento en que nos demos cuenta de la inteligencia, de los sentimientos nobles y de otras cualidades de la mujer que no lucen con la misma intensidad que los atributos que la hacen sexualmente apetecible.

Eso somos en la intimidad los machos. Expertos en desnudar a la mujer con la mirada. Pocos congéneres tendrán el valor de confesarlo: puro temor a poner en riesgo la conquista; a veces por prudencia o por recato.

Ese comportamiento infame a los ojos de la mujer inexperta y candorosa, es ni más ni menos que la expresión irremediable de nuestra naturaleza masculina Y no ha de ser motivo para que no surjan relaciones hermosas de pareja que en aras del amor transforman nuestro descaro en tímidas miradas.

Me gusta la franqueza y ofrecí mostrarme a ti con trasparencia. Por eso descubro ante ti los secretos de la especie. Enigmas que para las damnificadas del amor confirman apenas sus severas conjeturas. Además tiene para mi no sé que recóndito deleite esta insolencia. Gozo desenmascarando al mundo, revelando lo que finge, mostrando lo que oculta, haciendo públicos sus reales sentimientos: esas debilidades que a todos nos hermanan. ¡Que nadie se proclame de mejor sustancia!


Luis María Murillo Sarmiento ("Cartas a una amante")

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jueves, 13 de enero de 2011

A MEDELLÍN

Del arriero de carriel y ruana
a la Medellín pujante y soñadora,
una historia de constancia pasa
del montañero al empresario paisa.

Una aguja de enormes dimensiones,
cual obelisco al cielo se levanta,
emblema y perfil de la ciudad querida,
que orgullosa de su pasado se retrata,
en el pueblito del cerro Nutibara,

Del Parque de Berrío y del Poblado
que evocan la cuna de la ciudad naciente
a raudales se esparce por el valle
la huella de la estirpe fundadora.

Marca el progreso
-sello innato de la raza paisa-
el tránsito de la carencia
a la pujanza,
y la herradura,
la senda de hierro de Javier Cisneros,
el metro y las cabinas
que en las comunas escalan las alturas,
en un ejemplo estampan las conquistas
de un pueblo infatigable y decidido.

¡Oh raza emprendedora y de mujeres bellas!
que abre su corazón al forastero.
Villa bohemia de artistas y poetas.
Tierra de versos y de tangos.
Urbe erudita en que la ciencia brota,
ciudad de primavera eterna,
que con su clima atrapa al visitante.

Dejas, Medellín, en mi memoria
el recuerdo de tus hitos perdurables:
San Diego, Las Palmas, La Alpujarra,
Junín, La Playa y Carabobo.
Y un cortejo de flores en agosto,
de la calle San Juan a Santa Elena.
Y en mis papilas, ansiosas de placeres,
el inigualable sabor de un plato montañero.

Más de tres centurias la historia te proclama,
y en vez de envejecer rejuveneces,
es el ímpetu juvenil, arranque de tu casta,
por el que cada amanecer
más bella te levantas.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

viernes, 7 de enero de 2011

SENTIMIENTO ETERNO

No quiero prometerte
la dicha eterna
que ofrecen los amantes,
ilusión fugaz
que como el amor
se esfuma.

No quiero decirte
que la felicidad puedo brindarte,
- y por esa causa todo lo daría -
otra fue el alma
que escogió para ti
el destino inescrutable.

No quiero decirte
que te amo con ternura,
- imprudente confesión
que te sonroja-
quiero ofrecerte a cambio mi cariño,
amistad que con el tiempo crece;
mano extendida y generosa
que sin condición
por siempre se prodiga.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia")

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sábado, 25 de diciembre de 2010

ADVERSIDADES DE LA LEY 100*

Tal parece que las leyes las hacen quienes menos conocimiento tienen de los temas que discuten. Por ello no es extraño, que la bondad que en su esencia tiene la ley 100 sobre seguridad social, en la práctica esté convirtiendo en víctimas a quienes hoy son sus protagonistas.

Del debate que a esa ley hemos hecho la Asociación de Médicos Rosaristas y la Sociedad Colombiana de Anestesiología y Reanimación, queda la preocupante sensación de que so pena de practicarle profundas reformas acordes con la realidad, estará condenada al fracaso de sus bien intencionados fines.

¿Estimaron, acaso, los ponentes y legisladores que con exiguos presupuestos las deslumbrantes estadísticas de cobertura sólo se conseguirían con el sacrificio de la calidad asistencial? ¿Se previó tal vez la insatisfacción de los pacientes con la atención deficiente, o la de los trabajadores de la salud con los irrisorios honorarios? ¿Tuvieron tal vez ilustración alguna sobre las profundas diferencias que no pocas veces se presentan en el comportamiento biológico de los fármacos genéricos frente a los originales?

Definitivamente la sana idea de la competencia ha dado al traste con su más vergonzosa aplicación en el bien preciado de la salud humana, al competirse por la disminución de costos, mas no por la supremacía en la calidad de los servicios médicos. Por ello cada vez habrá en los consultorios menos tiempo para los enfermos, medicinas más baratas pero menos buenas, reactivos económicos de calidad dudosa, limitación de exámenes y procedimientos; verdadero negocio en que el hospital se transformó en empresa y el enfermo en cliente, y hasta la Superintendencia de Industria y Comercio, y no la de Salud -porque al comercio de la salud nos referimos-, sanciona a las sociedades científicas por establecer tarifas que afectan la "libre competencia" de las EPS**.

A que penosa situación hemos llegado al contribuir todos a la extinción de la medicina como apostolado, y a que el estado entregando a terceros el manejo de la salud, se deshaga de sus obligaciones. Conoce acaso la opinión pública que los hospitales públicos - verdadero alivio de los pobres- si no hacen brotar de su estrechez los recursos para sostenerse, estarán en 1997 en otras manos porque el Estado no piensa mantenerlos?

¿Cuando entenderán nuestros neoliberales que la salud da pérdidas, no es negocio y debe subsidiarse?


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* Esta columna fue publicada en la Revista Colombiana de Responsabilidad Médico Legal (Vol 2 No.2, jul-dic. 1996).
Han pasado más de catorce años, pero sus afirmaciones a muchos parecerán que son de ahora; más cuando el gobierno del Presidente Santos acaba de presentar al Congreso colombiano un proyecto para reformar la salud, volviendo el tema nuevamente polémico y de actualidad.
Lo cierto es que el sistema recibe más de 35 billones de pesos al año, que pese a ser una cifra astronómica sigue resultando insuficiente. Y seguirán siéndolo en la medida en que la corrupción siga enquistada el sistema. Todos sus actores alguna responsabilidad tenemos en sus males. Ni qué decir de los funcionarios que asaltan al sistema o de las empresas de salud cuando pasan sobre la dignidad de los pacientes. Pero también los médicos, que muchas veces no damos un uso más racional a los recursos; y aquéllos pacientes, que son millones, y que rehúsan los pagos que les corresponden y fingen las condiciones requeridas para la salud subsidiada pese a contar con ingresos laborales.
¡Deplorable que todo el mundo busque la salud gratuita, mientras para el jolgorio no le faltan medios!
** Empresas Promotoras de Salud.


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viernes, 17 de diciembre de 2010

AMOR INALCANZABLE

Amor,
ensoñación de celestiales gozos,
añorada plenitud
que colma el alma,
enajenación de los sentidos
que al tiempo quisiéramos
arrebatar por siempre.

Expresión sublime,
divino mandamiento,
esquiva bendición,
que merecer quisiera
un sólo instante;
dulcísimo espejismo
del que a manos llenas,
atrapo la ternura,
sueño amoroso de un tacto femenino,
y de unos labios que enamorados
se juntan con los míos,
ilusión de un cuerpo grácil
que anhela mis caricias,
de una mujer...

Impertinente corazón,
¡no te ilusiones,
que ese edén no existe!
Es un amor imposible,
una gloria inalcanzable.

