viernes 10 de julio de 2009

SOY ALMA YERTA

No funde el sol el hielo de mi alma,
ni su refulgencia aclara mi penumbra.
Para mi aliento vencido,
es gélido el aire abrasador del mediodía.
Inmune al tropel es mi entraña solitaria.

¡Soy alma yerta que apenas se estremece!

Siento en cada suspiro
el parto doloroso de un recuerdo;
y las ilusiones desfilando
-de riguroso negro-
en fúnebre cortejo.
Soy presa de las fobias,
insensible a la esplendor del universo.

¡Soy alma yerta que apenas se estremece!

Advierto el terror de la noche
despierto en la bestia del insomnio;
y presiento las pesadillas
danzando en el tinglado de mis sueños.
Siento mi aliento lindante con la muerte;
y la muerte…
como un anhelo sin premio ni dolores:
expresión tan sólo de la nada.

¡Soy alma yerta que apenas se estremece!

Jadea mi pecho asfíctico,
detenido en una congoja interminable.
Más que oxígeno reclamo en mi agonía:
sólo acepto la muerte o tu presencia.

¡Soy alma yerta que apenas se estremece!


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético")

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viernes 3 de julio de 2009

INEVITABLEMENTE EL HOMBRE ES RELIGIOSO

La muerte carece de expertos que absuelvan el menor interrogante. Sin embargo cuando por curiosidad hizo José el intento de buscarlos, miles de páginas de embaucadores aparecieron en los motores de búsqueda de la internet.
Para él la empresa era una pesquisa sin respuesta, especulativa sin remedio y presa de la vacilación de siempre: el premio o el castigo, la reencarnación, la eternidad... la nada. Se preguntó sin ánimo de responderse: «¿Quién conoce el verdadero mundo que se alberga al otro lado del cadáver?». Era obvio que sólo «viviendo» la muerte se podía despejar la incertidumbre.
Sus cavilaciones lo condujeron por reflexiones religiosas que al cabo de mucho tiempo no le aportaron nada. «En materia de fe la racionalidad no cabe –y era con razones que buscaba alimentar su entendimiento–. [...] Más allá de la existencia de Dios, todo es indecisión, hipótesis, deseo. [...] El hombre se vuelve más religioso en los momentos críticos, transa con la divinidad sacando beneficios». Recapacitó en ello y negó que tal fuera su caso. No se acercaba a Dios abjurando del pasado, ni presintiendo que el piso firme de sus creencias se volvería inestable. Le pareció grotesco retractarse en el último momento, y por puro sobresalto, de cuanto había hecho enteramente convencido.
Explorando el más allá, inasequible, José terminó inmerso en cuestiones religiosas desconectadas por completo del porvenir y de la muerte. Asuntos que tenían que ver con la historia de sus críticas y sus creencias.
No habiendo dado nunca claras muestras de fervor, el juicio a sus escritos lo ubicaba como agnóstico, libre pensador o ateo. Su propia mujer lo había presentado ante el párroco como un blasfemo. Pero a la hora de la verdad José sí era cristiano. Se había formado en colegios religiosos; había experimentado el contagio de un pasajero brote nihilista juvenil de corto vuelo, frenado por el rigor de su personalidad; más formado, había entrado en un período de impetuosa actividad crítica; y finalmente sus juicios se habían decantado con las reflexiones de la madurez. Ahora releía sus artículos de antaño y encontraba algunos un poco irreverentes. Tal vez el trato con Javier lo había moderado en las opiniones religiosas, acaso el tema se había vuelto frívolo y ya no merecía ardorosas discusiones. Tampoco descartaba que el sosiego de su enfermedad le hubiera arrebatado sus arranques críticos.
Cuando revisaba los artículos se sorprendía de la cantidad de temas que habían sido blanco de su pluma. En uno, por ejemplo, se refería a las imágenes, y manifestaba extrañeza de que los católicos abusaran de la de Jesús martirizado; que reverenciaran y oraran a los clavos, a la cruz y a las espinas que habían sido el tormento de un hombre compasivo. Aceptaba que la cruz fuera símbolo del cristianismo, pero le costaba entender que se veneraran objetos que fueron la fuente del martirio. «¿Quién pondría en un altar el arma que segó una vida para rendir homenaje al inmolado? ¿Quién exhibiría feliz la foto del cadáver de su ser querido? ¿Quién la imagen de un ser amado en pleno sufrimiento? ¿Por qué en cambio de Jesús crucificado, no impone la Iglesia la imagen de Jesús resucitado?». En fin, eran asuntos de fe que a nadie lastimaban. En cambio pensaba en las cruzadas y en las guerras santas, esas, decía, sí merecían una opinión más contundente. Opinión que estaba consignada en uno de sus libros: «No se cuántos crímenes se hayan cometido en nombre de la razón, pero en nombre de la fe se han cometido infinidades. En nombre de la fe nuestra propia Iglesia asesinó; y en nombre de su credo los fundamentalistas musulmanes matan».
Pero su papel de crítico estaba muy lejos de mostrar sus emociones. Tras de esa imagen de enjuiciador imperturbable se escondía un hombre reverente, de pronto fervoroso. Pero tan reservado en asuntos de fe, que no la compartía ni siquiera con su amigo el sacerdote. A él, como a todo el mundo, apenas le constaban los juicios de racionalidad que hacía de las creencias. Nadie lo hubiera imaginando dialogando con Dios, tanto que algún día Javier tuvo la impresión de que José no se sabía ni el Padrenuestro.
–Es que no te vi gesticular palabra –dijo Javier al término de una eucaristía.
–Porque son intimas las manifestaciones de mi religiosidad. Exteriorizarlas es presumir de bueno.
–Mientras no sea que te avergüenzas...
–Para que sepas, conozco esa oración mejor que los que la recitan a diario sin tener conciencia de lo que están diciendo. Lo más importante es que con ella nos comprometemos a perdonar para que nos perdonen. Más que para adular, como lo hacen la mayoría de las plegarias, el Padrenuestro es para hacer con Dios un razonable acuerdo. Es una oración de la mejor factura, una plegaria enseñada por el mismo Jesucristo.
Javier se sorprendió. «Ha de pensar que no todo está perdido», especuló José, mientras intentaba descifrar la expresión del sacerdote. Y para que no quedara duda de su ilustración, apuntaló su comentario sobre el Padrenuestro con el conocimiento de otras enseñanzas:
–Los católicos son más dados a rezar que a practicar, a recriminar a los demás, que a examinarse interiormente. Olvidan cuando censuran, que la viga más que en ojo ajeno está en el propio. Lanzan la piedra sin estar libres de culpa, prefieren que el pecador muera, más que se arrepienta y viva. Si todos entendiéramos lo que es poner la otra mejilla, jamás habría violencia.
–Estás salvado –dijo Javier– si has hecho tuyas tantas enseñanzas.
Y José le dijo para recalcarle que no se estaba subordinando a sus exhortaciones:
–El discurso de Jesús alienta por igual al creyente dogmático que al revolucionario. Por igual anima a quienes luchan por la justicia en la Tierra, que a quienes convocan las almas para el Cielo.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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domingo 21 de junio de 2009

CARTA XLI: TU VOZ

Septiembre 10

Mi Copito:

Amo el tono de tu voz que no arrasa los silencios, la expresión suave de tu espíritu tranquilo y sin rencores.

Adoro la mansa cascada de tus palabras que me sumerge en un mundo de terciopelo cuando mi naturaleza es apacible y me vuelve dócil cuando brota mi temperamento tempestuoso.

En mis noches, selladas con tu llamada cotidiana, las frases amorosas creadas con la sedosa entonación de tus palabras, se convierten en el grato susurro que me va dejando adormecido. Pero también tu acento sutil es la transición exquisita que me transporta de los sueños a la hermosa realidad del día.


Luis María Murillo Sarmiento ("Cartas a una amante")

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viernes 12 de junio de 2009

EN LAS ALTURAS

Fascinante dominio de las nubes,
que gráciles desnudan su etéreas formas,
de raudos tapices de esencia gaseosa
-ilusión de alfombras mágicas de oriente-;
de mullidas colchas de blanco vaporoso,
níveos copos, algodonosos, densos;
opacos filtros que refunden
los rayos luminosos
-atenuada e imprecisa incandescencia,
ansiada estrella en los confines-
de los velos nubelosos que la encubren.

Caudalosos ríos convertidos en hilillos,
geométricas manchas vegetales,
verdes tintes de esperanza,
desérticos retazos amarillos,
extensas heridas de tierra erosionada,
tortuosos caminos que se pierden
hilvanando un paisaje terrenal en miniatura,

Relieves profundos que la lejanía confunde
en un extenso manto sin altura,
cimas majestuosas
que se besan con las nubes,
argénticos penachos congelados,
eterno azul,
sensación frenética inefable
que domina el orbe en las alturas.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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viernes 5 de junio de 2009

LA INMUNIDAD: ANTITOXINAS, FAGOCITOS Y ANTICUERPOS

Emil von Behring (1854-1917), médico militar y profesor de higiene, puso al descubierto las antitoxinas con que el organismo inactiva los productos tóxicos de las bacterias.

Comenzó por observar que los filtrados sin bacilos diftéricos provocaban los síntomas de la enfermedad. En los estudios para determinar la dosis letal de estos filtrados en animales de experimentación, encontró en una toxina la explicación al fenómeno y observó además que los animales terminaban por hacerse inmunes.

Procurando descubrir las sustancias protectoras, utilizó suero de animales resistentes en cobayos previamente inyectados con toxina. Los cobayos sobrevivieron. También sobrevivieron aquéllos sometidos a toxinas tratadas con suero de animal inmune. No solamente los animales diftéricos formaban antitoxinas, sino aquéllos sometidos a la acción de la toxina y no de la bacteria. En un nuevo experimento, inyectó Behring la antitoxina al hombre y demostró que prevenía la enfermedad o la curaba cuando ya se había iniciado. Daban inicio estos hallazgos al uso de los antisueros y a la inmunización pasiva o artificial, en las que el organismo no fabrica, sino que recibe del exterior las sustancias protectoras, y cuya primera aplicación fueron los sueros antitetánicos de Behring y Kitasato, y el antidiftérico de Behring y Wernicke. Este último fue puesto en conocimiento del mundo científico en 1892. La inmunización activa con vacunas se había iniciado desde finales del siglo XVIII, con las inoculaciones de Jenner contra la viruela.

En 1890 Behring y Kitasato, discípulos de Koch, descubrieron el suero antitetánico al observar que dosis no letales de toxina tetánica conferían a los organismos inoculados la posibilidad de prevenir la enfermedad. Tres años más tarde Pfeiffer pudo confirmar esos hallazgos en la bacteriolisis del vibrión colérico en el peritoneo de conejos inoculados con cultivos muertos, y en la supervivencia de animales expuestos a bacilos del cólera y tratados con suero inmune; suero que perdía esa cualidad al calentarse, como lo experimentó Jules Bordet, cuyos trabajos en 1895 dieron cuenta de las características del suero de los animales inmunizados, como aglutinación y hemólisis.

Gracias al descubrimiento de Behring 78% de los enfermos de difteria del hospital de Trieste pudieron sobrevivir a la epidemia. La mortalidad fue en cambio del 50% cuando el suero se terminó. Nadie dudó entonces de contribución tan importante. Por él recibiría el Premio Nobel en 1901. El escéptico Virhow terminaría por escribir: “Todas las observaciones teóricas deben retroceder ante la elocuencia abrumadora de los números, que no admiten contradicción”.

Para 1925 la mortalidad de la enfermedad había disminuido en un 90%. La otra antitoxina, la antitetánica sería de uso obligado en la II Guerra Mundial. También se dispuso para entonces, como profilaxis de la difteria y el tétanos, de las anatoxinas, en las que los microorganismos fueron reemplazados por exotoxinas tratadas con calor y formol.

Emil Roux, Alexandre Yersin, Friedrich Löffler y Kund Faber habían descubierto que la acción patógena de los microbios estaba mediada en buena forma por toxinas. Desde final del siglo XIX gracias a estos trabajos se tuvo conocimiento de las exotoxinas. En 1933 las investigaciones de Boivin y Mesrobeanu llevaron a la identificación de las endotoxinas.

En 1880 se había observado que la mezcla del agente patógeno con sangre del huésped inmune constituía grumos de microorganismos aglutinados, que eran así más fácilmente atacados por los leucocitos. Las sustancias del cuerpo responsables de estos efectos se denominaron anticuerpos, las inductoras del fenómeno inmunitario, antígenos. Con los años se demostró que la producción de anticuerpos se conseguía no sólo con bacterias y virus completos, sino con fracciones suyas y aún con sólo alguna de sus proteínas.

El descubrimiento de los anticuerpos llevó al desarrollo de antisueros y al empleo de gamaglobulinas, tras los estudios de Landsteiner, Marrack, Heildelberg y Kendall sobre la reacción antígeno anticuerpo. Los experimentos de Landsteiner demostraron la especificidad de la reacción antígeno-anticuerpo. Habiendo inducido la producción de un anticuerpo contra un antígeno proteico, modificó Landsteiner el antígeno hasta determinar los cambios que impedían su reconocimiento. Estos resultaron mínimos.
El concepto de inmunidad se desarrolló en la primera década del siglo XX con el descubrimiento en París de la fagocitosis por el ruso de origen judío Elie Metschnikoff sobre la fagocitosis, fuente de la inmunidad celular; con las teorías de Paul Ehrlich sobre la formación de anticuerpos y la sospecha de receptores para ellos en las células, y con los trabajos de Pfeifer y Bordet.

La inmunología, ligada en sus comienzos a la bacteriología, adquiría con todo este desarrollo estatus de disciplina independiente

En 1924 el alemán Aschoff propuso la designación como sistema retículo endotelial, al conjunto de células conjuntivas con acción fagocítica. En él se involucraban los dos tipos de fagocitos descritos por Metschnikoff, los macrófagos y los micrófagos.

Al sistema de inmunidad celular de Metschnikoff se opuso la inmunidad humoral de Bordet, al final ambos sistemas demostrarían su existencia.

En un principio se postuló la producción de los anticuerpos y las antitoxinas en ganglios linfáticos, médula ósea, bazo y células del sistema retículo endotelial. Conociendo sus acciones mas no su naturaleza, riñeron entre sí dos teorías, la pluralista y la unitaria, que defendían la existencia de muchos o un único anticuerpo como responsable de las diferentes acciones.

Sobrevendría la invención de la electroforesis por Tiselius y Kabat en 1937 para demostrar en 1939 la presencia de los anticuerpos en la fracción gamma de las globulinas. Paulatinamente se fueron identificando los anticuerpos. Primero la Ig G, luego la M, en 1958 la A por Heremans, luego la D y finalmente la E por Rowe Ishizaka y Fahey; hasta llegar en la década de los sesenta del siglo pasado al conocimiento de la estructura molecular de ellas, trabajo de Porter y Edelman laureado con el premio Nobel de Medicina en 1972, veinte años después de que se utilizaran por primera vez las gamaglobulinas en una inmunodeficiencia.

El complemento intuido desde finales del siglo antepasado, fue descifrado como un sistema cuyos componentes se fueron conociendo con el transcurso del siglo XX. Los dos primeros los descubrió Ferrara comenzando esa centuria.


BIBLIOGRAFÍA
1. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966:127-130
2. Butler J. A. V. La vida de la célula. Barcelona: Editorial Labor S.A. 1965:122
3. Encyclopédie pur l’image, Pasteur. París: Librairie Hachette. 1950: 40, 41, 41 (ilustración)
4. Iribarren Manuel. Los grandes hombres ante la muerte. Barcelona: Montaner y Simón S.A. 1951: 323
5. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7, 139, 169, 170, 178, 179, 282
6. Metchnikoff Elias. Estudios sobre la naturaleza humana. Buenos Aires: Orientación Integral Humana. 1946: 227-228
7. Nordenskiöld Erik. Evolución histórica de las ciencias biológicas. Buenos Aires: Espasa – Calpe Argentina S.A. 1949:670-671
8. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI:7
9. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 3
10. Singer Charles. Historia de la biología. Buenos Aires: Espasa - Calpe Argentina S.A. 1947: 434-436
11. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 256, 257, 257 (ilustración)
12. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 190
13. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 47
14. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 154, 251-261, 313-321, 361

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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jueves 28 de mayo de 2009

HOMBRE, ESENCIA MINÚSCULA Y GIGANTE

Lúcida arcilla, que encierras en tu entraña
esencia de deidad y de demonio,
naturaleza minúscula
en la inmensidad del orbe,
brizna al vaivén de la fortuna
-chispa a la vez dominadora-,
amo y señor,
depredador que guarda el universo.

Invención magnífica de Dios -talla de barro-,
perpetuo constructor de sueños e ilusiones,
genio, bohemio, artífice virtuoso,
ingenio innovador, que como un atlas,
carga el apogeo de la Tierra en sus espaldas.

Entendimiento escrutador de lo absoluto,
enredado en los enigmas de la vida.

Espíritu sensible al mimo y al halago,
alma atormentada y despiadada,
con entraña utilitaria o de quijote,
conciencia colmada de dilemas,
al arbitrio del bien, del mal y las pasiones.

Disciernes, odias, amas,
juzgas, perdonas y condenas,
aciertas, te equivocas, yerras.
Trascendente y frívolo,
ruin y generoso
discurres por la vida,
hilando el tramado de la historia,
colonizando el tiempo y el espacio,
cual heredero de Dios
que imagina a su ambición
la creación en su totalidad subordinada.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético")

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miércoles 20 de mayo de 2009

LO QUE EL HOMBRE OCULTA

Hablando de la muerte terminé hablando de lo irremediable; y especulando sobre lo irremediable volví a ocuparme, cosa rara, de las relaciones de pareja. Advertí, para mostrar la conexión, que la relación entre el hombre y la mujer encierra verdades tan inexorables como el fin de la vida, a las que reaccionamos de la misma forma: creyendo que sólo aquejan a los demás y sorprendiéndonos cuando nos afectan.
Fernando y Nayibe, que eran los impresores de mis obras, me escuchaban. Nada era nuevo para ellos que vivían corrigiendo las artes de mis libros. Sin embargo muy pocas veces ponían en discusión su contenido. Su trabajo era ante todo técnico. Esta vez era una conversación de amigos. Fernando estuvo de acuerdo con la mayoría de mis razones. Yo afirmaba que el agotamiento del amor y la infidelidad son insalvables: «Están en nuestros genes. Ni los sermones del párroco, ni las prédicas moralistas prolongan el amor. ¡La infidelidad patente o latente, siempre está presente!». Fernando asintió, pero prefirió referirse a la infidelidad de pensamiento, sin descartar que algunos hombres definitivamente fueran fieles, creo que para no incitar las suspicacias de Nayibe.
–Muchos –dijo– proclaman su virtud, ¿cómo me atrevo yo a contradecirlos?
No me di sin embargo por vencido:
–La vida íntima, es íntima, Fernando. Tan secreta que sólo su dueño la conoce. Los hombres somos –no sabía hasta dónde era válido incluirme– farsantes expertos y consuetudinarios; magistrales cuando de cuestiones de moral se trata. Los hay capaces de desgarrar sus vestiduras en demostración de apego a costumbres que en realidad repudian. Hay que ver cuanto vende el mercado del sexo por ejemplo. Entre sus compradores están los mismos que en publico se ofenden con la imagen pornográfica que hambrientos en su intimidad devoran.
–A toda la humanidad cierta obscenidad le agrada –opinó Nayibe–, y es normal que sienta el pudor de confesarlo. Son deleites que no tienen que manifestarse en público.
–Que lo gocen en privado es lo mandado. Al fin y al cabo son placeres para disfrutar a solas. En público cohíben y avergüenzan. Tan odioso es en estos casos el cinismo como la afectación. Es la naturalidad lo más honesto. Yo no censuro lo que es un gozo universal, lo que critico es la doble moral de reprobar y disfrutar al mismo tiempo.
–Lo mismo se puede decir de los infieles –anotó Nayibe.
–Pero sin pretender defenderlos –arguyó Fernando–, ¿un infiel que otro camino tiene? Justificar la infidelidad es tanto como reconocer que se tienen amores clandestinos. El primer mandamiento del infiel es negar hasta la muerte.
–Negar hasta cuando los cogen in fraganti: «no es lo que parece mi amor», «no es lo que te imaginas» –dijo Nayibe en tono de reproche.
Entonces Fernando decidió poner a salvo su inocencia, y cuando concluyó con «nada tengo que ocultar», yo dije que tampoco, pero no con intención de negar, sino por el contrario, de proclamar mis infidelidades para dar prueba de mi transparencia. Y nada tengo que ocultar, porque ya son hechos confesados. Me doy cuenta sin embargo de que esa actitud corre el riesgo de ser tildada de cinismo, y en ese momento aunque no esperaba reproches por hechos del pasado, preferí no correr riesgos y planteé otro tema, el de la infidelidad en las mujeres, para poner a Nayibe en el banquillo.
–Es mucho menos notoria que la masculina –adujo– y si va en aumento es porque ustedes son nuestros maestros.
Me pareció ingeniosa su respuesta.
–Doy por cierto que progresa –dije–, pero no sé si nuestro ejemplo sea determinante. Un vestigio de nuestra evolución nos hizo infieles.
–No te tomes, José, el tiempo de explicarlo, que a punta de corregir las pruebas de tus obras casi puedo recitar de memoria tus razones.
Entonces parafraseando recordó que el hombre primitivo teniendo la responsabilidad noble y difícil de poblar la Tierra, debió hacer suya a cuanta hembra pasara por su lado. «Y les quedó gustando –anotó Nayibe de su propia iniciativa–. El resto es el cuento de las hormona masculinas que alebrestan a la mujer que se las toma».
–¿Sabes lo que me llama la atención, Nayibe? Que el hombre siempre ha sido infiel, pero la mujer, sólo hasta ahora lo declara y lo reclama. Yo me pregunto: ¿Si siempre los hombres hemos sido infieles, con quien entonces hemos practicado el adulterio?
–Con la misma mujer es imposible –dando pistas, respondió Fernando.
–Conclusión amigos míos, que muchas más mujeres que las que imaginábamos son las coautoras de nuestros resbalones. De pronto son más infieles que nosotros, pero más prudentes.
–De eso pueden estar seguros. Una mujer infiel no cae tan fácilmente –aseguró Nayibe.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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miércoles 13 de mayo de 2009

MEDICINA, ¿APOSTOLADO O SACRIFICIO? *

Equivocamos, tal vez, la elección de nuestra profesión, quienes atados a la vocación por un apostolado elegimos la medicina como fuente de un sustento digno. Y habrán de entender las generaciones venideras, que sólo patrocinadas por actividades ajenas a la medicina, podrán dedicar su tiempo al ejercicio de su oficio humanitario.

Descontando los pocos médicos que holgadamente pueden vivir de su trabajo, porque sabiamente han conseguido esquivar el vínculo con las instituciones públicas, muchos son los que en instituciones del Estado (las que reflejan el verdadero estado de la medicina colombiana), cumplen una labor abnegada, sacrificando las comodidades que otro oficio menos exigente pudiera prodigarles; abocados a sueldos de miseria, ni siquiera equiparables al de una secretaria ejecutiva; a jornadas extenuantes, a riesgos médico-legales propiciados por una asistencia mal planeada, en la que es esquivo el presupuesto; a normas del estado que limitan su trabajo, a la desprotección contra los riesgos ocupacionales y cuando no, sometidos a la explotación de cuanto comerciante adivina en los servicios de salud la posibilidad de lucro. Y hasta huérfanos del trato humanitario que su vocación, en cambio, les obliga a prodigar a sus pacientes.

El médico, receptor otrora de las más altas distinciones y consideraciones, hoy debe ver con angustiosa nostalgia, que al ejercicio de su noble apostolado se opone la triste realidad de una profesión llena de riesgos y de responsabilidades como ninguna otra, y sin la recompensa siquiera de una vida digna.

Despreciado por gobiernos anteriores, el médico como supremo conocedor y orientador de las políticas de salud, hoy por fortuna advierte el acertado nombramiento del reconocido intensivista Alonso Gómez Duque como Ministro de Salud, designación que llena de agrado y esperanza a sus colegas, al intuir en su designación el renacer de una ilusión que devuelva a la salud y al médico la importancia que ha de tener en toda comunidad sensata.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* En el periódico colombiano El Espectador fue publicada esta epístola, el 14 de octubre de 1994 (pág. 4A). Varios ministros han pasado desde entonces por esa cartera, que terminó por fusionarse con la de Trabajo en el ministerio de Protección Social. Creo que ya no se añora la medicina de antaño, no porque haya retomado sus viejos ideales, sino porque paulatinamente van desapareciendo quienes la practicaron. Las nuevas generaciones de médicos no pueden extrañar lo que nunca conocieron. Hoy las leyes del mercado dirigen la salud; por eso nos corrigen cuando hablamos de pacientes: la designación correcta es la de clientes.

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martes 5 de mayo de 2009

CARTA XL: TU PIEL

Septiembre 7

Mi amor:

Que sensación más tierna la de tu piel, hermoso regalo de tu ser a mis sentidos.

No parece haber conocido tu piel el rayo abrasador del mediodía que eclipsa la belleza, marchitando los años juveniles. Tal vez la han cultivado los delicados destellos de la luna, tal vez en ella tu corazón ha prolongado la ternura y la bondad con que palpita.

Transpira tanto amor tu piel como tu alma, y como ésta, aquélla es generosa. De dolor sabe y de amargura y a cambio, sin embargo, entrega una plácida caricia. Adulta es por sus años, ingenua e infantil por su tersura.

Por tu piel sé que eres dulce, por tu piel que eres buena, por tu piel que eres pura. Me enamoró tu piel y mis manos jamás renunciarán a ese angelical contacto.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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jueves 23 de abril de 2009

A LA SOMBRA DEL ARBOL DE LA ESTANCIA

Tiene el árbol que me da su sombra
un tronco recio
de jibas pronunciadas,
y largos brazos
que ávidos de luz
escalan las alturas;
y una silueta de copa redondeada,
y un cuerpo frondoso
que delata en su tímida cadencia
el soplo de un viento imperceptible.

Entre el verde tamiz de su enramada
asoma el tono azul vivificante,
la inmensidad azul
de un cielo despejado.

Jirones de luz filtra el sol
en el trémulo ramaje,
luminosas briznas que atigran
la verde alfombra
de frescos pastos
que invitan al reposo,
rayos cálidos, atenuados
a la sombra de un pródigo follaje.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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sábado 11 de abril de 2009

LA PENICILINA

Pocos agentes efectivos contra las enfermedades infecciosas existieron hasta el hallazgo de la penicilina. Tal vez sólo deban destacarse la quina, importada del Nuevo Mundo, efectiva contra la malaria y la emetina usada en el tratamiento de la amebiasis desde 1912.

Del efecto inhibidor del crecimiento bacteriano por gérmenes del suelo ya había conocimiento en época de Pasteur. El científico francés había descrito en 1877 la destrucción del Bacillus anthracis cuando el cultivo era contaminado por microorganismos del aire, y había informado la resistencia al carbunco de los animales inoculados con el bacilo e inyectados con gérmenes comunes. Así escribió: “Estos hechos autorizan a concebir acaso las más grandes esperanzas desde el punto de vista terapéutico”. Pero fue sólo la preocupación de Alexander Fleming por el fenómeno la que permitió su aprovechamiento. Trabajando en el laboratorio bacteriológico del Saint Mary´s Hospital de Londres, descubrió Fleming en 1928 que un cultivo bacteriano de estafilococo, contaminado por un hongo vulgar y abundante -al olvidar tapar la caja del cultivo-, comenzaba a disolverse en la vecindad del moho. Su interés por el hongo lo llevó a aislarlo. Los micólogos concluyeron que el moho era el Penicilliun notatum, y a la sustancia por él producida le dio Fleming el nombre de Penicilina.

Sería catalogado mucho después, en 1942, como antibiótico, cuando el profesor Selman Waskman, profesor de bacteriología en los Estados Unidos, introdujo tal denominación para las sustancias producidas por microorganismos con capacidad de inhibir el crecimiento de los microbios, acaso en recuerdo del término antibiosis de Vuillemin, quien lo propuso en 1899 para designar la inhibición del bacilo del carbunco por los gérmenes contaminantes.

El trabajo de Fleming fue por mucho tiempo solitario. Aislar el moho no fue fácil, más cuando había poco interés por él. Sin embargo los resultados clínicos con la sulfamida, presentados en 1935, despertaron el interés por los antibacterianos y con él, por el descubrimiento de Fleming. Pronto el Penicillium fue desarrollado en medios sintéticos. Se iniciaba así la era de los antibióticos.

Habiendo participado como médico en la gran guerra del catorce, Fleming conocía muy bien la infección de las heridas y ante todo el cuadro mortal de la gangrena gaseosa, en cuya prevención poco papel jugaban los antisépticos. Su ilusión era encontrar una sustancia que destruyese en la sangre las bacterias. Antisépticos como el mercurocromo no admitían la administración sistémica. La penicilina en cambio, aún a grandes dosis resultaba inocua.

La mortalidad por heridas ascendió en la I Guerra Mundial al 85%, infecciones como la gangrena gaseosa y el tétanos fueron las grandes responsables. La vuelta a las técnicas de Lister, el debridamiento de las heridas y otras medidas procuraron y consiguieron en parte el control de la sepsis. Faltaba aún la aplicación del gran descubrimiento de Fleming. Pero su utilización se retrasó doce años. Primero debía purificarse y concentrase.
Patrocinados por la Fundación Rockefeller, Fleming, Florey y Chain emprendieron los estudios sobre el antibiótico en 1939. Sir Howard Walter Florey profesor de patología en Oxford retomó el descubrimiento de Fleming, animado por el deseo de obtener un antibiótico eficaz para aplicación clínica. El bioquímico Erns Boris Chain, judío alemán exiliado en Inglaterra por la persecución nazi, se unió al esfuerzo. Así se obtuvo un extracto purificado de Penicilina. La primera inyección realizada por Barnes con 30 mg resultó atóxica al ratón. Finalmente el 25 de mayo de 1940 se probó en tres ratones con estafilococo, estreptococo y Clostridium septicum respectivamente. Todos los animales sobrevivieron.

El 12 de febrero de 1941 la penicilina se aplicó por primera vez a un enfermo, pero el medicamento milagroso con que se intentó salvar la vida de un policía londinense afectado por la sepsis, se agotó a los cinco días de tratamiento, cuando el paciente ya mostraba franca mejoría. La recaída y la muerte ensombrecieron este primer intento. Pero el éxito coronó el segundo ensayo, cuando un joven de 15 años fue salvado de una mortal infección estreptocóccica con que se complicó la herida de su muslo lesionado.

Absorbida por la guerra, no fue la patria de Fleming la que inició la producción de las enormes cantidades de antibiótico que la humanidad requería, sino Estados Unidos, nación aún en paz, que unió el apoyo gubernamental al de los grandes laboratorios farmacéuticos de la nación, Merck, Pfizer y Squibb, para producir el moho, en gigantes e innovadores tanques, en ingentes cantidades. Terminada la II Guerra Mundial salieron incalculables dosis de antibiótico de las fábricas de las dos naciones aliadas a los campos de batalla. En 1957 tras el descubrimiento de la estructura molecular por Dorothy Crowfoot Hodking, John C. Sheehan y K. R. Henery-Logan del IMT consiguieron sintetizar la penicilina.

Como pocas veces, el mundo rápidamente reconoció a Fleming todos sus méritos. Jorge VI en 1944 lo armó caballero y el Premio Nobel en 1945 llegó a sus manos, en honor compartido con Florey y Chain.

La exitosa utilización del medicamento, se encontró sin embargo con la resistencia bacteriana, aún con la de los mismos estafilococos que un día contribuyeron a su descubrimiento. En 1944 se reportó el primer caso de estafilococo productor de penicilinasa, y en 1948 65 a 85% de los estafilococos aureus hospitalarios eran resistentes a la penicilina.

Inefectiva resultó la penicilina contra la fiebre tifoidea, pero lo fue en cambio el cloramfenicol, no lo fue tampoco contra la tuberculosis, pero apareció la estreptomicina. Y la molécula fundamental ante el fenómeno de la resistencia, dio muy cerca de nuestros días origen a penicilinas semisintéticas y penicilinasa resistentes, que por primera vez aparecieron en 1960.


