domingo, 10 de febrero de 2008

LO QUE VA DEL SUEÑO A LO REAL

La vida suele tomar rumbos que se apartan de los objetivos idealizados en la infancia. José, como en los cuentos de hadas, soñó con una casa encantada, inundada de fragancias, con una doncella tierna y amorosa, y con un hogar dichoso y duradero. Fue su visión inocente de la vida. Tuvo un techo –para no quejarse– que lo resguardó del frío, pero sin los aromas romántico soñados. La doncella fantaseada, «fue un hechizo de pésima factura», él lo decía. «Amantes no previstas me endulzaron el amargo destilado de la reina de la casa». Los niños fueron el único sueño que dejó la realidad incólume. Ellos, que eran en su fantasía el elemento menos trascendente, a través de su hija se convirtieron en un suceso inesperado y grato.

Los patrones que le inculcaron en el hogar y en el colegio los reemplazó José, por fuerza de las circunstancias, por un modelo propio. Uno excéntrico, realizable y práctico, en oposición a uno ideal, pero imposible. La mujer esposa, amante, amiga, ama de casa y madre, no fue la que encontró en Elisa. Su dicha con ella fue fugaz. «El título de esposa apenas es un mote con el que fundamenta su derecho a infligirme todo tipo de agresiones». En ausencia de la esposa-amiga-amante, como compensación buscó auténticas amigas y auténticas amantes. Sin embargo, ya herido por su enfermedad, con un dejo de nostálgico reclamo decía que había que contentarse con lo real que era lo único contable. Y lo decía pensando en los sueños frustrados de su juventud, pero también, en la incertidumbre del futuro: en lo que sería «su vida» tras la muerte. «Son reales mis gozos y mis sufrimientos, lo que di y lo que me brindaron, lo que conquisté y lo que me arrebataron. En cambio el más allá acaso no sea más que un sentimiento o un deseo. Una eventualidad nebulosa, como la suerte, contraria a lo que deseamos... de pronto inexistente».

Creía en la felicidad como objetivo primordial del hombre. «La quiero aquí y ahora. Otros mortificándose la desechan aquí, con la esperanza de que en el otro mundo los esté aguardando. Algunos la quieren ahora sin importar su precio, inclusive el daño de sus semejantes. Yo la anhelo con cordura y sin afanes, a sabiendas de que entre la búsqueda y el hallazgo, la felicidad a veces se refunde». Consciente de que era amo del presente, pero incierto dueño del mañana, no la pospuso cuando tuvo la posibilidad de tenerla entre sus manos. El placer fue su fuente, pero también lo fueron sus desvelos cuando significaron la dicha de los suyos. Porque la felicidad que reclamaba era goce sensual, pero también satisfacción espiritual.

Había dicho que no estaba dispuesto a tener al final de sus días un saldo negativo. Lo consiguió. El balance le era favorable. «No estoy arrepentido. Mis padecimientos fueron estrictamente necesarios, no padecí por gusto. No practiqué la templaza innecesariamente. Tampoco ambicioné el poder y la riqueza, en cuya consecución el hombre sin darse cuenta arruina su ventura. A mi modo de ver, el poder no da felicidad sino esclaviza. Mi hedonismo fue mal interpretado, mis críticos sólo imaginaron en el placer el desenfreno, el sexo, la droga y el alcohol. Pero de ellos, el goce erótico fue el único que me sedujo. Mi hedonismo fue una refinada estimulación de los sentidos: el horizonte encendido del ocaso, el sol resplandeciente, el cielo azul inmaculado, el vivo verdor de la naturaleza, el agua cantarina, el mar espumoso y murmurante, la brisa cálida, el arenal dorado, el canto melodioso de las aves, el aire puro y perfumado. O la contemplación de una pintura, el arrobamiento por una nota musical, la lectura de un poema, un buen vino, un suculento plato, un concierto, una película, una alegre compañía. Todo eso tuve, así como el éxtasis sobre la piel desnuda. He cumplido, no tuve que arrepentirme de lo que dejé de hacer... porque lo hice. Nunca pasaron el alcohol ni las drogas por mi vida, nada que pudiera someter mi voluntad, porque el contrasentido del placer es terminar esclavo del estímulo que lo propicia. El vicioso disfruta menos que lo que padece».

Pero tuvo que explicar su concepción del placer para borrar la idea de la conducta disoluta. Exculpado su modelo por no ser licencioso, tacharon entonces su hedonismo de egoísta. Nada que le hubiera preocupado, porque explicaba que egoísta ha sido siempre el ser humano. «Alberga malos sentimientos, pero también una extraña disposición a prodigar felicidad a otros. Hace parte de su esencia. El niño al convertirse en adulto se pervierte, pero también renuncia al egoísmo absoluto de la infancia. El niño que arrebata el bocado a sus papás, se transforma en el padre protector que ayuna antes que privar a su hijo de un bocado. Esa sorprendente sensación de bienestar al prodigarse, también quedó incluida en mi lista de placeres. Regocijarse cuando alcanza la felicidad el oprimido, conmoverse con la gratitud de quien hemos consolado, sentirse inmenso cuando se calma la necesidad de un niño hambriento, sentir como propia la felicidad de quien sale con nuestra ayuda de un trance doloroso... Esos fueron placeres filantrópicos».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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SEGUIRÉ VIVIENDO - ÍNDICE

Prólogo
A enfrentar la muerte y a disfrutar la vida
Hedonismo ante la muerte
El moribundo piensa en conciliarse
La búsqueda de la verdad y lo correcto
José descubre que su cáncer científicamente es fascinante
Lo que va del sueño a lo real
Entre la amante y un matrimonio mal llevado
¿Qué es el pecado?
Las batallas conyugales
Las contradicciones del corazón de la mujer
José y Javier, unidos por la amistad y separados por el dogma
Entre la salvación y el sufrimiento
Por temor a la muerte se ama la vida
Joaquín y José, entre pícaros y filosóficos
El germen de la infidelidad
Ni conservadurismo extremo ni culto al ser humano
Para todas las religiones es el Cielo
El concepto de placer
Las navidades y la reminiscencia del dictamen
El último prólogo
La nostalgia de un amor duradero
Muerte y bondad: objeto de mis sueños
Los peligros de la sociedad y del Estado
Eutanasia
Pensar en la muerte es saludable
Lo que el hombre oculta
Inevitablemente el hombre es religioso
Mariana
Ideario del moribundo, sus máximas y frases incisivas
Un juicio en mi inconsciente
Conflicto entre la razón y las creencias
El estoicismo
Feminismo absurdo y feminismo razonable
Nunca sojuzgado
El doloroso mundo de las calles
Mi superyó onírico
El demonio es el hombre
Mujer, sexo y ternura
El mundo por descubrir no es el soñado
¿Terminé amando la vida?
Fustigar al poder, como defender la autoridad, es necesario
Juicios de Dios y de loa hombres
Una tarde hablando de infidelidad, de instinto y de pareja
Irma y el conocimiento del amor
La caja gris de las amantes
Lo mejor, la infancia
Un pensamiento lleno de contrastes
Nunca se pierde la esperanza
Educar no es formar. ¿Es la enseñanza un proceso en bancarrota?
Alicia
Nuestro mundo, lo que tenemos más a mano

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sábado, 9 de febrero de 2008

JOSÉ DESCUBRE QUE SU CÁNCER CIENTÍFICAMENTE ES FASCINANTE

Ante la inminencia de la muerte y la posibilidad del sufrimiento, el tema del suicidio y la eutanasia rondó la mente de José, pero a pesar de la connotación afectiva no dejó de ser un ejercicio intelectual y frío. En lo personal poco lo seducía. Aceptaba la vida como fruto de la creación divina, pues algo tan complejo y maravilloso no lo consideraba producto del azar. Pero le reconocía una individualidad intocable, lo que quería decir que era un bien del que sólo debía su dueño disponer. Y para José el dueño de la vida era el morador del cuerpo en el que ella residía. De modo que sin compartir los motivos del suicida, reconocía su pleno derecho a terminar su vida. Bajo esa perspectiva la eutanasia también tenía su asentimiento. Pero involucrar a un tercero haciendo de verdugo no lo convencía: «Por piedad a nadie le quitaría la vida. Acepto el derecho que tiene el moribundo de acelerar su fin, pero es mejor que lo consiga por sus propios medios». Para sí, no tenía previsto un desenlace tan extremo; estaba preparado a una muerte natural, ajena también a las medidas heroicas que prolongan la vida encarnizadamente.