¡Mayor es el dolor
que la alegría soñada,
y menor la tristeza
cuando el alma ignora
que la dicha existe!

Angelical mujer que colmas mis sentidos,
a cambio de mi amor
nada pretendo,
el tierno reflejo de tu alma,
es suficiente para animar mi vida,
mientras la muerte advierte que la aguardo.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")


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sábado, 11 de diciembre de 2010

PATRIA

Eres el suelo que guarda
el polvo de mis muertos,
y que hace temblar mi corazón
en la distancia.

Eres la historia que se confunde
con la historia de mi casta
y el porvenir que aguarda
la savia de mis deudos.

Eres la emoción que una nota marcial
convierte en lágrima;
ausencia hecha nostalgia
en la orfandad que nace en el exilio.

Eres el aire que se escapa en mis suspiros,
el mismo que aspiro en mis mañanas,
y el soplo vital que corre por mis venas.

Eres mi cuna y potencial mortaja,
feudo grandioso
que sin ser mi heredad
me pertenece.

Eres mi tradición y mis creencias,
mi forma de ser y de expresarme,
impronta y troquel,
mi sello hasta la muerte.

Eres el cielo que imagino propio
y el suelo en que no me siento extraño;
eres la exaltación que me convierte en héroe:
mártir dispuesto a lucir tu pabellón como sudario.

Eres urdimbre de recuerdos rancios,
memoria de gestas que me jactan,
invocación de mitos y leyendas,
evocación de infortunios y calvarios.

Eres la estirpe en que se hermana
el prohombre del busto patinado
y la humanidad del humilde ciudadano.

Eres en últimas…
el alma del terruño
confundida con su par en mis entrañas.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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viernes, 3 de diciembre de 2010

JUICIOS DE DIOS Y DE LOS HOMBRES

«Aunque te hayas equivocado, si hubo por lo menos un motivo noble en tus acciones no tienes que afligirte». Le planteé de qué valían los sacrificios que otros practicaban y a los que me había rehusado por no considerarlos pertinentes. «No son inútiles –me dijo–. En este reino toda acción hecha con el convencimiento de estar actuando rectamente será recompensada. Pero las recompensas son íntimas y personales. Satisfacción es el nombre de la felicidad para quienes habitan este mundo. Desasosiego el de la desventura y la condena». Y me explicó que a más malos en la Tierra, más justos seríamos en el paraíso. «Las faltas se expían con el remordimiento, ese es aquí el único tormento. Ningún alma perversa es destruida. La contrición engendra bondad donde antes hubo infamia. El mundo no es cada vez peor, como presientes. Las almas que no comprenden allá el valor de la bondad, lo entienden aquí cuando el arrepentimiento les llega inexorablemente. Así los malos se vuelven virtuosos y los buenos siguen siendo buenos, porque el universo tiende a la perfección, aunque el alma en su dimensión humana no lo vea ni lo comprenda. Y recuerda que nada vale tanto como la intención, el resultado es algo secundario».
Desperté con la palabra intención entre los labios. También eso diferenciaba la justicia humana y la divina, pues ¿qué juez conoce en este mundo el sentimiento real de quienes juzga? ¿Y cuántos hombres están dispuestos a perdonar un daño sin intención causado, cuando habitamos un mundo en que la expiación vengadora y la compensación económica son los medios para lavar las faltas? El sueño parecía una revelación divina que daba tranquilidad a cualquier mortal que debiera responder por los actos de toda su existencia. La condenación eterna a las tinieblas no tenía sustento. En mi visión pocos eran tan malos, pocos tan buenos, casi todos estaban en un espectro gris, oscilando entre los dos extremos.
Sentí satisfacción. No por haber pensado diferente, un poco en contravía de lo aceptado –que también me complacía–, sino por haber actuado en coherencia con mis pensamientos. Imaginé que igual de complacidos podrían estar mis contradictores más férreos en razón de su convencimiento. Parecía razonable: todos gracias a esa fidelidad estábamos a salvo. Era la sabiduría y la magnanimidad de Dios. Pero pensando en el origen de los sueños, creí que más que Dios, en ellos hablaba mi inconsciente. De todas maneras confronté el juicio del Creador con el de sus criaturas. Y me sirvió de ejemplo la intolerancia que algunos de mis lectores exhibían.
«Usted blasfema porque se siente a salvo. No lo imagino defendiendo con vehemencia sus incendiarios pensamientos cuando le llegue el momento de rendirle cuentas». Así decía el correo electrónico de un lector horrorizado con mis opiniones, que habría creído en la efectividad de su conjuro de haberse enterado de que meses después de su advertencia estaba lidiando con una enfermedad mortífera. Y a no ser que las notas fueran todas suyas, eran varios los interlocutores virtuales que afirmaban que tentaba la ira de Dios con mis ideas y que mis juicios me tenían más cerca del averno que del Cielo. Son los gajes de escribir. Y la muerte y la condena eterna son perfectas para intimidar a ingenuos y cobardes.
Contrario a lo que deseaba aquel lector, mi dolencia mortal no me hizo arrepentirme de mis pensamientos. Controvertir, poner en duda, más que un pecado es un don que no da Dios a todos los mortales. Dirán entonces que soy ante la muerte cínico, pero no voy a desdecirme. Buenas o malas mis acciones corrieron a la par con mis principios. ¡A pesar de mis errores he de marcharme con la mirada al frente! Tal vez encuentre en el más allá el premio o el castigo... mejor la nada, que aunque puede privarme de mejores cosas, me libra de riesgos más aciagos.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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sábado, 27 de noviembre de 2010

CARTA XLVI: LA INFIDELIDAD, ESA ADVERSIDAD QUE TE ATORMENTA

Septiembre 30

Cielo mío:

No sufras por hechos que no son por nosotros controlables.

Los celos y la infidelidad, son expresiones del hombre primitivo, pero son tan vigorosamente instintivos que ni el más lúcido intelecto los domina. Más aún, la infidelidad ha sido la marca de los hombres más geniales.

Escritores, políticos, pintores, escultores, científicos, monarcas, dieron fama a sus amantes, y a las esposas que lo toleraron -por interés seguramente- supremacía y privilegios. Breve no es la lista, por ejemplo, de primeras damas premeditadamente ciegas a las andanzas de sus lúbricos maridos a cambio de los honores del Estado.

Sé que no es de tu agrado el tema de la infidelidad y los amantes, acaso porque no has resuelto la pugna que hay entre tu comportamiento y tu conciencia. Yo en cambio he encontrado la luz en esa horrible gruta y anhelo que mis reflexiones ayuden a resolver tus confusos sentimientos.

Ni los celos ni la infidelidad son ideales, como tampoco lo son el envejecimiento, la enfermedad… la muerte. Pero existen y son inevitables. Con prontitud o con retraso llegan por más que resistamos. Tal vez cuando los genes de la especie sean modificados, se perderán de vista todos sus estragos.

La infidelidad se puede dar por un impulso necio, ¿pero cuantas veces por causa valedera? ¿Cuántas veces por maltrato y desamor? ¿Cuántas por una rutina destructiva?

No debe la infidelidad atormentarte, fuiste infiel y con motivo, hoy no lo eres. Aquel vínculo, aunque no legalmente, sí de hecho está disuelto. Amante si lo eres, pero por culpa mía. Soy yo quien hace técnicamente ilícita la relación -por ser casado-. Si no lo fuera, no más dirían que soy tu novio. Tecnicismos necios que en nada alteran la realidad ni nuestro gozo, apenas le ponen otro nombre. Me siento feliz contigo y sé que soy correspondido. No enturbiemos nuestra felicidad por ese qué dirán que en la primera cita me diste a entender que no te perturbaba.

No pretendo que nuestra condición se glorifique, ni que para disculparla busques argumentos. Sólo mira en la superficie trasparente de nuestros destinos para encontrar en nuestra condición de amantes motivos evidentes.