BIBLIOGRAFÍA
1. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966:174-177
2. Ballester Escalas Rafael. Los forjadores del siglo XX. Barcelona: Gassó Hermanos Editores. 1964: 376, 377
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6. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 536-539, 537 (ilustración)
7. Grant Madeleine. El mundo maravilloso de los microbios. Barcelona: Editorial Ramón Sopena S.A. 1960:124-134
8. Jaffe Bernard. La química crea un mundo nuevo. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1964: 81-86
9. Jawetz Ernest, Manual de microbiología. México: Manual Moderno, 1975: 123-128
10. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7, 173, 236, 238, 330
11. Murray B. E. Problems and mechanisms of antimicrobial resistance. Infectious disease clinics of North America 1989; 3:423-24
12. Nisenson Samuel, Cane Philip. Gigantes de la ciencia. Buenos Aires: Plaza & Janés S.A. 1964:251-257
13. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 4
14. Pujol Carlos. Forjadores del mundo contemporáneo. Barcelona: Editorial Planeta. 1979: Tomo 6, 339, 340, 345, 348-350
15. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 70, 72, 73
16. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 342-346


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes 3 de abril de 2009

LOS PRODIGIOS DEL POEMA

Con una pluma por pincel
puede hacerse el cuadro más hermoso:
un paisaje a punta de vocablos,
un bodegón...
un fresco…
una obra maestra,
si se quiere.

Mezclando en la paleta palabras y colores,
proclama el bardo la emoción del lienzo.

Sin laúd ni clavicordio,
sin flauta, sin cítara y sin lira,
el verbo agita la cadencia
que le da musicalidad a las palabras:
brota un concierto con la armonía del verso.

Componiendo acordes con sílabas y frases,
puede el bardo musicalizar con los sintagmas.

El alma es muda por más que sufra,
por más que se estremezca;
por más amor que sienta,
por más odio que albergue.
Muda si los demás no pueden escucharla,
muda si no puede expresar sus sentimientos.

Trenzando afectos y palabras en el verso,
sublima el bardo la emoción humana.

Soy poeta,
y cantaré al amor y al sufrimiento
de la forma más elocuente y más sentida.
Construiré sueños,
tejeré ilusiones con mi verbo,
conmoveré la entraña pétrea,
aliviaré a los seres sin consuelo,
y encontraré en el verso
el camino perfecto para llegar al alma.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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viernes 27 de marzo de 2009

PENSAR EN LA MUERTE ES SALUDABLE

Había amigos de José para los que era un suplicio departir con él a sabiendas de que estaba moribundo. Se preguntaban qué decirle; vacilaban entre hablarle con naturalidad, excluyendo el tema de la muerte, y referirse a ella invocando esperanzas ilusorias. Alguno pensó que era mejor hablar de la enfermedad en forma descarnada. Muchos optaron por una solución pragmática: no volvieron jamás a visitarlo. Otros, como Andrés, lo sorprendieron con su ingenio.
José abrió el paquete que el amigo enviaba y extrajo un libro con título diciente: «Sobre la muerte y los moribundos». En la contraportada una foto, la doctora Kübler-Ross, su autora, profesora de psiquiatría en Chicago. Ojeó sus páginas. En grandes caracteres una dedicatoria corta: «José, un libro dice más que mil palabras. Te recuerdo a diario, pero no tengo el valor de visitarte». Con ese título hubiera sido un regalo escalofriante, pero a esas alturas a José le resultaba más extraña la vida que la muerte. Revisó los capítulos: «Sobre el miedo a la muerte», «Actitudes con respecto a la muerte y al moribundo», una frase célebre: «Los hombres son crueles, pero el hombre es bondadoso», de Tagore. Se identificó con ella. Se adentró en más capítulos y terminó leyéndolos. Encontró las reacciones psicológicas del enfermo terminal agrupadas en sus fases: primero la negación y el aislamiento, luego la rebeldía y la ira, después la negociación o el pacto, más adelante la depresión, hasta aceptar por último la condición de moribundo. Todo estaba descrito meticulosamente. A José le constaba, no tanto por él, como por otros desahuciados. Confrontó su experiencia con el libro: «No rechacé el dictamen porque desde mi juventud estaba preparado. Nunca luché contra lo inevitable, aunque reconozco cierta irritabilidad en la segunda fase. No regateé con Dios, ni hice ofrecimientos a cambio de mi vida. Cierta depresión fue irremediable. Y nunca llegó la pérdida de todo el interés, y al abandono». Luego leyó: «Si el enfermo tiene tiempo suficiente, llegará a una etapa de tranquilidad, en continuo descanso, como si se preparase para un largo viaje». Era cierto, no le dolía la muerte, la imaginaba como un sueño profundo, reparador y plácido; y lo mejor de todo, para siempre. Se sentía tranquilo, más que los visitantes, que convencidos del frágil estado emocional del moribundo temían que cualquier palabra lo sumiera en la tristeza. Pensó que su placidez no era gratuita, sino el producto de una vida entrenándose para enfrentar la muerte. Claro que el duelo había existido, años atrás, cuando con la energía de la juventud se había rebelado contra la burla que convertiría en cenizas sus esfuerzos, toda sus conquistas y un millón de sueños. Sí, era la depresión y la rebeldía que mencionaba la doctora Kübler-Ross, pero experimentada sin necesidad, cuando gozaba de vida saludable. Una insensatez, le dijeron quienes conocieron su secreto: «Uno no se atormenta con la muerte sin tocarle». No comprendían que su revuelo no brotaba del pavor, sino del absurdo desenlace de la vida; del contraste entre las rigurosos exigencias de la supervivencia –y los frutos admirables del esfuerzo– y el miserable epílogo de la existencia.
Pero esas profundas y largas reflexiones no sólo lo llevaron a encontrarle a la extinción sentido, sino a percibir la muerte sin temor. A aceptarla como algo natural. Cuando el momento supremo pareció inminente, lo pudo vivir sin sobresalto. Mucha ventaja le llevaba José a la mayoría de los mortales. Testigo del pánico de enfermos afligidos por las fatalidad de su padecimiento, creyó un deber comunicarles el secreto de la buena muerte. Imaginó un libro confiando su receta; al menos unas columnas sobre las bondades de la preparación anticipada, pero no lo hizo. Entre su rutina y sus dolencias sus intenciones se fueron disipando.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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miércoles 18 de marzo de 2009

HACIA LA RECTIFICACIÓN DE LAS POLÍTICAS EN SALUD *

Tanto preocupa la situación de la salud y de los médicos en Colombia, que muchos comenzamos a pensar si abstraídos por el quehacer científico de nuestra profesión no estamos siendo negligentes con otras responsabilidades de las que nos hemos dejado despojar, poseídos por la apatía que produce la actividad política y el ejercicio del poder, únicos medios en Colombia para influir en la vida de la nación.

Las siguientes líneas son reflexiones que por estos días obsesionan a los profesionales de la salud ante medidas que sin suficiente análisis se tomaron en el gobierno anterior.

No debió imaginar en sus postrimerías la administración Gaviria, que al reglamentar mediante el decreto 973 del 13 de mayo de 1994 la ley 100 en lo atinente a las incompatibilidades e inhabilidades del personal de la salud, iba a generar una crisis como la que ya comienzan a sentir en todo el país las instituciones hospitalarias.

Sin proponérselo, y sólo por desconocimiento del sector, la norma que prohíbe al médico trabajar más de 8 horas con el estado, so pena de destitución y multa de hasta 200 salarios mínimos, está propiciando la renuncia masiva de los médicos. No debe por tanto interpretarlo la opinión pública como el motín concertado por un gremio que por cierto nunca ha sido unido, sino tan sólo como el fiel acatamiento de una ley paradójicamente anarquizante.

Poco dado el médico por razones éticas incuestionables a movimientos por reivindicaciones salariales tan acostumbrados en otras profesiones, imperceptiblemente se fue acostumbrando a exceder su ritmo de trabajo para conseguir con dos sueldos y con extenuantes jornadas dominicales o nocturnas un sustento digno, inferior sin embargo al de una buena secretaria ejecutiva.

Dispuestos a acatar la norma los profesionales de la medicina han comenzado por renunciar al puesto menos favorable; y a solicitar, asediados por sus obligaciones, una retribución justa para sus únicas ocho horas de trabajo. Y más que la crisis individual del médico, cabeza de familia, comienza a sentirse la crisis de las instituciones hospitalarias que con presupuestos miserables no encuentran personal de salud que puedan contratar, no sólo por sus bajos sueldos, sino porque en su mayoría, las condiciones de trabajo son agotadoras, y la falta de elementos o la tecnología precaria causa pánico a quienes saben la responsabilidad con que deben brindar la asistencia a los enfermos.

Quienes vimos con preocupación las decisiones tomadas desde un ministerio de salud ajeno al quehacer cotidiano de nuestra medicina, advertimos las consecuencias que esta particular medida habría de propiciar. Hoy cuando los hechos confirman los temores, alcanzamos también a intuir que de este trance que no previó el gobierno, podrán surgir las medidas que enderecen la sanidad de la nación, si en verdad se quiere resolver la situación de una manera responsable.

El manejo de la salud pública dejó de ser problema de los médicos desde que se alejó a sus más sabios conocedores de la formulación de sus políticas, desde que se proscribió al médico de la cartera de salud, hoy por fín en mejores manos. Dejó de ser hasta de los directores de hospitales y secretarios de salud, en actitud siempre mendicante, en pos de presupuestos que siempre han sido esquivos. La crisis de nuestro sistema de salud, crisis primordial de presupuesto, exige la acción inmediata de nuestro presidente y del Ministerio de Hacienda. Es hora de que la nación entera sepa si ese ministerio está dispuesto a responder por la salud de tantos colombianos.

Leyes y decretos deben propiciar una medicina racional y responsable. Es definitivamente sano que el médico no abuse de su jornada laboral, que justamente remunerado no tenga que exceder su capacidad física en la consecución de su sustento, que sus pacientes no tengan que padecer las consecuencias, ni los errores involuntarios de su agotamiento, que disponga de tiempo para cumplir sus obligaciones familiares. Es saludable que las instituciones de salud dejen de ser entes deshumanizados que manejan cifras, ufanándose más de las estadísticas que de la calidad en la atención de los pacientes. Es provechoso que a la masificación de la asistencia la substituya la personalización de la atención, que el enfermo deje de ser un número de historia, un desconocido con una dolencia física para quien la institución programa diez o quince minutos con su médico y vuelva a recibir de quien lo atiende el tiempo, la dedicación y la simpatía de quien también puede velar por la salud del alma. Es bueno que el estado se asesore de quienes a diario palpamos la realidad de la salud, es bueno que comprenda que la asistencia, con excepciones, no es buena ni responsable, y está mal planificada, porque con frecuencia se desborda la capacidad de sus hospitales, porque los recursos son escasos, porque el personal médico es insuficiente. Es bueno que el médico vuelva a reencontrarse con el amor a su profesión y no tenga que alejarse a otras actividades en busca de un sustento digno. Es importante que del trabajo del médico sólo se beneficien él y su paciente y no intermediarios con ánimo de lucro.

No hace falta voluntad a quienes aferrados a nuestro apostolado estamos dispuestos a colaborarle a un gobierno que ha manifestado su sensibilidad por lo social. Dispongámonos entonces a buscar conjuntamente una solución definitiva al sector de la salud en esta crisis. Comencemos en este país violento por rescatar la vida, prodigándoles a los colombianos la atención integral y responsable que la constitución les garantiza.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* Esta columna fue escrita el 3 de octubre de 1994 a raíz de la aplicación de una norma que impedía a los empleados públicos trabajar más de ocho horas con el Estado, La crisis que precipitó en el sector de la salud finalmente se resolvió con una ley que amplió a doce horas la vinculación de los médicos con el Estado. Por lo demás buena parte de los males denunciados persisten.

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lunes 9 de marzo de 2009

LA QUIMIOTERAPIA

La vida de Paul Ehrlich (1854-1915), médico y biólogo alemán, discípulo de Koch, giró siempre en torno a las propiedades y aplicaciones prácticas de los colorantes, que en su época de estudiante, recién habían sido introducidos en los cortes histológicos. Inclinado por la química y la histología, que en su mente convergían en el conocimiento de los microorganismos, y con una tesis doctoral que versaba sobre los colorantes y la práctica histológica, soñaba con la destrucción de las bacterias dentro del organismo, y estaba convencido de que los colorantes por su afinidad a ellas cumplirían tal objetivo. Pero la verdad era que sin éxito se habían utilizado aplicaciones intravenosas de colorantes de acridina, urotropina y sales de quinina.

Recuperándose de una tuberculosis pulmonar, Ehrlich regresó de Egipto y dirigió sus estudios al conocimiento de la inmunidad. Fue recibido por Koch, quien le confió en 1890 la supervisión de sus pacientes tratados con la tuberculina.

La afinidad selectiva de los colorantes, le hizo imaginar a Ehrlich la posibilidad de encontrar sustancias tóxicas, que afines a la bacterias, pero poco a las células humanas, permitieran, sin causar daños al huésped, tratar con éxito las enfermedades infecciosas.

Ehrlich inició sus experimentos con Shiga descubriendo el rojo tripán, con el que consiguió la curación de la tripanosomiasis en las ratas. Del parásito investigado derivó la sustancia su nombre. Aunque no resultó ser tan efectiva en el ser humano, fue precursor histórico del prontosil rojo de Gerhard Domagk y significó el inicio de exitosas investigaciones en la terapéutica antiparasitaria.

Las investigaciones de Ehrlich en 1905 en pos de un tratamiento para la sífilis, condujeron al hallazgo del compuesto arsenical arsfenamina o salvarsán, “la bala mágica”, verdadero inicio de la quimioterapia en el tratamiento de las infecciones. Se materializaba así la posibilidad de combatir mediante sustancias químicas sintéticas los microorganismos patógenos del hombre.

Fue estudiando el atoxil, compuesto arsenical empleado en el tratamiento de la enfermedad del sueño, como obtuvo al cabo de varios años, en 1910, el salvarsán, preparado 606 de la secuencia de sus experimentos. La nueva molécula, obtenida conjuntamente con Hata, aunque efectiva contra el Treponema pallidum, tuvo efectos tóxicos que limitaron su uso y lo llevaron a desarrolar en 1912 una nueva molécula, el neosalvarsán.

No sólo se beneficiaron los enfermos de sífilis con estos descubrimientos; al salvarsán fueron también sensibles el botón de oriente y la frambesia tropical, entre otras enfermedades. Complementando la acción del salvarsán contra la sífilis se introdujeron en 1941 los compuestos de bismuto. La toxicidad hepática del primero y renal de los segundos limitaron sin embargo su uso, afectando el tratamiento de la sífilis, aunque tan sólo el corto tiempo que tardó la introducción de la penicilina.

Los aportes de Ehrlich al conocimiento y tratamiento de las infecciones valieron a su autor el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1908.

Observando el anatomopatólogo alemán Gerhard Domagk en 1932 la acción bactericida de un colorante, el prontosil rojo, descubrió la acción contra el estreptococo. Administraba a sus conejos y ratones de experimentación virulentos estreptococos y posteriormente los compuestos sulfaminados, descubriendo que los animales tratados sobrevivían, no así los tomados como control. En 1935 comunicó sus primeras experiencias. Enfermedades como la erisipela o la fiebre puerperal tenían por fin un tratamiento razonable. En el Instituto Pasteur se descubrió al año siguiente que era en realidad la sulfanilamida, en la que aquél se metabolizaba, la responsable de la acción antibacteriana. Había nacido con su descubrimiento la sulfamidoterapia. Como alguna vez lo hiciera Lister, Domagk también probó con éxito en un ser querido, su pequeña hija, el producto de sus experiencias. Le inyectó prontosil para curar con éxito una grave infección estreptocóccica originada en un pinchazo accidental con una aguja. En 1936 el medicamento salvaría la vida del hijo del presidente Roosevelt

Entusiasmado el mundo científico en Europa y en América comenzó a modificar las moléculas originales en pos de nuevos medicamentos, tanto o más eficaces que el descubierto por Domagk. Surgieron multitud de sulfas que en polvos y tabletas hicieron parte de las raciones de los soldados que marchaban a la guerra. Domagk fue galardonado en 1939 con el premio Nobel por su descubrimiento, pero sólo lo recibió hasta 1947, ya desaparecido Hitler, quien había ordenado a los alemanes abstenerse de recibir el Nobel.

Pero el medicamento más importante en la batalla contra las infecciones sería el que el médico y bacteriólogo inglés Alexander Fleming descubriera en 1928: la penicilina. Al hongo productor de la penicilina, seguirían los estreptomicetos como invaluable fuente de antibióticos. En uno venezolano descubrió en 1944 Selman Abraham Waksman, microbiólogo ucraniano residente en Estados Unidos, un nuevo antibiótico al que dio el nombre de estreptomicina. Su investigación le merecerían el Premio Nobel en 1952. En otro también hallado en Venezuela, Burkholder en 1947 descubriría el Cloramfenicol.

Una importante lista de antibióticos producida por los estreptomicetos como rifampicina, vancomicina, novobiocina, lincomicina y eritromicina se uniría en el trascurso de las investigaciones a estos decubrimientos, comenzando una industria a la vez próspera y esperanzadora.


BIBLIOGRAFÍA
1. Alsa Sua A. Antibióticos ß-lactámicos: penicilinas y cefalosporinas. En Farmacología. 16ª. Ed. Madrid: Interamericana-McGraw-Hill. 1996: 942
2. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966: 171-177
3. Ballester Escalas Rafael. Los forjadores del siglo XX. Barcelona: Gassó Hermanos Editores. 1964: 376-378
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5. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 540
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9. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7:170, 236-238, 277, 282
10. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 7
11. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
12. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 3
13. Pujol Carlos. Forjadores del mundo contemporáneo. Barcelona: Editorial Planeta. 1979: Tomo 6, 339, 351
14. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 264, 264 (ilustración), 267
15. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 60, 63, 73
16. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 153, 340-342



LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes 27 de febrero de 2009

CARTA XXXIX: NO ERES LA OTRA, SIEMPRE LA PRIMERA

Septiembre 3

Embriagador Copito:

El romanticismo y la sensualidad son el mar en que navegan los amantes, libres de los deberes de una unión formal, proyectando su afecto al infinito.

La amante encarna el amor fresco pero también representa la ruptura con un orden que no se reconoce, simboliza un grito de libertad y de protesta.

No todas las amantes son iguales, no a todas las animan las mismas intenciones, no todas sufren de la misma forma.

A ti te quiero de cara al sol y con la frente en alto. Te quiero a mi lado erguida y sin vergüenza, altiva, capaz de proclamar tu amor, reclamando el derecho que tienes a mi afecto. No una más, no la otra; siempre la primera. Puede saber el mundo que te quiero. Que no jugamos su moral plagada de dobleces. Uno soy ante el mundo y fiel... fiel, claro, a mis principios. Actúo como pienso y con valor para afrontar el peso de mis actos.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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sábado 21 de febrero de 2009

LAS MANOS

Instrumentos que edifican o destruyen
al vaivén de la naturaleza humana.

Para labrar la tierra,
en recias se transforman
las manos tiernas
que acarician con dulzura.

Y aquéllas que unidas,
a Dios se elevan pidiendo bendiciones,
también enérgicas empuñan el acero,
lúbricas recorren un talle cautivante,
de razones llenas imprimen
con la pluma un pensamiento,
amorosas escriben un te quiero
o envilecidas se manchan
con la sangre del hermano.


Luis María Murillo Sarmiento ("Del amor, de la razón y los sentidos"

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viernes 13 de febrero de 2009

LA ESTERILIZACIÓN

Comprendidos los fenómenos que precipitaban la infección postoperatoria, se entendió la importancia de proveer para las cirugías unos instrumentos libres de microbios. En un principio las heridas únicamente podían ser manipuladas con elementos tratados con fenol o con agua hirviente. Más adelante Koch demostró que aquél no era tan eficaz y que entre los antisépticos eran verdaderamente útiles la tintura de yodo, el sublimado y el alcohol, sustancias que desafortunadamente deterioraban el instrumental quirúrgico. Presentó entonces como alternativa a la desinfección química predominante, un método nuevo, el vapor de agua, efectivo también contra las esporas. El mundo siguió sus enseñanzas.

En pos de la esterilización el ingenio del hombre recorrió muchos caminos. En Francia, Terrier creó el esterilizador a vapor. En Alemania, Bergmann y Schimmelbusch contribuyeron con técnicas asépticas que trascendieron hasta los quirófanos actuales. Downes y Blunt en 1877 demostraron la acción de la luz solar sobre el líquido putrescible. Nuevos estudios a principios del siglo siguiente hallarían en la franja ultravioleta de aquélla energía la explicación de su poder germicida. Con resultados variable Prochownick y Spaeth en 1890 y Beattie y Lewis en 1920 experimentaron con diversas corrientes eléctricas; y Rieder en 1902 utilizó los rayos X consiguiendo la destrucción del vibrión colérico. Bruynoghe y Dubois en 1925 expusieron la leptospira al radium atenuando su patogenicidad, pero sin destruirla. También las ondas sonoras de alta frecuencia fueron objeto de experimentación por Wood y Loonis en 1927; pero más elemental y eficaz seguía siendo el calor, tal como había sido confirmado desde 1881 por Koch, Wolffnüsel, Gaffky y Löefler. Aún Spallanzani en el siglo XVIII había ya demostrado la destrucción de protozoos mediante la ebullición. Más efectivo que el seco, resultaba el calor húmedo; y más la esterilización a presión que en condiciones atmosféricas.
Ácidos y álcalis (Kröning y Paul 1897), sales (Ficker 1898), jabones y detergentes, alcoholes y ésteres (Epstein 1897), fenoles, colorantes y aceites, yodo, sales de mercurio, agua oxigenada y derivados del alquitrán de hulla como substitutos del ácido fénico, radiaciones ionizantes y ultravioleta, desinfectantes clorados, compuestos de yodo y difenoles, terminarían por engrosar la lista de los desinfectantes utilizados; pocos en realidad llegarían a perdurar.


BIBLIOGRAFÍA
1. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 220-221
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5. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6, 405
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7. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 100, 106-108, 110, 111, 118-128
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9. Thorwald Jürgen. El Triunfo de la cirugía. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1960: 256, 377-378
10. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 59
11. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 197-198


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes 6 de febrero de 2009

DECREPITUD

La eternidad de la vida
es un segundo.
La belleza un instante fugaz:
nostálgico recuerdo.

¡Avanza tiempo implacable
consumiendo en tu brasa la tersura!
Salpica de pátina la piel alabastrina.
¡Ájala, ultrájala y percúdela!

Muestra la decadencia a la piel juvenil de terciopelo;
que la tez rendida delate el ocaso en sus arrugas.
Húndete en las miradas vivaces y fulgentes,
y que se tornen los ojos encarnados y sin brillo;
que sombras tras las sombras aniden
en la opacidad de la mirada.

Que el roble se deshaga
y el acero se rinda ante los años,
que claudique el músculo vencido
y la osamenta colapse ante su peso,
que la carne otrora palpitante
esconda con vergüenza su lascivia.
Y por último,
que trémulo y corvado,
el cuerpo se hinque ante su tumba,
y en una visión fantasmagórica,
su macilento espectro
se abrace en las tinieblas con la muerte.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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viernes 30 de enero de 2009

EUTANASIA

Muchas veces escribí que la vida pertenece a quien la usufructúa, a quien la siente consumirse en su piel, a quien con ella sufre o se alboroza.
«La vida es el tesoro más valioso y el mínimo bien del que puede sentirse amo y señor el ser humano. Que la existencia provenga de Dios no cambia la condición de dueño que tiene el hombre de su propia vida. Y es el propietario el que dispone con plena licitud –bien o mal– de sus haberes. Cuidar de la propia vida es un compromiso del hombre, pero consigo mismo, un instinto de auto preservación que a veces rechazamos».
Ahora sí que resultan pertinentes las reflexiones que me llevaron por tópicos emparentados con la muerte y en los que me ufané de la solidez de mis afirmaciones. Por fin estoy confrontando la teoría y la práctica. El sentimiento, un elemento nuevo, es definitivo en la ratificación de mis hipótesis. Ya no soy el intelectual que diserta desapasionadamente, sino el enfermo que descubre sus propias experiencias.
No hacía ni un año que Santiago me había puesto a pensar en la eutanasia. Paralizado desde el cuello a consecuencia de un accidente absurdo, llevaba a mi parecer una vida miserable. «Mejor se hubiera muerto», decían sus amigos, aunque como era obvio, siempre a sus espaldas.
–José, ¿qué piensas del suicidio? – me preguntó Santiago.
–Es una decisión cobarde y valerosa. Porque se necesita valor para llevarla a cabo, pero ese arrojo nace de la cobardía, de la impotencia para encarar el sufrimiento. El suicida huye al dolor escogiendo la alternativa menos dolorosa. La mayoría de los mortales temen más a la muerte que a la vida, por eso no piensan en eutanasia ni en suicidio. Muchos lo abrigan, pero pocos culminan su arrebato.
–Como quien dice que faltan más suicidas.
–Como quien dice que aunque pocos, siguen siendo demasiados.
–O sea que lo censuras.
–No podría. Su angustia me estremece. Desearía que nadie tuviera que buscar en la muerte refugio a su tristeza. Más que la muerte en sí, me duele del suicida el infinito dolor con que se va del mundo. Pero que no haya duda, reconozco en el suicidio un auténtico derecho. A mi parecer el único daño defendible es el que se causa uno a sí mismo. Y sin embargo agredirse no es el objeto del suicida. Busca alivio, trata de huir del sufrimiento. No hay en él una intención malvada. La noción de daño obedece a la subjetividad de quien lo juzga. Quien se suicida responde a una decisión desesperada.
–Con frecuencia acalorada –me argumentó Santiago–. Otras veces es una maquinación premeditada y fría. En mi caso la cronicidad de mi parálisis y el impedimento físico de atentar contra mi vida, aplacaron los impulsos destructivos y volvieron mi determinación más reflexiva. El acostumbramiento se confundió con la resignación y los accesos de desesperación se distanciaron. Lo cierto es que ya no pienso con el abatimiento del primer instante. No tengo como atentar contra mi vida, tampoco me interesa. Pero si mi condición me encaminara hacia la muerte, la acogería con gusto.
–Es otra manera de despreciar la vida. ¿Una descortesía con Dios, acaso?
–En lo absoluto. Mi existencia es un bien que ya me dio sus gozos. Ahora me tortura. Me siento con potestad sobre mi vida, tanto como el suicida, así no tenga las intenciones de acabarla.
–La majestad de la vida patentiza la mano del Creador, pero confiada al hombre se vuelve patrimonio suyo. Si es una dádiva, no debe devolverse. De hecho el guiñapo en el que el tiempo transforma nuestro cuerpo, nos impide devolver la vida rozagante del recién nacido. Y si me dijeran que la que se engrandece con los años es el alma, respondería que los dogmáticos no deben preocupase, porque los suicidas apenas arruinan la materia.
–La voluntad y la capacidad de discernir del hombre me hacen creer que Dios le dio libertad para regir su vida.
–Luego el suicida merece amor y no condena.
–Y mejor antes que después de consumar su muerte. El amor ayuda a disuadirlos, aunque no a todos el desamor los mata. Hay quienes mueren en medio de una ira incontrolable, otros acorralados por una enfermedad como la mía.
–¿Acaso pensaste en la eutanasia?
–¿Y quién en mi condición no piensa en ella? Que me haya refugiado en la música, en el cine, en la lectura, no quiere decir que no tenga motivos. He llegado a añorar el dolor del que la gente huye, a poner mi esperanza en la sensación de una punzada, en pagar con dolor la dicha de sentir y de moverme. Tener que depender de otros para las necesidades más elementales, peor aún, para las más privadas, rebaja mi autoestima y colma mi paciencia. Me atormenta saber que no existe siquiera una esperanza. Pienso que mi inmovilidad sólo se redimirá con otra quietud mayor, la de la muerte.
Sentí que había pulsado las fibras más sensibles. Que había removido la costra de una herida que creía resuelta. Entre apenado y triste lo seguí escuchando:
–La psiquis es la que más se afecta en el suicida, sacrifica la materia sin la certeza de una tranquilidad definitiva. En quienes padecemos un estado terminal o crónico, ocurre lo contrario. Es el cuerpo el que nos daña el alma. Mientras que el suicida malogra su futuro, quien por la eutanasia opta no tiene porvenir por qué sacrificarse. ¿No crees que es comprensible que un enfermo terminal quiera adelantar su desenlace?
–Cada cual es dueño de su vida. Si pesan los argumentos del suicida, ¿cómo no habrían de pesar los de quien busca la eutanasia? Como aquél, éste también tiene razones. Sin embargo, aunque puedo entender sus sentimientos, no soy capaz de dar aliento a sus motivos. Es más, si actuara, sería para alejarlo del abismo de la muerte trágica. Y si alguna vez una dolencia me pusiera en la órbita de la eutanasia, no escucharía tan sólo mis razones. Tomaría también en cuenta el sentimiento de mis deudos.
–Argumentos como esos me tienen sumido en mi camastro.
–De todas maneras Santiago, una cosa es que yo mismo ejecute mi designio, y otra, que vuelva a un tercero responsable de mi muerte. Peor aún, que la ejecute alguien por piedad, sin que el enfermo la demande.
Cuando terminé la evocación quedé en manos de mis pensamientos. Ya no tenía que especular con enfermedades hipotéticas. Era el momento de enfrentar mis razones y mis sentimientos.
A pesar la nostalgia, inevitable, pienso que hay tragedias peores en infortunios que no acaban con la vida. En nada cambia mi enfermedad la idea de que la muerte es el refugio de muchos que padecen. También es cierto que sin importar los pretextos con que pretendamos atenuar su impacto, la muerte hiere. Hiere a quien se va; hiere a quien le sobrevive. Me duele alejarme de Eleonora. Su llanto, siempre prudente, me destroza el alma. No puedo pensar con egoísmo. De la desaparición súbita a la lenta, tras una enfermedad debilitante, hubiera preferido la primera. Pero acostumbrado a encontrar el provecho de lo aceptable en ausencia del beneficio de lo bueno, y ganancia en lo malo, en ausencia de la utilidad de lo aceptable, me doy cuenta de que morir rodeado de afecto y de cuidados, y hasta con la posibilidad de movimiento, es preferible a la condición de un tetrapléjico. Definitivamente no voy a recurrir a la eutanasia.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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viernes 23 de enero de 2009

LA LECCIÓN DEL HOSPITAL DE KENNEDY *

Podrá nuestra justicia habitualmente inflexible con los débiles, pero vacilante y transigente con los delincuentes peligrosos, ensañarse con la enfermera jefe que hoy aparece como única vinculada a los trágicos sucesos del Hospital de Kennedy. Se podrá penalizar, con tanto o más rigor que un planeado y frío asesinato, esta lamentable falla humana; se podrá estigmatizar y destruir sin proceso justo, como lo hicieron ya los medios de comunicación -que tanto claman por la libertad de prensa- una vida que sepamos, consagrada a un apostolado; se podrá con espectacularidad tratar de acallar a una opinión pública sorprendida y temerosa de la asistencia en nuestros hospitales; pero no se podrá ocultar más la riesgosa práctica de la medicina que caracteriza la atención pública, huérfana de una política juiciosa y responsable por parte del Estado, so pena de perpetuar hechos tan dolorosos como el que por azar le ha correspondido al Hospital de Kennedy.

De poco valdrá la responsabilidad y buena voluntad de quienes trabajan al lado del enfermo, de nada las súplicas de los directores de los hospitales, mientras siga siendo mezquino el reparto presupuestal en el ministerio y en las secretarias de hacienda.

La salud prodigada con ética, definitivamente no es rentable, pero el valor sagrado de la vida humana, obliga y justifica toda inversión que aun a pérdida hagan los gobiernos.

Hechos como los que originan la presente nota tendrán que hacerle entender a los gobernantes, que no es la cantidad, sino la calidad de los casos atendidos la que mide el verdadero impacto de sus programas de salud. No se puede, como a cualquier empresa, exigirle a los hospitales utilidades que sólo se consiguen recortando las nóminas ideales, pagando mal a su personal y restringiendo los gastos por paciente.

Se acepta que un piloto no debe excederse en su jornada, pero a pesar de los estudios que lo demuestran, se hace caso omiso de los riesgos que para el enfermo implica el agotamiento de quienes velan por su vida. Jornadas nocturnas sin descanso, excesiva asignación de pacientes por enfermera, escaso personal médico para enfrentar una demanda numerosa, médicos y enfermeras que para mejorar sus míseros salarios trabajan hasta el cansancio dos jornadas diarias, hospitales sin recursos técnicos, físicos y humanos adecuados, en los que los estudiantes sin experiencia asumen el rol de profesionales graduados porque el personal asistencial es insuficiente, son entre otros los verdaderos hechos que deben llamar la atención de los medios de comunicación, de la justicia, de las autoridades y de quienes se dicen preocupados por la suerte de la comunidad a la que sirven.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* El suceso aquí descrito ocurrió hace catorce años. Una enfermera agotada con la sobrecarga de trabajo confundió dos medicamentos y aplicó a varios recién nacidos una dosis mortal de la droga equivocado. Fue condenada a varios años de cárcel. A pesar de los años transcurridos no se puede decir que la asistencia sea más segura: aún subsiste la sobrecarga asistencial, quizás sea mayor, porque el personal asistencial no ha aumentado en la medida en que ha crecido la población atendida.