Esas reflexiones lo llevaron a la tasación de la existencia. Se preguntaba cuánto valía la vida, y si era el don de mayor precio. Decía que sí, tratándose de la vida ajena, pero no podía ser tan rotundo con la propia. Siempre había dicho que otros valores como la libertad, la más preciada de sus convicciones, estaba por encima de ella: «Por la libertad, hasta la misma vida».

Su descuido por vivir parecía real, pero también podía traducir cierto apego a la existencia bajo el criterio de que tanto cuidado es ominoso, y que siempre se pierde lo que más se quiere; pues su indolencia con su salud y con su cuerpo no iba a la par con el esmero con que procedía con la existencia ajena. De todas formas sin importar cual fuera el verdadero sentimiento, a José no le faltaban los arrestos para hacer mofa de su circunstancia: «Claro que si hubiera sido menos descuidado no estaría muriendo de éste cáncer... otra dolencia a la tumba me estaría llevando».

Y con esa tranquilidad se puso a investigar, aunque tarde, sobre los síntomas de su dolencia. Decía que su interés era sólo académico porque ya no iban a cambiar las cosas. «Al menos sirve para exculpar a mi estómago, que siempre me avisó que estaba enfermo». Recordaba, por ejemplo, las heces oscuras que él desestimaba por ser tan infrecuentes, o la pérdida de peso por la que sus amigos lo encontraban más apuesto. Y síntomas que toda la vida lo habían acompañado, como el meteorismo, la epigastralgia, la náusea y la dispepsia, que a fuerza de soportarlos los identificaba como manifestaciones benignas de un mal sin mayores consecuencias.

En las lecturas iniciales se encontró con el Helicobacter pylori, una referencia obligada en los artículos sobre el cáncer gástrico. Muchas veces tuvo esa bacteria, numerosas veces lo trataron, en otras tantas no le formularon nada. Sin ánimo de reclamar, un día se lo comentó al doctor Mendoza, y él le sacó de la cabeza la idea de que ese microorganismo y el cáncer de estómago fueran inseparables. «¿Qué tal, José, que le sacáramos el estómago a todos los que tienen la infección cuando sólo una proporción minúscula de los infectados llega al cáncer gástrico? Su presencia no es suficiente, tampoco es necesaria. Ni siquiera se ha aprobado el tratamiento para todos los que portan la bacteria».

Con las indagaciones la enfermedad se volvió afectivamente menos pérfida y científicamente más interesante. «Es que es apasionante –le decía a Eleonora– saber como esos cambios en un mundo microscópico terminan por matar a una persona. Todo es sutil e imperceptible, molecular y celular, lento pero seguro. No es un error de la naturaleza, sino una transformación infalible que busca la extinción. Tan precisa como el proceso que mantiene la existencia. Una transformación que articula armoniosamente la vida con la muerte. Una ley imperiosa de la naturaleza. Toma la gastritis atrófica como el punto de partida y observa esta evolución tan fascinante: La inflamación de la gastritis crea con su renovación celular acelerada, una condición propicias para el cáncer. Si la atrofia de la mucosa se le suma, decrece la acidez, y con menos acidez en el estómago, los organismos que transforman en cancerígenas ciertas sustancias de los alimentos proliferan. Esas sustancias son los nitritos que aquéllos convierten en nitrosaminas. Pero antes que cáncer, hay metaplasia intestinal y más tarde displasias, enfermedades que pueden regresar. Y en cada paso puede el enfermo intervenir, previniendo o alentando la transformación maligna. Los tumores, Eleonora, no nacen de improviso». Y su enfermedad no había sido la excepción. Todo los pasos los habían cumplido. Mientras hubo sensatez en sus controles las biopsias descubrieron la gastritis crónica, la gastritis atrófica y hasta la metaplasia intestinal, a la que por ignorancia no le encontró su real significado.

Sus escritos, como sus visitantes, mantenían fresca la historia de su enfermedad: Había atribuido a los tragos de un coctel las náuseas y un fuerte dolor en la boca del estómago, y esperó como siempre que los síntomas se calmaran con el hidróxido de aluminio, la ratinidina y la metoclopramida. Pero la indisposición progresó hasta doblegarlo. Una diarrea como alquitrán lo hizo temer que el tratamiento estuviera fuera de sus manos. Pero fue el vómito, mezcla de un líquido verdoso con grumos de color café, coágulos y sangre fresca, el que lo hizo consciente de que era urgente la asistencia médica. En ambulancia Eleonora lo llevó a la clínica. Resultó breve la que creyeron una estancia prolongada. La hemorragia se controló y la transfusión lo dejó en inmejorables condiciones. Sólo la incertidumbre del diagnóstico los mantuvo en vilo. Finalmente llegó la noticia presentida: Adenocarcinoma antral, moderadamente diferenciado e infiltrante. Nada nuevo en su expediente, pues el informe de la endoscopia ya lo sugería, sólo que el médico no había querido notificarlo sin el soporte de la patología. En la endoscopia se había observado una masa antes del píloro, con pliegues engrosados y bordes imprecisos, sorprendentemente ni ulcerada ni sangrante. Era el cáncer. Vecina a ella, una zona de gastritis erosiva explicaba la hemorragia. ¡Vaya hallazgo! Un cáncer avanzando silencioso, y una gastritis causando el alboroto que terminaba por delatar la enfermedad maligna.

José se había reservado placeres para colmar los últimos días de su existencia, pero prefirió esperar más que un indicio. Con los hallazgos de la ultrasonografía endoscópica y de la tomografía axial computarizada, se convenció de que la enfermedad había llegado a un punto sin regreso. La laparoscopia, intervención menor que le recomendaron, la difirió hasta que realizó sus sueños. Fue un tiempo que no propiamente podría calificarse de perdido, pese a que llevó al tumor al último de los estados. Restablecido de la laparoscopia, el doctor Botero le reveló en detalle todos sus hallazgos y le explicó el acelerado deterioro que vendría. José recibió quimioterapia paliativa y volvió a su apartamento. Su estado en decadencia motivó una atención más esmerada. Eleonora procuró brindársela a costa de un trajín insostenible. José se oponía a la contratación de una enfermera y sólo admitía que Javier, Piedad y Alicia anduvieran con toda libertad por sus dominios. Aunque su colaboración era valiosa, muchas eran las horas en que José quedaba solo, horas de interminable tensión para Eleonora. Había aceptado volver al hospital cuando no pudiera beber ni un sorbo de agua, pero fue un severo dolor el que lo hizo despedirse de su apartamento definitivamente. Tan intenso fue, que no se opuso a que lo transportaran de urgencia en ambulancia. Cosas de los paramédicos que insistieron en llevarlo. Ellos pensaban en su vida, José tan sólo en el dolor, y apenas pedía un calmante para morir tranquilo. En el hospital tuvo varias hemorragias digestivas y fue objeto de varias transfusiones. Incólume el tumor siguió creciendo; llegó al páncreas, comprometió el duodeno, y se arraigó en el hígado, en el pulmón, la pleura, la vesícula biliar, el epiplón y el mesenterio.

«De pronto otra sería tu suerte –se atrevió a decirle alguna vez Federico Castañeda– si hubieras aceptado luchar contra el mal desde un principio». «Eso no es cierto –le dijo José, en tono perentorio–. En un análisis de pronto masoquista, confronté mi decisión a la luz de las exploraciones posteriores. No me equivoqué. Las conjeturas hechas con el auxilio de los médicos indicaron que al momento de la biopsia la enfermedad ya era avanzada. Era un estado III, en una clasificación progresiva que sólo contempla cuatro etapas. Con un tumor enquistado en la profundidad del estómago, llegando hasta su músculo, e invadiendo los ganglios vecinos de la aorta, las posibilidades de recuperación eran muy pocas». Aludía a la tomografía y la ecografía endoscópica en que se fundó el estudio de extensión, como llaman los médicos a los exámenes que determinan la magnitud de la propagación del cáncer. «Sentirme mejor de lo que los estudios revelaban no era ninguna garantía. Hasta mi hígado, cuando ya mostraba en los exámenes señales de metástasis, era normal para los médicos que lo palpaban. ¡Es que estando herido de muerte se puede pasar por saludable! Si me hubiera entusiasmado con curas milagrosas, me hubieran abierto el abdomen para extirpar un tumor irresecable, me hubieran practicado quimio o radioterapia en sesiones intensivas, todo por una minúscula esperanza. En todos esos martirios se hubiera ido mi vida, dejando frustrados mis últimos anhelos». Tenía razón. Muchas de las conductas que con él tomaron demostraron responsabilidad y celo infinito por la vida. Humanamente no eran necesarias. «¿Qué hubieran hecho si un tromboembolismo pulmonar que sospecharon hubiera resultado cierto? ¿Hubiera muerto en la unidad de cuidados intensivos con todos los suplicios?», preguntaba José, a sabiendas de que a un moribundo desahuciado no hay por qué rescatarlo de la muerte.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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LOS PIONEROS DE LA TRANSFUSIÓN INTRAUTERINA EN COLOMBIA*

En la barbarie en que Colombia parece disolvese, se reconforta el espíritu con la labor meritoria que tantos colombianos realizan en silencio, y que nos hace comprender que los cimientos de la nación lejos están de derrumbarse y que su ley no podrá imponerla, pese a todo el dolor que cause, un minúsculo puñado de caines.