Luis María Murillo Sarmiento ("Cartas a una amante")

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viernes, 19 de noviembre de 2010

TU SONRISA

Hay una sonrisa
en que la belleza se quedó atrapada,
hay una sonrisa que me trae la dicha
que siempre he soñado.
Hay una sonrisa de rojo encendido
que es pasión y amor...
es fuego en los labios.
Hay una sonrisa tan suave,
tan tierna
que tiene en esencia
el encanto de niña.
Hay una sonrisa
que guarda en los labios
la expresión más dulce...
toda venturanza.
Hay una sonrisa tan iluminada
que mi ser deslumbra,
es una sonrisa que con su ternura
devuelve a la vida toda la esperanza.
Hay una sonrisa que mi amor revive,
por la que mis sueños parecen reales.
Hay una sonrisa en que se dibuja
toda la hermosura del género humano.
Hay una sonrisa que vive en mi alma
que el dolor aleja en horas amargas.

Hay una sonrisa por la que yo vivo,
hay una sonrisa que yo quiero tanto,
hay una sonrisa...
por la que yo aguardo.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia)


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lunes, 15 de noviembre de 2010

LA ENTOMOLOGÍA Y EL DOCTOR MURILLO QUINCHE *

La referencia de Marta Morales al pionero de la entomología en el país, en su interesante artículo sobre los insectos en la edición del pasado 27 de junio, me insta a complementar la reseña con datos de incuestionable valor histórico.

La entomología de hoy representa la continuidad de una tarea iniciada por Luis María Murillo Q. en 1927, con la creación de los Servicios de Sanidad Vegetal y de Entomología Económica, primer e inevitable eslabón en la historia de la ciencia de los insectos en Colombia.

Con la Sanidad Vegetal, se constituía un importante filtro para la introducción de devastadoras plagas en nuestra agricultura y con la Entomología Económica se iniciaba el control de los insectos dañinos. Pero la referencia pasaría desapercibida si no comprendiéramos que esos seres minúsculos causan millonarias pérdidas a la economía y que en aquel año de 1927 el Ministerio de Industrias con millón y medio de pesos por todo presupuesto, no contaba más que con aquel entomólogo, frente a los seiscientos de la entomología económica de los Estados Unidos, y a los millones de dólares asignados allí a cada programa de erradicación de plagas.

Receloso del uso indiscriminado de los pesticidas y defensor de la lucha biológica, la aplicó con éxito en la erradicación de los insectos nocivos, dejando enseñanzas que hoy constituyen ejemplos clásicos de la represión biológica de las plagas. Anteriores a los suyos, nuestra historia sólo consigna exitosos, los experimentos de Federico Lleras Acosta (padre del presidente Lleras Restrepo) y Luis Zea Uribe, en 1913, cuando usando el método del profesor D'Herelle, inyectaron un hongo inocuo para el hombre, traído del Instituto Pasteur, a algunas langostas que pocas horas después presentaron una enfermedad diarreica que las extinguió en tanto que sus deyecciones servieron para propagar la epidemia entre la plaga.

Por ausencia de Sanidad Vegetal, llegó al país el pulgón lanígero de los manzanos en 1925 y afectó sin excepción a todos los huertos del país. Invadió el insecto los tallos y raíces y chupó la savia inyectando fermentos nocivos que produjeron tumefacciones, deformaciones y finalmente la muerte de los manzanos. Murillo consiguió con la introducción de la Aphelinus Mali (1929) erradicar la plaga en pocos meses. Era aquélla una avispita microscópica, entomófaga o destructora de los pulgones, los que perforaba con un estilete inyectándoles sus huevos. Las larvas resultantes se alimentaban devorándolo, y convirtiendo al pulgón en un cascarón negro. Terminada su labor la avispita volaba a los huertos, para reiniciar el ciclo. En tallitos ricos en pulgones parasitados diseminaba el científico las avispitas en las plantaciones enfermas.

También un predador descubierto por él y que lleva su nombre, la Neda murilloi, pequeño cucarroncito cuyas larvas cual caimanes diminutos se alimentan del pulgón, sirvieron para controlarlo.

En forma semejante combatió con éxito al gusano rosado del algodón con la avispita Aphanteles thurberiae, a las moscas chupadoras de sangre de las vacas con la avipa Spalangidae (1942), al gusano barrenador de la caña de azúcar con la avispa Trichogramma minutum destructora de sus huevos, y a la plaga de las plantas ornamentales de Bogotá con la Rodolia Cardinalis (1948).

Desde campesinos hasta ministros y senadores recibieron de él la enseñanza de qué son las plagas y como combatirlas. Entregó a la taxonomía nuevas especies, describió sus hábitos, su relación con el ambiente, su distribución geográfica y las formas para reprimirlas. La Cruz de Boyacá en 1962 y su elección como único latinoamericano miembros de honor de la Real Sociedad de Entomología de Bélgica fueron parte del justo reconocimiento a su labor científica.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* Publicado en el diario El Espectador de Bogotá el julio 10 de 1996 (pág. 4A), como complemento a un artículo periodístico sobre la entomología colombiana.

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sábado, 6 de noviembre de 2010

Has revivido mi alma
y has hecho renacer
mis sentimientos.

El nubarrón del cielo
lo extinguiste,
y el insondable azul
ha vuelto a ser resplandeciente.

No es más la noche
oscuridad que aterra,
sino refulgir
de estrellas y luceros.

De la vida he vuelto
a conocer las ilusiones,
de los sentimientos,
la ternura;
y mis penas...

Mis penas
a tu sonrisa
se han rendido.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")


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viernes, 29 de octubre de 2010

AMOR PATERNO

En tu sueño,
plácido y profundo me detengo,
contemplando el soplo prodigioso que te anima,
y veo la réplica perfecta de un hombre en miniatura,
una brizna que mueve los corazones pétreos,
una enorme pequeñez que agita sentimientos tiernos.

Eres la prolongación de mi existencia,
y sin embargo en nada te pareces:
menudo y frágil
contrastas con mi imagen recia;
incontaminado y puro,
distas de mi savia contagiada.

Eres un suspiro sublime
que debiera durar eternamente.
Mas no basta el sentimiento
para que este instante feliz nunca termine:
los años pasarán sin que se paralice el tiempo.

Hoy cuido tu sueño,
embebido, absorto,
imaginando de adulto
tu rostro y tus facciones,
proyectando a tu sino la mejor estrella,
hilvanando tu vida a mi vida
sin barreras de tiempo ni de espacio.

Mañana serás tú
quien me sientas quebradizo y frágil,
pero obsesionado aún con tu ventura.
Y cuando las flores cuides en mi camposanto,
su fragancia exhalará mi aliento,
para que sepas hijo,
que desde el cielo,
por ti sigo velando.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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viernes, 22 de octubre de 2010