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sábado 17 de enero de 2009

AUSENCIA

Ansío la nada...
la negación...
la ausencia...

La obscuridad en que se pierda
mi sombra y mi existencia.

Anhelo mi pensamiento en blanco
y mi memoria
sin huella de recuerdos.
Que mi corazón se aquiete
y en mis venas la sangre se detenga.

Y más allá...
plácido mi espíritu
sumido en la nada inagotable.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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lunes 5 de enero de 2009

CARTA XXXVIII: DEL AMOR Y LOS AMANTES

Agosto 30

Enternecedor Copito:

Dispuestos al amor estamos todos. Los que buscan lo tradicional y socialmente conveniente, como los dispuestos al escándalo y a romper barreras arbitrarias.

Amor llamamos a muchos sentimientos. Desde el paterno, el más perfecto, hasta el que buscan los amantes ligeros que apenas anhelan los placeres de la carne.

El amor de pareja sin embargo, por más interior y profundo que parezca, es un amor distinto, un seudoamor marcado por la posesión y el egoísmo. Un sentimiento que halaga al objeto amado sometido, pero que busca su destrucción si se rebela. Es una manifestación de bondad condicionada: se proporciona en la medida en que se goza de la exclusividad del ser que amamos. Para ser amor genuino le faltan cualidades, pero para no contradecir la tradición, amor sigámoslo llamando. Su poder, de todas maneras, resulta incontenible.

Hay amantes que buscan la relación fácil y el entretenimiento pasajero, que buscan la aventura recóndita y fugaz, sin perturbar la relación sólida del hogar reconocido. En la otra orilla, hay quienes desengañados de la pareja lícita buscamos afanosamente el ideal amoroso en brazos más amables. No perdemos la esperanza en el amor eterno y estamos dispuestos a vivir con otra un amor hasta la muerte. Para unos ese amor ha de permanecer oculto, para otros debe proclamarse. En particular creo que todo amor trascendental merece revelarse, aunque por conveniencia, el de los amantes con frecuencia se camufla.

El nuestro tendrá que ser trascendental y nada anónimo; por eso no me cohíbo al recorrer las calles asido de tu brazo, de tomar tu mano ante la muchedumbre y de acariciarte a los ojos de la gente. Sin temor y sin vergüenza le comunico al mundo que te amo. La otra no eres tú, sino aquélla que a pesar del contrato matrimonial se quedó sin mi cariño. Así que en pro de mi reputación no sigas ocultándote cuando un conocido pase a nuestro lado. Tu existencia no pone en peligro un matrimonio que en la práctica no existe. Déjales ese ejercicio a las amantes enfrascadas en idilios pasajeros.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXXVII:LA FELICIDAD NO ES IMPOSIBLE

Agosto 26

Copito:

Me asombra la diversidad de formas con que el ser humano reacciona ante una misma causa y su extraordinaria capacidad para resurgir de las cenizas.

Ante un mismo hecho veo personas pasivas que lo sufren y lo aceptan, otras encuentro indiferentes, y otras más, por el contrario, me impresionan con su disposición para someter la adversidad. Igual hay personas maltrechas que les cobran a los demás su sufrimiento, mientras otras como tú, transmutan en bondad sus aflicciones.

Igual existe el que al primer revés se rinde y el eterno derrotado que continúa luchando. El que se deleita sin motivo y el que a pesar de las dichas vive en la amargura.

Todos anhelamos la ventura y en diversa magnitud la conseguimos. ¿Por qué unos más? ¿Por qué otros menos? La medida no la da definitivamente nuestro entorno, es algo interno. La felicidad es personal, es subjetiva, lo que cada individuo determine, no lo que los demás supongan. La felicidad es la satisfacción consigo mismo. No hay otra manera de entender la felicidad bajo un criterio práctico.
Si se tratase de la armonía perfecta y del placer imperturbable en nuestro interior y en nuestro entorno, tendríamos que afirmar que la más mínima expresión de felicidad es imposible.

La felicidad es un don en exceso subjetivo que nosotros mismos construimos. Quien la aguarda de fuera la posterga hasta la muerte. Aunque he padecido muchas veces la tristeza y no ha perdido oportunidad mi pluma para registrarla, he tenido la fortuna de adaptar con sabiduría mi vida a las vicisitudes y gratificaciones que me depara el mundo. Por este motivo puedo decirte que hoy en medio de la adversidad estoy feliz, más cuando hay una nueva causa para serlo: tú, una experiencia grata y novedosa.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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sábado 27 de diciembre de 2008

EVOCACIÓN MARINA

Ondulante inmensidad
de enigmáticos encantos,
de verdes y azules fascinantes,
que en blanca explosión,
-baño espumoso y burbujeante-
se ofrece a las playas sedientas,
de arena calcinada.

Ondas trémulas mecidas por la brisa,
atomizadas briznas
que expanden su fragancia:
salino aroma que imprime en la memoria
un plácido recuerdo de playas de coral,
radiante cielo ,
aguas azules, límpidas y cálidas,
rumor de olas,
murmullo de palmeras que despeina el viento,
cortejo de alcatraces,
-certeros pescadores-
que arrebatan al mar la refundida presa.

Despertar marino
que entre desvanecidas brumas
ve emerger del horizonte
los rayos de la vida.
Áureo mar del poniente, en que naufraga
el incendiario cortejo que despide el día.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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sábado 20 de diciembre de 2008

LOS GUANTES DE CIRUGÍA

Johannes de Mikulicz, célebre cirujano alemán, contribuyó a la asepsia con el vestido blanco que impuso en el quirófano: gorra, mascarilla, bata, pantalones y zapatos de goma. Enseñaba que los elementos quirúrgicos solamente con pinzas esterilizadas debían manipularse.

Para esterilizar los instrumentos el calor era excelente, pero ¿qué hacer para controlar los gérmenes de las manos de los cirujanos? El fenol a muchos les causaba dermatitis, y tal vez más eficiente que el mismo fenol era la exhaustiva limpieza con agua y jabón para retirarlo.

Mickulicz quien practicaba exámenes microscópicos de los residuos bajo las uñas y advertía públicamente a los cirujanos de su mala desinfección, estaba convencido de la insuficiente asepsia de las manos con el jabón, el alcohol y la solución de sublimado. Por ello introdujo los guantes esterilizados de hilo para las intervenciones. Pero siendo de algodón, se humedecían y debían cambiarse con frecuencia en una misma operación.

En 1890 William Steward Halsted, profesor de cirugía en Baltimore, introdujo los guantes de goma, no propiamente con fines asépticos, sino procurando preservar de la dermatitis provocada por el sublimado corrosivo de las salas de cirugía a la enfermera Carolina Hampton, su futura esposa. De la Good Year Rubber Company obtuvo la fabricación de unos guantes tan delicados que parecían una segunda piel. Fueron los ayudantes de Halsted menos románticos y más científicos quienes terminaron por imponerlos en las cirugías. Mickulicz llevaría a Breslau los guantes de goma inventados por Halsted.


BIBLIOGRAFÍA
1. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 220-221
2. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 113-116, 124, 132
3. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7: 405
4. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 118
5. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6, 405
6. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 92, 97 (ilustración), 253, 258, 260
7. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 100, 106-108, 110, 111, 118-128
8. Thorwald Jürgen. El Siglo de los cirujanos. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1958: 23, 272-273, 272 (ilustración), 317, 318, 320 (ilustración), 323
9. Thorwald Jürgen. El Triunfo de la cirugía. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1960: 256, 377-378
10. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 59
11. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 197-198


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes 12 de diciembre de 2008

LOS PELIGROS DE LA SOCIEDAD Y DEL ESTADO

José podía parecer inalterable, pero era temperamental y apasionado. Un hombre de pasiones intelectuales y afectivas, pero conciliador: «Soy amigo de tolerar lo tolerable». Y en efecto, en el trato personal buscaba más la concordia que el conflicto. Tras una explosión de ira podía albergar sentimientos de destrucción y de venganza, pero al igual que una tormenta terminaba en calma, con un pensamiento despejado, convencido de que las hieles del rencor sólo amargan a quienes lo pretenden, y casi nada a quienes son su objeto.
Su apasionamiento contra la altivez era un clamor contra las injusticias, traducido a veces en un manifiesto de su pluma, otras en el deseo de una contienda a muerte, que sabía de antemano que nunca libraría, y en últimas, en una pretensión mágica en que imaginaba que su espíritu volvería a este mundo convertido en ángel justiciero. «No para cobrar afrentas personales, pues no soy rencoroso, sino para causar suplicio a quienes se ensañan con quienes no tienen posibilidad de defenderse».
Lo social lo apasionaba. Le permitía expresar el rasgo filantrópico de su personalidad. «No hablo por mí, que jamás padecí el rigor de la pobreza». Y sus columnas podían convertirse en un emotivo discurso social en que exponía la voracidad del hombre y la indolencia de las clases dirigentes. Que contrastaba con el énfasis que podía darle a la autoridad, a la globalización y a la libre empresa, que lo hacía percibir como un hombre de derecha. «¿Dónde quedaron tus concepciones izquierdistas?», decían unos. «¿Dónde quedaron tus ideas conservadoras?», se preguntaban otros. «Ni lo uno, ni lo otro», contestaba. «Ninguna ideología lo explica o lo resuelve todo. Menos cuando se sitúan en los extremos. Ni siempre blanco, ni siempre negro; las tonalidades de gris condensan mejor la sabiduría y la prudencia. No me caso con ideologías ajenas, apenas en parte las acepto. Sólo sigo por entero mi propio pensamiento. ¿Cómo pueden dudar que soy ecléctico?».
La libertad y la bondad eran el eje de su filosofía. Actuando sin atropellarse debían –según él– conseguir un punto de equilibrio en el que la sociedad y el hombre encontraran la máxima felicidad factible. Era un modelo que armonizaba el interés propio y el interés ajeno, pero que sólo podía surgir del convencimiento de todos los mortales. Pero algo tan elemental para su mente no había sido obvio para sus semejantes. Era la historia de la humanidad rendida a la codicia. José así lo percibía: «En el principio la Tierra tuvo que pertenecer a todos. ¿Cómo pudieron tan pocos acumular tanto y demasiados quedar desamparados? La selección natural en nuestra especie fue más allá de la supervivencia, hipertrofiando la ambición y estimulando a los más aprovechados a acaparar más que lo necesario. [...] Surgieron la familia, la sociedad y el Estado, todos tocados por el egoísmo. La autoridad, llamada a restablecer el equilibrio, terminó en la mira de los codiciosos que debía aquietar. Símbolo de supremacía y dominio, vive dispuesta a servir al poder y a la ambición. […] El poder que da el ejercicio de la autoridad hace perder al hombre la sensibilidad, lo hace olvidar la obligación de servir y lo lleva a actuar en su propio beneficio. ¡Desconfiad de quien busca el ejercicio del poder! Es sospechoso hasta que se demuestre lo contrario. Pocos se someten a tantos sacrificios sin recompensa diferente a la satisfacción de su servicio. [...] El hombre con poder ambiciona los bienes que tiene a su cuidado, es negligente con las necesidades de sus gobernados, desconoce de ellos sus penurias, y arbitrario, pasa temerariamente sobre sus deseos; imagina la realidad, porque la desconoce, de ahí sus normas absurdas, de ahí sus yerros en inversiones y proyectos. [...] La persecución de los vendedores ambulantes, la desidia con los desplazados, la reducción de la nómina para dejar a miles sin empleo, prueba la falta de sensibilidad de los hombres con poder, ciegos de jactancia al drama que causan sus déspotas medidas. El Estado en esas manos se corrompe. Tal vez la organización tradicional del Estado y el poder deban ser objeto de la reingeniería más drástica».
Veía que la asociación era forzosa, pero no por ello se olvidaba de sus riegos. «La sociedad es pertinente para progresar, pero el hombre organizado socialmente también es peligroso. Fácil intimida y anula a quienes sospecha en disidencia. Lo hacen desde hombres que parecen santos, hasta los peores engendros criminales. Desde las organizaciones que mediante sanciones amordazan a sus miembros, hasta las mafias que acallan con la muerte. La fuerza de muchos fácilmente arrasa la resistencia de unos pocos. Y sobran los ejemplos: sacerdotes extrañados por sus superiores, militares confinados a las peores guarniciones, trabajadores arrojados de su empleo, opositores de gobiernos tras las rejas, fustigadores de la corrupción ultimados en las calles. Si el hombre fuera por instinto recto, las organizaciones más rígidas, como el Estado, la mayor amenaza para la libertad, jamás tendrían sentido».
Le parecía el Estado una estructura a la vez necesaria y peligrosa. Su naturaleza era una de sus preocupaciones, y examinando modelos, se quedaba con el capitalismo. «Aunque lejos de la perfección, genera riqueza y honra la libertad. Concentrará el capital en quienes más lo tienen, pero de alguna manera llega a los que más lo necesitan. Otros como el comunismo no generan riqueza, reparten pobreza y silencian las ideas. ¿Y qué hombre vive con dignidad cuando se le controla el alma?». Claro que hacía una nítida distinción entre la izquierda democrática y la totalitaria; contra ésta le parecían lícitos todos los medios para aniquilarla: «Porque es artera y le niega a sus opositores las prerrogativas que exige para sí. Cuando un totalitarismo asienta en el poder no existe forma pacífica para deponerlo». Pensando en ello, recordaba la lucha de clases del marxismo: «torpe engendro de ingenuos o malintencionados comunistas».
Odiaba la polarización entre patronos y trabajadores, y preguntaba: «Si la prosperidad de unos está en el esfuerzo de los otros, ¿de dónde el absurdo enfrentamiento? ¿Por qué no entender que sin empresarios no hay capital; sin capital, industria; y sin industria, empleo? ¿Y que sin los trabajadores no hay producción ni empresa que perdure? ¿Cómo contradecir un planteamiento tan sencillo?».


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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sábado 6 de diciembre de 2008

ESE ES EL HOMBRE

El hombre es lo que siente,
y lo que siente es lo que agita
su alma y su materia.
El hombre es lo que sueña,
y lo que sueña
es su mundo de imposibles.
El hombre es lo que sufre,
y lo que sufre
una huella indeleble en su recuerdo.

El hombre es lo que goza,
y lo que goza
compensa su infortunio.
El hombre es lo que cree,
y lo que cree
explica lo absoluto.
El hombre es lo que oculta,
y lo que oculta
su faz aterradora.

El hombre es lo que niega,
y niega lo que lo deshonra.


El hombre es lo que crea,
y lo que crea
es lo que lo trasciende.
El hombre es lo que piensa,
y lo que piensa
lo que le sobrevive.

Lo que siente, lo que sueña y lo que sufre...
lo que goza...
lo que cree, lo que oculta y lo que niega,
con él se extingue
cuando la llama de su ser se apaga.

Lo que piensa y lo que crea nunca sucumbe,
es su forma de perdurar tras de la muerte.



LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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viernes 28 de noviembre de 2008

EL FALLO DE LA CORTE, UN FALLO PELIGROSO *

Nuevamente vuelve a rendirse la justicia a la fascinación de la forma, y el apego a lo "jurídico", conmina a la familia y a la sociedad a los peligros de la farmacodependencia.

El fallo de la Corte Constitucional que despenaliza el uso de los estupefacientes, demuestra una vez más la atolondrada deformación de nuestra justicia, que dejó de ser práctica (tal vez nunca lo ha sido), y que a más de ciega se ha tornado amoral e intelectualmente deficiente. Sus juicios desatinados no sólo no procuran, sino que atentan contra el bien común.

Qué penosa demostración de la extrema ineptitud que carcome al país en todas sus instancias, que hasta tan altos tribunales hayan llegado personas sin el aplomo moral, sin sabiduría y sin la capacidad de discernimiento suficiente para asumir tan delicadas responsabilidades.

Un país que en aberrante impunidad clama justicia, no puede contemporizar con magistrados que más parecen cómplices de los carteles de la droga. La nación indignada reclama la satisfacción de su renuncia, la Colombia honesta, por el contrario, exalta a aquéllos magistrados, como Vladimiro Naranjo, que aunque en minoría, encarnan la rectitud y la sabiduría.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* Este texto fue publicado en el diario colombiano El Espectador el 18 mayo de 1994 (pág. 4A) y mostraba mi total rechazo a la despenalización del uso de estupefacientes. Hoy ha vuelto al Congreso de Colombia un nuevo proyecto de penalización ante la insistencia del presidente Uribe; y vuelvo a cuestionarme pero sin la exaltación de entonces. No puedo albergar duda del daño de las dependencias, pero sí reconozco ahora un serio conflicto con el principio de autonomía y la libertad del individuo para decidir su destino, más exactamente, en este caso, para dirigir torpemente su destino.

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viernes 21 de noviembre de 2008

DESPEDIDA

Cuando me marche,
mi alma tenderá
a la libertad sus alas
traspasando la puerta de la muerte;
y la última ilusión
exhalaré de la felicidad,
ese sueño imposible de la vida.

Cuando me marche,
derramará la lluvia su llanto
sobre mi cuerpo gélido,
me arropará la arcilla
que me dio la vida
y compañero seré
de las sombras de la noche.

Cuando me marche,
una rosa amarilla
añorará mi tumba,
un símbolo
en que mi amor siga latiendo.

Cuando me marche,
que nadie por mi muerte se conduela:
¡No advierto con tristeza su llegada!

Decid que desee la parca,
también quise la vida;
que siempre desafié la muerte
y finalmente me marché con ella.

Decid que padecí la vida,
aunque le arrebaté sus goces,
y esclavo fui que al mundo
cuestionó sus normas.

Cuando me marche...
tal vez el mundo
no notará mi ausencia.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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sábado 15 de noviembre de 2008

CARTA XXXVI: SOY HEDONISTA, PERO PARA MÍ EL PLACER NO ES DESENFRENO

Agosto 22


Copito:

Cuando me declaro proclive a los placeres puede pensar la gente que vivo en un mundo superficial y depravado.

Aún recuerdo tus hermosos ojos salidos de sus órbitas por una confesión tan precoz como inocente. Apenas me estabas conociendo cuando solté una frase que provocó tu asombro. Debiste pensar en un maniático dispuesto al atropello. Hoy sabes que no es así, que nuestro placer está dosificado, que es un equilibrio sano entre los goces del cuerpo y del espíritu, que abreva en el amor y puede ser incluso paradigma.

Existir para el placer no es necesariamente cultivar bajas pasiones, ni vivir sometido por los vicios, no es libertinaje. Es no negarse todas las satisfacciones permitidas. Todas aquéllas que no buscan la autodestrucción ni la desgracia ajena.

La libertad supera a mi hedonismo. No aceptaría nunca placeres que me pongan bajo su dependencia. Adicciones por ejemplo de las que sea su esclavo. El gozo no debe someternos, debe estar por nosotros sometido, debe servir al hombre, no de él servirse.

Al éxtasis me llevan la naturaleza, al arte, la poesía, la música, la buena mesa y las mujeres bellas. Enamorado vivo del amor, pero lo anhelo libre. Sin ataduras de papel y sin contratos.

Así te quiero a ti, no como la mujer sometida que aún el macho añora. Te deseo libre, dueña de tu cuerpo, de tu alma y tus acciones. Sin amo ni señor. Cerca de mí, respetada y protegida, nunca bajo mi dependencia.

Seré de tus decisiones respetuoso, de tus razones convencido; de tus proyectos, apoyo permanente.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes 7 de noviembre de 2008

CARTA XXXV: SOÑAR DE NUEVO

Agosto 18

Amor: Es esta carta otro poema.


SOÑAR DE NUEVO

Qué exquisita nostalgia
revive en mi corazón
con tu presencia.

Resignados anhelos
de una añeja aflicción,
retornan al presente.

No son ya lúgubres,
ni inalcanzables,
simplemente felices,
como toda dicha
que viene de tu mano.

Con tu vida se alejan de mi vida
las sombras de la muerte,
mi existencia por tanto, a ti te pertenece.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes 31 de octubre de 2008

PARA PODER VIVIR: UN FIN INALCANZABLE

Voy en pos de un sueño que la realidad
no encuentre en esta vida.
Voy en pos de una verdad inalcanzable.
Busco una estrella que brille cada vez más lejos.
Busco una cuenta infinita de luceros,
que mi tiempo no alcance a enumerarlos.
Busco una mujer inmune al tiempo:
una piel tersa que nunca se marchite.
Anhelo una conquista surcada de imposibles,
una quimera que mantenga la llama de la vida;
un objetivo irrealizable
que distraiga mis días
hasta la muerte.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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sábado 25 de octubre de 2008

MUERTE Y BONDAD: OBJETO DE MIS SUEÑOS

Ante la premura de la muerte decidí inventariar mis pertenencias. Entre las más queridas estaban mis escritos. Se hallaban dispersos por el apartamento, en libros, en revistas, en carpetas, en el computador, en cajas, o simplemente en hojas sueltas que hacían parte de todo mi desorden. Intenté reunirlos y clasificarlos. No todos habían sido publicados. Muchos eran personales, íntimos y comprometedores. Ponían, por ejemplo, en evidencia a mis amantes; contaban con detalle cada encuentro, al punto que la magia de las palabras revelaba más que una cinta de video. Releí muchas páginas que creí atrevidas, las puse en la cajita gris y les sellé su suerte. Las rocié con alcohol y les prendí fuego metiéndolas en la chimenea. Tenían que desaparecer; no debían ser por nadie descubiertas. Revisé todo: estantes, cajas y cajones. Examiné el guardarropa, ya no tenía objeto renovarlo. De pronto a otros cuerpos cubriría la ropa allí guardada. Igual habría de pasar con tantas cosas que habrían de servir a un nuevo dueño. Tantas otras se quedarían esperándome en los anaqueles de los almacenes, porque mis impulsos por adquirir cosas nuevas habían dejado de tener sentido. No había duda, cuanto nos pertenece apenas es prestado; con nada marchamos a otro mundo. Un sentimiento de resignación me estremeció. Vestí el mejor de mis pijamas y me metí en la cama a esperar que todo terminara. Había más desaliento en mi alma que en mi cuerpo.
Dispuesto a clausurar todo contacto con el mundo, inicié mi cuenta regresiva. Pasaron los segundos, los minutos, las horas y los días. Las semanas se volvieron meses. Llegaron los años y aún seguía viviendo. Rechazaba la vida porque me había traicionado cuando más la amaba; era un amante despechado. A pesar de mi desgano mi cuerpo se resistía a morir. Seguía funcionando por inercia. La micción, las evacuaciones intestinales, el hambre y la sed me obligaban a levantarme y a mantener el contacto con el mundo.
Esperando la muerte el tiempo se hizo eterno. El rostro se ajó, los ojos se hundieron, la piel ciñó los huesos. Los metros de barba completamente cana daban cuenta del tiempo transcurrido. Los montones de pelo entretejido habían reemplazado el colchón y las cobijas, el pijama nuevo ya era un jirón de tela maloliente. La oscuridad reinaba por doquier, como el silencio. Pero no era ausencia de luz y de sonidos, sino la sordera y la visión de sombras del anciano. Al adivinar con mis sentidos torpes el esqueleto forrado con la piel macilenta, entendí que la vida había respondido con la inmortalidad a mis reproches. «Si quieres desparecer, ¡suicídate!», dijo una voz interior. Pero me di cuenta de que ya ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo. Sentí más angustia de seguir viviendo que la que había sentido cuando supe que debía morir.
«¡Que llegue pronto la muerte!», dije con desconsuelo cuando al despertar reencontré la realidad apacible de mi cuarto. ¿De dónde acá aparecía en mis sueños un yo desconocido? Era mi antítesis. El yo que conocía no estaba dispuesto a suplicar la vida, ni a privarse de sus gustos sólo por verse de cara con la muerte. Lo que quedara de existencia no era como en el sueño para esperar la parca, era para explotarlo hasta el último respiro. Obras, objetos y vestidos nuevos por alguien serían utilizados, no iba a inhibirme de comprarlos. Todo el sueño me pareció impugnable. ¿Algo estaba tratando de manifestarme el inconsciente?
Pero tanto como lo físico me apasionaba lo moral. De hecho el bien y el mal aparecían en mis sueños en forma recurrente. A veces cuestionando, a veces confirmando mi escala de valores. Pero despierto tenía claro que actuar bien es comportarse sin causar daño objetivo e intencional a los demás, y sin tener que renunciar innecesariamente a la libertad y a los derechos. Ese fue el marco que me sirvió de límite, y así se lo enseñé a mi hija. Le mostré los extremos para que ella por sí misma descubriera el medio.
«En los límites del comportamiento estarán de una parte quienes desprecian y sacrifican a sus semejantes en aras de sus propios intereses; y de la otra, los que renuncian a su bienestar sin que su sacrificio se traduzca en bien tangible para alguien». «Explícamelo mejor», pidió Eleonora. Le dije entonces: «Distinguir entre la buena y la mala acción; entre la virtud y el vicio, entre la bondad y la maldad no siempre es tan sencillo. Sin embargo el ser humano está obligado a tomar decisiones en forma permanente. Bien o mal tomadas, son ineludibles. Hacerlo en beneficio propio es el camino fácil. Lo hace el que toma la mejor porción dejando sin nada a otros comensales, el que abandona las obligaciones que le son molestas, el que se apropia de los fondos de una buena causa, el que secuestra o el que mata. En otro extremo está el que se flagela, el que se priva de las cosas agradables de la vida, el que piensa que los placeres son diabólicos, el que se niega horas de ocio, comidas exquisitas, un poco de sensualidad y picardía; el que sólo admite una férrea disciplina, así no redunde en provecho para nadie».
Ella vio con claridad que la primera actitud era a todas luces condenable, que no se debe causar daño a los demás por satisfacer las propias ambiciones, pero no comprendió que renuncias innecesarias tratando de ser bueno merecieran algún tipo de censura. Entonces se lo presenté como algo improductivo, como un intento místico de ganar un premio o de evitar una condena. Hoy pese a mis nuevas experiencias sigo creyendo que es un sacrificio innecesario, no tan vano, quizás, como pensaba entonces. De pronto con algunos puntos de más lo premie el Cielo. En todo caso yo, amante de la libertad y el goce, no fui capaz de privaciones vanas. Hice caso a mi conciencia cuando me guió a un bien indiscutible, e hice caso a mis sentidos ávidos de gratificaciones permanentes, pero me abstuve cuando implicaron perjuicio para alguien. Otro tipo de renuncia ni mi hedonismo ni mi razón lo hubieran permitido. Actué bien por convicción. Porque creí que ser justo es bueno en sí mismo, no por la esperanza de una recompensa. Y si me equivoqué, ya se acabó el tiempo para remediarlo. No deseché lo fácil con la idea de que lo difícil es lo que más se aprecia. ¿Desde cuándo lo arduo es preferible a lo sencillo? Lo importante es lo bueno, no lo difícil ni lo fácil. Y si lo bueno llega sin mayor esfuerzo, nada hay que reprocharle.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")


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viernes 17 de octubre de 2008

LA ASEPSIA: Las complicaciones infecciosas quirúrgicas

Las infecciones generalmente mortales y el dolor de las intervenciones quirúrgicas retrasaron notablemente el desarrollo de la cirugía. A ella sólo podía recurrirse en situaciones extremas, y aun así el enfermo muchas veces prefería la muerte. Las intervenciones eran crueles, tanto como el dolor que evocan las cauterizaciones con hierro al rojo vivo, con arsénico, cal viva, ácido clorhídrico y ácido sulfúrico en las heridas quirúrgicas de las hernias inguinales en pos de una fuerte cicatriz.

Las heridas provocadas por la guerra fueron campo fértil para el progreso de la cirugía. Hemorragia e infección pusieron a prueba la imaginación del hombre para controlarlas. En las guerras de Europa del siglo XVI el aceite hirviente fue empleado como profilaxis para la infección, procedimiento cruel que por el contrario la favorecía; como accidentalmente lo descubrió Ambrosio Paré (1510-1590), cuando agotado el aceite lo reemplazó por bálsamo y las heridas curaron. Gracias a él la dolorosa cauterización de los muñones también fue reemplazada por la ligadura hemostática de las arterias. Sin embargo hasta pleno siglo XVIII habrían de llegar muchos de los procedimientos aterradores de la medicina antigua.

La cavidad abdominal era impenetrable, "la apertura del peritoneo y el contacto del intestino con el aire frío origina una inflamación mortal", afirmaba Hamilton. La fiebre purulenta que solía complicar las cirugías casi siempre terminaba con la muerte. A pus olían los pacientes operados; 80% de ellos fallecían aún en el siglo XIX.

La teoría del aire venenoso condujo a aislar las heridas mediante caperuzas francesas -a las que se les extraía el aire con campanas neumáticas- o con apósitos de algodón de Guérin, que no se cambiaban en semanas. Opuesta a estas vendas nauseabundas estaba la razonable idea de Kern de dejar las heridas siempre descubiertas.

No tuvieron efecto sobre la infección los baños helados de Von Esmarch en Kiel, como tampoco los baños de calor, ni las cajas térmicas de Guyot, utilizadas en la creencia del efecto profiláctico del clima cálido en la fiebre purulenta, enseñanza médica que había dejado la expedición de Napoleón a Egipto.

Buscando evitar que el aire venenoso pasara de uno a otro pabellón, en la guerra de secesión en Norteaméricana se construyeron hospitales con una particular estructura. Se construían de tal forma que las edificaciones nunca quedaran alineadas.

Descubierta la anestesia a mediados del siglo XIX, pudieron por fin practicarse libres de dolor muchas intervenciones, pero las infecciones sin control aún siguieron siendo fatales para los pacientes. Pasarían algunas décadas antes de descubrir los estreptococos de la erisipela, los estafilococos de la fiebre purulenta, y los clostridium del tétanos y la gangrena. Descubrimiento vertiginoso de microorganismos que caracterizó el final del siglo XIX.


BIBLIOGRAFÍA
1. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 220-221
2. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 113-116, 124, 132
3. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7: 405
4. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 118
5. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6, 405
6. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 92, 97 (ilustración), 253, 258, 260
7. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 100, 106-108, 110, 111, 118-128
8. Thorwald Jürgen. El Siglo de los cirujanos. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1958: 23, 272-273, 272 (ilustración), 317, 318, 320 (ilustración), 323
9. Thorwald Jürgen. El Triunfo de la cirugía. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1960: 256, 377-378
10. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 59
11. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 197-198

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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LA ASEPSIA: De las antiguas salas de cirugía al quirófano moderno

El conocimiento de la asepsia y la antisepsia cambió radicalmente el aspecto de las salas de cirugía. De las intervenciones improvisadas en el lecho del enfermo, o en la sala o el comedor de su casa, se pasó a los quirófanos como sitio obligado. Antes se suponía natural la suciedad en los centros quirúrgicos. En traje de calle, con salpicaduras de sangre y de pus, los cirujanos operaban sin lavarse, esperando como inevitable y natural la infección de las heridas quirúrgicas, no siempre suturadas. Cuando el instrumental caía al suelo era levantado para seguir operando. A este médico lo reemplazó un cirujano que acompañado por un anestesista armado de su mascarilla para aplicar el cloroformo, operaba en mangas de camisa y con delantal, que sumergía sus pinzas en cubetas con fenol y utilizaba esponjas para secar y aplicar el ácido fénico. Al final se impondría el uniforme quirúrgico y la estricta asepsia que prevalecen hoy en las salas de cirugía.


BIBLIOGRAFÍA
1. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 220-221
2. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 113-116, 124, 132
3. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7: 405
4. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 118
5. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6, 405
6. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 92, 97 (ilustración), 253, 258, 260
7. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 100, 106-108, 110, 111, 118-128
8. Thorwald Jürgen. El Siglo de los cirujanos. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1958: 23, 272-273, 272 (ilustración), 317, 318, 320 (ilustración), 323
9. Thorwald Jürgen. El Triunfo de la cirugía. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1960: 256, 377-378
10. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 59
11. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 197-198

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")


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sábado 11 de octubre de 2008

PARÁBOLA DE LA VIDA HUMANA

Periplo de la vida,
subjetiva infinitud
enmarcada por la nada.

Nacimiento

Final feliz
de un viaje indeseado,
despertar a un sueño
colmado de ilusiones,
encuentro de un destino
incomprendido, incierto.

Infancia

Fuente cristalina,
alma pura,
vida sin dobleces
años de lúdica inocencia,
de veniales travesuras,
ajenas a la carga
pesada de la vida.

Juventud

Fragua de ardorosos sentimientos,
forja de rebeldes desafíos,
derroche de vitalidad, de fuerza,
cruzada quijotesca
que endereza el mundo,
ímpetu renovador
cargado de ilusiones.