Entusiasma entonces, la difusión de nuestros logros y resulta particularnmente grato para quienes a nuestro cuidado tenemos a las madres y a sus futuros hijos, la publicación del periódico sobre la transfusión intrauterina.

Para quienes hemos sido testigos cercanos del desarrollo en nuestro medio de los nuevos procedimientos que han permitido la manipulación intrauterina del feto con fines diagnósticos y terapéuticos, la labor de sus pioneros, tan callada como fructífera, no puede permanecer ignota. El trabajo de estos iniciadores, los doctores Eduardo Acosta Lleras y Eduardo Acosta Cajiao, tan alejada de todo afán publicitario como lucrativo, como el de todo enamorado de la humanidad y de la ciencia, no puede sin embargo ser anónimo. Injusto sería que una patria que en su memoria guarda el nombre de quienes la desangran, no perpetuara también en el recuerdo el de sus mejores y abnegados hijos.

Al exaltar su labor, permitamos que este reconocimiento merecido, se convierta a la vez en estímulo a su misión consagrada.

* A los directores de el periódico colombiano El Espectador, noviembre 18 de 1989


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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CARTA XI: ÉSTE SOY, DEBES CONOCERME

Junio 28

Paolita:

Éste que conoces, consentidor y tierno, también tiene en sus venas sangre en ebullición, savia indomable. Por eso me proclamo libre de amar y profesar afectos, amo de mi libertad y señor de la voluntad que Dios y la naturaleza me entregaron. Por ella lucho hasta la muerte.

No me someto a las hipócritas reglas de los hombres, sólo atiendo a mi razón y a mi conciencia. Actúo siempre con la frente en alto; expongo mi pecho a los agravios. Por mis convicciones todo sacrificio es vivificador y lícito, ni siquiera la parca me detiene.

Soy hombre de ideas y de ideales, desmitificador e iconoclasta, propenso al peligro, con la injusticia, intolerante; flexible con las debilidades de la carne, acérrimo enemigo del comportamiento santurrón y solapado.

En lo laboral de las jerarquías me mofo, en lo social me burlo de las clases: meros accidentes del destino. Quien hoy más bajo, puede ser mañana poderoso. Sólo miro el corazón y la bondad humana. A los humildes sirvo con agrado, con más gusto que a los poderosos que llegan a creer que me han comprado. No admito esclavitud o servidumbre, ni acepto que la mujer le pertenezca al hombre, o que por artimaña de un ridículo contrato, dueño se vuelva un cónyuge del otro. Sólo concibo uniones que duren por afecto, por el consentimiento pleno y deseado, aquéllas en que el ser sea libre, y toda expresión del instinto tolerada.

Lo que recibo ofrezco, y tantos derechos y libertad concedo, como los que la consecución de mi felicidad exige. En la infidelidad no creo como pecado, es instinto natural por todos cometido. ¡Los que de amor son, no son pecados!

Me repugnan los celos aunque sean normales, tampoco concibo el destino de las almas atado a la cohibición y al sacrificio. Hedonista soy confeso y practicante.

Únicamente la bondad tiene por norte mis acciones. Nunca esperes de mí un ataque por la espalda.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA X: UN COMPLICADO PARADIGMA

Junio 25

Querida Paola:

Me dice la experiencia que tratar de reunir en un solo ser todas las virtudes que el hombre anhela en su pareja no es posible. ¿Cuántas veces es una misma mujer la mejor amiga, la mejor confidente, la mejor compañera, la mejor madre, la mejor ama de casa y la mejor amante? Casi nunca. No son más que esperanzas que se frustran y energías que se pierden en pos de un modelo que con dificultad se logra.

Hace tiempos pensé en un novedoso paradigma ¿Qué pasaría, me preguntaba, si cada necesidad fuera satisfecha por una persona diferente? Porque una buena madre puede ser muy mala amante, pero otra habrá apasionada y amorosa, otra que se destaque como amiga, otra como ama de casa insuperable.

Y conocí buenas amigas, buenas amantes y buenas confidentes, cual si el modelo sin duda funcionara. De hecho guardo el recuerdo de provechosas experiencias. Pero aunque encontré mujeres maternales, reemplazar a una madre, es imposible. El hijo la amará siempre a pesar de sus errores. Me olvidé del complejo paradigma. El de la madre de los hijos y una amante sigue siendo a mi modo de ver el que mejor funciona.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA IX: ¿CÓMO NO HE DE SER INFIEL?

Junio 22

Princesita:

He llegado a ti luego de una penosa travesía por las sendas espinosas del amor. Más maltrecho que victorioso, pero más experto.

Éste que vez luciendo, casi cínico, el diploma de su infidelidad, un día fue un cándido marido que creía en el amor y en la perennidad del matrimonio. Que fiel a ese pensamiento soportó con resignación maltratos, suplicó mil veces, perdonó otras tantas y pidió perdón sin ser culpable. Todo por prolongar un sentimiento absurdo: un amor hilado a punta de ofensas y desprecios. A punta de suspicacias y recelos.

Me acogí a los santos, a Dios, al firmamento entero. Rogaba por la transformación de aquel temperamento inicuo. Y debió escuchar el Cielo mi llamado, porque aunque los ultrajes no cesaron, ni nunca brotó de sus labios una palabra amable, el amor por ese ser por quien yo daba la vida se evanesció definitivamente, me sentí intempestivamente libre, nuestras diferencias dejaron de importarme, de nuevo me dejé tentar por las mujeres. Se acabó la lealtad con quien me había fallado.

Sufrí mientras amé sin entender la razón de las actitudes agresivas. Con el tiempo me forjé un espacio para el romance fructífero y furtivo. Y no llegué a sentir contrición por mis deslices, por el contrario, cada aventura fue la compensación a cada instante amargo. Así, tan descarnado como lees, me volví infiel sin remordimiento alguno.

Ya ves, no es gratuita mi actitud ante el amor, ni mi infidelidad está libre de motivo.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA VIII: MÁS ALLÁ DE LAS FORMAS

Junio 19

Paolita:

Sin las formas perfectas de tu cuerpo me hubiera perdido la oportunidad de conocer tu alma. Porque sin la aproximación de los sentidos pocos pasos al encuentro con la mujer damos los hombres.

Tras de tu sensualidad hallé ternura. Y el cielo que observa mis pecados, sabe que si débil a la carne es mi materia, no lo es menos a la ternura mi alma. La dulzura y la belleza que tu ser a raudales proporciona, constituyen la combinación de atributos en que siempre mi corazón y mi razón se pierden. No hay atenuante a tus encantos, tus líneas son perfectas, equilibrio supremo de tu genio y de tu aspecto. Tan bellos como profundos son tus ojos, mirada abismal en la que deseo precipitarme sin temores; mirada perturbadora y compasiva; ruego enternecedor que me domina. Tu tersa piel es más que un ingrediente suave de tu cuerpo, es una esencia, un efluvio sereno y delicado que emerge de tu entraña. Todo lo externo en ti tan armonioso apenas es destello de un interior que más bello se adivina.

Gracias hermosa mujer por revelarme las bellas cualidades de tu espíritu, presiento que ante ellas estaré rendido.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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SOÑANDO LO IMPOSIBLE

Cierro los ojos
para hallarte en mis ensueños.