FUSTIGAR AL PODER, COMO DEFENDER LA AUTORIDAD, ES NECESARIO

José reconocía su conflicto con el poder, aunque con prudencia y diplomacia manejaba las relaciones con los poderosos. Sus escritos sin atacar personalmente a nadie, embestían en forma general contra la jerarquía. Pero no eran anárquicos, por el contrario, privilegiaban el orden sobre el caos. Eran una crítica pertinente contra los excesos o la desidia de la autoridad. Enjuiciaba la dominación de los ignorantes apoyados en la fuerza y el confinamiento de la inteligencia en el manejo del Estado, pues aducía que «son más brutos que sabios los que nos gobiernan»; y fustigaba el uso del poder para saciar intereses personales y para tomar revancha. Llegó a afirmar en los momentos de más ofuscación que «el poder es para joder a los demás, nunca para servirles. Y para exacerbar la vanidad de los ineptos que lo ejercen». De los poderosos escribía con soberbia, como queriendo doblegar sus ínfulas: «Me tildarán de prepotente por mis crudas críticas, pero no tengo otra opción. Me ensoberbece la iniquidad y tener que aceptar que no dominaran los mejores. ¿En qué principio se fundamenta la pérdida de la igualdad; en cuál que unos manden y otros obedezcan? Moriré con la mortificación de no haberlo entendido».
Pero también lo apenaban sus reacciones explosivas y sus momentos de ira, pero precipitados por manifestaciones de injusticia –ese era su consuelo–. Podía ser implacable contra la autoridad porque se desmandaba, o se confabulaba con los males que debía atajar; pero igual con decisión la defendía; porque sin ella los derechos podían quedar desamparados. Le fascinaba la polémica, y la encendía con afirmaciones perentorias; pero no era raro que tras el fogonazo inicial su discurso tomara un rumbo sereno y razonado, capaz de llevar a sus contradictores por el camino de la conciliación. En ocasiones los choques eran fuertes, pero los epílogos amables. Por eso, como una sentencia, predicaba que los espíritus siempre se reconcilian cuando hay una disposición respetuosa a las opiniones de los contradictores.
Aleyda, la auxiliar de enfermería que lo atendía por la mañana, confesaba su debilidad por los coloquios que se daban en aquélla pieza. Sus compañeras recriminaban sus demoras y le preguntaban si era que se había enamorado del paciente, pues ella pasaba más tiempo que el rutinario en aquel cuarto. Si al entrar adivinaba alguna controversia, enlentecía sus labores y las desarrollaba con toda cautela para no distraer a quien estuviera argumentando. Jamás interrumpía, jamás opinaba, apenas fisgoneaba con prudencia, cual si realmente ignorara la conversación ajena.
Aquel día José planteaba que los derechos no podían ser los mismos para el buen ciudadano que para el delincuente, y proponía una correspondencia entre los derechos y el comportamiento en sociedad. Plenos para los buenos, restringidos para los bribones. Instaba a ser rudo con el criminal y a no negociar con delincuentes:
–Ante la menor flaqueza la víctima y la autoridad están perdidas. Cada transacción es un paso a la capitulación, una ventaja que aprovechan los bandidos. Al criminal hay que darle de su propia medicina. Quien no respeta los derechos de los demás, no puede exigir respeto por los suyos.
–Profesor –el interlocutor era un discípulo–, invocar la ley del Talión me parece un retroceso.
–Y no la invoco, ya que no propongo repetir la acción del delincuente, sino hacerlo blanco de las consecuencias de sus actos; aminorar sus prerrogativas, porque no encuentro fácil su sometimiento en medio de tantas garantías. Tú dirás si miento al afirmar que muchos de los peores criminales andan sueltos, acogiéndose a la letra menuda de los códigos y aprovechando los resquicios de las leyes. Emboscan y no pueden emboscarlos; secuestran, pero privarlos de la libertad requiere mil formalidades; torturan, y tienen que ser tratados con mil contemplaciones.
–Es un proceder pragmático. Sin embargo las garantías que usted restringe son un rasgo de civilidad. No puedo imaginar a quienes juzgan cometiendo los mismos desafueros que quienes son juzgados. A la autoridad comportándose igual que el delincuente.
–Así presumas que son las mismas prácticas, en nada se parecen. Las del Estado son la reacción a la acción del delincuente; las de éste son causa, las del Estado consecuencia; las del criminal injustificadas, perversas en esencia; las de la autoridad forzosas, persiguen un objetivo provechoso. Que el criminal termine mal, esta contabilizado en su propio presupuesto, hace parte de sus riesgos, lo tiene que tener entre sus cálculos. Sin demostraciones fehacientes del ejercicio de la autoridad no se detiene al delincuente. Reconozco virtud en tu idealismo, pero la experiencia enseña que con las concesiones a los malhechores el temor a la autoridad desaparece, amén de que los privilegios ultrajan el principio de justicia.
–Con tal severidad con los criminales, no llego a comprender que sea usted la misma persona que alguna vez se mostró partidaria de conceder beneficios a integrantes de grupos armados al margen de la ley. ¿Quién entiende que sus atrocidades apenas merecieran una condena leve?
–Parecía una incongruencia de mi pensamiento y no lo era. Se trataba de negociar la rendición de unos bandidos. La autoridad que da ventaja al delincuente corre el riesgo de quedar sometida a su poder. Al criminal cuanto más pequeño, con más facilidad se le domina. En este caso se le dejó crecer hasta terminar equiparando su fuerza a la fuerza del Estado. Y por costumbre se negocia para conjurar un conflicto cuando el enemigo no vence ni es vencido. ¿A cambio de qué se entregan unos malandrines que se saben a salvo del imperio del Estado? Son concesiones que dejan el sabor de la impunidad y la derrota, y son el costo de una sociedad permisiva, que consintió en su momento lo que no debía. Queda la lección de que la autoridad debe ser inquebrantable, para que siempre someta y nunca tenga, por débil, que pactar con los bandidos.
–Yo peco por idealista, usted por demasiado práctico. Pero en cierta medida acepto sus razones.
–Que las víctimas se resignen me parece más penoso que el daño que les causen sus verdugos. Soy radical porque no tolero a los justos sometidos por los malos.
–¿Y hasta dónde puede llegar el Estado en defensa de las potenciales víctimas?
–El límite lo da la efectividad de sus medidas: la rehabilitación, la cárcel, la cadena perpetua... la pena capital, si es necesario.
–Asunto delicado. No es sólo el cuestionamiento de la potestad sobre la vida, sino la condición irreparable que tienen los errores cuando la pena de muerte es el castigo.
–Siempre lo he pensado, pero hay criminales a los que ni la prisión aquieta; que desde las cárceles siguen delinquiendo; que a través de los muros despliegan sus tentáculos. ¿Qué se puede hacer con un delincuente irreformable? ¡Aplicarle una medida excepcional y terminante! Pero también yo dudo, como tú, de la justicia, y no vacilo al calificarla de ruleta rusa, porque por igual acierta o se equivoca. Y no sólo me refiero a errores de buena fe al identificar los hechos, sino a su capacidad de maquinación, y a sus desaciertos en materia de métodos y penas. Para la sociedad es más importante el castigo de la falta que el arrepentimiento del culpable, más la condena que lastime, que la rehabilitación del infractor. El encarcelamiento no siempre es para proteger a la sociedad de un criminal, ni para rehabilitar a un reo, es para cobrar venganza en nombre de la ley.
–¿Cómo negar que las cárceles son escuelas del delito?
El tiempo se agotó antes que el tema, y el visitante que había llegado a aquélla habitación más por la curiosidad que por el deseo de saludar a su maestro, tenía ahora un mejor conocimiento del hombre que le había enseñado; una percepción más completa en tan breve trato personal, que en tantos años oyéndolo en las aulas.
–Al escucharlo, profesor, me asombro del contraste entre su magnanimidad y su dureza; entre su exaltación del perdón y su inclinación por la pena capital; entre sus sentimientos de clemencia y su disposición al aniquilamiento.
–No encuentres en ello incoherencia. Mi vida estuvo marcada por mi vocación hacia la gente buena y el repudio al comportamiento despiadado. Luego no puedo ver igual la pena para el delincuente realmente arrepentido, que para el que arrincona a la sociedad sin inmutarse.
–A pesar de lo que expresan sus palabras –dijo el estudiante–, tengo la convicción de que no segaría usted la vida de un delincuente con sus propias manos.
–Eso no me exime, igual el jurado es más responsable que el verdugo. Pero no habiéndose aplicado durante esta vida mi proyecto, queda de testimonio de cuanto me inflamaban las conductas criminales. Nunca soporté ver a la sociedad acorralada. Aunque me marche, y se diga que ya este asunto no es de mi incumbencia, sigo invocando una justicia con procedimientos expeditos, con estrategias como la extinción de derechos que ponga al delincuente en inferioridad de condiciones. Sólo así será capaz la sociedad de doblegarlo.
El discípulo se despidió manifestándole la extraña sensación de hasta ese instante haberlo conocido. Le dijo estar impresionado de su disposición a disculpar, como de su determinación a arremeter. José pensó que su posición podía caber en una eslogan: bueno con los buenos y rudo con los malos. Desde luego, con los malos contumaces, con los que rebasan los límites de toda tolerancia. Y malos para él no eran todos los que causan daño, sino los que lo ocasionan albergando las intenciones de causarlo. Y la indulgencia definitivamente le parecía importante. «Nuestra naturaleza humana yerra fácil, se agita entre el bien y el mal, entre el pecado y el perdón, luego absuelve para ser absuelta».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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viernes, 15 de octubre de 2010

CARTA LV: DEFINITIVAMENTE SOMOS OBJETOS HOMBRES Y MUJERES

Octubre 25

Primoroso Copito:

Que no se diga que no eres un fascinante objeto de deseo. Lo disfrutas. Lo leo en la picardía que detecto en tu mirada.