Vejez

Cantera senil
de inagotables experiencias
y libro de lecciones infinitas,
frágil humanidad
en que termina
la energía de los años juveniles.

Muerte

Descanso al final de la jornada,
que descubre el misterio más temido,
aparente reencuentro con la nada,
vano anhelo de vida perdurable.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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viernes 3 de octubre de 2008

CARTA XXXIV: LAS VIRTUDES DE LA AMANTE

Agosto 16

Mi amor:

Amante puede ser la compañera desconocida y fugaz de un encuentro no pensado, la mujer galante que nos trata con bondad y finge afecto, la confidente que compensa nuestra soledad, la querida que semanalmente comparte nuestro lecho, pero ninguna tan sublime como aquella enamorada que llena todo nuestro espacio, aquel ser que equilibra la vida del hombre atropellado y sin aliento. Aquélla que tiene siempre a flor de piel un atributo que calma nuestro enojo.

La amante es un oasis que aplaca la aridez de un vínculo que hastía. El ser dispuesto a la comprensión y a la palabra tierna. A su lado no hay gritos, no hay ultrajes, no hay rutinas ni trabajos extenuantes. No hay reclamos. Sabe de otra mujer y lo tolera. Al fin y al cabo siempre intuye que contrario a lo que se diga con encono, ella no es la otra, es la primera.

Ese ser socialmente incomprendido tiene la capacidad de transformar en lo más íntimo la vida y el corazón del hombre. Amor y lealtad son virtudes para ganarse el cielo. Resignada a la relación oculta y clandestina, renuncia la amante a la honra y los honores, al bienestar y a los derechos que solamente con el vínculo legal se brindan. ¡Qué justo premio serían a su nobleza!

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes 26 de septiembre de 2008

LA NOSTALGIA DE UN AMOR DURADERO

Los encuentros con Piedad eran para José regocijantes. Le sentía devoción, y muchos intuían que eran amantes. Se confesaban con picardía su intimidad y se apoyaban en sus conspiraciones amorosas. Entre ellos no había pasión, aunque la hubiera habido de acceder Piedad a los requerimientos de su amigo. Pero en su momento Piedad no lo juzgó oportuno, y cuando creyó que podía ser, el ardor de José, de tanto aguardar, se había extinguido. «Fue mejor así», él mismo lo decía: «De otra manera no nos hubiéramos vuelto compinches entrañables». Y es que como tales, se empeñaban en hacerse felices mutuamente, y en solucionarse recíprocamente todos los problemas.
–Esa es la vida Piedad –José le subrayaba–, cuando la relación es buena se sufre por el temor de perder a la mujer amada, cuando la convivencia es perniciosa, el sufrimiento es soportarla.

Eran los tiempos de Pilar, en quien José afirmaba que había encontrado la armonía perfecta. Pero Piedad no creía que él pudiera ser feliz con una doble vida.
–La relación clandestina vive en la incertidumbre.
–La incertidumbre del infiel no es porque la relación termine –le respondía José–, sino porque el hogar se acabe.
Y se jactaba de que con su aventura no arriesgaba nada, porque su matrimonio no podía más malograrse.
–Por el contrario, Piedad, mi amante es una descomunal ganancia.
–Sepárate –ella insistía.
–Por Eleonora no lo hago –argumentaba.

Y por Eleonora no lo hizo hasta que Elisa tomó la iniciativa. Pero en ese momento no hubo vacilación en secundarla. Cierto arrepentimiento lo acompañó por años, aunque su hija jamás le hizo un reproche. Ella sabía mejor que sus padres que el divorcio era una solución inevitable. José entonces comenzó a escribir de sus amantes, aunque cohibido, al presentir que en algún momento pasaría su autobiografía por las manos de Eleonora. Pero lo hizo para evitar que otros contaran la historia a su acomodo. Y fue medido, de pronto menos que lo que había deseado.

Era notorio su fervor por las mujeres. Todas entrañaban un potencial romance. Ideaba cortejos en su imaginación, aún durante los meses armoniosos de su matrimonio, cuando por indebidos los rechazaba de inmediato. Sin embargo a medida que se agriaron las relaciones con Elisa, fue concediendo más libertad a su imaginación para tejer idilios; y fue apareciendo el interés de que alguno en la realidad se concretara. Sólo el temor a la negativa contenía su arrojo, por lo que tras dar el primer paso, esperaba con prudencia una respuesta favorable que lo invitara a seguir en la conquista. Solía concebir romances descabellados que se quedaban inéditos entre sus más recóndito secretos, de forma que las implicadas habitualmente ignoraban que las había deseado.

Al final de sus días alcanzó a lamentar que el enamoramiento no durara para siempre, y que la especie humana no fuera en realidad monógama, porque en el fondo de su ser sí le habría gustado disfrutar tanta armonía. No lo expresaba, porque se hubiera dicho que se estaba retractando de cuanto había dicho, escrito y publicado, aunque él no lo veía de esa manera. Pensaba que había sido un cronista de la realidad de las parejas y no un instigador de adversidades. Si otra hubiera sido su convivencia con Elisa, diferente hubiera sido el mundo de su pluma. Más que la triste realidad de la pareja, habría sido su objeto la exaltación de las espléndidas, aunque fugaces, delicias del amor. Su vida amorosa también hubiera tenido un desenlace más amable. Tantos amores truncos le habían deparado dichas, pero también soledad y sufrimiento.

Al tratar de contar a sus amantes se daba cuenta de que eran menos que las que había supuesto, pues descartando encuentros casuales que terminaban en una entrega inesperada, «deliciosa pasión al rojo vivo, aunque sin mucho afecto», y excluyendo a Alicia –apenas un amor platónico–, a Piedad y a Carolina, terminaba apenas con Pilar y Claudia, a las únicas a las que les concedía la exquisitez de las amantes. Y de las dos, Claudia era la única que seguía presente, aunque su amor ya era fraterno, independientemente de lo que José pensara.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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LAS VICISITUDES DEL QUEHACER MÉDICO*

Los reiterados juicios sobre la responsabilidad médica en la asistencia pública con frecuencia conducen a afirmaciones ligeras que fundadas presumiblemente más en el desconocimiento que en la mala intención, van socavando en forma imperceptible la relación médico paciente y destruyendo la armonía que debe existir entre el cuerpo médico y la comunidad.

Lejos de ser un quehacer infalible, la medicina a pesar de su prodigioso desarrollo tiene fracasos y genera complicaciones que son desafortunadamente explotadas por el sensacionalismo periodístico, en ocasiones por el ánimo demagógico de las autoridades y no pocas veces por quienes pretenden obtener del médico beneficios materiales.

Entristece y desmotiva al médico honesto, prudente y responsable que el ejercicio de un apostolado pueda transmutarse en una labor riesgosa que conculca sus derechos. Que desproveído de las garantías consagradas para sus pacientes, se vea abocado a la adquisición de enfermedades que no pocas veces conducen a la muerte, o que se vea afrontando como criminal los estrados judiciales por servir abnegadamente a instituciones que como muchas de las del estado carecen de los recursos para ofrecer una asistencia médica segura.

No debe perder la comunidad la confianza en quienes deposita el cuidado del preciado don de la existencia, tampoco aquéllos deben defraudarla, ni debe el Estado abandonar al médico a una atención con míseros recursos, que le niega los medios para aplicar su ciencia y lo aboca a una práctica censurada por sus propias leyes.

La labor silenciosa tantas veces angustiante y siempre humanitaria es la que en mente debe prevalecer del médico, profundo conocedor de los problemas sociales de su entorno, pero absurdamente alejado de las decisiones gubernamentales que rigen la salud.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* Estas reflexiones que me asaltaban hace 15 años y que fueron publicadas en el diario colombiano “El Espectador” (diciembre 6 de 1993, pág. 4A), no dejan de ser válidas a pesar del tiempo transcurrido

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jueves 18 de septiembre de 2008

SOY

Vida soy
que a cambio de nada se subasta,
inútil bien que sueña en imposibles.

Llama soy de libertad ardiente
que no teme en cenizas transformarse,
sangre hirviente de un corazón
que anhela desangrarse:
defensor suicida de ideales.

Espíritu soy
que subyugan los placeres,
clamor que al hombre recrimina
su vocación de esclavo
que el goce desdeña de la vida.

Soy razón indómita
que a la existencia
no encuentra su sentido,
y sentimiento al que embriaga
lo bello de la vida.

Soy voluntad inquebrantable,
aleación de principios y razones,
corazón que el déspota subleva,
doblega el débil,
y embriaga la mujer
con su ternura.

Corcel soy en que el valor cabalga,
encontrando el riesgo apetecido,
alma atraída por la parca,
tempestad en la lucha,
tenacidad
que no se detiene ante el abismo.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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JOSEPH LISTER - LA ANTISEPSIA

Sin el control de la infección era imposible concebir el éxito de la cirugía. En el tiempo se pierden los fracasados intentos que a causa de la sepsis culminaban en la muerte.

Inspirado en los estudios de Pasteur, Joseph Lister (1827-1912), profesor de cirugía en Glasgow, relacionó la sepsis postoperatoria con los fenómenos de la fermentación descritos por el sabio francés, responsabilizó a los microorganismos de la putrefacción de las heridas e implantó en 1867 la técnica antiséptica en cirugía.

Abstraído en la infección de las fracturas abiertas, que a diferencia de las cerradas estaban hasta su época condenadas a la amputación por la gangrena y la fiebre purulenta, Lister buscó al fenómeno una explicación, y postuló al final de sus cavilaciones que el aire rico en bacterias, como lo había demostrado Pasteur, era el responsable. El 18 de febrero de 1847 le escribía al genio francés: "Permítame que le manifieste mi mayor reconocimiento por haberme demostrado, mediante sus brillantes investigaciones, la teoría de los gérmenes de putrefacción, con lo cual me ha indicado el principio para conducir a buen fin el sistema antiséptico”.

Poco lo convencía la teoría de los gases y los miasmas que causaban fermentaciones y putrefacciones al entrar en las heridas. En cambio era admirador ferviente de aquél francés aún desconocido, que había responsabilizado de la fermentación y la putrefacción a microorganismos de rápido crecimiento. "Si buscamos las causas por las que una herida exterior, comunicada con el núcleo de la fractura, puede provocar consecuencias graves, nos vemos forzados a atribuir el hecho a la descomposición por influencia atmosférica de la sangre derramada en mayor o menor cantidad. [...] El químico francés ha demostrado de un modo palpable que el aire no tiene esta propiedad a causa del oxígeno, sino debido a partículas muy pequeñas que flotan en él y que no son más que los gérmenes de diferentes seres vivos inferiores", anotaba Lister. Sus adversarios opinaban sin embargo que no eran aquéllos causa sino consecuencia de la descomposición. Dispuesto a comprobar que la putrefacción de las heridas era un fenómeno similar al estudiado por Pasteur y con origen común en los microbios, Lister inició la desinfección química de las heridas. Pasteur había descubierto el calor para eliminar microbios, pero el método no era aplicable a ellas. Utilizó por tanto cloruro de zinc, sulfatos y ácido fénico. El éxito del doctor Crooks, al eliminar con fenol el olor fétidos de la tierra, lo afirmó en la bondad del ácido fénico contra los microbios. En 1866 se atrevió a utilizarlo en las heridas.

Ante la irritación de la piel por el químico, ideó un vendaje oclusivo de ácido fénico y parafina con ocho capas de gasa y una de seda impermeable, que se hizo famoso, y que debía bloquear como un filtro, según su parecer, la llegada de los microorganismos a los tejidos. El experimento fue exitoso: en 1870 el método de Lister había disminuido de 45 a 15% la mortalidad en los amputados.

Su confianza en el procedimiento fue tal, que a su hermana Isabel Sofía con un cáncer de seno, la sometió a una intervención antes mortal. Con el éxito de la operación se acrecentó su confianza en el fenol.

Ante la Medical British Society presentó sus hallazgos, inculpó a los microorganismos de la infección postquirúrgica y presentó un método capaz de destruirlos. Pero la ovación esperada se trasmutó en ataques que afirmaban que su método ni era nuevo ni servía. Le recordaba Simpson, que en 1865 el farmaceuta francés Jules Lemaire había descubierto la acción antiséptica del fenol, y que Necker había usado el alcohol y Velpeau la tintura de yodo. Simpson obstinadamente se opuso a Lister y con él se trenzó en guerra de artículos en "The Lancet". Lister no había visto las bacterias pero creía en ellas, sus contradictores no las habían visto ni aceptaban que existieran. Era difícil para ellos entender que los microbios eran la causa de la fiebre purulenta.

Mientras los médicos que aplicaban mal el método confirmaban la idea de que el fenol no servía, Lister convencido de su bondad lo extendía al aseo de las manos, del instrumental, de la piel del enfermo, y a la desinfección del ambiente, construyendo un famoso pulverizador que llevaría su nombre. La guerra franco-prusiana permitió confirmar la excelencia de su aporte. Fueron los alemanes los primeros en creerle y los más fieles defensores de su método, luego lo hicieron los suizos y final, pero lentamente todo el mundo.

Al término de sus días pudo gozar de los honores que en justicia merecía. Fue elegido presidente de la Royal Society y recibió de la Reina Victoria el título de lord.

Bottini en Italia, Billroth en Alemania y Lucas-Championière en Francia fueron los primeros en seguirlo. Los médicos viejos, resistentes al cambio, en la medida en que fueron relevados o perdieron por su obstinación los pacientes, permitieron el afianzamiento de la técnica de Lister. Daba pereza implantar tanto ritual quirúrgico; Billroth lo llamaba "la limpieza exorbitante", y los cirujanos exclamaban con sorna: "cerrad pronto la puerta no vayan a entrar los microbios de Lister".

Entre sus opositores figuraba Lawson Tait, cirujano de Birminhgam quien tercamente obstinado contra la antisepsia de Lister, diríase que expresaba más una antipatía personal. Consciente de que la suciedad conducía a la infección de las heridas practicó otras formas de desinfección que merecen consignarse. Usaba jabones y lavaba con cepillo sus manos; hervía elementos y utilizaba mucha agua hervida, aunque no dejaba de sostener entre sus dientes suturas y escalpelo cuando sus manos se ocupaban. Pero cuando sus manos se contaminaban con material séptico, durante días dejaba de operar, realizaba pequeñas incisiones, apenas suficientes e intervenía con rapidez; razones suficientes para explicar sus bajas tasas de infección.

La limpieza prequirúrgica también se conseguía en tiempos de Bassini (segunda mitad del siglo XIX), mediante cepillos y lejía concentrada de jabón, en exhaustivo lavado que rebasa notablemente el área quirúrgica, la cual se afeitaba y se trataba con soluciones antisépticas.

La desinfección con fenol descubierta por Lister se fue extendiendo por todos los quirófanos. Pulverizado sobre el campo operatorio, en paños y esponjas, en cubetas para el lavado de manos, del instrumental y las suturas; empleado en un principio sobre los tejidos en las intervenciones externas, más tarde en la cavidad abdominal que se lavaba con litros de solución y finalmente rociado sobre la médula. Las salas de cirugía que antes olían a "matadero", comenzaron a hacerlo a fenol y cloroformo: a antisepsia y anestesia. Tan amigo se había vuelto el mundo del fenol, como temeroso había sido de las infecciones. Sin embargo no era inocuo e intoxicaciones sistémicas se presentaron entre el personal que asistía a las intervenciones.

Cuando se lograron estudiar los gérmenes del aire se descubrió que no había tantos y tan peligrosos como los que se descubrían en la tierra y en las heridas infectadas. Lister consideró entonces (1887) innecesario su pulverizador. En el cirujano, en su ropa, en el instrumental, estaba el enemigo. No debía hablarse más del aire venenoso, tan sólo de la infección por contacto como lo había señalado Semmelweis.


BIBLIOGRAFÍA
1. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966: 124-127
2. Bolton Sarah K. Héroes de la ciencia. Buenos Aires: Editorial Futuro. 1944: 207, 208
3. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
4. Enciclopedia Barsa. Editores Encyclopaedia Britannica, INC. 1960: Tomo 11: 363
5. Encyclopédie pur l’image, Pasteur. París: Librairie Hachette. 1950: 32, 132
6. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 468
7. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 97 (ilustración), 125-133
8. Metchnikoff Elias. Estudios sobre la naturaleza humana. Buenos Aires: Orientación Integral Humana. 1946: 225
9. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6
10. Pfeiffer John. La célula. En Colección Científica de Life. México: Ed. Offset Multicolor SA. 1965: 184
11. Pujol Carlos. Forjadores del mundo contemporáneo. Barcelona: Editorial Planeta. 1979: Tomo 3, 240, 414-416, 419-421
12. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 259-260
13. Tamargo J, Delpon E. Antisépticos y desinfectantes. En Farmacología. 16ª. Ed. Madrid: Interamericana-McGraw-Hill. 1996: 885
14. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 11
15. Thorwald Jürgen. El Siglo de los cirujanos. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1958: 281, 282, 291, 296, 299, 299 (ilustración), 300, 315, 316, 402
16. Thorwald Jürgen. El Triunfo de la cirugía. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1960: 5, 133, 144-152, 155, 156, 258, 273
17. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 264
18. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 152, 154


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes 12 de septiembre de 2008

ASÍ HE DE AMARTE

Cubriré tu cuerpo con mis besos
sobre un lecho de tus flores favoritas,
y esparciré fragancias que rimen con tu aroma.
Haré que el frenesí se funda con el arrullo tierno
y tu pudor se rinda a mi tímido arrebato.
Deshojaré cual pétalos tus velos
y expondré tu perfección desnuda:
tibia piel, inédita y radiante.
Abrigaré tu desnudez con mis caricias:
declaración de un sentimiento palpitante.
Haré de tus susurros y los míos
-secreto rumor de las palabras-,
un florilegio, una romanza,
una canción de amor beatífica y profana.
Exploraré las tentadoras dichas de tu cuerpo,
surcaré tus caminos y meandros,
y sembraré el carmín de mi pasión
en una posesión inolvidable


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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CARTA XXXIII: QUE TU EX MARIDO NO TE EMBAUQUE

Agosto 14

Copito de algodón:

Sólo eso nos faltaba, que quiera volver tu ex marido a la conquista. No habrás creído que es un hombre diferente y que te quiere. Con suficiencia conoces sus defectos como para que te repliegues al pasado. La personalidad no cambia así de fácil. Aquellas promesas apenas son argucias, malas artes con que intenta persuadirte aquel infame.

En pos de un interés apetecido todo hombre es capaz de ocultar sus más intolerables rasgos. El cambio milagroso ocurre en apariencia, pero tras la seguridad de la conquista se advierte que la personalidad nada ha cambiado. ¡No deja de ser quien siempre ha sido!

El arte de la convivencia radica en las afinidades, cielo mío. Disparate es pensar que se atraen los temperamentos opuestos, cuando por el contrario siempre se repelen.

Cuanto más distantes sean las inclinaciones, los proyectos, las creencias, las motivaciones y los hábitos, más difícil será la convivencia. Tras la embestida de Cupido, llega el halago, el deseo de complacer al otro, aun sacrificando todos nuestros gustos. Hay felicidad en la renuncia. Pero ¡Ay del momento en que regresa la cordura! Resulta imposible mantener las concesiones. Resultan odiosas las renuncias.
Alfredo nunca fue un ser afín a tu carácter. Si un espíritu próximo buscabas, en mí lo has encontrado.

Cuanto menos deba dejar para seguirte, cuanto menos debas ceder para seguir mi paso, más fácil perdurará el amor, pues más fácil coincidirá la realidad con nuestra fantasía.

Cuanta ventaja lleva el amor signado por la afinidad de la pareja. El resto son reglas elementales que deben hacer la vida en común confiable y transparente. Pautas viables, que pueda cumplir el individuo. No las inalcanzables que la sociedad estila, sino aquéllas que pacten los amantes.

Entre nosotros son bien claras: los derechos que no tienes no me los concedas, lo que no te ofrezco tampoco te lo exijo, y las obligaciones deben ser para los dos las mismos.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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sábado 6 de septiembre de 2008

EL ÚLTIMO PRÓLOGO

Todo en mi es pasado, poco o nada queda por vivir. Todo pertenece a los recuerdos, los hechos de hoy y del mañana. El futuro que queda lo escribiré en pasado porque ya tiene punto final el libro de mi vida. Evocar es mi destino; todo el tiempo está dispuesto para ello, y sin afanes. No tiene que pasar mi vida en un instante, tampoco toda tiene que desfilar ante mis ojos. Dosificada por mi memoria transcurre lentamente, enlentecida por las reflexiones que siempre la asaltaron. Porque reflexiones y pensamientos, más que hechos, fueron los que entretejieron la trama de mi vida.
No sé cuantos días le queden al péndulo de mi existencia, pero esta hospitalización tiene el sabor de una solemne despedida. Si me hubiera apresurado hubiera publicado mis memorias, pero siempre me interesó más escribir del mundo que de mis propias cosas. Pero quedan mis notas para quienes después de haber muerto quieran conocerme. No detallan lo material, ni dicen dónde nací, con quién crecí... ni el lugar, ni la hora de mi muerte. En cambio desnudan mis ideas, la auténtica fuente para saber quién fui. Porque el hombre es lo que piensa; y lo que piensa, lo que le sobrevive.
De todas formas mi mente briosa no comprende que un cuerpo escuálido y vencido la arrastre en su pendiente. Por eso la fuerza de mi pluma aún no se extingue, y sigue dando frutos al vaivén del ánimo de mis postreros días, azuzada por ideas propias del pensamiento de los moribundos. Y mientras baja el telón, se seguirá inspirando en los asuntos de siempre, en hechos cotidianos, en los recuerdos y las divagaciones, y hasta en los sueños que intentan conocer el rostro de la muerte.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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NUESTRO TRÁNSITO CAÓTICO *

Mientras los cargos en la administración pública se sigan constituyendo en fortín con que se halaga al amigo o se pagan vergonzosas "contraprestaciones" políticas, sólo por azar podremos encontrar funcionarios idóneos en las dependencias del gobierno.

La saciedad de esas insanas ansias de poder, solamente dejan gestiones estériles, producto del desconocimiento y el desinterés por los problemas de la comunidad, y de la ausencia de conocimientos técnicos que provean las soluciones.

Bogotá, fiel reflejo de los males del país, padece entre sus muchas dolencias el caos vial más aterrador de su historia, generado en gran medida por la actitud negligente de las autoridades.

Con la idea del reciclaje, se arrasan grandes tramos de pavimento de importantes avenidas y con indolencia se causa daño a los vehículos y se prolongan por meses innecesarias congestiones.

A la Secretaria de Tránsito ha llegado un experto en trasportes con la intención de agilizar el tráfico. Desde ya podemos intuir que no lo logrará. No cuando a un problema tan complejo contribuye el desinterés de los agentes de tránsito, incapaces de controlar el instinto contraventor y criminal de tantos conductores de buses y camiones; y más cuando ellos mismos infringen las normas que deben hacer respetar y crean inimaginables obstrucciones como las de la autopista norte, con los lentísimos cortejos fúnebres que ahora encabezados por los mismos patrulleros se toman el más veloz de los carriles.

Si el Secretario no conoce ni a sus mismos subalternos, ¿cómo podría con su concurso implantar los correctivos?

Más fructíferos probablemente serían en los cargos públicos ciudadanos comunes que al menos conocen y padecen el caos de una ciudad intolerable y anárquica.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

* Quince años después de publicada esta epístola en el diario colombiano El Espectador (agosto 3 de 1993, pág. 4A) los hechos referidos no han perdido actualidad. Sigue por ejemplo candente el tema del clientelismo político, el de la movilidad en Bogotá llegó a su punto más crítico, y hoy como ayer se siguen reparando con lentitud desesperante vías que no justifican costosos arreglos, mientras las más destrozadas siguen marginadas del mantenimiento necesario. Resulta de Perogrullo afirmar que la historia siempre se repite.



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sábado 30 de agosto de 2008

LAS NUBES

Habitantes volátiles del cielo
de caprichosas formas
que la imaginación recrean.

Eterno rincón de soñadores,
refugio de poéticas quimeras,
balcones a los que asciende el alma
queriendo dominar el infinito.

Copos purísimos, gráciles siluetas,
perfiles que evocan íntimas figuras,
vaporosos seres que crecen
y se esfuman al querer del viento.

Blancas estelas que se incendian
con el sol en el poniente,
trazos de gris zigzagueante
que interrumpen el azul del cielo.

Espectros trashumantes de la noche
que sólo ante la luna se revelan,
mágicas montañas de profunda bruma,
que en estrecho abrazo se confunden.

Cuerpos etéreos oscuros y profundos
que cargados de tristeza,
en llanto torrencial se precipitan.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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LAS VACUNAS: LA RABIA Y EL CARBUNCO

La historia de la inmunización también toca a Pasteur. Se encontró accidentalmente con ella al inyectar cultivos viejos de Pasteurella pestis, bacilos del cólera de las gallinas. Esta inoculación no ocasionó la muerte de las gallinas y en cambio previno su aparición ante una nueva inyección de cultivos frescos.

Demostrada la atenuación del bacilo colérico de las gallinas en cultivos adecuados, Pasteur se introdujo en las técnicas de atenuación viral. Ignorando aún el agente causal, Pasteur sospechó que debía encontrarlo en el sistema nervioso central, y tuvo la fortuna de aislar en él, el "tóxico" de la rabia. Tras exitosas experiencias con perros sanos y rabiosos, las mordeduras recibidas de un perro con rabia por el joven Joseph Meister le brindaron la posibilidad de utilizar por primera vez en el ser humano, el 6 de julio de 1885, la vacuna contra la rabia.

El paso del virus de la saliva del perro enfermo por el cerebro del conejo terminaba en la obtención de un "virus fixe" con toda la virulencia. Pero el virus recuperado de la médula espinal del animal muerto, luego de haber sido secada al aire estéril durante dos semanas, perdía la virulencia, y protegía de la enfermedad a los perros expuestos a la forma virulenta. Había obtenido un virus atenuado.

Escribió Pasteur: “Tome dos perros, los hice morder por un perro rabioso. Vacuné a uno, dejando al otro sin tratamiento. El último pereció de hidrofobia; el primero la resistió. Sin embargo yo debería multiplicar los casos de protección de perros, y pienso que mis manos temblarán cuando tengan que llegar al hombre”. Más de un año transcurrió para que se diera ese momento decisivo.

Un joven alsaciano con 14 heridas en su cuerpo causadas por un perro rabioso, y quien además no había recibido el tratamiento con ácido carbólico -que se recomendaba entonces-, dio por fin la oportunidad de probar la vacuna de Pasteur. ¿Qué más podía ofrecerse a quien inevitablemente se asomaba a la muerte?

Durante diez días, trece veces inoculó Pasteur a Joseph Meister con médula espinal de un conejo muerto de rabia dos semanas atrás. La inmunidad inducida impidió la enfermedad y lo protegió además del virus fijo utilizado por Pasteur para confirmar la bondad del tratamiento. Un segundo caso se dio cuando un pastor mordido seis días atrás, fue inoculado por Pasteur, salvándole la vida. En seis meses, de 350 casos, sólo una niña mordida 37 días antes de vacunarse, perdió la vida. Un año después de la inoculación de Meister unas 2500 personas habían sido vacunadas contra la rabia.

Cuatro años antes de la histórica experiencia, el 31 de mayo de 1881, Pasteur había realizado otro gran experimento, la famosa vacunación de ovejas con bacilos del carbunco. Las 24 vacunadas sobrevivieron, de las no vacunadas todas enfermaron y murieron. Esta vez había sido el calor el responsable de la atenuación accidental de la bacteria.

El resultado del experimento había sido anticipado por Pasteur: “Tómense cincuenta corderos, inocúlense a 25 con cultivos de virus de antrax y algunos días después inocúlense a todos los cincuenta con un cultivo muy virulento. Los veinticinco no previamente inoculados perecerán todos, mientras los ya inoculados sobrevivirán”. Médicos, veterinarios y agricultores acudieron entre escépticos y burlones a observar el ensayo. Pidieron, para evitar trampas, que se aplicaran dosis mayores de los cultivos virulentos. Pasteur con seguridad en sus afirmaciones aceptó todos los condicionamientos. Transcurridos los angustiosos días, los testigos descubrieron veintidós corderos muertos, dos agonizantes y uno enfermo, los veinticinco vacunados estaban por el contrario saludables.

El científico se convirtió en el "hijo más ilustre de Francia" y se le honró con la Gran Cruz de la Legión de Honor. Los triunfos de su genialidad fueron el germen del hoy célebre Instituto Pasteur, inaugurado el 14 de noviembre de 1888, obra de una suscripción popular organizada por sus entusiastas sus admiradores.


BIBLIOGRAFÍA
1. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966: 122-124, 127-130
2. Ballester Escalas Rafael. Los forjadores del siglo XX. Barcelona: Gassó Hermanos Editores. 1964: 234
3. Bolton Sarah K. Héroes de la ciencia. Buenos Aires: Editorial Futuro. 1944: 210-211
4. Butler J. A. V. La vida de la célula. Barcelona: Editorial Labor S.A. 1965: 43-52, 121
5. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
6. Enciclopedia Barsa. Editores Encyclopaedia Britannica, INC. 1960: Tomo 1, 462p
7. Enciclopedia Barsa. Editores Encyclopaedia Britannica, INC. 1960: Tomo 7, 411p
8. Enciclopedia Barsa. Editores Encyclopaedia Britannica, INC. 1960: Tomo 11: 363
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11. Farreras Valenti Medicina Interna. Barcelona: Editorial Marín S.A. 1967: Tomo II, 921
12. Grant Madeleine. El mundo maravilloso de los microbios. Barcelona: Editorial Ramón Sopena S.A. 1960: 135-143
13. Murillo L. M. La medicina del Viejo y Nuevo Mundo del Descubrimiento a la Colonia. Conferencia en Simposio de Medicina Precolombina y Colonial, julio 1992, 5, 6
14. Nisenson Samuel, Cane Philip. Gigantes de la ciencia. Buenos Aires: Plaza & Janés S.A. 1964: 121-124, 177-183, 270
15. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6
16. Pfeiffer John. La célula. En Colección Científica de Life. México: Ed. Offset Multicolor SA. 1965: 172, 180 (ilustración), 181
17. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 3, 669
18. Pujol Carlos. Forjadores del mundo contemporáneo. Barcelona: Editorial Planeta. 1979: Tomo 3: 406, 409, 410
19. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 175-178, 184 (ilustración)
20. Soriano Lleras Andrés, La medicina en el Nuevo Reino de Granada, durante la Conquista y la Colonia. 2a. Ed. Bogotá: Editorial Kelly. 1972: 192
21. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 54
22. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 28, 123-132, 157, 159, 161, 165

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes 22 de agosto de 2008

CARTA XXXII: TU SENTIDO DE JUSTICIA

Agosto 12

Copito encantador:

Debo confesar que aún me sorprende tu defensa del co-merciante de la calle. Y no por el convencimiento con que actuaste, sino por esa actitud valerosa y enérgica que no te conocía. Apenas alcanzaba a imaginar tu cuerpo frágil, dueño de tanta fortaleza. Tu humanidad menuda, propicia a los cuidados, actuando como escudo.

Ya ves como opera la fortaleza del Estado. Débil con los fuertes y fuerte con los desvalidos. Al pobre diablo le decomisaron toda su mercancía. De nada valieron tus argumentos ni tu enojo. Sencillamente no tenía aquél derecho al uso del espacio público. Queda sólo el pesar por el hambre y las necesidades que ya estará pasando con toda su familia. No me atrevo sin embargo, a culpar como tú, a los pobres policías. ¿Obligados al cumplimiento estricto y ciego de las órdenes, que más opción tenían? Antes toleraron con estoicismo tus reclamos.

Ahí tienes la cotidiana ruptura entre la ley y el deber ser, entre lo moral y lo jurídico. ¿Qué vale más, un espacio despejado o el derecho de un hombre a alimentarse? Acaso hubo con su vecino mejor motivo para el decomiso. Sorprendido con copias de discos ilegales, a él también se lo llevaron. ¿Pero habrá justicia en ese proceder? Porque en ese delito hay más culpables: el que abusivamente copia, el que indebidamente compra y sobre todo los que codiciosamente fijan el precio del producto auténtico. Éstos, en procura de ambiciosos rendimientos marginan de su mercado al pobre, olvidan la función social del arte y favorecen las copias ilegales.

Pienso que el Estado habitualmente confabulado con quien tiene el poder y la riqueza no tiene interés en poner límites a la ganancia codiciosa. Y pensar que a un precio justo los discos originales estarían al alcance de todos los bolsillos y la rebaja se vería seguramente compensada con la mayor demanda.