Y brota de mis sueños
tu grácil esencia juvenil...
tan fresca;
tu larga caballera de azabache,
- noches profundas
atrapadas en tu pelo -
tu límpida mirada,
espejo de tu alma cristalina,
que irradia la bondad y la pureza;
tus labios encendidos,
que enmarcan blancura tan hermosa;
tu sonrisa amplia y generosa
- surtidor de alegrías y de dulzura -
tus manos finas
- delicada expresión
de afecto y de ternura-.

Cierro mis ojos
para hallarte en mis ensueños.

!Que plácida es mi vida
en tu presencia!
Imaginar tu amor
rendido a mi cariño.

En mi sueño tiemblo al abrazo
de tu cuerpo cálido,
en tu pecho reclinado siento,
el cadencioso palpitar
del corazón enamorado,
a tu oído musito
los versos más hermosos,
entrelazo tus manos con mis manos
y ellas atrapan los dones de Cupido,
imagino besarte con dulzura,
y entregarte mi ser
en la más tierna caricia,

Irresistible atracción
que sueña lo imposible,
locura de un pecho delirante,
momentáneo extravío
de una razón que sabe
que no dirás nunca...
te quiero.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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MARTHICA

Brilló a mis ojos tu ser
desde el primer instante,
y en tu encanto
mis sentidos se perdieron.

Y refulgió la dulzura en tu mirada
y doblegó mi corazón...
sin esperanzas.

Tomó entonces la placidez tu nombre
y tu imagen dominó mis sueños,
y mía creí esa onírica ilusión,
y el encendido rubí de tu sonrisa,
y el brillante azabache de tu pelo,
y la ternura que en tu ser irradia
el fino tejido de tu alma.

Embriagó tu existencia mi existencia,
y mis penumbras,
a tu luz desvanecieron,
y exhaló cada suspiro
un nombre amado:
Marthica,
constante evocación
de un dulce pensamiento.

¡Oh ilusión fugaz por la realidad estremecida!
¡Oh parpadear del amor,
que en un instante se graba para siempre!
¡Oh anhelo imposible,
que busca consuelo en tu mirada!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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TUS ROSAS AMARILLAS

Nunca reparé en tu ser,
tantas veces a mi vista indiferente;
nunca imaginé tus pétalos al viento,
ni tus hojas cargadas de rocío,
ni tu flor entumecida al alba
y sedienta al sol del mediodía.

Sabía de la pasión
de tus flores encendidas
y el simbólico dolor de tus espinas.
Hoy sé que existen tus flores amarillas,
las que conmueven al ser
que anida en mis ensueños,
las que su corazón alegran,
las que me deparan
una mirada tierna,
las que la más bella sonrisa
me regalan,
por las que alcanzo a imaginar
una caricia.

Porque tú las prefieres,
yo las quiero,
rosas amarillas,
testigos,
cómplices de mis afectos,
símbolo de mi perenne sentimiento.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)


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martes, 5 de febrero de 2008

CARTA VII: EL LIBRE ALBEDRÍO EN EL AMOR NO EXISTE. A MI VIDA TE DOY LA BIENVENIDA

Junio 15

Mi muy querida Paola:

Si dueños fuéramos de nuestros sentimientos no nos impondría el destino amores agobiantes. Amores condenados al fracaso, que acaban cuando más los ponderamos o que a pesar del daño que causan no se extinguen, y en la razón fundáramos la elección de la pareja eterna. Pero es el corazón, para bien o para mal, la cuna de todos los afectos: tormentosos, plácidos, intemperantes, tiernos, agresivos, esclavizantes, libres, quiméricos, reales.

Había conocido mi vida el desamor y amores imposibles, cuando la luz de tu mirada encendió en mi alma nuevas ilusiones. No pude mantenerme incólume a ese sentimiento cuando más voluntad me sobraba para resistirlo. La bondad de tus ojos transmutó la libidinosidad que me acercó a tu cuerpo. Del deseo de un esparcimiento pasajero, pasé a la añoranza de un sentimiento duradero. Tras deleitarme con tus formas he empezado a disfrutar tu alma. Todo se ha vuelto dulzura, una auténtica caricia, la añorada en mi desesperanza.

Hoy intuyo que eres una hermosa realidad, idéntica al paradigma que ronda mis ensueños.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")


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CARTA VI: COMIENZO A CREER QUE ENCAJAS EN MIS SUEÑOS

Junio 13

Querida amiga:

En la adolescencia conocí el amor y forjé con él las fantasías más bellas. Tuve amores platónicos, idealizados, que imaginaron a la mujer perfecta, poema puro, exquisita en sus formas y virtudes. ¡Vana ilusión! La realidad es otra. Pero terco mi espíritu, persistió en sus anhelos juveniles. En un extravío que no se agota porque revive tras cada desengaño. Todo por una visión inigualable, tan espectral, que conozco de sobra sus virtudes, pero nada sé de sus facciones. Ella es bella, estoy seguro, también es tierna, dulce, comprensible, amante y tolerante. Pero no me preguntes si es alta o si es delgada, si es un trigal su pelo, si hay carmesí en sus labios, si está cautivo en sus ojos el negro profundo de la noche. No idealizo su aspecto, apenas sus virtudes. No sé de su semblante, desconozco las líneas de su cuerpo, ignoro hasta su nombre. Anhelo una imagen real y un nombre verdadero. Un cuerpo cierto para el formidable espíritu que busco.

En cada silueta de mujer una ilusión florece. En aquellos pasos que se acercan, en la suave voz que me contesta, en un dorso cubierto de cabello hasta los hombros, en una figura estilizada, deposita mi ensueño una esperanza. Casi siempre sufro la frustración de no encontrarla. Y cuando creo que es ella, me resulta esquiva.

Tal vez soy un quijote irredimible, soñador empedernido de imposibles. Procuro actuar como hombre libre, mas no puedo negar mis ataduras. ¿Si con el matrimonio sueña la mujer, con unos hijos y una relación sin sobresaltos, podrá existir aquélla que apenas en mi afecto se interese? Hasta conocerte, del no rotundo estaba convencido. Desde entonces creo que yo encajo en tus proyectos como tú en los míos

Hoy dice mi corazón que un alto en mi búsqueda resulta conveniente. Que en ti pueden hacerse realidad mis sueños, que tus virtudes son las que mi alma anhela, y si hay defectos, ellas los ocultan. Tu temperamento afín al mío, puede ser el anuncio de una vida plena, de un lazo indestructible. De un vínculo que desborde las ataduras de papel con que la sociedad conforma las parejas.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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DEL OSCURANTISMO AL CONOCIMIENTO DE LAS ENFERMEDADES INFECCIOSAS - ÍNDICE

Introducción
Antiguos conceptos sobre la enfermedad - La teoría de los humores
La generación espontánea o abiogénesis
El concepto de contagio y el aislamiento de los microorganismos - Robert Koch - El carbunco
Cronología del descubrimiento de los agentes etiológicos de las enfermedades
Pasteur - La fermentación y la putrefacción
La cirugía en el tratamiento de las infecciones - Los abscesos
La peste
La sífilis
La tuberculosis
El cólera
La sepsis puerperal
El microscopio
Las vacunas: la viruela
Las vacunas: La rabia y el carbunco
Joseph Lister - La antisepsia
La asepsia:
xDe las antiguas salas de cirugía al quirófano moderno
xLas complicaciones infecciosas quirúrgicas
Los guantes de cirugía
La esterilización
La quimioterapia
La penicilina
Cronología de la aparición de los antimicrobianos
La inmunidad - Antitoxinas, fagocitos y anticuerpos
Los virus
La higiene pública
Epílogo