Objetos somos tú y yo, sencilla y llanamente. Tú, objeto de pasión para los hombres, yo, objeto que apasiona a las mujeres.

¿De dónde, habrás de preguntarte, surge afirmación tan imprevista? Ocurre amor, que acabo de encontrar a cierta dama, que feminista se proclama, y se niega a ser objeto sexual de los varones. ¡Qué fatalidad! Las reglas de la naturaleza no cambiarán con su disgusto.

Detesto la tonta rivalidad entre los sexos. Cuán diferentes somos, pero no para actuar como bandos que anhelan doblegarse; para hacer, por el contrario, de esa diferencia un motivo exquisito que lleve a la mujer y al hombre a poseerse. Cambiar la manera de ser de cada sexo es un intento vano. No hay poder humano que le quite al macho su lujuria o a la mujer su propensión a los detalles. El re-sentimiento contra el comportamiento natural de cada sexo es un trastorno serio.

Considerar al otro objeto sexual, no es un insulto. Estoy seguro: es un halago. Un anhelo íntimo que algunos no confiesan. Ser deseado vivifica.

La propensión a despertar deseo es característica primordial de la autoestima de toda persona saludable. ¿No tendrá la mujer que lo rechaza conflictos con su feminidad y una sexualidad muy mal resuelta?

La naturaleza impone su mandato: que un género inspire en el otro la pasión, en juego encantador y delicioso, que compensa en buena parte los disgustos de la vida.

Afortunados objetos del placer somos nosotros, y no por ello menos intelectuales, ni menos espirituales, ni menos afectuosos.


Luis María Murillo Sarmiento ("Cartas a una amante")

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viernes, 8 de octubre de 2010

TU SONRISA

Hay una sonrisa
en que la belleza se quedó atrapada,
hay una sonrisa que me trae la dicha
que siempre he soñado.
Hay una sonrisa de rojo encendido
que es pasión y amor...
es fuego en los labios.
Hay una sonrisa tan suave,
tan tierna
que tiene en esencia
el encanto de niña.
Hay una sonrisa
que guarda en los labios
la expresión más dulce...
toda venturanza.
Hay una sonrisa tan iluminada
que mi ser deslumbra,
es una sonrisa que con su ternura
devuelve a la vida toda la esperanza.
Hay una sonrisa que mi amor revive,
por la que mis sueños parecen reales.
Hay una sonrisa en que se dibuja
toda la hermosura del género humano.
Hay una sonrisa que vive en mi alma
que el dolor aleja en horas amargas.

Hay una sonrisa por la que yo vivo,
hay una sonrisa que yo quiero tanto,
hay una sonrisa...
por la que yo aguardo.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia)


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jueves, 30 de septiembre de 2010

EN DEFENSA DE UN PERIODISMO IMPARCIAL*

La identidad de El Espectador con los principios de su fundador, constituyen para el lector la mejor garantía de su imparcialidad. En un momento crucial para el destino del país, su actitud prudente confirma su fidelidad en la defensa de la Patria y de los principios liberales.

Entre los encontrados sentimientos de Antonio Panneso** y ‘Lorenzo Madrigal’***, encarnación de las inclinaciones más opuestas, hay tal diversidad de respetables pareceres sobre el comportamiento del primer magistrado, que su acogida en las páginas de El Espectador lo reafirman como tribuna objetiva y libre del pensamiento.

La presentación de los hechos, por vergonzosos que sean, sin deformaciones maliciosas, no constituye desafuero periodístico que pueda censurarse, menos aún la difusión de las encontradas opiniones de los colaboradores del periódico. En los lectores ofendidos con el tratamiento imparcial de la opinión y la noticia descubro en cambio cierta ofuscación divorciada de todo intelectual razonamiento y precedida por apasionados sentimientos.

El penoso proceso que se sigue al presidente no debe entenderse como el enjuiciamiento al ideario de un partido sino como el juicio a un ciudadano en quien recaen graves indicios de haber transgredido normas éticas y legales, juicio que por el alto cargo que ocupa el encausado tocará con su fallo el prestigio de Colombia.

Para todo liberal sensato, pesa hoy más la suerte y el buen nombre de la Patria, que el destino de su presidente. Ojalá la Cámara de Representantes a pesar de su pobreza conceptual, jurídica y oratoria permita a la verdad salir de su laberinto.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* Esta nota fue publicada en el diario colombiano El Espectador, el 12 junio de 1996 (pág. 4A), y hacía referencia al trato periodístico del juzgamiento del entonces presidente Samper por los aportes de dinero del narcotráfico a su campaña. El suceso polarizó al país y enfrentó agriamente a defensores como a fustigadores del presidente. El Espectador fue generoso al ceder espacio a las diferentes opiniones, imparcial y respetuoso con tantos pareceres.

** Columnista de El Espectador

*** Seudónimo del columnista y caricaturista de El Espectador Héctor Osuna.


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viernes, 24 de septiembre de 2010

CUANDO A MI LADO ESTÁS

Cuando a mi lado estás,
nada me falta,
eres aliento para seguir viviendo.

Cuando a mi lado estás,
mis pugnas olvido con el mundo,
tu cercanía calma mis ansias
de rebelión y de pendencia.

Cuando a mi lado estás,
hasta la muerte pierde trascendencia,
¿Para que anhelar su paz,
si la felicidad puedes brindarme?

Cuando a mi lado estás,
no existe el dolor ni el sufrimiento:
mi mayor dolor es añorarte.

Cuando a mi lado estás,
mis sentidos todo lo perciben bello,
y en tu ausencia
el mundo
no tiene fundamento.

Cuando a mi lado estás,
la insatisfacción no existe,
se olvida la razón de mis reparos,
sólo sueña el corazón en poseerte.

Cuando a mi lado estás,
todo es sereno,
eres la calma que domina
la tempestad de mis afectos.

Cuando a mi lado estás...
¡ Nada me falta !

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia")

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viernes, 17 de septiembre de 2010

MI PENSAMIENTO, UN GRITO QUE SUBLEVA

Necesito alzar mi voz al infinito,
que mi pensamiento vuele por los aires,
que la conciencia cósmica lo abrigue,
que cause desazón y que subleve,
que interrumpa el letargo de los hombres,
que aceptan las verdades sin juzgarlas,
que derribe los bastiones de la infamia,
que derrumbe a los déspotas,
que ensalce a los humildes,
que inflame el corazón de los cobardes,
que aliente el corazón de los valientes,
que redima al hombre resignado
arrasando con toda servidumbre.
Que exalte la libertad y la razón,
rebajadas por los amos
del poder y la fortuna.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético")

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viernes, 10 de septiembre de 2010

¿TERMINÉ AMANDO LA VIDA?