En fin, no da para más el incidente. En conclusión eres una mujer justa y sensible. Y a nuestros ojos, que son más objetivos, pesa más la humanidad y el poder de la razón que cualquier medida intransigente.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXXI: LO QUE OTROS DESEAN, YO A MIS ANCHAS LO DISFRUTO

Agosto 10

Dulce copito:

Qué hermosamente ciñen tu cuerpo los encajes, cuánto esa ropa íntima resalta con tus formas. Esas diminutas prendas que guardan tus secretos, que no cubren nada, pero lo ocultan todo, son el objeto del más apasionante juego. Blancas, negras o amarillas, igual destacan las líneas jugosas de tu cuerpo, igual desencadenan la cascada de un gozo inevitable. Desde que mis ojos se apropiaron de tus íntimos espacios, no dejo de evocar los momentos en que fuiste mía.

Y cuando veo las miradas inquietas con que los hombres te devoran, lejos de disgustarme, inflo mi ego. Cuanto ellos desean, yo en abundancia lo poseo.

Abrevo en tu cuerpo y no me sacio nunca. Le conozco su fragancia y todos sus humores, lo exploro con frecuencia por todos sus resquicios. Nunca termino. Tu piel es infinita. Siempre comienzo cuando el recorrido acaba. Soy catador empedernido de tu cuerpo, en él libo y me deleito hasta el cansancio. Cansancio del que no advertiré nunca su llegada. Contigo cada nueva ocasión es la primera.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes 15 de agosto de 2008

LAS NAVIDADES Y LA REMINISCENCIA DEL DICTAMEN

La Navidad siempre fue feliz para José porque nunca le permitió la entrada a la nostalgia. Era para él un tiempo para disfrutar y descansar, para mostrar una sonrisa, para olvidar las penas, para ser indulgente y complaciente. Gozaba con las luces y el retumbar de la pólvora, con el árbol, con el pesebre, con la música y los arreglos navideños.
Recién había el año comenzado, cuando él se convenció de que la próxima Navidad no lo encontraría presente. La entrevista con el médico había sido terminante. Prefirió olvidarse del porvenir y sumirse en el pasado, dejando desfilar una a una las navidades por su mente.
Primero vio entre brumas un tumulto de chiquillos en plena algarabía, entre ellos él, de tres o cuatro años, insistiendo en tocar su pandereta, mientras los adultos intentaban sin éxito imponer la disciplina para cantar los villancicos. Llegaron luego recuerdos más nítidos, como el primer regalo de Navidad del que tenía conciencia. Lo había dejado –le habían dicho– el Niño Dios sobre su cama. Era un triciclo de colores vivos. También llegó la memoria de la Nochebuena en que confirmó que los regalos los traían los padres, y la primera Navidad en compañía de su primer amor. Hasta las navidades en casa de Elisa asaltaron su memoria: era una reminiscencia digna, nada premonitoria de los malos ratos que vendrían. Evocó la primera Navidad con Eleonora, colmada de amor y de regalos. Años maravillosos en que retribuyó como padre todo el afecto que recibió de niño. Pero Eleonora creció, y en ausencia del alborozo infantil, la Navidad se volvió más sobria y solitaria. Vino a su mente Scrooge como encarnación de quienes la detestan, y pensó en los que con la Navidad arropan su tristeza. Él no era ni lo uno ni lo uno. De pronto en ausencia de alguna compañía la Nochebuena lo había cogido en la intimidad de su estudio, solo sí, mas no afligido, pues tal era su alborozo que preparaba el apartamento como para una fiesta, una fiesta con sólo un convidado. Encendía todos los focos, inundando de luz hasta el más pequeño de los rincones del apartamento, prendía el equipo de sonido, lo cargaba con discos compactos de melodías tradicionales, y se sentaba a degustar un buen licor en su silla favorita. Poco antes de la media noche se servía un exquisito lomo de cerdo en salsa de ciruelas, el que siempre prefería al pavo acostumbrado, y a eso de las doce de la noche se asomaba al balcón a ver el espectáculo multicolor de los juegos pirotécnicos. Esa soledad plácida se interrumpía con las llamadas de costumbre: de Piedad, de Alicia, de Claudia –la ex amante que nunca lo olvidaba– y de Eleonora. Aunque lo más frecuente era que su hija lo acompañara desde la media noche, después de cumplir las mismas obligaciones con su madre.
No habría más navidades, se dijo con nostalgia. El médico había sido demasiado franco al explicarle que había entrado en un deterioro acelerado que conduciría a la muerte.
–Señor Robayo, no soy amigo de ponerle plazo a mis enfermos, pero es un hecho que el tiempo se nos está agotando.
Le recalcó que el final de la vida era tan natural como llegar al mundo, y le habló del cuidado paliativo.
–Ese cuidado significa que se controlará el dolor, que tendrá descanso reparador, que lo mantendremos hidratado, y que buscaremos la forma de alimentarlo de la mejor manera. Tendrá compañía en todo momento, así como la atención profesional que necesite. Podemos entrenar familiares en los aspectos técnicos de la asistencia. Morir en su casa, tranquilamente, disfrutando del afecto de los seres queridos es el ideal de la mayoría de los enfermos.
José pensó que era mejor alejar la sombra del hospital en su agonía, pero cierto presentimiento le indicaba que no sería posible. Cuando llegaron las complicaciones el hospital se convirtió en su casa.
Recordar aquel episodio lo hizo revivir el día en que le dieron el dictamen. La muerte había sido por años, y sin necesidad, el eje de sus pensamientos, y aseguraba que celebraría con un abrazo su llegada. Pero cuando el doctor Mendoza le confirmó el diagnóstico, ni remotamente esperó estrechar a la parca entre sus brazos. Tampoco perdió la compostura. Con desazón escucho las explicaciones pertinentes. Desde que el cáncer inicial se llama in situ y es curable, hasta que el suyo era un infiltrante que le quitaría la vida. Él lo entendió así, aunque el médico en ningún momento abatió sus esperanzas. Del consultorio salió sereno, al encuentro de su hija que lo esperaba en la sala de recibo. «Malas noticias, ha comenzado la cuenta regresiva». Se trenzaron en un estrecho abrazo. Fue parco, le dio pocos detalles. Le pidió que lo dejara sólo, para poder ordenar sus pensamientos. Ella se marchó en el auto y José se fue perdiendo entre los transeúntes. Pensó que todo moribundo debía hacer un balance, como quien deja un cargo, y vertiginosamente fue pasando su vida por su mente. Se sintió satisfecho. Pero al volver al presente lo sobresaltó la certeza de su deterioro lento y progresivo, doloroso sin lugar a dudas. De todas maneras nada que miles de millones de humanos no hubieran padecido.
Angustia por el momento de la muerte no sentía. El recuerdo de los amigos idos le hacía ver con naturalidad el trance. Aunque el recuerdo de cada desenlace parecía más motivo de intranquilidad que de sosiego. Cada fin era particular e inolvidable. ¿Sería el suyo como lo había planeado?
En los días siguientes la muerte lo puso a pensar en demasiadas cosas. Los asuntos de sus bienes y su sucesión hacía tiempo los tenía resueltos. Pensaba en los proyectos postergados que se quedarían aplazados definitivamente; pensaba en su obra, que sería uno de los medios para recordarlo; pensaba en sus seres queridos y en el trance de la separación; y pensaba, ¿por qué no?, en un reencuentro, pues no tenía indicio que le impidiera suponer que se reuniría con quienes lo habían antecedido.
Comenzó a enfrascarse en cuestiones religiosas y morales. Quisiéralo o no, la muerte tenía que ver con ellas. La posibilidad de un más allá, de un encuentro con Dios, de un premio o de un castigo, eran asuntos de los que no podían dar testimonio ni el más creyente, ni el más reacio de todos los agnósticos. El bien, el mal, lo mundano, la virtud, los instintos, el pecado, la infidelidad, el placer, la libertad, la ira, la venganza, la santidad, los sentidos, la eutanasia, eran ideas perseverantes en su mente. Todas tenían que ver con la suerte de quien traspasa las fronteras de lo conocido. Las hizo objeto de sus reflexiones, y como buen escritor, las fue consignando en una agenda, y en últimas en lo que tuviera a mano. A veces las mezclaba con los sucesos diarios y les ponía un título que le permitiera identificar el contenido, como «El último prólogo», «Muerte y bondad: objeto de mis sueños», «Eutanasia», «Mariana», «Un juicio en mi inconsciente», «El estoicismo», «Javier», «Alicia», «Mujer, sexo y ternura», «La santidad», «Irma y el conocimiento del amor», «Juicio de Dios y de los hombres», «En lo íntimo, ni la religión ni la moral», «Al fin frente a la muerte» o «Lo mejor, la infancia».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")


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EL MINISTERIO DE SALUD EN MANOS AJENAS*

Contaminada por los desprestigiados vicios de la política, la función directiva en la administración pública poco puede interesar a quienes guiados por un apostolado, nos inclinamos por destinos con más nobles y halagadores ideales.

Así, en forma imperceptible, los médicos nos fuimos alejando de la dirección de la salud hasta aceptar en forma resignada la afrentosa imposición de un ministro guerrillero. Pero más que por una sensibilidad herida por la usurpación en el gobierno de una posición que debía correspondernos, debemos sentir pena por habernos dejado marginar de una responsabilidad social que deberíamos juzgar ineludible.

Tal vez ahora cuando se da la circunstancia feliz de un relevo en el ministerio de salud, y cuando el presidente comienza a enderezar sus vacilantes pasos, pueda por fin el gobierno devolver el manejo de la salud a quienes ciencia, razón y moral asiste para dirigirla.


* Esta epístola fue publicada en el diario El Espectador el 5 de enero de 1993 (pág. 4A). Sigue siendo válida en la medida de que los médicos en Colombia preferimos ser más espectadores o víctimas de las políticas de salud que rectores de su destino. Por el contrario, la que consideré en su momento afrentosa imposición de un ministro guerrillero (Antonio Navarro Wolf) merece hoy una rectificación. Desmovilizado del M-19, Navarro ha sido como ministro, congresista, constituyente, alcalde y gobernador el mejor ejemplo de la reincorporación de un guerrillero a la sociedad.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")


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viernes 8 de agosto de 2008

FATALIDAD

Frágil esencia
del barro modelada
que vuelve a ser tierra
en el ocaso.

!Vida efímera¡
!Destino irremediable¡

Al ser, son los anhelos,
pasiones y dolores...
infinitos;
raudos en cambio
los abrasa el tiempo.

Es la existencia exhalación de gozos,
sucesión de interminables sacrificios,
inútil carrera
tras la plenitud inalcanzable,
esclavitud al mundo
arbitrario de los hombres,
que sin razón postergan
el goce de la vida.

Efímeras dichas,
constante incertidumbre,
¡Angustia de vivir!
¡Angustia por vivir!
¡Angustia por la muerte!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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LAS VACUNAS: LA VIRUELA

La viruela, al igual que la peste y muchas otras epidemias, se propagó siguiendo las rutas comerciales. Su rastro en la antigüedad es difícil de seguir, pero se sabe que China y la India la padecieron con todos sus rigores, que África la sufrió en el siglo VI y Francia fue devastada por ella en el año 570. A partir de este momento la documentación es más florida y da testimonio de sus innumerables brotes en el mundo; cada uno con una estela de miles de cadáveres.

En 1766 dos millones de rusos muertos dejó la epidemia. Al continente americano llegó con la conquista y con el comercio de esclavos procedentes de África. Su virulencia pareció mayor que en los brotes europeos. La mitad de la población de México (tres millones y medio) fallecieron en la epidemia de 1520. Doscientas mil personas murieron en la primera epidemia de la letal enfermedad en la Española en 1515. En el Nuevo Reino de Granada desaparecieron en los brotes de 1558, 1566 y 1587 poblaciones enteras. Por igual tocaron a indios y a españoles, a nobles y a plebeyos. Treinta años duró la última de ellas en la que sólo sobrevivió 10% de la población indígena de Tunja.

La viruela acabó con el ejército del emperador germánico Federico Barbarroja en el siglo XII, se llevó entre sus víctimas a Fernando VI de España y a su esposa, y al rey Luis XV de Francia, contagiado por una de sus jóvenes amantes. Embarazoso fue su funeral cuando en su corte todos sintieron temor de manipular su cuerpo.

El horror a la muerte y a la desfiguración fue el único sentimiento que la viruela inspiró a la humanidad que conoció de sus peligros. Por siglos, el hombre convivió con dos formas del padecimiento, presentaciones que guardaban el secreto de la inmunidad: una epidemia grave con muchas víctimas y otra benigna con baja mortalidad que confería inmunidad a ambas.

En Asia Central, China, India, Turquía y África, el conocimiento empírico del fenómeno originó medidas de protección contra el padecimiento. En la India, en las epidemias ligeras, se vestía a los niños con la ropa de los enfermos, y en Asia Central se inoculaba con agujas el pus de la viruela. Otra forma de variolación, como se conoció el procedimiento, consistió en colocar hilos impregnados con pus seco sobre rasguños frescos practicados a los así vacunados. En África la utilizaron los amos con sus esclavos y en Turquía con las bellas esclavas caucásicas, en quienes más la desfiguración que la muerte, era temida. Y hasta en el Nuevo Reino de Granada fue practicada por el sabio Mutis.

Conocida la variolación por lady Mary Wortley Montagu, esposa del embajador inglés en Constantinopla, en forma arriesgada la experimentó en sus hijos, y con arrojo la propuso a la princesa de Gales para los suyos. Corría el año de 1722. El consejo fue aceptado, no sin antes confirmar su eficacia en seis huérfanos y siete criminales. Con el ejemplo real el procedimiento se difundió rápidamente en Inglaterra, al punto que se establecieron casas especiales para realizarlo. Tronchin lo llevó a Ginebra y Voltaire lo difundió en Francia. Aún así sus riesgos generaron desconfianza. Aunque la viruela presentó nuevos brotes la vacunación no se generalizó. Se temía la transmisión de otras enfermedades como la sífilis o la adquisición de una viruela grave. De hecho muchos la padecieron y murieron. Sería el inglés Edward Jenner, médico rural de Gloucestershine, quien proveería a la humanidad de una vacuna segura.

La viruela de las vacas "varidae vaccinae", como la llamó Jenner, era una enfermedad con aparición de costras semejantes a las de la viruela. Era transmisible al hombre, que infectado de los bovinos padecía una enfermedad totalmente inofensiva con aparición de costras que hasta el pueblo relacionaba con la resistencia a la viruela; tanto que el colono Benjamín Jetsy, como tantos otros, en 1774 inoculó a su mujer pústulas de vaca, con la intención de protegerla. Pero nunca con rigor científico se analizó el fenómeno. Los médicos menospreciaban la creencia popular. Jenner no lo haría.

La ausencia de efectos a la variolación entre la servidumbre de los terratenientes llamó la atención a Jenner, quien centró sus estudios en esa manifestación. Comenzó por convencer a quienes habían padecido la viruela vacuna de dejarse inocular con la viruela auténtica. Así confirmó sin lugar a dudas el efecto protector. El 14 de mayo de 1796 vacunó al joven James Phipps, con material proveniente de costras de una muchacha infectada con la viruela de las vacas. Inoculado James 16 días después con la viruela verdadera, no tuvo reacción alguna.

El descubrimiento de la vacuna ideal, no convenció sin embargo a los miembros de la “Royal Society”. Les parecía absurdo que una enfermedad animal protegiera contra una propia de los hombres.

De las repetidas experiencias de Jenner nacieron entre 1798 y 1800 tres publicaciones que buscaron convencer al mundo escéptico, de la bondad de sus hallazgos. En 1799 Viena conoció el descubrimiento, que fue difundido por Jean de Carro. No obstante el gobierno prohibió la aplicación de la vacuna. Sin embargo la epidemia de 1800 hizo fijar de nuevo los ojos en el esperanzador descubrimiento. Los experimentos comprobaron su validez y el gobierno terminó recomendándola.

En 1802 el parlamento inglés con una donación de 10 mil libras expresó a Jenner su gratitud en nombre de toda la nación. Un desencanto transitorio llegó al confirmar que el efecto de la vacuna era temporal. Sin embargo repitiendo su aplicación el problema era solucionable.


BIBLIOGRAFÍA
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6. Enciclopedia Barsa. Editores Encyclopaedia Britannica, INC. 1960: Tomo 1, 462p
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9. Encyclopédie pur l’image, Pasteur. París: Librairie Hachette. 1950: 17
10. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 468
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13. Murillo L. M. La medicina del Viejo y Nuevo Mundo del Descubrimiento a la Colonia. Conferencia en Simposio de Medicina Precolombina y Colonial, julio 1992, 5, 6
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18. Pujol Carlos. Forjadores del mundo contemporáneo. Barcelona: Editorial Planeta. 1979: Tomo 3: 406, 409, 410
19. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 175-178, 184 (ilustración)
20. Soriano Lleras Andrés, La medicina en el Nuevo Reino de Granada, durante la Conquista y la Colonia. 2a. Ed. Bogotá: Editorial Kelly. 1972: 192
21. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 54
22. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 28, 123-132, 157, 159, 161, 165


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes 1 de agosto de 2008

CARTA XXX: ESTOY ENAMORADO

Agosto 6

Copito mío:

La atracción entre los sexos, el enamoramiento y el amor no pueden evitarse, la naturaleza los decreta. El instinto, más que las inhibiciones, la cultura, la familia y la sociedad deja su huella.

El enamoramiento es una expresión suprema del afecto. Desequilibrado, extremo, el enamoramiento no conoce racionalidad ni límite, y tiene tanto de fugaz como profundo. Bajo su influjo yerra la razón y los sentidos alucinan. La realidad se distorsiona y las sensaciones placenteras no saben de fronteras. Es el imperio de la dicha inagotable, pero igual que el fuego, abrasa y se consume, y se extingue inexplicablemente, sembrando en su agonía el peor de todos los tormentos.

Me has llevado al clímax del amor, y quiero volver este momento eterno, pero conozco el abismo que ronda sus costados. ¿Cómo podría conseguir la seguridad de que este placer es para siempre? Copito, la estabilidad de mi vida está en tus manos.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXIX: DESPUÉS DE NUESTRO ENCUENTRO

Agosto 4

Enternecedor copito:

Arde aún en mi piel el fuego de nuestro primer encuentro, y palpita mi corazón con la misma intensidad de cuando fuiste mía. Mi tacto trémulo guarda todavía el maravilloso recuerdo de tus íntimos secretos. Que hermosa comunión de dos seres que se aman, arrebato sublime en que se funden los cuerpos y las almas.

La maternidad que tan duras cuentas de cobro pasa a la belleza, fue indulgente con tu cuerpo y por ti pasó sin alterarte. No hay estría que delate la existencia de tus hijos, suave es tu piel, firmes tus senos, duros tus muslos, exquisito tu sexo como la fruta fresca.

Guardo el recuerdo de tus manos y tus labios aventurándose en mi cuerpo con temor, contenidos por un pudor no deseado. Guiados por el instinto y la pasión. Ansían mas no se atreven, esperan un guiño de mi parte. Pausadamente entro en tu piel, avanzo firme, exploro con ternura y con deseo. Voy en pos de tus zonas más ardientes, dejando en ellas el sello de mis labios. Tembloroso, siento tu ser bullir. El fuego abrasa, siento que gimes en éxtasis supremo.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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sábado 26 de julio de 2008

EQUIVOCACIÓN*

Nos equivocamos quienes creímos perpetuar con nuestro voto el pensamiento digno del caudillo asesinado**.

Esperábamos alcanzar la paz como expresión de autoridad y de justicia, nunca mediante condescendientes tratos que socavan los principios; infamante transacción con criminales, de la que la fuga del peligroso delincuente de Envigado*** es apenas esperada consecuencia.

Con el dolor que causa sentir a la patria arrodillada, alzo mi voz, como deben hacerlo muchos colombianos, para afirmar que el gobierno que elegí ya no me representa, porque sus caminos en moral y autoridad se alejan de los míos, porque sencillamente sigo fiel a los principios. ¡Jamás he claudicado!



* Esta nota publicada en el diario colombiano El Espectador, el agosto 23 de 1992 (pág. 4A) aludía a la política de sometimiento a la justicia del presidente Gaviria (quien recogió las banderas de Galán), que dando algunos privilegios a los criminales conseguía que se entregaran. Fue para muchos una negociación de los principios, Hoy, dieciséis años después, a nadie aterra, porque se volvió rutina en la lucha del Estado contra la delincuencia. Pero ha quedado la enseñanza: al criminal se le debe combatir desde sus primeras y más pequeñas fechorías. Si se le deja crecer después toca negociar con él lo innegociable.
** Luis Carlos Galán Sarmiento”
*** Pablo Escobar


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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EL CONCEPTO DE PLACER

José siempre soñó con llevar una vida sibarita. Sentía una propensión instintiva e intelectual al placer; pero los placeres los gozaba de forma contenida, y no era extraño que los aplazara por otra prioridad o por pereza. Explicaba que era cuestión de oportunidad, no de templanza. Intelectualmente hacía soberbias disertaciones defendiendo la satisfacción de los sentidos y encumbraba el goce erótico desafiando los cánones establecidos. Infidelidad y amantes gozaban del amparo de su pluma. Sin embargo el comportamiento de José no le seguía el paso a sus razonamientos. Su epicureismo era un modesto fulgor del hedonismo que destilaban sus escritos. Divorciado, con una actividad rentable y con una hija emancipada que ya no le demandaba ni tiempo ni dinero, José contaba con las condiciones ideales para la consumación de sus pasiones. Pero entre el epicúreo que predicaba y el que era, había una significativa diferencia.
Reconociendo la licitud de todo tipo de placeres, los suyos eran las artes, la literatura, la música, la buena comida, las mujeres y los viajes. Para otros era vivir consumidos en excesos. Por eso Joaquín le demandaba más desinhibición y más atrevimiento. José le respondía: «Gozar de libertad no implica hacer todo lo permitido, sino aquéllo que la voluntad desea; con el placer pasa algo semejante. Mi satisfacción reside en contar con el derecho, así nunca lo ejerza». Y añadía que el concepto de placer debía ser suficientemente amplio para que abarcara las necesidades de todas las personas: «Sólo admito por límite el daño ajeno. Que se tolere el placer al punto que tú, Joaquín, puedas ser feliz con tu goce desmedido, y yo con mis moderados desenfrenos». Pero de sus gozos, la mayoría eran laudables; otros como la gula, indiferentes; y sólo unos pocos criticables, particularmente los que con los encantos femeninos se saciaban. Casi todos eran interludios más bien sanos, entre las conferencias y sus libros, que eran los que se llevaban la mayor parte del tiempo. Pues escribía con gusto, y hallaba en ello otra manifestación del hedonismo.
Sin embargo el aviso de su muerte lo percató de sus gozos aplazados, y al no poder más postergarlos, optó tras el diagnóstico por disfrutar en exceso el breve tiempo. Luego vinieron las limitaciones que lo recluyeron, primero en su apartamento, por último en un cuarto de hospital. En su apartamento se deleitaba volviendo a repasar su obra –como escritor tenía las actitudes de narciso–, otro placer que se acrecentó con el encierro.
Y en ese quehacer estaba concentrado cuando apareció de repente, y con la espontaneidad de lo que no se está buscando, el artículo que estuvo refundido cuantas veces intentó encontrarlo. Era una de las tantas columnas que había escrito en medio de sus agarrones secretos con la muerte, que ganó ella, porque terminó por aceptarla. ¿O tal vez él? Porque dejó de preocuparle, y quedó listo para viajar al más allá en cualquier instante.
«El hombre debe asombrase de la creación. Cuanto la naturaleza le revela proclama la existencia de una mano hacedora omnipotente. Pero cuando la furia de esa naturaleza desgarra el corazón de los míseros mortales, pienso que algo falló en esa creación que imaginé perfecta. La muerte será siempre dolorosa sin importar el razonamiento con que la enfrentemos. Ideal sería que no existiera, pero si menester es, debería darse sin angustia ni tristeza, sin que sufra quien la padece, ni quienes le sobreviven. ¿Qué perfección hay en que la fuerza de la naturaleza se ensañe con el hombre?».
Le pareció un texto amargo, pero pertinente en el proceso de sus reflexiones. Lo había escrito cuando cientos de personas quedaron sepultadas bajo un alud de tierra. También creyó que era una protesta necia. «El universo tiene sus leyes y un hombre maduro y racional no le reclama. Aprende a interpretarlas para tomar sus previsiones. No construye, por ejemplo, donde el suelo se inunda o la ladera se derrumba, y construye con más resistencia donde la tierra tiembla». De todas maneras esas explicaciones no satisfacían la contrariedad del dolor causado por la muerte. Pensó en sí mismo y se sintió animado. «Aún tengo arrojo y humor a pesar de mis dolencias». Y desempolvó de su memoria el recuerdo de un amigo que tenía una solución para la muerte: «Que sea a la inversa del proceso de la vida. Comienza el hombre como un viejo decrépito y enfermo, y sale de lo más terrible. Luego rejuvenece, y se convierte en niño; se transforma en bebé, se vuelve un óvulo, y muere en la dicha de un orgasmo».

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")


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viernes 18 de julio de 2008

ATARDECER

De gris se tiñe el infinito azul en el ocaso
y a ras del horizonte el sol estalla en llamarada.

Trazos caprichosos pincela la ardorosa flama,
acuarela fantástica que encierra
del naranja al rojo todos los matices.
Cortejo que despide al día
que comienza a morir entre tinieblas.

En la tenuidad se pierde la lucidez de las figuras
y entre penumbras,
las siluetas se confunden con sus sombras,
mientras Selene despliega su apacible manto
sobre una creación adormecida.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")


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EL MICROSCOPIO

El microscopio, "lente para pulgas" como fue en sus comienzos denominado, fue inventado 18 años antes que el telescopio, en 1590 por el holandés Zacarías Janssen, o acaso por su padre Hans Janssen. Sin embargo tardó más que éste en emplearse. El universo lejano seducía más al hombre que la observación del microcosmos. Pero los estudios de Kircher, Hooke y Leeuwenhoek, despertaron el interés por el instrumento, y finalizando el siglo XVII dejó de ser una rareza. Muchos años había tardado el hombre en enfocar los organismos invisibles. El libro del científico inglés Robert Hook “Micrographia”, fue el primero en documentar el mundo microscópico. Las pequeñas cavidades que él descubrió en el corcho “como pequeñas células”, dieron su nombre a la unidad básica de la vida.

Aunque controvertido su descubrimiento, el jesuita Athanasius Kircher parece haberse adelantado a Leeuwenhoek al observar en 1659 con su rudimentario microscopio de 32 aumentos diminutos "gusanos" en la sangre de pacientes con peste. Revivió la teoría del “contagium animatum”, sin embargo eran apenas los glóbulos de la sangre. Fue a Anton van Leeuwenhoek (1632-1723), constructor de lentes holandés, a quien correspondió toda la gloria en el perfeccionamiento del microscopio y la observación de los primeros seres invisibles: microorganismos y protozoos.

El mundo microscópico fue la pasión de Leeuwenhoek, de una vida que duró 91 años y que hasta sus últimos momentos estuvo consagrado a un fiel e inusual epistolario con la Sociedad Real de Londres, que más parece el diario público de sus inquietudes científicas. De esas primeras cartas podemos recoger sus impresiones por el fascinante descubrimiento de las bacterias en una gota de lluvia: “Se detienen, permanecen inmóviles como si fuesen puntos, y luego se dan vuelta con la rapidez de un trompo, siendo la circunferencia que describen no mayor que la de un grano de arena”.

Con su microscopio de 200 aumentos confirmó en la cola de un renacuajo la circulación de la sangre descrita por Harvey y en 1683, descubrió las bacterias en su propia lengua, en la saliva y en el moco intestinal. Hallazgos que le dieron el crédito del descubrimiento de la flora normal del cuerpo humano.

Pero las características de aquellos primeros microscopios no eran las óptimas para la investigación bacteriológica. Deformaban habitualmente el objeto, no proporcionaban el aumento suficiente ni proveían la luz necesaria. Además adolecían de la aberración cromática, produciendo anillos de colores alrededor del objeto examinado, producto de la descomposición de la luz. En la segunda década del siglo XIX se dispuso de microscopios acromáticos como el del italiano Giovanni Battista Amici, en 1817, conseguido tras la elaboración de los primeros lentes acromáticos por el mecánico inglés Dollond, basado en los estudios del físico sueco Samuel Klingenstierna (1698-1765).

Importantes avances fueron introducidos en Jena por Karl Zeiss y Ernst Abbe. Karl Zeiss, mecánico ingenioso acudió al físico Abbe para evitar que sólo por azar se construyeran microscopios de calidad. Su asociación
permitió superar la fabricación artesanal con precisión física. En 1873 construyó Abbe el primer microscopio con condensador que permitió ver con claridad los microorganismos, luego introdujo el sistema de inmersión lo que les dio a los microscopios una resolución sorprendente, y cuyo precursor fue la lente de inmersión de Amici en 1840.

El trabajo de Abbe y Zeiss se vio enriquecido con los aportes de Robert Koch, quien ansioso de conseguir una visión óptima de los microorganismos, los visitó en Jena cuando desarrollaba su investigación sobre el carbunco. Después de aquel encuentro, se perfeccionó el microscopio, se introdujo un dispositivo de iluminación bajo la platina del microscopio y Koch pudo observar con nitidez los bacilos del carbunco en los cuerpos infectados de los animales, ya no sólo en su sangre, sino en muchos de los tejidos. Con los adelantos introducidos por Abbe y Koch los microscopios hicieron posible observar con 1000 a 1500 aumentos. Estos progresos de la microscopía le permitieron al sabio alemán ver unos años después, en 1878, unos organismos mucho más pequeños, los causantes de la sepsis postoperatoria. Luego pudo retratarlos cuando aplicó la fotografía a sus investigaciones con el microscopio. Fue Koch el primero y más entusiasta abanderado de la microfotografía.

Con la utilización del microscopio comenzó a develarse el misterio de las enfermedades infecciosas. Dos siglos transcurrieron desde las primeras observaciones hasta que aquellos diminutos organismos pudieron ser aislados, y uno más hasta el invento fabuloso de Ruska, Kausche y Borries en 1937, el microscopio electrónico, con el que fue posible observar los más diminutos agentes responsables de las enfermedades infecciosas, los virus, y las estructuras de las alguna vez imperceptibles bacterias.


BIBLIOGRAFÍA
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10. Nordenskiöld Erik. Evolución histórica de las ciencias biológicas. Buenos Aires: Espasa – Calpe Argentina S.A. 1949: 442-614715p
11. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6, 615
12. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
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LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes 11 de julio de 2008

CARTA XXVIII: INDISCUTIBLEMENTE TE AMO

Julio 31

Mi amor:

Que fácil la sensualidad nos vence. De su cosecha tengo en mi mente imágenes fantásticas, sin embargo tan fugaces que quedan a la deriva en mi memoria frágil. Evoco exquisitas sensaciones de un placer intenso y momentáneo, cuyas artífices merecerían un mejor lugar en mi recuerdo. Pero no ocurre así con esas efímeras conquistas, hoy se me olvidan hasta los nombres de esas adorables mujeres que poseí o que me amaron. Que placer tan impersonal. La simple sensualidad es un gozo pasajero. Nada como el placer que depara un gran afecto. No busco en ti la simple sensación, voy en pos de un sentimiento que quede en mí grabado eternamente.

Mi corazón que ha sido receloso, sabe que la mujer comparte con el sol peligrosos y extremos atributos. Su calidez atrae, inocua se percibe, se advierte que sin ella no tiene posibilidad la vida. Pero también abandonado a su rayo abrasador todo se arruina. Una y otra vez me he debatido entre las bellas emociones del amor y el temor a sus heridas. Pero no postergaré más mi decisión. Me ratifico, quiero repetirte sin vacilación que se hicieron para ti mis sentimientos, mi alma, mi cuerpo y todas mis virtudes.

Has devuelto a mis ojos el brillo de la felicidad, borrado de mis labios el gesto de la frustración y la amargura, y encendido en mi corazón la llama del amor.

He vuelto a tener la maravillosa sensación de sentir que hay alguien que se angustia por mi ausencia, que me extraña, que guarda con ilusión mi nombre en sus suspiros.

Hermosa visión angelical, mi amor por ti no alberga duda.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXVII: VUELVE A LAS AULAS

Julio 25

Copito:

Basta ver el brillo de tus ojos cuando hablas de volver a los estudios, para comprender lo importante que es para ti ese anhelo. Me atormenta ver el dolor con que le das la espalda. Laudable es el empeño, no te rindas. Alcánzalo gradualmente, como alguna vez lo propusiste. Has primero el curso de auxiliar de enfermería, y cuando esa meta, más económica y menos exigente alcances, inicia tus estudios superiores con los rendimientos que aquélla profesión te deje.

No vaciles. Diligencia ya mismo el formulario y decídete a estudiar. No pienses más en el dinero. No es ese un gasto más, es el primero, el primordial, la inversión que remediará tus males.