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EPISTOLARIO PERIODÍSTICO Y OTROS ESCRITOS - ÍNDICE

Prólogo
El mundo actual y los valores terrenales
Nuestra Policia Nacional
Paz en la tumba del caudillo
Los pioneros de la transfusión intrauterina en Colombia
Fuerza sórdida
El coraje ejemplar de El Espectador
No al aborto
Pulso firme
Las banderas victoriosas de Galán
Defensa de un ministro valeroso
Sin futuro
¿Sobran las normas de tránsito?
!Atrás la cobardia!
A mis jóvenes colegas
Una asamblea constituyente rendida al narcotráfico
Las declaraciones vergonzosas de un ex procurador
La crítica de arte como agravio
El engañoso sometimiento a la justicia
Un equívoco sentido de humanidad
Equivocación
El ministerio de salud en manos ajenas
Una justicia acomodada
Nuestro tránsito caótico
Las vicisitudes del quehacer médico
El fallo de la Corte, un fallo peligroso
La lección del hospital de Kennedy
Hacia la rectificación de las políticas en salud
Renuncia y no paro
Medicina, ¿apostolado o sacrificio?
Los derechos del médico
Una secretaría ineficiente
El triste calvario de la salud en Colombia
¿A quien le preocupa la salud?
Seudomoralistas
Un médico ejemplar
Alvaro Gómez
Entre la lealtad y la verdad
La pena de muerte
Megalomanía de una descertificación
Recordando un centenario
Reflexión sobre el proceso 8000
El iniciador de la entomología en Colombia
En defensa de un periodismo imparcial
La entomología y el doctor Murillo Quinche
Adversidades de la ley 100
En la conmemoracion del centenario del natalico de Luis María Murillo Quinche, iniciador de la entomología en Colombia
El jucio al presidente Samper
El sexagésimo aniversario de la Academia Colombiana de Ciencias
La actitud de Humberto de la Calle
Descubridores de la anestesia
El voto obligatorio
Don Guillermo Cano
La primera anestesia obstétrica
El extravío de los poderes
Un atentado contra nuestros símbolos
Los militares sí deben opinar
La eutanasia
La pensión prematura
El afrentoso retiro del general Bedoya
Los cambios en El Espectador
Una monarquía inexpresiva
Otro ardid del ex presidente López
Administración Samper, balance dramático
Los afectos virtuales
El matrimonio: una crisis de siempre
El infierno y la conducta humana
Calidad total y deshumanización total


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DEL AMOR, DE LA RAZÓN Y LOS SENTIDOS - ÍNDICE

Prólogo 1a. edición
Prólogo 2a. edición

DEL AMOR


¿Del amor que dicha he conocido?
Amor inalcanzable
Porque llegaste
Ensoñación
Obsesión
Nostalgia
El verdadero amor no lo conoces
Mujer
Recuerdo de un delirio
Agonía
He visto el desdén en tu mirada
Amistad eterna
Solamente nací para soñarte
Pienso en ti

DE LA RAZON

Absurdo
En los umbrales de la muerte
Fatalidad
Parábola de la vida humana
Las manos
Busco en vano el sentido de la vida

DE LOS SENTIDOS

Atardecer
Las nubes
Evocación marina
A la sombra del árbol de la estancia
En las alturas
Mi paso por San Gil

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POEMAS DE AMOR Y AUSENCIA - ÍNDICE

Prólogo
Tu sonrisa
Cuando a mi lado estás
Tu tristeza
Sentimiento eterno
Imagen del amor
Tus rosas amarillas
Marthica
Nostalgia
Soledad insondable
Anhelo imposible
Una tarde de añoranza
Cartagena ausente
Cartagena idílica
Intimidad
Amo
Siempre te voy a amar
Tu ausencia
Soy
Despedida
Ausencia


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sábado, 2 de febrero de 2008

LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD Y LO CORRECTO

José tenía una personalidad compleja y los desprevenidos descubrían confusos contrastes en sus actitudes. A simple vista sus posturas iban en contravía unas de otras; pero existía un hilo conductor dado por dos principios: bondad y libertad, en los que fundamentaba su razonamiento y sus acciones. El resultado de su interacción era una postura filosófica que preservaba la vida privada de toda intromisión, que reclamaba la máxima libertad para la vida intima y que recalcaba para la vida en sociedad las exigencias éticas. Demandaba la represión decidida del comportamiento antisocial, pero criticaba a la autoridad intransigente. De esa manera podían interpretarlo mal quienes desconocían todo el contexto. Los conservadores despistados, por ejemplo, lo veían radical y libertino; y reaccionario y derechista las mentes liberales. Sus contradicciones tenían la complejidad propia de la mente humana, acrecentada por la hondura de su pensamiento.
«Como buen pragmático –decía Federico Castañeda– José practica la mesura en público y en la privacidad la holgura. Es un ecléctico que abreva en todas las ideologías, pero en conjunto todas las rechaza. En él pesa tanto su condescendencia como su obstinación». Esa era una buena aproximación a su personalidad, que José ponderaba por coincidir en buena medida con la imagen que él había construido de sí mismo.
«Mis puntos de vista –aseguraba– a nadie obligan. ¿Cómo podrían hacerlo si siempre he odiado las imposiciones? Más que convencer, comparto mi visión del mundo. No espero que el influjo de mi pensamiento cambie a tantos su estilo de vida y sus costumbres». Así hacía sentir su mansedumbre, sin desmedro de su pensamiento audaz y sus férreas convicciones. Y se ufanaba de no matricularse con ninguna ideología. «Tendría que ser dogmático y demasiado simple. La libertad, la justicia y la bondad, como hecho abstracto, son lo único predecible en mi doctrina, pues en ellas fundamento todas mis razones».
La moda, la uniformidad, le fastidiaban. Odiaba que los hombres siguieran la corriente. Pensaba que cada cual debía ser el autor de su filosofía y el dueño de sus propias concepciones. En esa búsqueda solía descubrir con presunción que algunas corrientes compartían sus planteamientos, cual si fueran ellas las que le dieran la razón, y no al contrario, porque primero habían sido producto de su mente y tiempo después un hallazgo en sus lecturas. Como en un déjà vu podía sorprenderse de que otros hubieran escrito casi lo mismo que su razón conjeturaba. Original o no, su pensamiento de complejos contrastes contenía retazos de múltiples tendencias. Su faz autoritaria provenía de su anhelo de enfrentar con rigor el instinto dañino del hombre y el delito. La defensa del capital y de la propiedad privada, la libre empresa como motor de desarrollo, y el comercio sin fronteras, lo hacían compartir con la derecha; ni qué decir su aversión al comunismo. Su inclinación a las causas sociales y su consideración con los pobres lo compenetraban con cierto socialismo. Fustigaba la injusticia social y la explotación del trabajador, pero no comulgaba con las organizaciones sindicales, rebajadas en su verdadera misión y convertidas en intransigentes antagonistas de empresas y patronos. Resaltaba la actividad comunitaria, pero se ofuscaba con el colectivismo por anular la individualidad que él adoraba. Defendía la familia, por los hijos, pero arremetía contra el matrimonio, por los cónyuges. Era pragmático, pero idealista en ocasiones. Era rebelde contra la normatividad rígida y excesiva, y enérgico contra la anarquía. Era sumiso a las buenas maneras, pero insurgente e incendiario ante las cohibiciones de la libertad. Su vida tendía al centro, pero no siempre como expresión de criterios moderados, sino como sumatoria de todos sus extremos.
Otro contraste lo marcaba su relación con las mujeres. Con intensidad las deseaba pero con cautela las trataba. «Procedo con ellas con aprensión porque soy testigo de lo volubles que son sus sentimientos. No sé en que momento conviertan en acoso sexual un galanteo; en que instante truequen el amor por odio. [...] La mujer burlada es brutal, más que sufrir hiere. Cuando presiente que ha salido de sus manos el hombre que creyó de su inventario se convierte en el mayor instrumento de odio y de venganza. Ni el amor que sintió, ni el que le prodigaron la cohíbe de perpetrar las peores injusticias». «La mujer acosa y luego acusa», concluía Joaquín –otro de sus amigos–, convirtiendo el comentario en bufonada.
En sus escritos la humanidad era amada y condenada, el hombre querido y despreciado. No había contradicción en ello. Era su verbo que generalizaba por costumbre. Unos, podían ser para su pluma todos, y un defecto encarnar por completo a una persona. Hubiérase dedicado a enaltecer lo bueno, si no hubiera encontrado para criticar tanta perfidia. Por censurar lo malo olvidó el elogio de lo meritorio. Conocía los extremos del proceder humano, nada lo sorprendía. «Nada me escandaliza, bueno o malo, del hombre no me aterra nada».
Lo enojaba la esclavitud del hombre, preso de rutinas que juzgaba obstáculos a la felicidad; y lo desalentaba el envilecimiento de sus sentimientos, capaz de gozar con el dolor ajeno, de atormentar y matar sin inmutarse.
Para José el bien y el mal que parecían tan absolutos eran tan equívocos como engañosos. «De buena o mala fe cualquiera se equivoca. Pasa por bueno lo que al hombre le interesa que parezca bueno como lo que realmente lo es. Un mismo hecho es calificado de forma diferente dependiendo del ojo que lo escruta».
Esa dificultad del hombre al discernir le servía para molestar a Javier, su amigo sacerdote, apegado a valores absolutos. «¿Cuántos santos pueden estar en el infierno?», con ironía le preguntaba. Porque si en identificar la santidad, cima de la bondad y suma de cualidades visibles fácilmente, se equivoca el hombre, ¿qué podía aguardarse de las decisiones en verdad difíciles? Le sostenía que el santoral era tan humano como la humanidad, con todos sus vicios y virtudes, con toda su cordura y su locura. «Si son los hombres los que conceden el honor de los altares, cualquier cosa ha de esperarse: que conviertan en santos a los despeñados por el abismo del maniqueísmo, tras una vida de intolerancia y de condena; a los que hablaron del bien sin haberlo practicado; a seres místicos y alucinados; pero también a hombres definitivamente buenos; y a los que en hora venturosa convirtieron en bondad los dictados de su arrepentimiento. ¿Pero compartirá el Cielo los criterios de los hombres?»
Así como podía encender polémicas en los consenso, también era José capaz de concertar las diferencias. Lo intentaba en las controversias entre la realidad y el dogma, y en los litigios entre científicos y religiosos. De esta suerte escribía: «No encuentro la dificultad en armonizar con la ciencia la existencia de Dios. No es función de las disciplinas científicas negar a Dios, sino develar los misterios de su creación y las leyes que la rigen. Estimular la pugna entre esas dos nociones es producto de una necedad inconcebible. No es la ciencia la que niega a Dios, sino hombres que se envanecen con sus conocimientos». Sostenía que era una reyerta innecesaria, en la que probablemente fue la religión la que suscitó el enfrentamiento al perseguir a la ciencia, controvirtiendo sin sentido sus hallazgos y llevando a la hoguera a sus descubridores. «Que cada cual se ocupe de lo suyo. La naturaleza de Dios siempre desbordará a la ciencia, y la religión nunca podrá desentrañar las leyes de la naturaleza. ¡A Dios lo que es de Dios, y a la ciencia lo que le pertenece!».
En la búsqueda del equilibrio entre la libertad y la bondad residía para José el secreto de las acciones justas, pues creía que ambas sintetizaban intereses contrapuestos: los de la sociedad y los del individuo. Sentía que la libertad, que tanto amaba, encarnaba más la aspiración personal y egoísta, en tanto la bondad representaba la expresión filantrópica que moderaba los excesos de la libertad. Graduaba el bien y el mal (exceso o defecto de bondad), y establecía un «lindero nulo», especie de línea divisoria, indiferente. Las acciones más pérfidas estaban bajo ella, las nobles por encima. A su nivel ubicaba las acciones neutras, como llamaba a aquéllas en las que el individuo no procedía en perjuicio de sus semejantes, pero tampoco obraba inclinado por la filantropía. Allí también cabían las dependencias, la prostitución y las prácticas en las que el ser humano se convierte en la víctima de su comportamiento. Las denominaba el «daño consentido», que siempre lo enfrentó con los dogmáticos, que veían en el mal autoinfligido algo pecaminoso. Él siempre lo excusó, entendiéndolo como una manifestación soberana de la autonomía: «Acaso errada, pero soberana».
Y era en la autonomía, inmanente a la libertad, en la que sustentaba la preponderancia del discernimiento en la búsqueda del bien. El criterio del bien y el mal no debía según él ser impuesto por terceros, sino fruto de un examen personal. De ahí el choque con el fundamentalismo. Así escribía: «El bien es un absoluto inexpugnable para el hombre. Habrá de él tantos conceptos, como seres humanos sobre la faz del mundo». Descartando, por imposible, el conocimiento del bien absoluto, José forjó su propia concepción: en su proceder le dio prelación a la autonomía y a la bondad sobre los demás principios. A la ley le dejó los consensos mínimos sobre lo conveniente, o sea las normas mínimas para la convivencia; al individuo, la potestad para fijarse mayores exigencias. De tal manera que los deberes básicos eran obligatorios, pero los personales autoimpuestos. «El discernimiento de cada valor es la búsqueda de la verdad, indagación con frutos a la medida de cada ser humano».
José sostenía que en el mundo material la verdad es asequible. «Suele ser medible y demostrable, otro ocurre con la verdad moral y religiosa, y con todo aquello que cae en el campo de la espiritualidad. Por eso afirmo que la que llamamos verdad es un supuesto, una creencia, un acuerdo susceptible de cambiar. La verdad absoluta está vedada al hombre. La verdad humana es relativa, pero sin importar que coincida o no con el hecho real o irrefutable, ofrece tranquilidad al individuo porque le brinda en qué creer y le da razones para vivir en paz con su conciencia».
Así, la mente de José rondaba entre lo celestial y lo profano, entre lo frívolo y lo erudito. De tal suerte que lo lúbrico no era extraño a su cuerpo, ni a su mente. Era un tema propicio para polemizar, y ante todo, para poner a la humanidad en evidencia.
José tenía la certidumbre de que el hombre es en extremo carnal y lujurioso, pero se encubre tras un recato hipócrita forzado por los mandatos de la sociedad. Consideraba que el comportamiento instintivo del hombre no debía ser motivo de vergüenza, luego no debía ser causa de censura. «Pero siempre campea la doble moral, que pregona en público los valores que arrolla en forma clandestina». Buenas o malas, José deseaba todas las acciones a la luz del día. Por eso abominaba a los puritanos, a quienes acusaba de esconder tras de sus admoniciones la porquería de su conducta: «Tras de posturas extremas los seres humanos camuflan sus verdaderas ambiciones. El puritano es perverso porque su mente hace ver sucio el proceder de los demás, mientras enmascara el producto de sus bajos instintos en el hipócrita llamado a una pureza impracticable. La malicia no existiría si no se la hubieran inventado las mentes mojigatas».
Consciente o inconscientemente, José, cuyo ser destilaba deseos arrolladores que la mar de las veces languidecían abatidos por las barreras del seudomoralismo, buscaba una justificación irrebatible a sus sentimientos y a sus goces hedonistas, y la encontraba en las condenas que proferían los timoratos, que por reacción los encendían; y en la naturalidad con que dignos representantes de la humanidad consumaban comportamientos que a otros sonrojaban, en los que reconocía una expresión auténtica y provocadora que le satisfacía.
Veía al hombre como la conjunción de comportamientos de todo orden. Decía que podía ser tan religioso y ético como desenfrenado y hedonista, y se deleitaba repitiendo la afirmación de Picasso en que lo resumía: «Para nosotros los españoles, la vida es misa por la mañana, toros por la tarde y burdel por la noche». Pero José recalcaba que era aplicable a la humanidad entera. Y hacía de la frase un tríptico cubista, al estilo del malagueño, que sintetizaba la esencia de los hombres: Un perfil religioso y moral, un flanco entretenido y una firme vocación sexual. Pero agregaba una cuarta escena, que inspirada en el «Pensador» de Rodin, destacaba la tendencia intelectual del hombre. Y tirándole a los mojigatos la puerta en las narices, les refregaba la inspiración del arte y la literatura en los burdeles: «De allí salieron las “Señoritas de Avignon”, con que debutó el cubismo de Picasso; en esos sitios se encendió la creatividad de Lautrec, el retratista de la vida nocturna de Paris; y se iluminó la pluma del novelista Graham Green, escritor de la infidelidad y del pecado».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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PORQUE LLEGASTE

De pronto se negó mi alma
a proseguir sola
la senda de la vida.

De repente mi paso seguro
se ha vuelto vacilante
y mi aquietado corazón
se ha rebelado.

A los sentimientos
mi juicio ha sucumbido;
está mi ser desnudo,
desprotegido, inerme...

Definitivamente el corazón
no sabe de razones,
ni la razón
comprende sentimientos.

Ya no existe la felicidad ...
sin tu presencia.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")


VER SIGUIENTE POEMA

AMOR INALCANZABLE

Ensoñación de celestiales gozos,
añorada plenitud
que colma el alma,
enajenación de los sentidos
que al tiempo quisiéramos
arrebatar por siempre.

Expresión sublime,
divino mandamiento,
esquiva bendición que atrapar
quisiera un sólo instante;
dulcísimo espejismo
del que a manos llenas,
rescato en mis sueños la ternura
de un amoroso tacto femenino,
de unos labios que enamorados
se juntan con los míos,
de un cuerpo grácil
que anhela mis caricias,
de una esencia generosa de mujer...