Si todo estaba siendo objeto de mi análisis, no estaba de más que juzgara mi culpa en la enfermedad que me llevaría a la muerte. Inobjetable era mi falta, había abandonado por años los controles. ¿Pero acaso no tenía motivo para hacerlo cuando tantas biopsias benignas me habían tranquilizado? Tarde vine a saber que la metaplasia colónica del último fragmento de estómago que me estudiaron era un paso al cáncer gástrico. El especialista me habría alertado si en vez de archivar el informe se lo hubiera presentado. Y no lo hice porque también decía que no había malignidad en la muestra examinada. En fin, ¡así debían pasar las cosas! Pues hasta las verduras que poco me gustaban las incluí en mi dieta. Y los medicamentos nunca me faltaron. La cimetidina, la ranitidina, el omeprazol, el sucralfate, la metoclopramida y todos los antiácidos daban fe de que tampoco fui tan negligente. En ausencia de controles yo mismo me los formulaba. Y aunque me recriminaron la autoformulación, ningún médico pudo refutarme que la prescripción fuera correcta. «Se creyó tan docto recetándose –me dijo alguno– que pasó por alto que sólo una parte del manejo de la enfermedad era la fórmula».
De todas formas, no tenía porque quejarme; muchas veces había expresado el desprecio por la vida. No había sido grande mi apego a la existencia, hasta recuerdo cuando recitaba con rebeldía los versos de León de Greiff, como si fueran míos:
«Juego mi vida,
cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida.»
Los repetí mil veces, considerándola un bien sin importancia. Pero a fuerza de vivir terminé cogiéndole cariño. La había colmado de pretextos y motivos, y sentía tristeza de dejarlos huérfanos. Ahora me ataban los quehaceres a que me había entregado para entretenerme, mientras llegaba la hora de partir. Había sido un buen discípulo de Chalmers para quien la dicha consistía en tener qué hacer, a quién amar y algo qué esperar.
Pensé en la muerte de mis seres queridos, en las hipotéticas y en las reales. Y particularmente recordé el accidente de mi hija, cuando creí que la perdía. Qué alegría que las cosas se dieron al derecho. No tienen porque anteceder en la muerte los hijos a los padres. Pasado la angustia inicial del accidente, mi dolor se fue atenuando al entender que no era yo Dios para cambiar los hilos del destino, y que todo ser humano tiene un final inexorable, del que ni Eleonora escaparía. Entendí que mi dolor más que por ella era por mí. Sufría porque ella pudiera abandonarme. ¡Y con ese egoísmo nos atrevemos a decir que sufrimos porque amamos! Para que hubiera amor auténtico en ese instante amargo, lo que debía importarme era haberle dado afecto, haber cumplido a cabalidad mis obligaciones como padre, haberla hecho feliz, haberle dado amor todos los días. Y si tenía que marcharse, que lo hiciera con la alegría de haber contado con un ser que no le había fallado. Pensé que podía sentirme triste si el destino se la llevaba para siempre, pero no abatido, pues a Dios gracias, creía que mi comportamiento era admirable. Que fuera lo que el Cielo dispusiera, al menos había paz en mi conciencia.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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sábado, 4 de septiembre de 2010

CARTA LIV: LA ESTUDIANTE RESULTÓ APLICADA

Octubre 20

Mi amor:

No alcanzo a imaginar en que puesto te tendría el destino si el matrimonio no hubiese cruzado por tu vida. Por él abandonaste lo que más querías, por su culpa tus estudios se quedaron truncos.

Tantos años después vuelves al dominio de los libros. Y te encuentro con más gusto y constancia que una aplicada adolescente. Que buen ejemplo tienen tus niños al tener una madre que anhela cultivarse. Te siento grandiosa, interpretando términos que son del dominio de los médicos. Te veo hermosa vistiendo ese uniforme blanco que te hace lucir tan diferente. Te veo importante maniobrando tu tensiómetro, practicando con sondas y jeringas o cargando libros de título llamativo bajo el brazo.

Y he de amarte mucho para disfrutar tanto como tú todas esas actividades que a la hora de la verdad le roban tiempo a nuestros arrumacos. Ese es un buen síntoma, porque el verdadero amor se mide en términos de desprendimiento.


Luis María Murillo Sarmiento ("Cartas a una amante")

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viernes, 27 de agosto de 2010

CUANDO A MI LADO ESTÁS

Cuando a mi lado estás,
nada me falta,
eres aliento para seguir viviendo.

Cuando a mi lado estás,
mis pugnas olvido con el mundo,
tu cercanía calma mis ansias
de rebelión y de pendencia.

Cuando a mi lado estás,
hasta la muerte pierde trascendencia,
¿Para que anhelar su paz,
si la felicidad puedes brindarme?

Cuando a mi lado estás,
no existe el dolor ni el sufrimiento:
mi mayor dolor es añorarte.

Cuando a mi lado estás,
mis sentidos todo lo perciben bello,
y en tu ausencia
el mundo
no tiene fundamento.

Cuando a mi lado estás,
la insatisfacción no existe,
se olvida la razón de mis reparos,
sólo sueña el corazón en poseerte.

Cuando a mi lado estás,
todo es sereno,
eres la calma que domina
la tempestad de mis afectos.

Cuando a mi lado estás...
¡ Nada me falta !

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia")

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viernes, 20 de agosto de 2010

EL INICIADOR DE LA ENTOMOLOGÍA EN COLOMBIA*

La afable referencia que ha hecho El Espectador en su edición del pasado 6 de junio al centenario del natalicio de Luis María Murillo Quinche, ha vuelto a transportarme a las gestas fascinantes de nuestra ciencia en un pasado seguramente para la patria más amable.

Aprendices malogrados de la alquimia, frustrados con la desaparición de un laboratorio destruido por un temblor en 1917, Otto de Greiff y Luis María Murillo, prosiguieron con interés naturalista en la búsqueda de fósiles por los cerros bogotanos. Claudicó a las excursiones el primero y en Medellín dio inicio en la Escuela Nacional de Minas al estudio de su profesión; el segundo sin hallar un sólo fósil, descubrió a cambio entre el verdor de las montañas la riqueza de una fauna por su tamaño despreciada. Nació allí su vocación por los insectos, y en ausencia de esa disciplina en nuestro medio, se formó a sí mismo. Hizo de la naturaleza su universidad y transformó en ciencia aplicada el producto de sus descubrimientos. A lomo de mula recorrió el país entero, identificando las plagas de nuestra agricultura, descubrió sus hábitos, su ciclo vital, su distribución y sus debilidades con el ánimo de combatirlas, enriqueció la taxonomía universal con nuevos ejemplares y desde las escuelas rurales, desde la cátedra universitaria, desde las academias, desde su ministerio, primero de Industrias, después de Agricultura, desde sus columnas en revistas y periódicos, instruyó desde analfabetos campesinos hasta senadores y ministros sobre la importancia de esos seres diminutos que no por pequeños menos estragos causaban a la economía. Miles de millones de pesos ahorraron al país sus enseñanzas.

Y temeroso del daño indiscriminado que causan los insecticidas, propuso y ensayó con éxito la destrucción de las plagas por sus enemigos naturales. Con insectos útiles controló insectos dañinos, sin causar estragos en los ecosistemas. Estudios científicos valiosos que le merecieron ser el único latinoamericano miembro de honor en la centenaria Sociedad de Entomología de Bélgica.

Fue como lo expresara Juan Lozano y Lozano ante su tumba abierta, "un hombre adorable por virtud y generosidad, el mejor de los amigos, un patriota, un sabio, un poeta y un alma pura como la de un niño".

Señores directores, la vieja amistad que unió al iniciador de la entomología en Colombia, con la familia Cano y El Espectador, se prolonga hoy en la gratitud y en el afecto que sus descendientes sentimos por ese diario centenario.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* A los directores del diario colombiano El Espectador, Juan Guillermo Cano Busquets y Fernando Cano Busquets, dirigió el autor esta epístola el junio 10 de 1996


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viernes, 13 de agosto de 2010

PORQUE LLEGASTE

De pronto se negó mi alma
a proseguir sola
la senda de la vida.

De repente mi paso seguro
se ha vuelto vacilante
y mi aquietado corazón
se ha rebelado.