Si aceptas el reto, cuenta desde ya con un mecenas. Pon tú la dedicación y el tiempo, yo me encargaré de que no falten los recursos. La matrícula, los textos, todos los equipos y elementos por lo pronto corren por mi cuenta.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes 4 de julio de 2008

PARA TODAS LAS RELIGIONES ES EL CIELO

José nunca le ocultó a Javier su disposición a los placeres, pero en ausencia de un comportamiento hedonista que lo delatara, el sacerdote pensaba que el discurso de su amigo era locuacidad, si acaso una mera postura conceptual. Y no era cierto. Sencillamente la franqueza de José no alcanzaba para revelarle sus proezas. Acciones que hubieran afligido al religioso, pero que Joaquín juzgaba poco audaces. ¡Todo en el mundo es relativo!
Ante el tema Javier asumía la defensiva, censuraba la voluptuosidad del mundo y satanizaba tanta libertad sexual, que en su sentir era el motivo de las contrariedades con la Iglesia. «En la práctica nada importan los preceptos, pues los fieles campantemente los ignoran. Si pretenden que cambie la doctrina, será para tranquilidad de su conciencia».
–Es que la intromisión en la vida íntima fastidia –José le refutaba–. La castidad debe ser alternativa y no exigencia. Entiendo que la practicara Gandhi por un sentimiento de culpa a la muerte de su padre; comprendo que Ramón González Valencia, en otro extremo, renunciara a su aspiración de ser vicepresidente de Colombia, a cambio de que la Santa Sede lo liberara de una promesa de castidad intolerable. ¿Pero como podría aceptar que sea por imposición que se practique?
Entonces sostenía que la rigidez de la Iglesia estaba llevando a que los fieles la excluyeran de su mediación con Dios, o a que asistieran a los ritos por formalidad, y después de haber quebrantado todos los mandatos. «Hoy por hoy hay más cristianos de corazón, que cristianos practicantes». Pero Javier se mantenía en que «las reglas las pone Dios, no los creyentes».
–Las impone la jerarquía –insistía José– creyéndose que lo interpreta. Los tiempos han cambiado, han cambiado la moral y las costumbres. La Iglesia tiene la obligación de renovarse. ¿Mientras no falte al amor y a la bondad que impedimento tiene?
–Que los principios de la Iglesia no pueden ser como los trajes de los sastres, que se hacen a la medida de los clientes –el sacerdote contestaba–. La palabra de Dios no es negociable.
Y eso de la palabra de Dios era para José una afirmación inaceptable. Para él eran palabras humanas puestas en boca suya.
–¿Y dónde su palabra hace referencia a asuntos que cuando se escribieron las Escrituras no existían? –dijo José controvirtiendo.
Javier no aceptó que todo tuviera que estar escrito desde el comienzo de los tiempos para ser sagrado, y expuso que había hombres con el don de la infalibilidad, que podían mostrar a los demás la voluntad de Dios, y afirmar por ejemplo, que la anticoncepción era pecado. José, en cambio, defendió la hipótesis de que en la razón, dada por Dios, el hombre tenía el mejor instrumento para abrirse paso en las tinieblas.
–Gracias a ella no tiene el hombre que obedecer como un animal domesticado.
–La inteligencia engaña –rebatió Javier–. Hace creer a los hombres infalibles. ¿No razonan acaso los bribones? ¿Por qué todos los hombre no llegan a las mismas conclusiones? ¿Por qué existen puntos de vista tan opuestos?
–Porque la inteligencia no es la misma en todos los mortales.
–¿Entonces todos los hombres con la mismo capacidad intelectual dilucidan de la misma forma y llegan a los mismas resultados?
–No necesariamente. Una cosa es la capacidad mental y otra la elaboración del pensamiento.
–Pero una sola es la verdad.
Y sostuvo que un ser superior debía iluminar la inteligencia humana para hallarla. Pero con absolutos en la Tierra, José no comulgaba.
–Estamos dando por hecho que la verdad es conocible. ¿Pero qué es lo veraz? ¿Quién tiene la respuesta? ¿Los católicos? ¿Los judíos? ¿Los musulmanes? ¿Los budistas? ¿Acaso los agnósticos? Tantas respuestas de pronto significan que a todas las creencias las asiste un grado de verdad; porque es la honestidad en la búsqueda de lo correcto, más que el acierto en la consecución de la verdad, lo que ennoblece la conducta de los hombres.
Javier halló razón al argumento, pero se lamentó de que José no realzara la religión católico.
–¿Tan poco católico te sientes?
–Fueron la tradición cultural y la herencia familiar las que me llevaron a profesar lo que profeso. Considero a todas las creencias dignas de consideración, y a ninguna con supremacía sobre las otras. Creo que Dios es uno. Al que rezamos los católicos, es el mismo que recibe las oraciones de musulmanes y judíos. Y si de salvación se trata, la religión que se profese importará muy poco para que se abran al hombre las puertas de los Cielos. No son las religiones las buenas ni malas, ni las que hacen santos o demonios a los hombres, son los hombres los virtuosos o inmorales. Si el Paraíso es el premio por las buenas obras, sus puertas se abrirán sin importar el credo.
Había dicho lo justo, y sin embargo abrigó remordimiento. No era extraño en José que tras de ganar un pleito, entrara en un periodo de reflexión y pesadumbre, arrepentido no de sus razones, sino del eventual ultraje. Le dio pesar, pero se sosegó pensando que la irreverencia con las creencias católicas, hacía más estimables por Javier sus ocasionales demostraciones de afecto por la Iglesia.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")



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UN EQUÍVOCO SENTIDO DE HUMANIDAD*

Apenas invocada por El Espectador la inteligencia como remedio a los males de Colombia, la directiva de una respetable universidad en vergonzosa decisión ha concedido humanitariamente, el grado póstumo a una terrorista.

Equívoco sentido de humanidad que socava los principios y redime absurdamente, por la simple llegada de la muerte, las andanzas criminales. Decisión acaso por el temor coartada, que no alcanza a convencer a la razón, por más que pretenda ampararse entre las normas.

Penosa demostración de que hasta la inteligencia ha claudicado, de que las mentes lúcidas han sido trastornadas por el remolino de anarquía propiciada por corruptos y violentos.

Reflejo de una autoridad debilitada por quienes investidos de ella, se rehúsan a ejercerla; emulación de un gobierno que capitula ante el amedrentamiento sindical, narcoterrorista y subversivo; universalización de una justicia administrada con diligencia y severidad inversas a la peligrosidad del sindicado.

Perplejos debemos admitir que nos han precipitado a un futuro equivocado.


* Esta carta escrita en el 11 de mayo de 1992 aludía al título universitario conferido a un guerrillero, como una expresión más de todos los caminos -a veces absurdos- a que ha recurrido Colombia en pos de la reconciliación.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")


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domingo 29 de junio de 2008

SOLAMENTE NACÍ PARA SOÑARTE

He perdido la ilusión de poseerte,
eres producto de mis sueños,
en realidad...
no existes.

¡Nací para soñarte!

Te quise delicada y sensitiva
para gozar con tu ternura,
para cambiar mis tristezas
por tu sonrisa
pura y cautivante.

¡Nací para anhelarte!

Soné tu suave tacto,
tu aroma de mujer,
tu palpitante corazón,
tus dulces labios...

¡Nací para quererte!

Quise tu esencia frágil
para brindarle protección
entre mis brazos fuertes;
quise tu genio angelical
para colmarlo
de íntimas ternezas.

¡Nací para adorarte!

Quise que nada pareciera
igual sin tu presencia,
pero del mundo marcharé
sin conocerte.

¡Mi penosa soledad
ya sueña con la muerte!

¡No nací para tenerte!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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LA SEPSIS PUERPERAL

A mediados del siglo XIX, aún en las clínicas de París, Londres y Berlín una de cada tres o cuatro parturientas sufrían la fiebre puerperal. Para la respetable Escuela Superior de Medicina de Viena, haber alcanzado incidencia tan alta cuando con el profesor Boer llegaba apenas a 1.25%, era verdaderamente vergonzoso. Por ello la clínica de parturientas se convirtió en el lunar de la Escuela.

Ignaz Philipp Semmelweis, médico alemán nacido en Hungría llegó como ayudante de obstetricia al Hospital General de Viena y en su primer mes vio morir de fiebre puerperal a 36 de 208 maternas. Había en aquéllas muertes algo absurdo: afectaba primordialmente a la sección de los estudiantes de medicina, mientras la mortalidad en la sección de las comadronas era diez veces menor, apenas de 1-3%.

Las explicaciones no convencían. Todas eran mujeres pobres, las únicas que acudían al Hospital; las de alcurnia tenían a sus hijos en la casa.

Se invocaban los miasmas del aire, los cambios atmosféricos, la leche descompuesta, la ruina de la edificación. Se culpó a las pacientes, como a la exploración brutal de los estudiantes. Herido el pudor de las mujeres por las manos masculinas, aquéllas se hacían más susceptibles a la epidemia, explicaba el profesor Klein. Pero la causa de las muertes continuaba en el misterio. A Semmelweis explicaciones tan poco razonables no le podían satisfacer. Al fin y al cabo las dos secciones compartían las mismas condiciones. Tan válido era lo que se afirmara para una como para la otra. Semmelweis se volvería finalmente incómodo para el profesor Klein.

Entre tanto, las pacientes imploraban no ser enviadas a la primera sección, que simbolizaba la muerte, sino a la de las parteras. Alternándose los días para la admisión entre los dos pabellones, las pacientes resistían sus dolores esperando que llegase el nuevo día en que serían admitidas en la sección de las comadronas.

"Podían verse escenas que destrozaban el corazón, cuando las mujeres arrodilladas, suplicaban que las dejasen marchar antes de ser destinadas a la clínica primera en vez de la clínica segunda, en donde querían entrar... Mujeres parturientas, con temperatura muy alta y lengua seca, es decir, gravemente afectadas por la fiebre puerperal, afirmaban pocas horas antes de su muerte, estar completamente sanas, sólo porque no querían ser tratadas por los médicos, ya que sabían que el tratamiento de éstos significaba la muerte", escribía Semmelweis.

En un intento por arrancar de la fiebre puerperal a las pacientes, Semmelweis hizo a los estudiantes repetir con exactitud los procedimientos de las comadronas durante el parto, pero igual murieron las maternas. Cada vez había más sepsis, más cadáveres y más autopsias buscando la resolución del enigma. Intuyendo un miasma venenoso transportado por los estudiantes, exigió el lavado de manos. Todos se revelaron y Klein lo despidió. Pero a los dos meses estuvo de vuelta, en el mes de marzo de 1847.

La muerte del profesor Kolletschka, su amigo, le brindaría la posibilidad de develar el misterio. Kolletschka había fallecido tras ser pinchado en una autopsia por uno de sus discípulos. Sus síntomas habían sido los de la infección puerperal. Semmelweis revisó el acta de su autopsia, encontrando las mismas supuraciones generales que las de los cadáveres de las parturientas que él disecaba. Los mismos que los estudiantes manipulaban antes de atender los partos. Eran ellos quienes estaban diseminando la fiebre puerperal. No lo hacían las comadronas porque no asistían a las autopsias. Esto explicaba porqué en los partos rápidos y en período de vacaciones era menor la frecuencia de la fiebre puerperal. Para demostrar su hipótesis, y no teniendo cabida en la sección de Klein, entró a la de las comadronas, a cargo del profesor Bartch, y consiguió con su ayuda que estudiantes y parteras intercambiaran los pabellones. La mortalidad entonces se invirtió. ¡Sí eran responsables los estudiantes! Semmelweis ordenó entonces la desinfección de las manos con cloruro de calcio. Nadie podía salir de la sala de autopsias para atender partos sin lavarse con la solución. La mortalidad descendió al 3%. Había puesto por primera vez en evidencia la infección por contacto.

Relacionando la sorpresiva muerte de varias maternas con la proximidad de su cama con la de otra paciente con un tumor infectado, concluyó que también entre enfermas, y no solamente de cadáver a paciente se transmitía la enfermedad. Exigió por tanto más limpieza, y consiguió por fin que la mortalidad igualara a la de la sección de las comadronas (0.25%). Pero sus exigentes medidas terminaron por odiosas en su relevo. El cuerpo médico que aún no comprendía su descubrimiento, insistía tercamente en purgas y sangrías.

Sintiéndose responsable por aquéllas muertes, su conquista lejos de alegrarlo lo atormentó y hasta pensó en suicidarse. "Sólo Dios conoce el número de parturientas que por mi culpa bajaron antes de tiempo a la tumba" afirmaba conmovido. Hizo enfáticas afirmaciones sobre la responsabilidad médica en la muerte de las pacientes, granjeándose la enemistad de los tocólogos, quienes llegaron a sentirse tratados como criminales. Gustav Adolf Michaelis, profesor de obstetricia en Kiel, atormentado por las muertes que Semmelweis atribuía a la falta de asepsia de los obstetras puso fin a sus días. "Hay que acabar con la matanza", insistía Semmelweis; e increpaba a Scanzoni: "Si sigue usted, señor consejero de la corte, educando a sus discípulos en la enseñanza de la fiebre puerperal epidémica, sin haber refutado mi tesis, le declararé ante Dios y el mundo un asesino, y la historia de la fiebre puerperal no será injusta al denominarle el Nerón de la medicina por haber sido el primero en oponerse a mi enseñanza salvadora".

Desanimado viajó a su ciudad natal, Budapest y en su hospital repitió los ensayos. Demostró además que la ropa sucia, con secreciones purulentas ayudaba a transmitir las infecciones. Hasta entonces eran habituales los delantales negros para el cirujano, acaso para ocultar la mugre. Impuso también allí el lavado de manos con agua clorada. Pero sus seguidores eran muy escasos, y sus recomendaciones despreciadas.

Iracundo siguió escribiendo a los grandes profesores de la obstetricia como Späth, Siebold y Scanzoni. Los trataba de asesinos. Su mente se había trastornado.

En agosto de 1865 quiso la ironía del destino que cortándose en una intervención quirúrgica, Semmelweis terminara sus días a los 47 años víctima de una de septicemia. Cuatro años antes había aparecido su obra "Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal".

Semmelweiss siempre intuyó un agente venenoso en la etiología pero no tuvo un conocimiento de los microorganismos como lo tendrían Pasteur o Koch. El sabio francés quien también hizo objeto de su estudio a la sepsis puerperal, clasificó a los futuros estreptococos, agentes de la infección como "microbios en rosario de granos". Semmelweiss pasaría a la historia como el "salvador de las madres", luego de haber demostrado las características endémicas y contagiosas de la fiebre puerperal y de haber formulado las normas para prevenirla.


BIBLIOGRAFÍA
1. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
2. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 100-109
3. Nuevo Espasa ilustrado 2000, España: Espasa - Calpe S.A. 1999: 1832p
4. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI, 6
5. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
6. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 243-245
7. Tamargo J, Delpon E. Antisépticos y desinfectantes. En Farmacología. 16ª. Ed. Madrid: Interamericana-McGraw-Hill. 1996: 885
8. Thorwald Jürgen. El Siglo de los cirujanos. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1958: 250, 252, 253, 255, 256, 259, 267, 288 (ilustración), 313
9. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 138-145


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")


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viernes 20 de junio de 2008

EN LOS UMBRALES DE LA MUERTE

Entre el ser y la nada
se deshace la razón sin comprenderte.
Vacilante entre sombras tenebrosas,
y una apacible inmensidad
de generosa refulgencia.

Tu oscura faz es implacable,
rigidez es, es cuerpo gélido,
soledad de camposanto,
dolor profundo, incomprensible,
alfa u omega,
herida abierta al infinito,
que abrupta deja desvanecer la vida.

Y sin embargo te presiento
el sueño más plácido y profundo
y refugio en las tormentas de la vida.

¡En ti burla el hombre sometido,
toda cadena que lo hace prisionero!

Obsesión de mis íntimos deseos:
¡no tiemblo ante tu mísera guadaña!
Esclavo no soy de tu designio.
¿Acaso soy soberbio al desafiarte?

Tus brazos he buscado en mis tristezas,
tus umbrales he soñado queriendo conocerte,
mis gozos no opaca tu temida sombra.
Peregrino de un destino incomprendido
no ansío anclar en el mundo
persiguiendo un sentido
pasajero a la existencia.

Tu visita llegará sin sorprenderme.
¡Tu sentencia acepto, perenne compañera!
Mis alegrías las dejo al mundo,
a tu encuentro llevo mis pesares.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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CARTA XXVI: NUESTRA DISTANCIA

Julio 23

Dulce Copito:

Tal vez sea mi estatura menor que la que estimas y la tuya mayor de lo que piensas, porque no siento inconmensurable como dices, la barrera social que nos separa. Desheredada no estás de la fortuna, tu existencia es tu real tesoro. Cerca de ti los aromas de bondad abundan.

Fácil se hace un profesional, bueno o mediocre: en un lustro de su vida se ha formado. Un ser bueno demanda mucho tiempo. Comienza a forjarse de la nada. Debe desde el nacimiento cultivarse. Un ser torcido puede inclusive maquillarse para aparentar las virtudes que no tiene. ¿En cuántos profesionales tocados por el éxito no hay más que espíritus sucios, malintencionados, que sacan provecho de sus semejantes? Dulce Copito, prefiero tu substrato, ese filón, esa alma noble y generosa. Profesionalmente eres una piedra por pulir. A mi amparo serás la Nightingale prodigiosa que has soñado.

Creo que mientras mi sombra te proteja deberías dejar de trabajar. ¡Inicia tus estudios! Dedica tu tiempo a tus hijos, a tu carrera y a nuestro tierno sentimiento. Descansa del sacrificio, del trato indolente y de las arduas jornadas laborales.

Ten confianza. De mi mano conquistarás mi mundo. Convertiré tus sueños en mis sueños, y mis sueños -nuestros sueños- se volverán reales.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXV: OTRO POEMA


MI NÍVEA REALIDAD

Eres como un sueño
transportado en una nube nívea,
invención de mi pensamiento peregrino,
abstracción que se pierde en los confines
de ese cielo de poetas y de amantes.

Tienes la esencia de mis sueños,
y todas sus virtudes.

En mi ilusión onírica palpitas
con la fuerza de una realidad irrefrenable.
No he más de imaginarte:
Eres realidad,
la realidad que parecía imposible.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")



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jueves 12 de junio de 2008

NI CONSERVADURISMO EXTREMO NI CULTO AL SER HUMANO

José era incapaz de rendirle culto al ser humano, reconocía virtudes y talento, sentía respeto, admiración, pero no reverenciaba a nadie. Respetaba los derechos de los demás pero no se subyugaba a sus razones. Era pugnaz crítico contra el servilismo. Y las subordinaciones que surgían del poder lo exasperaban. «Por meros accidentes de fortuna unos están mejor que otros, unos son vasallos y otros reyes, unos jefes y otros dependientes». Hasta ese punto Javier lo secundaba. Pero las diferencias asomaban cuando los argumentos terminaban en la crítica a las opiniones de los papas, vistos por José como otros más de los mortales. Para Javier era dogma la infalibilidad del Papa.

–Papas ha habido sabios y santos, conservadores y dogmáticos, progresistas y libertinos y hasta criminales e impostores –dijo José en medio del debate.
Y recordó a Alejandro VI, de quien dijo que como buen Borgia, había sido esclavo de los placeres terrenales. También mencionó a Julio II, de quien elogió su mecenazgo, pero con tono burlón criticó el negocio en que convirtió el perdón de los pecados. «¿Quién sabe si llegarían al Cielo quienes comprando indulgencias ayudaron a construir su iglesia?». Se refería a la de San Pedro, la mayor basílica romana.
–De pronto sí –le contestó Javier–, porque en el arte se expresa la perfección de Dios.
José siguió con apuntes hilarantes de los que no escapó la mención de la papisa Juana y su parto en plena procesión. Javier lo desmintió aduciendo que era una leyenda. Y le advirtió antes de que siguiera enumerando papas:
–El pontificado entonces no era como ahora. Estaba en manos de hombres sin formación sacerdotal, y de nobles codiciosos. Yo te doy fe de los pontífices de ahora.
José aceptó su relevancia:
–Si a Juan XXIII, a Paulo VI y a Juan Pablo II te refieres, acepto el adjetivo de admirables. No escapé a la seducción del «Papa Bueno», y a su pensamiento renovador y progresista, inusitado en un anciano. Fue él quien demostró que la Iglesia sí es capaz de remozarse. Tampoco olvido el liderazgo espiritual de Pablo VI, ni desconozco en Juan Pablo II su carisma. Conservador en asuntos de doctrina, es un líder mundial indiscutible. Su protagonismo para abatir los abominables totalitarismos de la órbita soviética, desde ya lo vuelve perenne en mi recuerdo.
José insistió en la renovación sin que Javier con nada se inmutara. Al escritor le parecía curioso que su amigo ponía en práctica, sin objeción alguna –acaso por no haber vivido la transformación– todos los cambios del segundo Concilio Vaticano, resistido por tanto ortodoxo en su momento. Se preguntó entonces si cuando otro Papa se decidiera a un nuevo aggiornamento y se volviera normal que las religiosas celebraran misa y los sacerdotes se casaran, Javier transigiría. De pronto lo de su amigo era más obediencia que conservadurismo. E imaginó que Javier ante nuevos vientos renovadores no estaría en la órbita de los desavenidos. «No serás un nuevo Lefebvre dijo José», pero Javier se quedó sin entenderle. Entonces le planteó su reacción si esos cambios ocurrieran, y Javier como dándole la razón a su presentimiento, le contestó: «Tanto progresismo no imagino, y si se diera, ¿quien sería yo para poner en tela de juicio las decisiones de un pontífice?».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")



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EL ENGAÑOSO SOMETIMIENTO A LA JUSTICIA*

Dando visos de filantropía y bondad a cuantas empresas se acometen en su nombre, en nombre de la paz el país ha llegado temerariamente a negociarlo todo, ante el rechazo de pocos y la insensatez y cobardía de muchos.

Pero ha de ser efímera la paz que se consiga negociando la autoridad y los principios**, porque en concesiones que fomentan el delito no puede ella racionalmente sustentarse, más cuando los delincuentes que nos dicen sometidos mantienen incólume su negocio miserable; mientras sin garantías los ciudadanos probos que defienden la moral, deben hacerlo a costa del sacrificio de su propia vida.

A cambio de lo moralmente deseable, el pragmatismo de hoy en materia de narcotráfico nos muestra tolerantes y rendidos, y nos mostrará mañana, nuevamente, ante la subversión vencidos, de persistir en aturdidos diálogos, poco exigentes, con hordas criminales sin palabra y que al parecer no acatan dirección alguna.

Aunque por desgracia la paz también es populista, instemos al gobierno a edificarla, fundándola en el ejercicio pleno de la autoridad, en el acatamiento a la ley y en el sometimiento real a la justicia. Así consolidada, la paz sí será entonces perdurable.


* Este texto escrito el 29 de octubre de 1991 conserva alguna actualidad en sus apartes. La autoridad que se invocaba por fin encontró en Uribe Vélez el presidente que la materializara; pero a la mano dura, el desmonte de tantas empresas criminales también demandó benevolencia con los malhechores, que será tolerable en la medida en que sea perdurable la paz que así se obtenga.
** La figura del sometimiento a la justicia nacida en la administración del presidente César Gavira Trujillo, fue una cadena de concesiones para que los delincuentes se entregaran. ¿Fue realmente la ley la que se sometió a los delincuentes?


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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martes 3 de junio de 2008

AMISTAD ETERNA

Puso en mi camino el cielo
el alma más noble y generosa,
ternura hecha mujer
que del olvido rescató
mis caras ilusiones,
sueños que otra rompió
sin proponerse.

¡Gracias doy a Dios por conocerte!

Purísimo corazón
que arrebató de amor
mi alma y mis sentidos,
visión angelical tan deseada
para hacerla
mi eterna compañera.

Ansiado anhelo,
soñada perfección
siempre prohibida,
humano tesoro
que no debía arriesgar:
Por una amistad,
-más duradera-
resigné mi amor...

¡Para quererte siempre!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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EL CÓLERA

Esas diarreas incontrolables, deshidratares en extremo, que terminaban dejando apergaminado el cuerpo, gris y sin aliento hasta causar la muerte, fueron para los indios desde tiempos sin memoria una situación corriente, no por la fatalidad, sino por la frecuencia de sus brotes. Uno tras otro se sucedían sin conocer su origen mientras los moradores seguían acudiendo a los estanques de agua bendita, donde los hombres piadosos se bañaban, y de aquella agua sagrada y curativa se servían sin temor. Arrojaban las deposiciones de los enfermos a las calles y contaminaban sin imaginarlo las fuentes de agua. Y cuando los peregrinos, por millares, llegaban al Ganges y a los sitios sagrados, la mortandad se tornaba indescriptible. Y es que para su propagación, peregrinaciones y guerras fueron las mejores aliadas. Presente estuvo el cólera en Medina y en la Meca, en diecisiete mil de las muertes de la Guerra de Crimea y en las doce mil de la guerra de independencia norteamericana. En cientos de miles se contaban en cada país los muertos de cada epidemia, pero nunca fueron tantos como en la India que en una sola peregrinación a Hardwar tuvo dos millones de peregrinos muertos.

Confinado por muchos siglos, hasta el XIX a Asia y particularmente a la India, tuvo el cólera con la evolución del transporte el mejor vehículo para diseminarse por el mundo. Más efectivos resultaron en su propagación los grandes vapores, los trenes y hasta las diligencias, que los lentos y pequeños veleros de otras épocas.

Sólo en la Edad Moderna Europa comenzó a tener el cólera entre la fuente de sus preocupaciones. En 1817 se inició en la India una epidemia que paseó por el mundo su sombra de terror y de muerte. Llegó a Indochina en 1819, luego a Filipinas y en 1821 a Oriente Medio, al Japón en 1822 y un año después a Rusia y de allí a Polonia, Hungría y Austria. En barcos la llevaron a Inglaterra; a Canadá llegó con los inmigrantes irlandeses. En 1833 ya hasta México la padecía procedente de los Estados Unidos.

La epidemia del cólera en Egipto en 1883, movió a Francia y a Alemania a aplicar todos sus esfuerzos al esclarecimiento de la enfermedad. Dos comisiones del más alto nivel viajaron al país africano. Una conformada por Thuillier, Nocard y Roux, colaboradores de Pasteur, y otra alemana presidida por Robert Koch. Debían enfrentar un enemigo totalmente desconocido. ¿Dónde encontrarlo? ¿En la sangre? ¿En la saliva? ¿En el sudor? ¿En la orina? ¿En las heces? ¿Acaso en el aire espirado? Estudiaron tejidos y productos corporales, realizaron inoculaciones y cultivos, estudiaron el ambiente, el suelo, el agua.

Mientras la comisión francesa perdía por el cólera a uno de sus integrantes, el doctor Thuillier, la alemana realizaba un hallazgo interesante. Todas las muestras de intestino, así como las heces frescas de los enfermos, mostraban sin falta un bastoncillo curvo nunca antes observado. Sin resultados significativos los franceses regresaron, Koch por el contrario viajó a la India y confirmo en Colombo y en Calcuta sus hallazgos. Vibriones se llamaron aquellos bacilos de tan vivo movimiento. Tras meses de trabajo agotador consiguió un cultivo puro. Siguió luego la huella del que denominó “bacilo vírgula” y señaló a las aguas de la India, sagradas o mundanas, como el vehículo que trasmitía la enfermedad. Contaminadas por los enfermos terminaban ingeridas por las personas saludables. Demostró que a pesar de la mortalidad que causaba, el bacilo era frágil, perecía en el medio seco y no se trasmitía por el aire. El ciclo de la enfermedad era sencillo, el germen se eliminaba solamente en las deposiciones y se adquiría exclusivamente por la boca.

De vuelta a Egipto pudo diferenciar el cólera de la disentería tropical al descubrir como agente causal de ésta a un organismo mayor, tanto o más grande que las células del cuerpo, la ameba, parásito ya descrito por Lösch en 1875 en las deposiciones. Aunque las enseñanzas de Koch tardaron en aplicarse fuera de su patria, con el tiempo terminaron por hacerse innecesarias las hogueras, como la que aún en 1884 encendió Marsella para purificar el aire, y las fumigaciones con azufre a los viajeros. Las medidas higiénicas, la vacunación y los antibióticos terminaron por derrotar los brotes epidémicos.

Para la Primera Guerra Mundial, se dispuso de la inmunización activa y la guerra y el cólera, por fuerza de los adelantos científicos, dejaron de ser aliados.


BIBLIOGRAFÍA
1. Carpenter Charles C. Cólera. En Tratado de Medicina Interna de Cecil. 15ª. Ed. México: Interamericana. 1983: 550
2. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
3. Farreras Valenti Medicina Interna. Barcelona: Editorial Marín S.A. 1967: Tomo I, 1084
4. Guzman Miguel. Cólera. En Medicina Interna. 3ª. Ed. Bogotá: Editorial Presencia. 1998: 718-719
5. Metchnikoff Elias. Estudios sobre la naturaleza humana. Buenos Aires: Orientación Integral Humana. 1946: 223-225
6. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 61 (ilustración), 58-68, 62 (ilustración), 211-221, 226-227, 272-278
7. Wallace Craig K. Cholera. En Infectious diseases and medical microbiology. 2ª. Ed Philadelphia: W. B. Saunders. 1986: 911-912


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")


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viernes 23 de mayo de 2008

TU AUSENCIA

Cuánto anhelo contarte mis pesares,
esos espectros que nacen
de tu ausencia;
fantasmales moradores de la noche,
alados, volátiles, rapaces,
que asaltan mi alma
volviéndola jirones

Cuánto anhelo decirte
que estoy triste,
que anhelo tu consuelo
y tu consejo tierno.

Cuánto anhelo refugiarme
en la paz de tus palabras;
cuánto contarte nuevamente
el diario acontecer de mi existencia.

Hoy que encuentro ausente
el brillo de tus ojos,
y el calor de tu ser
se ha disipado,
cuánto extraño
que seas mi confidente
para confesarte el secreto dolor
que el temor de perderte
me depara.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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CARTA XXIV: DE HOY EN ADELANTE TE LLAMARÉ COPITO

Julio 21

Amor mío:

Todo cuanto de ti percibo tiene la virtud del terciopelo.

Tu pelo, tu piel, tus labios, tu voz, tus sentimientos, tus gestos y maneras estimulan mis sentidos de forma suave, profunda y permanente.

Eres al tacto delicada, al gusto dulce, al oído armónica y serena; al olfato apacible y perfumada y a la vista sosegada y refulgente.

Todo en ti es sedoso, manso, benévolo y sumiso, como de felpa, como de algodón. Como la bolita nívea que frota la herida sin provocar martirio, como el copito blanco que acaricia cuando frota.

Cuando te estrecho tu suavidad me calma, cuando te oigo me sereno, cuando me duermo entre tus mimos, siento que floto entre nubes de singular blancura, siento de plumas el colchón y de algodón las mantas.

En tu regazo siento que eres un copito delicado, ese copito de algodón que no lastima nunca, por eso desde hoy te llamaré Copito.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes 16 de mayo de 2008

EL GERMEN DE LA INFIDELIDAD

Aunque cursaban carreras diferentes, el encuentro diario en el billar del bienestar estudiantil terminó por forjar entre Joaquín y José una amistad inquebrantable, que creció a pesar de la renuencia de José a participar en las francachelas que Joaquín organizaba los fines de semana. Parrandero y mujeriego, Joaquín tenía fama de llevar una vida sibarita, de visitar lugares poco santos y de entablar noviazgo con jóvenes mundanas. Él siempre negó las murmuraciones más audaces, y José no llegó jamás a comprobarlas. Para él era un muchacho locuaz sin nada censurable.

Como ignoraban los padres de José las malas lenguas, le abrieron las puertas de la casa y le asignaron puesto en la mesa todos los domingos. Y esa rutina se conservó por años, hasta que los miembros del hogar se dispersaron. Entonces concibió Joaquín una tertulia de solteros en la que dio a José carácter honorario. En ella de todo se hablaba sin mesura, y al calor del ron y el aguardiente disecaban lo celestial y lo profano. Al amparo de Joaquín el culto al amor libre y a la infidelidad se volvió consigna entre los tertulianos.

El amor romántico tuvo pocas opciones en la vida de Joaquín, marcada por la vertiginosa sucesión de lances pasionales. Por eso la infidelidad que él defendía, tenía connotación distinta a la de quienes habían puesto alguna vez en el amor todo su aliento. «La infidelidad no es ni falta ni traición. Dado su origen instintivo luchar contra ella es batallar consigo mismo. Pasarse toda la vida cohibiendo los instintos es un desgaste inútil, aceptar la naturaleza es lo sensato». Eso expresaba Joaquín, pero sus contertulios, en razón de su temperamento lujurioso, opinaban que no era reflexivo su argumento. Creían que era un pretexto para justificarse. A José, por el contrario, le admitían sus juicios, aunque llegaran a las mismas conclusiones. Y era que José, que sí creía en las explicaciones de Joaquín, ahondaba en el tema con alardes de erudito, se apoyaba en su pluma bien calificada y no tenía en su contra una vida licenciosa.