Impertinente corazón,
¡No te ilusiones,
ese edén no existe!
Son amores imposibles,
prohibidos sentimientos
al fracaso condenados.

¡Mayor es el dolor
que la alegría soñada,
y menor la tristeza
cuando el alma ignora
que la dicha existe!

Angelical mujer que colmas mis sentidos,
a cambio de mi amor
nada pretendo,
el tierno reflejo de tu alma,
es suficiente para animar mi vida,
mientras la muerte sabe que la aguardo.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")


VER SIGUIENTE POEMA

IMAGEN DEL AMOR

Tienes cual las flores
la exquisita fragancia
que al mundo revela
tu esencia delicada.

Tienes de las noches
su seductor encanto.
Eres lucero fulgurante,
feminidad pletórica
de íntimos secretos.

Tienes del sol en su cenit
el resplandor que abrasa,
caricia cálida
que aviva las pasiones.

Tienes del tiempo en calma
la placidez que arrulla.
Eres vaporosa y tersa
cual los copos purismos
que viajan por el cielo.

Tienes de los niños la dulzura
que extasia de ternura,
y de los campos
la frescura que transpiran
tus años juveniles.

Tienes del cielo
lo angelical y límpido.
Eres la obra perfecta
que esculpió el amor
para colmar mis sueños.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia")

VER SIGUIENTE POEMA

SENTIMIENTO ETERNO

No quiero prometerte
la dicha eterna
que ofrecen los amantes,
ilusión fugaz
que como el amor
se esfuma.

No quiero decirte
que la felicidad puedo brindarte,
- y por esa causa todo lo daría -
otra fue el alma
que escogió para ti
el destino inescrutable.

No quiero decirte
que te amo con ternura,
- imprudente confesión
que te sonroja-
quiero ofrecerte a cambio mi cariño,
amistad que con el tiempo crece;
mano extendida y generosa
que sin condición
por siempre se prodiga.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia")

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martes, 29 de enero de 2008

EL MORIBUNDO PIENSA EN CONCILIARSE

El tiempo de disfrutar terminó para José con la última visita a la montaña. El verdor, el aire límpido, el olor a leña, la casa campesina y el canto de las aves refundido entre el follaje, habían sido para él un gozo extraordinario. Pero de haberse prolongado se habría convertido en la rutina que pugna con lo placentero.
Allí percibió con claridad que la muerte rondaba ya muy cerca, y renunció, por incapaz, a exprimirle más gozos a la vida. Sintió a la vez un apremiante deseo de conciliarse, pues a pesar de cuanto proclamaba su insolencia, anhelaba el sosiego de su alma para llegar al sepulcro sin angustias.
Disipaba su ansiedad con argumentos intelectuales poderosos que le daban la razón de su proceder a lo largo de su vida, pero era inevitable cierta desazón por un remordimiento inexplicable. Flaqueaba por momentos en lo íntimo de su ser cuando juzgaba sus acciones, porque a la hora de la muerte la certeza de sus buenas obras resultaba para sí un hecho discutible: no había absoluto para confrontarlas. Pero para su tranquilidad contaba con la coherencia entre sus acciones y su pensamiento. Deducía que el bien era el sometimiento de su proceder a sus principios, y que su dialéctica del bien y el mal era la lucha entre sus deseos y el deber autoimpuesto. Actuar mal no era bajo esa perspectiva no seguir el camino por otros señalado, sino actuar en contra de sus propios valores. Desde ese punto de vista se sentía sereno. Nunca sus actos habían sido inicuos, pocas veces había ido en contra de los dictados de su conciencia, nunca su comportamiento había contradicho en forma grave sus principios. Ahora más que nunca se veía dispuesto a admitir la bondad de sus semejantes y a ser magnánimo con quienes discrepaban con su modelo moral y religioso. Así esperaba que sus contradictores, de pronto Dios entre ellos, lo juzgaran. No era una rendición, sino sentido de justicia.
El examen que advertía sus faltas lo mostraba tan proclive al error como los mortales que eran el blanco de su crítica; luego si él era merecedor de comprensión, también aquéllos debían serlo. Pero su ánimo fluctuaba entre la magnanimidad y la firmeza, pues ni todo era tan fácilmente perdonable, ni todo absolutamente condenable.
Unas veces era él, otras eran los demás el objeto de sus reflexiones. Unas veces se sentía dueño de grandes conclusiones, otras pensaba que a nada conducían tantas cavilaciones. Del instante supremo colegía que todo lo que se dijera carecía de validez. Estaba seguro de que la realidad derrumbaría todo pronóstico. No era más que un anhelo que ese lugar desconocido fuese como lo había pensado, amable al menos, en últimas, el encuentro con la nada, en que terminara para siempre toda sensación y el más imperceptible vestigio de existencia. Seguramente tendría que rendir cuenta de sus acciones, por lo que resultaba imposible dejar de confrontarlas con los preceptos morales que lo habían encaminado, y a su pesar también, con el cúmulo absurdo de mandatos de los que había sido crítico inclemente. Normas que según la tradición eran imprescindibles para esquivar la brasa del infierno. Entonces lo entusiasmaba pensar que había sido un poco quijote defendiendo las causas de los abandonados, de los inermes, de los agredidos, de los sometidos; que había librado batallas contra la injusticia, que no había sentido vergüenza de haber dado su mano a los menesterosos o de haber entablado amistad con prostitutas; y que más que títulos, fortuna y poder, había visto seres humanos en sus semejantes. «Más apreciables a veces los de abajo que los consentidos por la ventura, tan banales e insensibles». Esa podía ser una buena carta para encarar un juicio; pero se preguntaba que mérito había en un comportamiento que aunque lo envanecía, no había demandado esfuerzo de su parte. Así había nacido, esa era su naturaleza. El sacrificio, vaya paradoja, hubiera sido el proceder opuesto. Sus actos eran estimables, su esfuerzo imperceptible. Pero también existía el envés de la moneda: la cara rígida y sombría de furias y sentimientos de venganza, disculpados siempre por fugaces, y en ocasiones por el anhelo de justicia, que se manifestaba en el deseo de someter al que somete, de condenar al que se niega a perdonar, de herir al que hiere, de torturar al que tortura, de esclavizar al que esclaviza, para brindar satisfacción a los hombres maltratados; y casi nunca para satisfacer agravios personales.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")