A los sentimientos
mi juicio ha sucumbido;
está mi ser desnudo,
desprotegido, inerme...

Definitivamente el corazón
no sabe de razones,
ni la razón
comprende sentimientos.

Ya no tengo felicidad
sin tu presencia.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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viernes, 6 de agosto de 2010

EL MUNDO POR DESCUBRIR NO ES EL SOÑADO

Cuando el dolor y el agotamiento progresivos hicieron sentir a José enfermo de verdad, todas sus actividades decayeron, y muchas desaparecieron para siempre. Su fortaleza física, conservada por el esfuerzo admirable de su voluntad, se derrumbó. Consciente de su debilidad optó por no salir del edificio. Y para compensar su encierro, puso al frente del ventanal de su alcoba una mullida mecedora, en la que se le iban las horas, hamaqueado entre su siesta y sus lecturas; entre la abstracción en sus escritos y la dispersión que le provocaba el mundo agitado de la calle. Ese cosmos del otro lado del cristal de la ventana era su contacto más importante con la realidad; todos los demás eran virtuales. En sus excursiones por la biblioteca, que era un cuarto grande, adaptado para tal destino con siete pisos de estantería que forraba de libros las paredes, José se aprovisionaba de obras y documentos que le hacían más llevaderas las horas del encierro.
Solía revisar alguna de las carpetas con borradores de sus publicaciones. Siempre le deparaban alguna novedad, a pesar de ser él, el autor de los escritos. Leyéndolos podía ufanarse de que el prodigio hubiera salido de su pluma, o ruborizarse de haberlos publicado. En ocasiones los juzgaba tímidos, en otras le sorprendía su arrojo. Mezclados con ellos, propio de su desorden, había párrafos sueltos que esperaban un lugar en un libro que ya no llegaría. Hojas dispersas que tal vez serían las primeras en llegar a la basura cuando se aseara la biblioteca tras su muerte. De pronto a su hija le diera por leerlas y terminara publicando algún ensayo. Había mucho sobre la muerte, las relaciones de pareja, el comportamiento sexual, la infidelidad, la libertad, el avasallamiento del hombre, la injusticia, el bien y el pecado, temas que habían sido en sus obras recurrentes. Pero ordenar sus notas y llenar de coherencia las ideas dispersas, no era tarea fácil. No lo era para él, menos para un extraño. Entre suspiros pensaba que terminarían en el fondo de la caneca, pues muchas notas estaban escritas en recibos ajados, en servilletas dobladas, al respaldo de tarjetas de presentación o en fragmentos de papel rasgado de la esquina de un periódico. Todo con tal de no dejar escapar una idea en el esplendoroso instante de su nacimiento. Así había sido siempre. Algún día el escrito pasaba del sitio improvisado al procesador de texto de su computador, y comenzaba la fase de crear, de dar forma a su obra con la paciencia de un sastre, hilvanando párrafos y remendando ideas. Así habían nacido muchas de sus publicaciones. Ahora, por desgracia, abundaban los pensamientos y escaseaba el tiempo.
Aquella tarde tomó una carpeta atestada de documentos, que lo obligó a pasarse de la mecedora al escritorio para poder manipularla. Ojeó uno tras otro los textos, hasta fijar en uno su mirada: «El instinto atrae a la mujer y al hombre. El retrato de un instante de pasión hace presumir que en la naturaleza más perfección no existe, pero tras de esa efímera armonía se esconden descomunales desacuerdos. […] El hombre y la mujer hablan del amor y el sexo en lenguas diferentes. El deseo y el amor que los atraen, es la causa a la vez que los repele. […] Puede que la mujer experimente el sexo con agrado, pero nunca con el entusiasmo enloquecedor con que lo busca el hombre. El macho humano es un animal carnívoro y su presa todas las mujeres. Son las leyes de la naturaleza, que persistirán a pesar del disgusto femenino empeñado en transformar el comportamiento de los hombres. […] Puede amar con exclusividad el hombre, pero sacia en muchos cuerpos su deseo: la eterna paradoja de amar a una y desear a cientos. Y no es maldad, porque el objetivo de la infidelidad no contempla que sufra la pareja. Son las hormonas, son los genes. Igual de libidinosa se torna la mujer con los andrógenos. Y el macho fue inundado por el Creador con las hormonas del deseo».
Entonces llegó el recuerdo de Eleonora, porque justo esos párrafos se le revelaron accidentalmente en su tierna adolescencia.
Eleonora se había criado a la sombra de los libros. Cuando pequeña se entretenía sacándolos de los estantes y apilándolos de diferente forma hasta construir estructuras que algún significado tenían en su mente fantasiosa. Pocas veces examinaba su interior, pues a diferencia de los suyos, llenos de color e ilustraciones, los de José estaban atiborrados de ininteligibles y aburridos caracteres; pero el inusual cuidado con que los trataba se había ganado la confianza de su padre, quien se los dejaba tocar sin el menor reclamo. Pasado su interés en ellos, la pequeña Eleonora terminó por olvidarlos. Se le volvieron un objeto monótono de la decoración. Tal vez por eso, José se olvidó de que su hija se pudiera concentrar en su lectura. Pero Eleonora creció y se convirtió en una adolescente interesada en el mentado ingenio literario su padre. Una mañana aprovechando que la habían dejado sola, se dedicó a buscar en la inmensa biblioteca las obras de José: «Inflamado por a libertad», «¿Por qué no funcionan las parejas?»,. «El manual de los amantes», «Contradicciones religiosas», «Del intelecto a los sentidos», «Moral e instinto», y muchas otras. Al azar se quedó con el segundo título, y comenzó a ojear hasta que el sugestivo encabezamiento de un capítulo, «Así somos los hombres, no lo que esperan las mujeres», la hizo a leer entusiasmada: «A la infidelidad y a la promiscuidad somos proclives. [...] Que todos somos iguales afirman las mujeres. ¡Y lo somos! Nuestras pasiones son las mismas. Víctimas de la norma o la etiqueta las ocultamos, pero no renunciamos al deseo: el cuerpo de la mujer es el mejor platillo. En la imaginación lo hacemos nuestro, desarropamos sus formas, fantaseamos con su intimidad y dejamos en libertad nuestros sentidos. Encubrimos nuestra lujuria para tejer la red que las atrapa. Con detalles tiernos y frases delicadas alcanzamos con docilidad lo que nos negarían si conocieran las verdaderas intenciones. ¡No es maldad, es el instinto! Si el enamoramiento se presenta, bloquea nuestra atención a otras embriagadoras tentaciones, pero apenas de forma pasajera. Los hombres, seductores pertinaces, pronto volvemos a soñar con la próxima conquista, real o imaginada, furtiva o manifiesta». Eleonora devoraba con afán las líneas. Cada párrafo era una revelación desconcertante, un cúmulo de datos para digerir, una realidad cruda, inesperada. Y ante todo una verdad rubricada por la firma de su padre. «No oculto nuestro carácter, si imperfecto, corresponde a nuestra naturaleza y no al dominio arbitrario de nuestra voluntad. [...] A cualquier edad la carne joven nos incita; la conquistamos en los años mozos, ya viejos, si es del caso, la compramos. ¡Qué indolencia! Pero el cuerpo ajado de la mujer no nos atrae. Sin embargo, al olvidar la fascinación de lo carnal, nos queda de la mujer la imagen de la madre y de la abuela... llenas de virtudes». Los ojos de Eleonora saltaban de párrafo en párrafo. Pasaba las hojas de prisa buscando frenéticamente otro encabezamiento. Un nuevo título: «La infidelidad», y un nuevo texto: «Si somos sin motivo propensos a la infidelidad, ¿cuán no seremos cuando la mujer nos somete a sus torturas? Sus agravios, sus celos, sus cantaletas, desbordan la tolerancia de todo hombre y lo lanzan indefectiblemente a los brazos de una amante». Y otro capítulo: «Las edades de la mujer según el hombre». «Desde la niña hasta la anciana pasan las mujeres por el mundo afectivo de los hombres