José había considerado válidas las razones de Joaquín aún en tiempos en que el amor le sonreía. Tras el fracaso con Elisa su pensamiento se afianzó y sus hábitos cambiaron. Y no fue por influencia de Joaquín como creyeron muchos, sino por un impulso propio de conseguir más dicha y menos decepciones. Perdida toda la esperanza en el amor, comenzó a pensar más en la satisfacción sexual; y aunque se le volvieron tolerables las consejas de Joaquín, fue tímido en seguirlas. Cuestión de estilo, el suyo era más refinado. El mismo lo insinuaba: «El instinto de los hombres tiene más diferencias de forma que de fondo». Así que las afirmaciones de Joaquín, no obstante su rudeza, eran tenidas por José por válidas. Decía Joaquín: «¿Cómo vamos a entendernos, si las mujeres únicamente piensan en el amor, cuando nosotros sólo pensamos en el sexo? Y sin embargo, si no fuera por el sexo nada tendríamos en común con las mujeres […] El amor romántico es un lujo que no a todos importa. [...] Tarde o temprano pasa el tiempo de la costosa inversión y la paciencia; y de esperar con calma el beso o la caricia. Los hombres anhelamos satisfacciones al instante... y fáciles».

Si hubiera tenido José que dar sobre el amor su testimonio, habría dicho que sólo le había quedado frustración y dolor de un ideal que juzgaba un espejismo; que su matrimonio, desastroso, había arrasado con los sueños más tiernos de su juventud; que gracias a su brutalidad se habían vuelto más cursis las quimeras del primer amor; y que la luna de miel había sido el preámbulo del mayor yerro de su vida.

Las decepciones inmanentes al amor, afirmaron en José el convencimiento de la trivialidad y finitud de la pareja. En su análisis la rutina y la incompatibilidad de las personalidades, como en su caso, daban cuenta del fracaso de los matrimonios, junto a otra causa universalmente señalada: la infidelidad, a la que él recurrió tarde, pero con la fortuna de que precipitó la separación que lo libró de mantener una relación tormentosa hasta la muerte. Sin tener que hablar bien del amor, multiplicó sus escritos sobre la infidelidad. Primero ensalzándola y oponiéndola a la relación tradicional, luego disculpándola y justificándola, y por último previéndola y hasta lamentándola. «La infidelidad es una condición latente ineludible. No la defiendo, apenas la acepto como un hecho natural y cotidiano. [...] La fidelidad y el amor eterno no brotan por exigencias culturales. [...] Intentemos ser fieles hasta donde nuestra naturaleza lo permita... al menos nos aligera la conciencia cuando llega. [...] La relación de pareja es más sólida cuando se cimienta en la solidaridad y más frágil cuando se funda en la fidelidad».

Viendo a José convertir la infidelidad en tal torrente de meditaciones, Joaquín optó por animarlo a una promiscuidad incitadora, contándole que era como probar los mejores platos en las mejores mesas, pero José apenas acogió el consejo cerca de su final, cuando se dispuso a disfrutar hasta la saciedad los placeres que se había negado.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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UNA ASAMBLEA CONSTITUYENTE RENDIDA AL NARCOTRÁFICO *

Hoy Colombia debe perder la confianza en sus reformadores. Quienes por cobardía renuncian a la razón y a la justicia beneficiando oscuros delincuentes, no pueden legarle a Colombia principios fundados en la diafanidad de sus virtudes.

Quienes debían remediar los males del Congreso, se han contagiado de sus mismas perversiones, y ahora entregan la dignidad y la honra de la patria con el falaz pretexto de restituirle la tranquilidad perdida.

Atropellando el Derecho Internacional, los constituyentes hincados ante el narcotráfico han demostrado más abyección que los artífices de aquel frustrado “camarazo” que en buena hora frustró la acción valerosa del ministro Lemos.

Lloremos pues con El Espectador, con Lemos, con Parejo, con Galán –el padre del caudillo- y con los pocos valientes que le quedan a Colombia, el golpe artero con que saluda al país la nueva Carta Magna.



1. La Asamblea Constituyente que promulgó la Constitución Política de Colombia en 1991 abolió en su artículo 35 la extradición de nacionales. La prohibición no duró mucho: quienes se empecinaron en ella lograron revivirla. Hoy como nunca se extraditan delincuentes que aun tras de rejas en Colombia son incontrolables.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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sábado 10 de mayo de 2008

PATRIA

Eres el suelo que guarda
el polvo de mis muertos,
y que hace temblar mi corazón
en la distancia.

Eres la historia que se confunde
con la historia de mi casta
y el porvenir que aguarda
la savia de mis deudos.

Eres la emoción que una nota marcial
convierte en lágrima;
ausencia hecha nostalgia
en la orfandad que nace en el exilio.

Eres el aire que se escapa en mis suspiros,
el mismo que aspiro en mis mañanas,
y el soplo vital que corre por mis venas.

Eres mi cuna y potencial mortaja,
feudo grandioso
que sin ser mi heredad
me pertenece.

Eres mi tradición y mis creencias,
mi forma de ser y de expresarme,
impronta y troquel,
mi sello hasta la muerte.

Eres el cielo que imagino propio
y el suelo en que no me siento extraño;
eres la exaltación que me convierte en héroe:
mártir dispuesto a lucir tu pabellón como sudario.

Eres urdimbre de recuerdos rancios,
memoria de gestas que me jactan,
invocación de mitos y leyendas,
evocación de infortunios y calvarios.

Eres la estirpe en que se hermana
el prohombre del busto patinado
y la humanidad del humilde ciudadano.

Eres en últimas…
el alma del terruño
confundida con su par en mis entrañas.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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ABSURDO

Estrictos preceptos,
rígidas rutinas
se aprenden en la infancia
para que el mundo
nos haga prisioneros.

A disfrutar obliga
la hipócrita sociedad
que nos reprime
las disciplinas
que causan frustraciones.

Anteponer por siempre
al placer, el deber
sin motivos
que la razón sustente.

Vocación absurda
al sacrificio inútil,
apego a un orden
arbitrario y necio,
desquiciadoras normas
impuestas por los hombres,
expresiones fanáticas
a Dios atribuidas,
mandatos sin bondad
-fin esencial que todo justifica-
que del hombre atropellan
dignidad, libertad y sentimientos.

Vivir para el trabajo,
trabajar para vivir,
círculo sinfín,
absurdo de la vida.

Para el deber se vive
siempre postergando
satisfacciones íntimas,
goces profundos
que nutren
al espíritu sediento.

¿Por el trabajo sometido
puede el hombre
cultivar su espíritu?
¿Dedicarlo a la reflexión,
a la contemplación
de lo creado?
¿A la expresión
de sus íntimos talentos?
¿Nutrirlo con las cosas bellas?
Placeres elevados
o mundanos cercenados
por reglas sin sentido.

Que se extinga la flama de la vida,
que rechaza una existencia sojuzgada,
que perviva si a mi ser
permite realizarse.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")


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LA TUBERCULOSIS

Temeroso de las enfermedades que no podía controlar, el hombre antiguo, con frecuencia repudió a las víctimas de los padecimientos y tendió sobre ellas un manto de culpabilidad. No ha de extrañarnos por tanto que una enfermedad como la tuberculosis, en la India fuera considerada impura y que a los enfermos se les proscribiera con la intención de que no transmitieran su impudicia.

La tuberculosis fue conocida por muchos siglos como tisis y fue confundida por los médicos griegos con la malaria. No contagiosa ésta según ellos, tampoco debía serlo "su forma pulmonar", la verdadera tuberculosis. Otra era sin embargo la creencia popular que llevaba a apartarse de los tuberculosos. No obstante la tuberculosis nunca fue epidemia.

Aceptando la teoría hipocrática de que el aspecto característico del tuberculoso era heredado, hasta los trabajos de Koch vivió el mundo de ciencia en el error de considerar hereditaria una enfermedad que era contagiosa. Hasta él, muchos dudaron, pero nadie fue capaz de sepultar el dogma. Personas que nunca enfermaron a pesar de vivir entre tuberculosos hacían dudar de su transmisibilidad.

Fracastoro, convencido de su carácter contagioso, pregonaba que los utensilios del paciente podían por años trasmitir la enfermedad, y consiguió que las autoridades italianas dispusieran en 1537 el aislamiento de los tuberculosos y la destrucción al fuego de sus pertenencias tras su muerte. En contraste con el pueblo que lo aceptaba y comprendía, los médicos ciegamente aferrados a los conceptos hipocráticos se negaron, a pesar de la evidencia, a aceptar que la tisis fuera contagiosa y resistieron la medida.

Poco consuelo hubo para los enfermos de "la peste blanca" hasta nuestro siglo. Galeno consideraba casi imposible tratar la enfermedad. ¿Cómo curarla si el reposo imprescindible no se conseguía en un órgano en permanente movimiento? Siglos después Forlanini (1882) produjo el neumotórax terapéutico, inmovilizó el pulmón y detuvo la actividad de la enfermedad.

En tanto sangrías e inútiles curas de aguas minerales se prescribían a los enfermos, anatomistas y patólogos hacían grandes descubrimientos. A los "tuberculum" que descubriera en los pulmones, Sylvius (1614-1672) les atribuyó la causa de la enfermedad. Ellos fueron en 1695 los que dieron a la tisis el nombre de tuberculosis. Morton describió las etapas clínicas, Laennec demostró que era enfermedad sistémica y Virchow la hizo objeto de detallado estudio al microscopio.

Al descubrir Pasteur que los microorganismos podían por su rápido crecimiento provocar enfermedades y causar la muerte, se atrevió a postular que la tuberculosis podía ser un padecimiento bacteriano; pero los médicos lo menospreciaron: ¿Qué podía saber un químico de tuberculosis?

Koch creyó en el origen infeccioso de la enfermedad y se dio a la tarea de descubrir su agente, pero las técnicas de cultivo y coloración resultaron infructuosas hasta que el destino hizo que en un portaobjetos con material tuberculoso olvidado en azul de metileno aparecieran los bacilos que nunca pudo observar al prepararlos con azul de metileno fresco. A los 39 años, el 24 de marzo de 1882, Koch presentó su trabajo a una comunidad médica que no podía aplaudir un descubrimiento que echaba por tierra sus conocimientos. Pero el microscopio estaba allí, disponible para confirmarlo. Se demostraba por primera vez la naturaleza parasitaria y contagiosa de las enfermedades infecciosas del hombre. La relación causal hasta entonces sólo había sido demostrada en el carbunco de los animales.

El aislamiento del bacilo parecía imposible, pero al final los resistentes cultivos terminaron por someterse al ingenio de Koch. En el cobayo descubrió el medio ideal para conseguir su crecimiento.

Con el descubrimiento del bacilo de la tuberculosis que llevaría su nombre, también demostró Koch que no obedecía la enfermedad a un problema alimenticio.

La enfermedad era transmisible, pero el aislamiento del enfermo a la usanza de la Edad Media era impracticable. Por lo pronto se buscó el control de los esputos en recipientes con desinfectantes en lugares públicos y se ordenaron curas de reposo en las montañas. Entre tanto llegó la era industrial, que contribuyó notablemente a la difusión de la enfermedad. Al descubrir Koch el bacilo, la enfermedad causaba una de cada siete muertes.

Los trabajos del sabio alemán prosiguieron hasta obtener en 1910 un extracto de toxinas del bacilo, "la tuberculina de Koch". Desde 1890 había anunciado el investigador los halagadores resultados de sus experimentos en cobayos, que sugerían la posibilidad de curar la temida enfermedad y que recibieron una publicidad tan inesperada, que instituciones científicas, universidades, gobernantes de muchos países y todo tipo de celebridades lo hicieron objeto de sus homenajes. Lister lo visitó en Berlín, Pasteur recibió en París, entusiasmado, una muestra de su vacuna, muchos científicos visitaron su laboratorio, y Prusia le construyó el Instituto de Enfermedades Infecciosas, hoy de Koch, a semejanza del de Pasteur, como reconocimiento y estímulo a su obra. Fueron primero dosis débiles de bacilos tuberculosos y luego cultivos muertos los que confirieron a los cobayos resistencia contra la infección. Pero esos mismos bacilos muertos inyectados en la misma dosis a los cobayos enfermos, les causaban la muerte; en una ínfima concentración, por el contrario, hacía que los cobayos curaran. Los animales enfermos eran hipersensibles a los bacilos tuberculosos, el éxito de los resultados dependía de la concentración administrada. ¿Qué pasaría en el hombre? Obtuvo Koch un extracto de toxinas del bacilo en glicerina, que llamó tuberculina y la experimentó en sí mismo, padeciendo una breve pero intensa reacción, pues el hombre resultó ser mucho más sensible que el cobayo. Conseguida así una dosis de referencia para el ser humano, utilizó la tuberculina en sus pacientes, en dosis progresivas y pequeñas. El mundo convencido de que curaría la enfermedad la recibió esperanzado, pero a los halagadores resultados iniciales, siguió desafortunadamente el desencanto. Pero la tuberculina se convirtió de todas maneras en un valioso aporte al diagnóstico de la tuberculosis, y la idea de Koch retomada en el Instituto Pasteur por Albert Calmette, condujo a la elaboración de una vacuna efectiva. Los noventa lactantes que por error murieron en la ciudad de Lübeck tras la aplicación de la vacuna, no consiguieron desvanecer su fama, y en la leche se siguió administrando a miles de recién nacidos. Trece años de cultivos e inoculaciones sucesivas le habían tomado a Calmette para despojar al bacilo de su virulencia.

El genio inagotable de Koch trató también de explicar la escasa frecuencia de la tuberculosis intestinal a pesar del consumo habitual de leche contaminada, y en 1901 explicó a los asistentes al Congreso Internacional de Tuberculosis en Londres el motivo: los bacilos de la tuberculosis bovina y humana eran diferentes y los peligros para las especie diferían, solamente para el huésped habitual eran considerables.


BIBLIOGRAFÍA
1. Dietz David. Historia de la ciencia. Buenos Aires: Santiago Rueda – Editor. 1943: 302
2. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
3. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 49 (ilustración), 51-65
4. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7, 507p
5. Nuevo Espasa ilustrado 2000, España: Espasa - Calpe S.A. 1999: 1832p
6. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
7. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 250 (ilustración), 251-257
8. Thorwald Jürgen. El Triunfo de la cirugía. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1960: 359
9. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 202-210, 233-234, 264-270, 331-332

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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miércoles 30 de abril de 2008

CARTA XXIII: MIS MOTIVOS

Julio 18

Mi amor:

Hace mucho que mi infidelidad ha sido proclamada. Así que no te sientas culpable de acabar con una relación que había muerto cuando tú llegaste. Antes que se sorprendiera contigo mi mirada, ya le había anunciado a ella que me volvería infiel, hastiado de su enojo.

Su mal humor constante me lanza a los brazos de una amante. Y en mi desilusión comprendo a todos aquellos hombres frustrados por mujeres con corazón de piedra, y consiento no sólo sus amantes sino sus picardías galantes. Claro que aquellas cortesanas que acarician por dinero pueden ser más amorosas que las fieras que acechan en la intimidad de los hogares.

Conozco mis debilidades y el influjo seductor de las mujeres, pero creo que brazos más amorosos de mi debilidad me hubieran apartado. No fue así, y por el contrario, me abocaron a la determinación que estoy tomando.

Son los ambientes propicios los que el amante aprovecha como el delincuente. Son las circunstancias favorables las que hacen aflorar comportamientos que de otra forma permanecerían latentes.

Presiento que tu comprensión y tus caricias alejarán de mí la necesidad de continuar buscando las virtudes que en aquélla mujer jamás hallé y llenarán el vacío que me precipitó complacido al mundo de la infidelidad.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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RECLAMO DE UN NIÑO PORDIOSERO

No quise madre
el soplo de vida que me diste.
No quise ser de tus placeres
incómodo accidente.
Todo hubiese querido
si con amor me hubieses engendrado.

No quise ser el ser con quien compartes
el plato del alimento que no tienes.
No quise ser un niño sin sueños ni ilusiones…
el limosnero de la esquina,
astroso y maloliente.

Añoré los juguetes que no tuve,
tu abrigo y tu cuidado,
los estudios…
el tiempo que no me dedicaste.

¡Qué escasa dicha ofrece
la vida en la miseria!

Otro ha de ser el mundo de la infancia,
distinto de mi mundo de tristeza.
Un sueño lúdico de risas y de afecto,
al calor de unos padres protectores.
Un regazo maternal que desvanezca
los verdugones del juego,
la fiebre y los dolores.
El abono que nutra la semilla
de una existencia digna;
ejemplo paternal en que se mire
la vida que se está formando.

No son los hijos para la soledad remedio,
muñecos que curen el hastío,
mendigos que entreguen sus limosnas
a los mayores que deberían cuidarlos,
criaturas forzadas al trabajo,
siervos rendidos por las labores diarias.

Es preciosa la vida
que tan fácil puede plantar el hombre.
Al mundo viene para ser servida,
ajena al sacrifico de padres sin ventura,
aguardando una estrella prodigiosa
y confiando en la previsión de sus autores.

Porque los amo, hijos,
sin haber nacido,
no los traeré a mi mundo
para ofrecerles nada.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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viernes 25 de abril de 2008

AL MORRO QUE ADORNA LA BAHÍA

Simbólico vigía de la ciudad
fundada por Bastidas*.
Pétrea mole incrustada en la bahía,
como rancio testigo de la historia.

Presenciaste, espectador enhiesto y silencioso,
la comunión del indio con Seinekan** -la Tierra-,
la adoración del sol y de la luna en los ocasos:
cortejos del atardecer
salpicados en el mar cual pinceladas.

Divisaste por tu flanco los navíos
de los íberos cegados por el oro;
los viste anclar, desembarcar,
y retornar con un botín:
el filón del nativo en su baúles

Fuiste antaño –en la Colonia-
el cerrojo de “La Perla del Caribe***”:
a tu puerta debieron tocar los bergantines.
Fuiste también prisión y fortaleza;
de la rada, fortín y batería.

Oteaste a su paso los bajeles
que inquietaron las aguas sosegadas,
y debiste presentir con su llegada
el anuncio de la tromba de la muerte****.
Mas no existe opresión que dure eternamente
y pudo más la libertad que los horrores.

Y viste atravesar hacia su tumba
la frágil humanidad de un héroe victorioso,
también él -“Genio de América*****”-
debió decirte adiós con su mirada:
melancólica emoción de un hombre en agonía.

En ese devenir
de trances y proezas
eres memoria fiel y cautelosa,
escrutas y te observan,
pero impasible y reservado,
a nadie cuentas la historia
que se otea desde tu palco.

Hoy tranquilo y libre de nostalgias
eres faro, islote y centinela,
el anfitrión que invita a la bahía.
La típica estampa de postal:
ícono que con el sol encumbrado del cenit
se baña en el azul vivificante,
y en los anocheceres emerge
-como sombra chinesca- de las aguas,
proyectando sobre el mar
su giba inconfundible.


* Santa Marta, puerto colombiano sobre el mar Caribe.
** Nombre que dan los Arhuacos a la Madre Tierra.
*** “Perla de América” se llamó a Santa Marta por el comercio de perlas que allí
hubo
**** Pablo Morillo, conocido como “El Pacificador” tras desembarcar en Santa Marta implantó en la Nueva Granada el “Régimen del Terror” para contener la sublevación patriota.
***** Simón Bolívar.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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AMOR PATERNO

En tu sueño,
plácido y profundo me detengo,
contemplando el soplo prodigioso que te anima,
y veo la réplica perfecta de un hombre en miniatura,
una brizna que mueve los corazones pétreos,
una enorme pequeñez que agita sentimientos tiernos.

Eres la prolongación de mi existencia,
y sin embargo en nada te pareces:
menudo y frágil
contrastas con mi imagen recia;
incontaminado y puro,
distas de mi savia contagiada.

Eres un suspiro sublime
que debiera durar eternamente.
Mas no basta el sentimiento
para que este instante feliz nunca termine:
los años pasarán sin que se paralice el tiempo.

Hoy cuido tu sueño,
embebido, absorto,
imaginando de adulto
tu rostro y tus facciones,
proyectando a tu sino la mejor estrella,
hilvanando tu vida a mi vida
sin barreras de tiempo ni de espacio.

Mañana serás tú
quien me sientas quebradizo y frágil,
pero obsesionado aún con tu ventura.
Y cuando las flores cuides en mi camposanto,
su fragancia exhalará mi aliento,
para que sepas hijo,
que desde el cielo,
por ti sigo velando.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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INTERMEZZO POÉTICO - ÍNDICE

Prólogo
Al morro que adorna la bahía
Amor paterno
Antecedí tus pasos
Así he de amarte
Coloquio con las parcas
Con el odio tu felicidad huyó despavorida
Decrepitud
Descanso interminable
Eres como ninguna
Ese es el hombre
Hijo
Hombre, esencia minúscula y gigante
La esperanza de amar nunca sucumbe
Levedad
Los prodigios del poema
Mi pensamiento, un grito que subleva
Para poder vivir: un fin inalcanzable
Para poder vivir: un fin inalcanzable
Patria
Reclamo de un niño pordiosero
Si quieres ser mi amante
Soy alma yerta

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lunes 21 de abril de 2008

INTERMEZZO POÉTICO - PRÓLOGO

Oscar Wilde decía con razón que era más fácil hablar de las cosas que hacerlas. Sin embargo Luis María Murillo, primero amigo entrañable y después colega, me puso en la difícil pero a la vez honrosa tarea de presentar su poemario “Intermezzo poético: Razón y sentimiento”.

Desnuda el poeta Murillo en su obra diferentes facetas del amor y del querer. En “Al morro que adorna la bahía” se aprecia el amor por su país. El amor filial lo describe elocuentemente en “Amor paterno” y el amor apasionado, que sin razón proyecta el sentimiento, se acopla en “Así he de amarte”. Se descubre con el amor ingrato, y con una dosis de amargura prepara una pócima titulada “Con el odio tu felicidad huyó despavorida”.

La poesía de Luis María Murillo surge sonora como la luz del día, reflejando su esencia espiritual que se plasma en las palabras como sonido elemental del contenido divino y humano de las cosas. Su poesía tiene la rara grandeza de transformar su universo real en un mundo de ilusiones trascendentales a través del embrujo soñador de sus versos.

Porque lo conozco desde la niñez, sin temor a equivocarme puedo decir que Luis María Murillo ha sido recio en la decisión de la amistad, radical en la fe de sus ideas, amante de la ciencia y la verdad, y que ha hecho de su profesión un acto de fe y de su vida un ejemplo para las generaciones futuras.


Fernando Raffán Sanabria.

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viernes 18 de abril de 2008

JOAQUÍN Y JOSÉ, ENTRE PÍCAROS Y FILOSÓFICOS

–El término tiene, Joaquín, variadas acepciones. Creo que se prostituye todo aquéllo que adultera o degrada su fin en pos de un interés que le es ajeno. El sexo como proveedor de placer pervierte su finalidad cuando se aparta de la satisfacción de los deseos carnales. Por eso me arriesgo a afirmar que actúan como las meretrices, las mujeres que se entregan al marido por obligación y sin placer alguno.

–¡Qué sofisma! Una tergiversación magnífica en que la virtuosa termina siendo menos que la arpía. La llamaré la hipótesis de la esposa-prostituta.
–Más bien diría una paradoja formidable, porque el argumento no es mentira.
–Habrá quienes lo nieguen, pero yo lo acepto. De por sí me irritan las mujeres que no se deleitan con lo carnal, y lo practican. Es un engaño que las prostitutas jamás gozan el sexo; de pronto las entretiene más que a las casadas.
–Volviendo al tema –dijo José–, la mala fama la cargan las que a cambio de marido tienen clientes, pero de tiempo inmemorial la mujer se ha ofrecido al hombre con tal que la sostenga.
–Por milenios las casadas han encontrado techo y comida como pago a sus favores.
–Aún hoy las mujeres sin medios para sostenerse se prostituyen en el matrimonio.
–¡Algo tiene de burdel la sagrada institución del matrimonio!

Allí estaban Joaquín y José poniendo a la moral en aprietos, haciéndola sonrojar como en sus años mozos. Porque tratándose de insolencias, nadie para alentar a José como Joaquín. Cuando los dos se juntaban todo era cuestionable, las verdades vacilaban, la irreverencia campeaba, se esfumaba lo absoluto Era la sinergia de sus pensamientos en un complot contra lo establecido. Era la antípoda de los encuentros con el cura Javier, marcados por la contradicción y la prudencia. Cuando José sentía llegar a Joaquín se relajaba, se olvidaba de la formalidad y se disponía a lidiar y a gozar con lo mundano. Pero si Joaquín bajaba a José del olimpo de su compostura, José forzaba a Joaquín a ponerle seso a sus intervenciones.

–La mujer cohibida por la sociedad –siguió José–, ha sido alentada por opciones que atentan contra su dignidad. Es reconfortante que cada día haya más mujeres profesionales, dueñas de su destino, que no tienen que aceptar una unión en inferioridad de condiciones.
–Aun a costa de nuestras conquistas –se lamentó Joaquín–, porque una mujer necesitada es una presa fácil.
–Si nos oyeran dirían que somos cínicos.
–Cínicos y machistas –sentenció Joaquín.
–Sin embargo, no las estamos infamando. Venderse fue para la mujer un mecanismo de defensa, una estrategia para sobrevivir.
–¡Están exoneradas! No culpamos a las mujeres porque tengan que vivir del hombre. Hasta inconsciente ha de ser esa costumbre.
–Qué usen su sexualidad para atraparnos me parece un juego delicioso –sentenció José–; que lo aceptemos a sabiendas de que lo hacen por necesidad y con disgusto, parece reprobable.
–Gústenos o no, ellas siempre podrán compensar la desigualdad con sus encantos. ¡Déjalas que se valgan de nuestra debilidad incapaz de resistir sus atractivos! No dirás que las feministas te pusieron de su lado.
–Ellas son el otro extremo del cordel, y el menos agradable. Son mujeres en pugna permanente. Arrasaron con la feminidad y el arquetipo tierno. Yo, Joaquín, defiendo el derecho de la mujer a la igualdad, pero en armonía permanente con el hombre, nunca la rivalidad entre lo sexos.
–Pues yo me erizo al verlas. Como alguien dijera comparando al hombre con su perro, entre más feministas conozco, más quiero a las rameras.

José alcanzó a intranquilizarse. Inspeccionó su alrededor y comprobó que estaban solos. No le hubiera gustado que se oyera tamaño despropósito, aunque a decir verdad, algo en ese parecer lo divertía.

Joaquín siguió:
–En serio, más devoción siento por ellas, que por esos engendros seudofemeninos que le muestran al hombre animosidad y repulsión. Las prostitutas al menos nos muestran simpatía. ¡Qué pesar!, porque las feministas hasta fenotipo femenino tienen; algunas hasta mujeres me parecen.
–Tu mordacidad da cuenta del punto al que conduce tan tonto enfrentamiento. Esos movimientos crean un contrapunteo contraproducente con el hombre. Yo no acepto que las conquistas deban verse como cuestión de género. Bastantes méritos tienen las mujeres para andar mendigando unos derechos. Quien es digno de un reconocimiento debe recibirlo sin importar su sexo. Pero las feministas sueñan con cómodas conquistas, asegurando cuotas exclusivas en empresas y en corporaciones públicas para eludir su concurso con el hombre, cual si las mujeres no fueran competentes. Los privilegios entre iguales a más de absurdos son odiosos. Si en verdad creemos que son iguales el hombre y la mujer, lo que tenemos que imponer es la justicia, y no unas cuotas que toman en consideración los genitales.
–A las feministas no hay logro que las sacie. Y como no faltan los pusilánimes que les siguen la corriente, habrás de ver que tanta contemplación con la mujer, dizque discriminada, llevará a los hombres a un estado más lamentable que el que vivieron ellas cuando de verdad estuvieron sojuzgadas.

El descuido en la afirmación fue imperceptible, pero lo hizo enmudecer cuando se percató de su imprudencia. Era que apenas se estaba acostumbrando al cáncer de su amigo, y su extroversión no llegaba al extremo de involucrar el tema entre sus ligerezas. Pero si no hubiera sido por su mutismo, José se hubiera quedado sin advertir el lapsus.

–Claro que nada habré de ver –dijo José con la certeza de que la validez de esa premonición no la confirmaría.

Los diálogos con los años poco habían cambiado, ni el envejecimiento ni la enfermedad habían apartado a la mujer y a la sensualidad del centro de sus conversaciones. Aún quedaba un remanente importante de los ímpetus de la juventud, que los hacía persistir entre pícaros y filosóficos en la temática de siempre. Se regocijaban con la evocación de sus mejores experiencias, el plato fuerte de Joaquín; o teorizando y formulando hipótesis, la empresa predilecta de José.

–¿Qué pasaría si el placer no fuera la finalidad del sexo? –le preguntó José, al reanudar la charla.
–Que se arruinarían nuestros razonamientos.
–No me parece. Si así fuera, hace mucho se hubieran arruinado. Con todo lo que lo pondero, el placer apenas le sirve al sexo de carnada. Su verdadero propósito es multiplicar la especie. Porque si la reproducción fuera tarea sacrificada, la humanidad desde Adán se habría extinguido. El placer es inherente al sexo para que no se niegue la humanidad a perpetuarse.
–A buena hora el hombre desentrañó los misterios de la reproducción, le «hizo conejo» a la maternidad y siguió usando el placer en su provecho.
–¿No te parece una paradoja formidable: la genialidad del hombre al servicio del «despreciable instinto»?
–Nadie sabe para quien trabaja.
–Mucho trecho va del hombre primitivo al hombre culto. De aquél que copulaba por placer, sin imaginar que estaba procreando, al que posee el conocimiento para planificar su descendencia.
–Un decir apenas –afirmó Joaquín–, si nos atenemos a tanto embarazo indeseado.
–Increíble que los adelantos de la planificación no se aprovechen. Definitivamente los que engendran sin querer en poco se diferencian de las bestias.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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SIEMPRE TE VOY A AMAR

Siempre de te voy a amar,
porque siempre serás inalcanzable,
porque sólo en sueños
disfruto de tus labios,
porque sólo en mi delirio
te anidas en mis brazos.

¡Siempre te voy a amar!

Siempre te voy a amar,
porque nunca habrá convivencia
que rompa “nuestro idilio”,
porque no nos impondrá la vida
sus cargas agobiantes,
libres somos
- de celos extenuantes -
y leales.

¡Siempre te voy a amar!

Siempre te voy a amar,
porque sólo anhelo protegerte,
porque soy capaz de amar
sin demandar un pago,
porque no me ata más lazo
que el afecto,
que permite feliz el sacrificio.

¡Siempre te voy a amar!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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A MIS JÓVENES COLEGAS *

Al terminar el Internado, se abre a vuestros pies un futuro que adivino formidable. Formidable en cuanto sembréis y propaguéis la semilla de un apostolado que es más que la restitución de la salud perdida, porque vuestra estatura impone en la sociedad ejemplo y liderazgo.

Que el amor por vuestra profesión jamás se extinga, ni vuestros pasos se aparten nunca del precioso encargo de preservar todas las expresiones de la vida humana; que vuestro entendimiento siempre esté ávido por conocer y aplicar los avances de la ciencia, y vuestro corazón pletórico de amor para tratar al paciente con humanidad y diligencia, y para actuar siempre con distinción y cortesía.

Que vuestra conciencia albergue eternamente la sabiduría para proceder con valor, con lealtad y con justicia, para inculcar a la sociedad y a la familia esos valores que hoy necesitamos tanto.

Que vuestra trayectoria esté surcada de grandeza para que grande sea el destino de esta noble tierra, porque en vuestras manos, jóvenes colegas, está también la dignidad y la vida de la patria.


* Por varios años el autor del blog fue jefe de Educación Médica y del Departamento de Investigación y Docencia del Hospital Central de la Policía Nacional de Colombia. Estas palabras fueron pronunciadas en la clausura del Internado Rotatorio del Hospital el 11 de junio de 1991.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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viernes 11 de abril de 2008

CARTA XXII: QUE LAS SOMBRAS DE LA INFIDELIDAD NO NOS PERTURBEN

Julio 15

Mi amor:

Donde haya luz siempre habrá sombras, y donde asome la felicidad, temores. No podemos ignorar que los sentimientos son más efímeros que nuestra vida a pesar de nuestras buenas e infructuosas intenciones.