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HEDONISMO ANTE LA MUERTE

Antonio esperaba con paciencia el ascensor que lo debía llevar al piso en que José estaba hospitalizado. Miraba su reloj, exploraba el espacio circundante, pasaba su vista sobre los avisos de bronce aplicados al mármol de los muros y sonreía a las personas que al igual que él aguardaban el elevador. Y repetía ese ciclo indefinidamente en vista de la lenta aproximación del aparato. El ascensor llegó por fin, y con la misma pesadez se llevó los pasajeros. En el octavo piso Antonio descendió, y cual si conociera el sitio, se dirigió con precisión al cuarto del amigo. Un abrazo efusivo, de dos años de ausencia, los puso en sintonía. José le contó pormenores de su padecimiento y le hizo un recuento de trances de amigos moribundos.
–Entre la serenidad y el pánico, entre la extravagancia y la naturalidad, querido Antonio, fluctúa la respuesta humana ante la muerte.
Le contó que Enrique, casi un hereje, fue convertido por la muerte en místico. Primero en espera de la gracia que le devolviera la existencia, luego, en pos de una agonía tranquila, finalmente tras del perdón que lo salvara del infierno. Daniel, quien nunca aceptó que se lo llevaría la muerte, recorrió hospitales, visitó templos, probó nuevos credos, acudió a pitonisas, pagó a hierbateros y se refugió en la magia, en una espiral descendente de lástima y sobrecogimiento.
–De pronto –dijo José con sorna– siga en el otro mundo suplicando por su vida
Recordó a Gabriel, de quien pocos supieron que se suicidó para ganarle al cáncer la partida. Quiso morir antes de que la enfermedad corroyera sus entrañas. Y le contó que Ricardo tomó con tanta naturalidad la muerte que ni una aguja permitió que entrara por sus venas.
–El único médico que se acercó a su lecho fue el que firmó el certificado con que lo inhumaron. Preparó de tal manera a su familia, que la sonrisa serena que en el funeral advertimos en sus deudos era de gratitud con la vida y de reconciliación con el destino. Así me gustaría que fuera el momento crucial de mi partida.
José esperaba una agonía así de plácida, pero resultó demasiado intervenida por haberse entregado a los cuidados médicos. Pero más que pensar en el instante de la separación del mundo, se preocupó del tiempo precedente.
–Quise ser feliz y prodigarle al cuerpo el placer que le faltaba.
Y Antonio escuchó fascinado el comportamiento hedonista de un hombre atrapado por la muerte. Oyó confesiones de su peregrinaje en busca del placer, aunque parcas en los detalles licenciosos. Qué le iba a contar que sin tiempo para vivir romances se había rendido a los ofrecimientos lúbricos. Qué le iba a revelar relaciones lujuriosas que de pronto tacharía de poco edificantes. Pero no iba a enamorar a una mujer para dejarla viuda. Por eso le pareció correcto. Casarse con Pilar no había pasado de ser un impulsivo pensamiento.
–Hay que gastar la vida –le expuso a Antonio–. Se esfuma por más que la cuidemos. Protegerla es un esfuerzo improductivo que deja el mal sabor de no haberla aprovechado.
Con todo, el cuidado de la vida era para José contradictorio. Su pregonada desidia era válida apenas para su propia humanidad, pues había que ver el celo con que protegía la vida de su hija. Pero se empecinaba en resaltar que había un momento en que las restricciones ya no tenían sentido, ni el desenfreno consecuencias.
–La calidad de vida, me dijeron, está en todas las actividades del cuidado paliativo. Pero ese era un programa muy prematuro para un muerto que se sentía con vida. Por eso me incliné primero por los hoteles y los restaurantes. Me ayudaron, claro está, los medicamentos que atenuaron las molestias gástricas. Disfruté por semanas manjares antes declinados y mandé al diablo, por absurdas, todas las recomendaciones del cardiólogo. Supo mi paladar, sin inhibiciones, lo que era el hedonismo. Pero llegó pronto el tiempo de la bocanada, del dolor y la náusea; de la dificultad para tragar, que convirtió en aversión lo que antes era el placer por la comida. Lo poco que hoy me alimenta, pasa Antonio, por esta miserable sonda.
El visitante miró conmovido el tubo que el enfermo señalaba, y sin palabras, agradeció que José no le diera tiempo para hacer un comentario. Inalterable, José prosiguió con el periplo de sus viajes: su travesía en crucero, sus trayectos por tierra y sus viajes en avión en pos de lugares que creyó que no conocería. Turismo intensivo que se llevó más de la mitad de sus ahorro.
–Al comienzo viajaba solo, luego mi hija procuraba acompañarme, y cuando no podía me buscaba una asistente.
Y por primera vez le confió a alguien, como epílogo de sus andanzas, la pesadilla que venció con su peregrinaje. Le reveló un sueño reiterado que lo llevaba a una ciudad maravillosa bañada por un mar de aguas multicolores.
–Sabía que su arquitectura preservaba una historia milenaria. Pero en mi sueño pasaba los días encerrado en el auditorio de un hotel, añorando el mundo que al otro lado del ventanal me reclamaba. Cuando por fin podía librarme de las obligaciones para disfrutar los atractivos de ese lugar de ensueño, el viaje terminaba. Cuando supe que iba a morir, como un reflejo, vino a mi mente el sueño torturante, y me propuse evitar que de la misma forma el final de mis días se malograra. Me propuse disfrutar con intensidad y lo logré. No asisto con frustración a mi agonía, sino colmado de recuerdos gratos.
–Viviste tus restos para el placer –por fin pudo decir Antonio–. Es eso lo que cuenta
–De lo que quedó por hacer poca es la deuda. Como algún día lo planteé, sólo me arrepentiré de cuanto hice.
Pero tampoco se arrepintió de cuanto hizo porque siempre le sobraron argumentos para defender sus actos. El mismo lo decía: «La conciencia se aplaca con razones».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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PAZ EN LA TUMBA DEL CAUDILLO *

De un antiguo archivo de documentos familiares, ha llegado a mis manos una carta del entonces presidente de Ecopetrol, doctor Mario Galán Gómez a su viejo amigo de juventud, mi padre. “ Los hjos - dicen aquellas líneas - son siempre la prolongación de la vida y cuanto en ellos vibra la misma inquietud trascendente de nosotros mismos, tenemos que aceptar que en el caso tuyo como en el mío los dioses han sido muy propicios y la vida muy generosa. Lo importante ahora, es que esa llama se acreciente y la puedan llevar ellos muy en alto”.

Hoy cuando lloramos una patria criminalmente destrozada, sabemos cuanto se acrecentó esa flama, que el carácter de lo eterno ha conquistado. Porque el pensamiento de ese hombre virtuoso, valiente y honesto que fue Luis Carlos Galán, está llamado a perdurar como modelo del buen ciudadano. Sus principios ingresarán a la historia como la doctrina del político honorable, como la norma para el servidor responsable, estudioso, reflexivo y pulcro.

Hoy cuando sufrimos su partida, su inmortalidad y su gloria deben consolarnos, porque Galán vive hoy más que nunca en el corazón de los buenos colombianos y sobre todo en su ideario, que debe sobrevivir aun a quienes fuimos testigos de su lucha. Por eso su dolorosa desaparición no sólo no representa una llama que se extingue, sino que se constituye en nueva luz, eterna, perdurable, que habrá de guiar los destinos de la patria.

Y deja también una prolongación de vida, en la que creemos ver un sucesor auténtico. Sus florecientes ideas, joven Juan Manuel, parecen mostrar ya la continuidad de un mismo pensamiento. La buena semilla también germina, también crece, también se multiplica. Con usted comparto su decisión y sus conceptos: No puede haber vacilación ni cobardía cuando de combatir se trata a los que bien llama “criminales sin patria”, verdaderos prófugos del mundo.

Luis Carlos Galán pasará a la historia hermanado con Gaitán en el fín trágico de su vida, mas nunca como la réplica de quél caudillo. No fue Galán el soberbio enardecerdor de ánimos, fue ante todo el conductor reflexivo en quien podían converger todas las tendencias que buscaran el imperio de la moral y la justicia. A Galán no se podía seguir por fanatismo, solamente en razón de sus ideas. Por ello, el pueblo que el 20 de agosto le tributó su despedida, fue en pueblo adolorido, pero pacífico, respetuoso de las instituciones a las que clamaba la aplicación de la justicia, no la turba irracional, enardecida y vengativa que la aplicara con sus manos.

Don Juan Manuel, el dolor de la familia Galán es del de toda Colombia, particularmente, el mío y el de mi familia.


* A Juan Manuel Galán (hijo del caudillo, ahora senador de la República) septiembre 9 de 1989.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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NUESTRA POLICÍA NACIONAL*

En momentos aciagos de la patria, mi fervoroso sentimiento nacionalista se exalta con la actitud heroica y valerosa de la Policía Nacional y de todas nuestras Fuerzas Armadas. Sentimiento entrañable de patria, que se acrecienta en la grandeza de esta tierra y se hace trémulo ante el terror y la maldad que siembran los malos e indeseables hijos de Colombia.

Al rememorar los tristes y trágicos sucesos de noviembre** y la muerte cobarde de tantos miembros de la Fuerza Pública, me convenzo de que en nadie más que en ellos reposa el verdadero heroismo y el más auténtico patriotismo.

En el mundo actual, en que naufragan los valores más trascendentales, en que se pierde la noción de patria y sacrificio para condenar a las Fuerzas Armadas por la defensa de nuestras instituciones y se antepone así el bienestar personal a la vida de la nación, sólo aquéllas continúan siendo las legítimas herederas del heroismo de nuestras gestas libertarias, sólo sus filas albergan al verdadero mártir que acepta ofrendar la vida por la patria.

Quiero por ello, hacer llegar a la Policía Nacional a través de su distinguido director, mi sentida admiración y mi reconocimiento como miembro de la Institución que profesa por ella un natural afecto y ante todo como colombiano agradecido que ve a su amparo fortificarse el órden, la paz y la justicia, y bajo su sombre abriga nuevamente la esperanza de una patria en que se pueda vivir sin sobresalto.



* Al general Víctor Delgado Mallarino, director de la Policía Nacional de Colombia.
** La toma del Palacio de Justicia por el M-19 (Noviembre de 1985)



LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolarios periodístico y otros escritos")

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