suscitando infinidad de sensaciones. Desencadena la niña la protección y la ternura, enciende la mujer joven la pasión, inspira la anciana el respeto y la piedad. [...] Hay en las edades de la mujer, una en que vale sólo por su cuerpo, aquélla en que es la entretención suprema para el hombre. ¡Poco dura!. Y otra madura y menos breve, en que la seducción por su cuerpo poco importa. [...] La mujer tiene los años de su lozanía. Cuando es joven y atractiva nos domina». Cambió de párrafo: «Indignadas protestan las mujeres por el trato denigrante que las hace un objeto sexual de los varones, no obstante sufren cuando los años desvanecen los atributos por la que son objeto. En lo más recóndito de su ser todo ser humano quiere ser apetecido. [...] Cuando esos años pasan, sin la sombra de lo lúbrico, puede verlas el hombre en la plenitud de sus virtudes». Más adelante el libro intentaba aproximarse a lo moral. «Las relaciones de familia imponen en cualquier hombre decente barreras a lo erótico. La idea del incesto congela sus instintos. [...] Los juicios que los géneros formulan de su contraparte son sesgados. Juzgan bajo la perspectiva de su propio sexo, ignorando la naturaleza del contrario; así pierden la posibilidad de comprenderlo. La mujer, por ejemplo, que casi siempre liga amor y deseo en un mismo sentimiento, no alcanza a comprender que su compañero la ame, cuando acaba de compartir el lecho con una mujer desconocida».
Por un instante Eleonora cerró el libro, y se topó con la foto del autor en la cubierta. La pareció otro, diferente al hombre que la consentía. Cruel o pesimista, visionario de desastres, profeta de un mundo dominado por el desencanto. Pensó en él como un anunciador apocalíptico que revelaba que el verdadero amor no existe, y lo imaginó notificando con descaro que la mujer debía ser un juguete eternamente traicionado. No sabía si sentirse alertada o agraviada.
En su ensimismamiento no escuchó los goznes oxidados de la puerta que anunciaban la llegada de su padre. Demasiado tarde se apresuró a dejar la obra en el estante.
–¿Te convertiste en otro más de mis lectores? –le preguntó José con la certeza de que el que ponía en su sitio era uno de sus libros.
–Me pescaste papá.
Y sacando el libro de la biblioteca lo puso con sus dos manos frente a los ojos de su padre.
–Esa no es literatura para niños.
–Pues ya no soy tan niña. Y seré yo quien haga las preguntas. ¡Papá, tu libro es repugnante! ¡Nada hay en él del ser me consiente!
–Hija ese era el libro menos indicado para comenzar a entender mi pensamiento. Claro que soy el hombre hogareño y afectuoso que siempre has observado, pero también soy el crítico implacable que en las noches se encierra en el estudio a develar sobre el papel el universo que se esconde bajo el superficial que conocemos. El mundo que estás por descubrir será diferente al que has soñado. «La búsqueda de la felicidad, testimonio de quien la ha encontrado», hubiera sido para una adolescente la primera aproximación a mis escritos; con «Critica a la vida» hubieras dado el primer paso a los textos que encienden el debate.
En tono paternal fue desvaneciendo José, con amor y con razones, la fuerte impresión que había dejado en Eleonora la lectura.
–Pero papá, siento que te expresas de las mujeres con desprecio. ¿Desde cuando somos objeto para divertir al hombre? Llegué a imaginar, mientras leía, una risa mordaz inundando mi salón de clases, haciendo trizas el mundo que me habían mostrado.
–Comenzaré por explicarte que los hombres somos soñadores, y por soñar la realidad nos decepciona. Somos críticos, y por críticos vemos la vida y las personas de distinta forma. Lo mismo a la vista de tantos resulta diferente. Lo que te enseñan tal vez sea distinto a lo que yo te cuento, y diferente a lo que descubras por tus propios medios. Puntos de vista que no cambian la esencia de las cosas. No es más grande la mujer por más que se la ensalce, ni más odioso el hombre por más que se le recrimine. La realidad, como la verdad, es sólo una, pero cada cual la interpreta a su manera. Me gusta escribir sobre el lado conflictivo de las cosas, por lo que no resulta amable todo lo que digo. Es otra cara de la realidad que no niega cuanto de bueno hay en el mundo. Creo en la igualdad entre los sexos y proclamo los mismos derechos para ambos, pero toco las diferencias, la forma en que cada uno ve las cosas, la manera de sentir y de expresarse. Describo en detalle la personalidad de la mujer y el hombre, busco explicación a su conducta, hurgo en la filosofía y la ciencia, y encuentro que mucho hay de instintivo y natural, y no tanto de voluntario y reprobable. Llamo la atención sobre la realidad de las cosas, porque a veces la sociedad, con una venda encima, se opone a lo evidente. Mi libro te cuenta como son los muchachos que comienzan a gustarte. Debes saber que los hombres somos sensuales en extremo. Que vamos tras del placer, tras de los gozos que deparan los sentidos. ¿Y sabes cuál es la sensación más formidable?
–La mujer, si me atengo a lo leído.
–Exactamente.
–Y es por eso que el hombre la somete.
–Vaya uno a saber cuál es el sexo que somete y cuál el sometido. Yo siento que sólo con seducir, la mujer consigue doblegarnos. Buen tema para tratar en clase. Pero en las aulas falta resolución para mostrar la imperfección humana y para revelar la realidad con su crudeza. A veces se evita chocar con el romanticismo de la vida que se le vende al niño. Se habla de la magnificencia del amor como prolongación de los cuentos de hadas que se aprenden en la infancia. A mí me gusta que a las cosas se las llame por su nombre, que se las tenga por lo que son, sin maquillaje. Por eso sin tapujos me refiero al deleite egoísta que por naturaleza, no por maldad, buscamos en la mujer los hombres. También enaltezco el amor y valoro el ideal que pretende al hombre y la mujer unidos para siempre. Unidos por el conocimiento mutuo y trasparente, más realista y menos soñador, más objetivo y menos propenso al desengaño. La mujer que lea mis libros se podrá enamorar de un hombre real con todos sus defectos, sabrá cómo y por qué actuamos, conocerá nuestra naturaleza, y con ella nuestras debilidades y virtudes. Si acepta la aventura, no se llevará sorpresas. Desmitifico al príncipe azul para que no rompa en lo sucesivo corazones. A una adolescente, debe al menos enseñarle el valor de la prudencia. De pronto le dé elementos que la hagan inmune al desencanto.
Fue entonces cuando Eleonora sorprendió a José con su pregunta.
–¿Tú nunca fuiste feliz con mi mamá? ¿Por eso escribes como escribes?
–Todo no fue tan malo. Nuestra relación comenzó con muchas ilusiones, tantas que nos ocultaron la contravía en que viajaban nuestros intereses.
–¿La has traicionado?
–Me niego a contestarte.
–No es para juzgarte.
–Juzgar es muy difícil. Se peca por exceso o por defecto. No sé si exista maldad en los infieles. A unos los espolea el hastío, a otros el instinto los instiga; algunos buscan las cualidades que en su pareja están ausentes, algotros se empeñan en compensar algún maltrato.
–Si me das más argumentos pensaré que tuviste alguna amante.
–Muchas: Es lo que tu madre afirma –y se contuvo.
No era a su hija a la que debía resaltarle los defectos de su esposa. Prefirió volver al libro para poner punto final al tema.
–Hija, si te has llevado una mala imagen de mi obra, es porque tu percepción aún es idealista. El libro no intenta ser moral ni libertino. No hace un juicio a la conducta humana, apenas presenta su comportamiento sin engaños. Al escribirlo, quise mostrar la realidad, como un fotógrafo la capta, sin eufemismos ni retoques. Sólo a mis años dirás si estuve equivocado; porque para criticar la vida hay que vivirla. De pronto es más lo que decimos que lo que padecemos.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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