Muchas veces he afirmado que la monogamia no está escrita en los genes de la especie humana; que instituirla ha sido probablemente un disparate. Más con matrimonios que se fraguan para siempre. La poligamia o la monogamia cambiando de pareja son soluciones sociales a la infidelidad del hombre. Practicar la fidelidad es un tormento cuando el amor se ha ido. Que la traición acecha, he pensado en medio de la soledad y del despecho. Hoy que me vuelvo a ilusionar con el amor quisiera no pensar en ello. ¡Es imposible!

Cuando se inicia una relación hermosa quisiera que fuera para siempre, mas el amor a la voluntad no se doblega. ¡Mísero destino! Nadie ama porque la voluntad lo mande. La voluntad puede perpetuar una relación pero nunca un sentimiento. Y contra lo que dictan los cánones sociales, me opongo a que por la fuerza se mantenga una unión sin la chispa del afecto.

Víctimas somos del mandato natural que rige los sentidos, por ello no condeno a quien sucumbe a esa ley natural que involuntariamente lleva a la apatía por el ser que un día se quiso, más aún, que aviva simultáneamente el interés por otro. Una vez saturados los sentidos, pierden interés por el estímulo que los excita, por eso una criatura inédita embelesa. Habré de dosificar el placer que me prodigas para que siempre algo nuevo perciban mis sentidos.

¿Qué seguridad puedo ofrecerte?, preguntas con el sobresalto de quien vacila en emprender una aventura. Y solamente atino a contestarte que tantas como tú a mí puedas brindarme. No somos nosotros quienes guiamos al amor, sino él, el que a su antojo nos gobierna. Sólo actuemos con honestidad, sin el deseo de hacer o hacernos daño, así nunca habremos de sentir reproche.

Las promesas del enamorado son auténticas, pero no eternas como su juramento las proclama. No tienen más existencia que el amor que las inspira.

¿Pero no debemos, por ello, albergar siquiera una esperanza? ¿Por qué no disfrutar la dicha del presente si el futuro se nos presenta incierto?

Razón tienes al dudar del sentimiento que te atrae a mis brazos. Al fin y al cabo renuncio para amarte a otra relación, que en algún momento creí maravillosa. Hoy eres favorecida por mi infidelidad, no pensemos que mañana puedas por ella ser sacrificada. Mis palabras son sinceras, mi motivación honrada y mi corazón tan sólo alberga buenos sentimientos.

El temor a ser herido impide afectos profundos; genera desconfianza. Podría ser mejor para mí una relación superficial que nada arriesga. No lo anhelo así, por ti corro el peligro. En materia de infidelidad puede por igual ser uno víctima o verdugo.

No presientas que es menos mi cariño porque mis palabras rehuyen al amor eterno que juran los amantes. Con la mitad de mis años sería con ingenuidad perjuro, pues a ti me hubiera ofrecido para siempre. Con los que hoy me colman, por experiencia, únicamente te ofrezco con honestidad mi presente, y mi deseo porque la dicha pueda indefinidamente prolongarse.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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POR TEMOR A LA MUERTE SE AMA LA VIDA

Con la enfermedad llegó el momento de las confrontaciones, de saber si la muerte era la misma presentida en la distancia que vista cara a cara. En medio de su aplomo, José vivía momentos de inquietud. La incertidumbre del trance y la eventualidad del más allá incitaban su curiosidad. La desaparición de la vida como si fuera un bien intrascendente ya no lo conmovía.

«No aborrecí la vida, tampoco afirmo que la amaba». Y era verdad; por ser un bien impuesto siempre la cuestionó. «No me agrada que el individuo nazca sin intervención de su voluntad, y menos que cuando ha aceptado la existencia y se ha acostumbrado a vivir, se le arrebate la vida de forma inexorable. Cómo me hubiera gustado expresar mi anuencia de venir al mundo». No le encontraba sentido a llegar a la vida porque sí, a la fuerza, sin proyectos; a buscar una razón a la existencia; a improvisar estrategias para soportarla y a obrar como un sobreviviente. Sopesaba la hostilidad y las dificultades, las tristezas y los sacrificios, y los hallaba desproporcionados frente a los gozos y las satisfacciones. «¡Y sin embargo la gente se aferra a la existencia!». Coligió que era más por el temor a la muerte que por amar la vida. Él en cambio se ufanaba de que con el mismo ánimo que aceptó la vida, se sometía a morir. «A la parca la incorporé a mi mundo, la armonicé con mis afectos y la volví mi aliada. La percibí como una fuerza redentora en los momentos de dificultad y hastío». La sentía una puerta de escape, un último recurso que lo volvía altivo en la dificultad, porque le permitía burlarse de la vida hostil. Pero no era más que especular, porque de antemano sabía que nunca de esa alternativa se valdría.

Dedujo que si la vida, el bien preciado, desaparecía como un desecho, ningún capital menor que ella merecía un mayor esfuerzo. Que si la vida no era trascendente, nada podía serlo en este mundo. Luego no debía sacrificar su vida por en pos de desmedidas ambiciones terrenales. Y fue coherente: ni poder ni fortuna fueron objeto de sus sacrificios. Abolió los esfuerzos estériles; se volvió enemigo de las normas impuestas por los mismos hombres para desagrado de sus semejantes; anatematizó los mandatos sin bondad evidente y suplicio manifiesto; buscó la satisfacción de sus sentidos; y se olvidó de tantos cuidados con su cuerpo. Asumió comportamientos de riesgo bajo la concepción de que el mayor costo era apenas adelantar la muerte.

De manera que fue la pugna con la muerte la que le enseñó a vivir, la que le simplificó el arte difícil de existir. Sin descuidar sus principios dio vía libre a sus deseos, se hizo proclive al placer, pero sin asentarlo en el perjuicio ajeno. Ahora a punto de morir pensaba que muchas satisfacciones inmateriales fueron trascendentes, pues eran en su último viaje su único equipaje. «Me marcho con la dicha de la gratitud y el amor que me profesan, reconocimiento enorme a actitudes sencillas, a palabras amables, a gestos considerados, tan elementales que nunca creí que se tasaran tanto».

Eleonora advertía esa serenidad: «Mi papá hace ver sencillo el proceso de la muerte. El dominio de sí mismo y su impavidez desconcertante hacen pensar que nada ocurre». «Hija, cuando la muerte llega en el momento justo se la está aguardando; no tiene razón el sobresalto». Aunque era cierto el argumento, en el caso de José se había anunciado en un momento vital de su existencia, no era el momento justo por lo tanto. Haber tenido cada día una reflexión sobre la muerte hasta convertirla en parte de la vida, era el auténtico motivo de su serenidad. «Morir es cuestión de tiempo, y se puede morir hasta sin haber nacido», solía afirmar resaltando su carácter natural y perentorio. Haber peleado desde joven contra ella ahora le servía para aceptarla. Y así fue con la vida, con ella también libró duras contiendas. La disfrutó, pese a considerarla una carga insoportable. «El nacimiento es la primera contrariedad del hombre, que tiene que inventarse una razón que le quite el tedio por la vida, y paradójicamente es el pavor a la muerte la razón buscada. Por temerla, el hombre se somete a existir, sin importar las circunstancias». Pero su ánimo alegre y sibarita desdecía sus expresiones, más aplicables a los demás mortales; pues en él parecían apenas el producto pasajero de sus desencantos. Pretextos para vivir los tuvo siempre; fueron sus pensamientos, el mundo que criticaba –que le daba en abundancia motivos a su pluma– y fue su hija. Nunca fue la muerte. Con razón decía Piedad: «Convencido como está de que el destino es contrario a nuestras pretensiones, para retrasar su llegada siempre dice que la está aguardando».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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BUSCO EN VANO EL SENTIDO DE LA VIDA

Un final que aterra
obliga al hombre a desear la vida
y a perseguir motivos
que justifiquen su gozo y su tristeza.

Tras el fin real de mi existencia
busco incesante el sentido de la vida,
no ideales que finjan trascendencia,
ni simples motivos para seguir viviendo

No concibo la vida un accidente
sin razón y por inercia mantenido,
que se agota en la búsqueda
de un mísero mendrugo.

¡Busco incesante el sentido de la vida!

¿Qué finalidad tiene la vida?
¿Expiar acaso un pasado sin memoria?
¿Abrazar el sufrimiento
persiguiendo en la perpetuidad
la incierta recompensa?
¿Aferrarse a la esperanza
que con la felicidad nos ilusiona?
¿Entregar a los sentidos
el goce de placeres terrenales?
¿Será tan sólo la guarda de la especie?

¡Busco escéptico el sentido de la vida!

¿Podrá ser el amor,
entrega pura y generosa
que del Calvario baja
hasta perderse en pétreos corazones?
¿Acaso la fuerza enceguecedora del poder,
en que se forjan perversas ambiciones?.
¿Podrá ser la floración del pensamiento?
¿La busca de la perfección inalcanzable?
¿La contemplación filosófica del mundo?
¿El conocimiento científico
que al universo arrebata
sus íntimos secretos?,
¿La desprevenida búsqueda de Dios?
¿La prejuiciosa que todo sataniza?

¡Busco en vano el sentido de la vida!

¿Es el hombre un destino trashumante
sin memoria del tiempo y del espacio?
¿Una esencia surgida de la nada?
¿Una voluntad desestimada
sembrada sin querer en un mundo,
que abandonará también
sin desearlo?

¿Si es efímera la vida,
qué sentido tienen tantos esfuerzos
burlados por la muerte?
¿Qué trascendencia tiene
toda expresión que se esfuma con el tiempo?
¡Oh tránsito inútil por la tierra!
que ni siquiera deja la certeza
de esa eternidad que alivia la partida.

¡Busqué en vano el sentido de la vida!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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viernes 4 de abril de 2008

CARTA XXI: LA INFIDELIDAD SÍ ES MI TEMA PREDILECTO

Julio 13

Mi vida:

Has encontrado a alguien que no teme hablar de la infidelidad con desparpajo y que además la practica sin sonrojo.

No rehuyo el tema, gozo cuando de los cuernos tomo al toro. De la infidelidad me gusta hablar con franqueza, con naturalidad y sin temores. Sin el repudio social que la condena... en público. Pues a la humanidad la subyuga la apariencia, se interesa más por lo visible, más que por lo que es, por lo que ostenta. Descubrir su doblez es mi deleite. Prefiero la verdad amarga al halagador engaño, el anonimato al prestigio mal habido.

Para suplicio de los hombres imprimió el Creador en la condición humana dos impulsos poderosos y contradictorios en extremo. Los celos y la infidelidad, presentes simultáneamente. Cuida el uno con intransigencia su dominio, codicia el otro las conquistas que prohíbe. Un instinto establece para sí las ventajas que el otro convierte en impedimentos para la pareja. Si de justicia supiera el corazón humano, el infiel silenciaría sus celos y el celoso exhibiría una fidelidad acrisolada.

Controlar las tentaciones puede ser tan difícil como controlar los celos. El destino ha sido conmigo compasivo. No soy un amante posesivo, soy por desgracia, en cambio, dependiente. Tan dependiente como para tolerar la infidelidad de mi pareja, mientras no deje su afecto de irradiarme.

No podemos exigir fidelidad a nuestra especie, escrita está la infidelidad en sus genes. También la mujer es proclive a lo prohibido. Más reprimida, más discreta. Producto seguramente de los siglos de sometimiento por el hombre

La fidelidad hace caso omiso a los dictados de la razón, de la moral y la justicia, y en toda relación está latente. Tiene sus reglas, para ocultarse, para adaptarse, para existir sin que se note. Mas no por ella debe mantenerse la pareja en tormentosa incertidumbre. Quien sabe disfrutar el amor vive el momento, no se arropa con la duda del engaño, vive y deja vivir en libertad: la mejor medicina para que el amor perviva. Y mide no en términos de fidelidad, sino de afecto y solidaridad la magnitud del compromiso.

No he sido el amante usual que a la vez disfruta dos manjares. No amo a dos mujeres, no amo a una mientras deseo a la otra. He sido infiel porque mantengo un matrimonio necesario en la práctica pero afectivamente inútil, mientras busco el amor en la distancia. Que no juzguen mi infidelidad con ligereza.

Y a quienes por otros motivos son infieles, los absuelvo; al fin y al cabo no inventaron ellos el amor, los genes, las hormonas, el instinto, ni la atracción entre los sexos, son apenas esclavos de su influjo.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XX: CUENTA CONMIGO EN TUS APUROS

Julio 11

Mi amor:

Conozco tus graves aprietos económicos, sé que son más serios de lo que tú escasamente cuentas. Tu mamá no ha podido ocultármelos más tiempo.

Sé que son tres los arriendos que debes, que Alfredo dejó de cumplir sus obligaciones con los niños, que el colegio los expulsará si no pagan la pensión que viene y que en la tienda ya no tienes crédito expedito.

Tu mamá me explicó que no rechazas mi oferta por orgullo sino por temor a que la deuda quede sin pagarse. Si así fuera, tampoco me preocupa. Presiento que no tienes más opción que consentir mi ayuda.

¡Indiferente no puedo ser a tus angustias! ¿Cómo puedo ser insensible a tus aprietos? Aunque los recursos sean escasos, mi firme decisión es apoyarte. A tu servicio pongo mis medios para solucionar tu crisis.

¿Si hemos de compartir intimidad y afectos, que impedimento habría en compartir dinero?. Así que he dejado con tu mamá algunos pesos que aliviarán las cargas. Reclámaselos y dales el destino más propicio.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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LA SÍFILIS

Considerada una enfermedad pecaminosa nacida del placer, no generó como otras compasión, sino que condujo, por el contrario, a la deshonra a quienes la padecieron. Europa como América negaron ser la fuente de la infección, y aún hoy, su origen geográfico sigue siendo incierto. Las lesiones sifilíticas en fósiles americanos anteriores a la llegada de Colón cuentan a favor de su origen en el Nuevo Mundo, pero no falta quien sostenga que fue sólo en Europa, bajo la influencia de un clima y de un medio ambiente diferente que la sífilis se volvió venérea.

Durante 1495 la sífilis comenzó a propagarse por Europa. En la campaña de Carlos VIII de Francia contra Nápoles, la sífilis apareció como epidemia. La enfermedad se difundió durante el Renacimiento y miles de muertes provocó en Europa durante los siglos XV y XVI.

Europa culpó a América de la llegada de la Sífilis. Se dijo que los soldados españoles que con Gonzalo de Córdoba y en defensa de Nápoles había enviado la corona, difundieron la enfermedad. También se cuenta como cierto, acaso para inculpar al Nuevo Mundo, que los marinos de Colón en el primer viaje adquirieron de los indios una enfermedad ulcerativa genital que curaba aparentemente sola. Según esa versión los hombres de Colón la transmitieron en España, de allí pasó a Nápoles, de Nápoles a toda Europa y de Europa a China, a la India y al mundo entero.

Expulsadas de Nápoles las más hermosas y jóvenes mujeres con el pretexto de la hambruna por el sitio, los franceses las recibieron con tanto amor y desenfreno que pronto todos se vieron cubiertos por la roséola sifilítica. Terminada la expedición se disolvieron los ejércitos, esparciendo la enfermedad por todas partes. Cada país le daba el nombre del vecino de donde procedía; enfermedad de Nápoles la llamaban los franceses, enfermedad de los franceses decían los alemanes, de enfermedad alemana la tildaban los polacos y como enfermedad polaca fue en Rusia conocida.

Perfectamente un centenar de nombres recibió la enfermedad. Sin embargo los dos nombres que trascendieron la historia fueron dados casi simultáneamente por Jacob de Bethencourt que la denominó lúes venérea (mal venéreo), y por el veronés Girolamo Fracastoro quien en un poema aparecido en 1530, dio cuenta de Sifilos, pastor griego quien pagó con la enfermedad su insolencia con el dios Helios, al construir en la montaña altares prohibidos. En 1546 el mismo Fracastoro escribía sobre su origen: “la sífilis no es causada por una sombra misteriosa o miasma, ni tampoco por humores obstruidos, sino por algún tipo de semilla”. Semillas pequeñas e invisibles que se propagaban de una a otra persona produciendo la enfermedad. Y postuló tres mecanismos para el contagio de la sífilis, por contacto directo, a través de vestidos y sábanas, y a distancia.

La enfermedad la padecieron pobres, ricos, genios, nobles, plebeyos y hasta reyes. La sufrieron Carlos VIII, quien murió de sífilis en 1498, Carlos V, Enrique VIII, Felipe II, Alejandro VI y Julio II. Pero hipócritamente el mundo se avergonzaba de la enfermedad. Hubo leyes que le prohibieron a los enfermos el trato con el resto del mundo. Erasmo por ejemplo propuso la castración como medida punitiva contra los cónyuges enfermos. Pensar que a él la sífilis le fue diagnosticada tras su muerte.

Los médicos poco podían hacer para tratarla. Se hicieron plegarias, se exhortó a la abstinencia, se persiguió a las prostitutas, y se buscó a San Dionisio como patrono de los sifilíticos. El mal venéreo era un castigo contra los excesos sexuales, por ellos se afirmaba “el cuerpo se debilita y finalmente enferma”.

Nada se sabía aún de los organismos infecciosos. Se llegó inclusive a confundir la blenorragia con la sífilis. Se pensaba que aquélla era un síntoma precoz de ésta. Hunter, quien en el siglo XVIII defendió esta idea, se inoculó secreciones uretrales gonocóccicas, adquirió la sífilis y murió de un aneurisma convencido de su error. Solamente hasta 1800 Philip Reicort estudiando en París más de mil casos, demostró que lúes y gonorrea eran enfermedades diferentes.

Las casas de baño, que las había para el pueblo y para nobles y caballeros, fueron sitio ideal de transmisión y terminaron por cerrarse: los europeos no volvieron a bañarse.

Clasificada la sífilis como sarna maligna o venenosa, encontró un primer tratamiento en las pomadas mercuriales que se usaban contra la escabiosis. Se aplicaban por todo el cuerpo en "cámaras de sudor" llegando hasta la intoxicación. Eran los síntomas generales de ésta tan severos, que muchos afectados por la enfermedad Gálica preferían la muerte.

Si en el Nuevo Mundo, se pensaba, se encontró el mal, en él podía estar el remedio. Las infusiones con madera del guaiac, usadas por los indios, pronto fueron importadas. Aunque de nada sirvieron, grandes cargamentos del árbol llegaron a Europa a considerable precio. La prescribían los médicos, mientras los barberos, trataban a los pobres con la pomada mercurial.

Para los inmigrantes enfermos se impuso la expulsión, para los naturales la reclusión en lazaretos. Por primera vez los leprosos podían sentir repulsión de los afectados por otra enfermedad. Nacieron entonces para no juntarlos, las "casas de viruelas".

La primera oleada de sífilis fue maligna y mortal, luego se atenuó llegando a ser su curso clínico semejante al de nuestros días. Por ello tardó en relacionarse su presencia con las graves afecciones de la enfermedad tardía. Se le perdió el miedo por "curar" espontáneamente. En el siglo XVII se le llamó la "enfermedad galante" y hasta cierto orgullo se sintió al sufrirla: "Si hasta el mismo Rey Sol la había padecido...". Con guantes, pelucas y maquillaje se ocultaban sus estigmas. Pero la mala salud y el envejecimiento y la muerte prematura causaron de nuevo alarma: "si no temes a Dios, témele a la sífilis".

Tras muchos intentos frustrados por descubrir el agente causal, en 1905 Fritz Schaudinn presentó a la Sociedad Médica de Berlín al responsable: la espiroqueta. Era tan pálida y pequeña, y se teñía tan poco, que había escapado a la vista de quienes hasta entonces trataban de encontrarla. Sólo la vista más aguda, valida de la coloración de Gimsa y de los mejores microscopios podía observarla. De su aspecto tenue derivó el nombre de la especie: Pallida. Wassermann, Neisser y Bruck en 1906 describieron la primera reacción serológica para diagnosticar la sífilis. Paul Ehrlich introdujo cuatro años después el Salvarsán, que aunque no curaba, si impedía el contagio y eliminaba las lesiones cutáneas. Pero la enfermedad tardía finalmente emergía llevando a la demencia; pasando antes, como se afirmaba al ver la producción magnífica de tantos pintores, músicos, poetas y pensadores que la padecieron, por un período de genialidad.

El control llegó finalmente con la Penicilina. Su advenimiento fue recibido con júbilo, tanto, que el American Journal of Veneral Disease, dejó por "innecesario" de publicarse en los años cincuenta. Pero la enfermedad arremetió de nuevo, un año después.


BIBLIOGRAFÍA
1. David Charles. Sífilis. En Clínicas Obstétricas y Ginecológicas 1983; 1: 143, 149
2. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
3. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 30-50, 40 (ilustración),
4. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7, 130, 276, 277
5. Nuevo Espasa ilustrado 2000, España: Espasa - Calpe S.A. 1999: 1832p
6. Orosco M. Beatriz. La sífilis: una enfermedad tan antigua como vigente. Medicina & Laboratorio, 1998; 8:4: 187-189
7. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI, 5, 7
8. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
9. Pfeiffer John. La célula. En Colección Científica de Life. México: Ed. Offset Multicolor SA. 1965: 200p
10. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 3
11. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 74 (ilustración), 154, 172
12. Spence Michael, Gonococia, en Clínicas obstétricas y ginecológicas 1983; 1:128
13. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 223-226

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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¡ ATRÁS LA COBARDIA ! *

Sólo cuando la Colombia que se dice buena decida despojarse de su cómplice y reprochable cobardía, podrá la patria reencontrase con la senda perdida de la paz y la grandeza. Cuando el pueblo entero sea ante el criminal acusador y altivo, mas no implorante, y la autoridad se ejerza con valor para someter al delincuente sin vacilación ni concesiones, los violentos de todas las pelambres estarán perdiendo su mísera batalla.

Ante el delito común, o la barbarie narcoterrorista y subversiva, de nada valen desgarradoras demostraciones de dolor y tímidas censuras. Ante la flaqueza colectiva, las pocas voces valerosas seguirán condenadas a la muerte.

De El Espectador, centenario defensor de pulcros ideales, de nuestros mártires recientes, cuya sangre brutalmente vertieron los mismos criminales que hoy seguimos enfrentando, recibamos el ejemplo de su inmaculado y valerosos proceder, y a su huella unamos nuestra huella para rescatar a Colombia de su sórdido presente.

Quiera el cielo transmutar la cobardía de tanta gente “buena”, con el delito permisiva, e incapaz de anteponer a su vida dignidad, principios e ideales.


* No ha sido el coraje un rasgo que copiosamente brote entre los colombianos. El rechazo al criminal habitualmente muere en el terror que sus represalias le generan. Los valientes suelen luchar en solitario y morir acribillados. A la ausencia de una conducta colectiva y valerosa hace referencia el escrito del autor del blog que fue publicado en el diario colombiano El Espectador en mayo 19 de 1991 (pág. 4A)

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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jueves 3 de abril de 2008

AMO

Amo tus labios
que me hablan con dulzura,
alimentando mis sueños
de esperanza.

Amo tu voz
que rompe los silencios
cargados de ausencia
y de nostalgia.

Amo tus ojos,
en que añora perderse
mi mirada.

Amo tu risa,
y esa sonrisa
que me da la vida.

Amo tus manos,
angelical contacto
que irradia la ternura.

Amo el pensamiento
que inspirará tu pluma
cuando mi alma
al infinito viaje.

Amo tu corazón y tu promesa
que dejará en mis manos,
-inertes-
tu rosa predilecta.

Amo tu cuerpo,
amo tu alma,
amo todo tu ser...
maravilloso.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)


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viernes 28 de marzo de 2008

CARTA XIX: PARA TI, MI PRIMER POEMA

Julio 9

Amor mío:

El dolor y el amor son un surtidor inagotable de palabras, un manantial en el que abrevan los poetas y todos lo que escriben.

Yo, que resurjo de la tristeza con las tímidas caricias de un amor que nace, siento pletórico mi pecho de una inclinación lírica que apenas conocía.

Siento bajo el influjo del amor almíbar en mi boca y palabras que brotan en mágicos acordes. No tiene el hechizo más nombre que tu nombre, ni mis versos diferente razón ni otro destino. Acoge con todo mi amor mi balbuceo poético.

“He sido” nació la noche memorable de la tercera cita, en que por primera vez mis brazos te rodearon y las barreras de la discreción saltaron en pedazos. Desde ese momento mis tristezas se escriben en pasado.

HE SIDO

Un hombre he sido,
sin ilusión y sin futuro;
un hombre que anticipó con su tristeza
el pago de una dicha duradera.

Un hombre receloso,
ante el destino incrédulo,
que espera de la providencia un desagravio,
que se pague con gozo y con ternura.

Un hombre confundido
por la realidad y la quimera,
sediento de una voz amable
y esclavo de una imagen tierna.

Un hombre que anhelando un destino generoso,
construyó en sus sueños
la mujer perfecta.

Un hombre que da cita
en la noche a sus delirios
para soñar con ella.

Un hombre en pos
de una utopía,
de una esperanza que ronde el infinito,
de una ilusión inédita,
que presumo alcanzar
cuando cruzo mi brazo
por tu talle.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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LA PESTE

Devastadoras fueron las epidemias que padeció la humanidad y que postraron con igual severidad a humildes pueblos como a poderosos imperios. En el año 430 a. C. Atenas padeció la Peste de Tucídides que acabó con la vida de Pericles y la de un tercio de los atenienses. En Roma en el año 167, la Peste Antonina redujo a la mitad la población romana. La peste que surgió en el puerto egipcio de Pelusium en el año 542, se propagó por Asia y Europa y cien millones de personas perdieron la vida. Más cerca de nuestros días, en 1720, Marsella sufrió la peste que dejó hasta mil víctimas fatales por día. Son apenas ejemplos de las muchas veces en que la peste asoló al hombre. Cuadros de dolor plasmados por el pincel y la pluma en las obras de importantes artistas y escritores, algunos de los cuales bajaron a la tumba como trágicos protagonistas de las epidemias por ellos retratadas.

La idea del castigo divino prevalecía aún en las mentes más esclarecidas del siglo XVII. “Indudablemente el hecho de que la peste nos haya visitado es un castigo del cielo... un mensaje de su venganza” escribía Daniel Defoe en 1665.

La muerte negra (peste bubónica), que en 1348 acabó con casi un tercio de la humanidad, partió probablemente en 1347 de Asia para propagarse por Europa. Huyendo de los tártaros, sitiadores de Caffa, a su vez exterminados por la peste, los genoveses se hicieron a la mar llevando consigo la más temible compañía, la peste negra. Los pocos que llegaron a la patria, uno de cada mil de los que partieron, tras la alegría inicial de su regreso fueron rechazados, y de puerto en puerto, sin poder desembarcar, fueron dejando tras de sí, por toda Europa, el horror de la peste negra. Doce de cada trece enfermos se dice que morían.

Almas caritativas hubo sin embargo dispuestas al sacrificio, que cuidaron a los apestados, pero las más de las veces la epidemia "había provocado tal horror en el corazón de los hombres y mujeres, que el hermano abandonaba al hermano, la mujer al marido y hasta los padres temían mirar y cuidar a sus hijos..." escribió Bocaccio.

Contra el macabro espectáculo de la muerte, el mundo no tuvo otra alternativa que acogerse a Dios. Clemente VI adelantó el año santo para la Pascua de 1348. Un millón doscientos mil fieles en piadosa peregrinación llegaron a Roma, más de un millón, víctimas mortales de la peste, jamás regresarían.

Los médicos no podían aconsejar más que huir de los sitios apestados. Previniendo el contagio, los médicos del siglo XVII vestían trajes de cuero o túnicas que los cubrían de la cabeza a los pies, protegían con vidrios sus ojos y utilizaban curiosas máscaras con llamativo pico, que contenía las esencias aromáticas con que pretendían neutralizar los miasmas. Desconocedores de su origen, evitaban todo contacto con el paciente, se protegían de su mirada, de su aliento y del pestilente olor de los bubones, los que drenaban y cauterizaban con un hierro al rojo vivo. Esencias de canela, nuez, alcanfor, azafrán y ámbar (de exclusivo uso real), se usaban en las vestimentas para prevenir la peste. Nada más que colonias y perfumes heredaría al porvenir tal terapéutica.

Los enfermos eran obligados a permanecer en su casa, so pena de muerte, y tras su fallecimiento se prendía fuego a su vivienda. Los cadáveres eran dejados en las noches a la puerta de las casas, para ser recogidos y cargados en carretas. Las fosas comunes abundaban, y grandes fogatas con sahumerios se hacían para purificar el aire. La creencia en la bondad de las hogueras persistió hasta final del siglo XIX. En Marsella y en Tolón se emplearon contra el cólera en 1884 por orden de las autoridades.

Para evitar la introducción de la peste los inmigrantes eran aislados, "quaranta giorno", que fueron el origen de la cuarentena. Detectada la peste la gente huía de las ciudades. Finalmente en el siglo XVIII se optó por la cuarentena de las poblaciones evitando la diseminación y se cerraron las fronteras. Menos frecuente fue la peste, pero no desapareció.

En más de tres siglos de buscar Europa remedio a tantas epidemias, pocos fueron los progresos. La ciencia sobre su origen no aportaba luces. Sólo con los grandes descubrimientos del siglo XIX el hombre pudo hacerles frente. Las disparatadas terapéuticas dieron paso entonces al análisis de secreciones y tejidos en pos del agente causal, a la desinfección con fenol, al tratamiento cuidadoso de los excrementos, al aseo de los tendidos, de las vestimentas del enfermo y de las paredes de los hospitales que se procuraron mantener inmaculados. Aunque la peste era la misma de hacía siglos, las sencillas medidas de higiene finalmente permitieron controlarlas.

Un inesperado accidente fue, como en tantos otros descubrimientos, el punto de partida que permitió conocer el origen de la peste. En 1897 Georg Sticker, miembro de la Comisión Investigadora de la Peste en la India, adquirió la enfermedad al ser picado por las pulgas de las ratas. En la pústula de la inoculación, se descubrió el bacilo de la peste. Simmond se ingenió entonces un sencillo experimento. Colgó a diversas alturas jaulas con conejos y confirmó que los animales colgados a mayor altura que la del salto de las pulgas no enfermaron, los demás por el contrario adquirieron la peste y fallecieron. Eran en conclusión las pulgas las que transmitían la enfermedad tras tomar de las ratas enfermas los bacilos. Por eso la cuarentena y los cierres de fronteras no eran medidas eficaces. Impedían el desplazamiento del enfermo pero no el de las ratas ni las pulgas. Con el aseo en los hospitales y el control de las pulgas desapareció la peste. Se podía finalmente explicar cinco siglos después la bondad de la incineración de las basuras que el médico judío Balavignus propuso a su ghetto durante la peste europea del siglo XIV. Los judíos sufrieron solamente 5% de las muertes que afligieron a las demás comunidades europeas. La quema ahuyentó del barrio judío a las ratas con todo y las pulgas que portaban el germen de la peste.

Pensar que de muy antiguo viendo morir por millones a las ratas durante la epidemia, se llegó a imaginarlas culpables de su propagación, o cuanto menos presagio de la enfermedad, pero tan interesante observación jamás fue sometida a un análisis profundo.


BIBLIOGRAFÍA
1. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
2. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 9 (ilustración), 11-29, 13 (ilustración),
3. Metchnikoff Elias. Estudios sobre la naturaleza humana. Buenos Aires: Orientación Integral Humana. 1946: 224-225
4. Nuevo Espasa ilustrado 2000, España: Espasa - Calpe S.A. 1999: 1832p
5. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
6. Pfeiffer John. La célula. En Colección Científica de Life. México: Ed. Offset Multicolor SA. 1965: 171, 171 (ilustración), 178, 178(ilustración),
7. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 3
8. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 17, 18, 20, 25 (ilustración), 26, 27 (ilustración), 32, 33, 114, 279-284


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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¿SOBRAN LAS NORMAS DE TRÁNSITO?*

Las normas de tránsito a fuerza de permanentes violaciones, infringidas ya ante la mirada indiferente de la autoridad, y aun por ella misma, han perdido su razón de ser en un estado tan pragmático como cohibido en el ejercicio pleno del poder.

Tan indignante como ver a los transgresores cometer airosos tantas infracciones, es sentirse ridículamente apegado a unas normas cuya violación no ofende ni a quienes las han establecido.

¿Porqué no retirar de la capital tantas señales restrictivas en beneficio de los pocos que con obsesividad las seguimos respetando?, O ¿está en capacidad el gobierno distrital de sancionar con valor y rigor ejemplar a quienes quieren convertir la ley en letra muerta?


* Epístola al Secretario de Tránsito y Transportes de Bogotá, en enero 20 de 1991, en vista de la transgresión campante y reiterada de las normas.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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HE VISTO EL DESDÉN EN TU MIRADA

Cuatro meses
fueron de ilusión.
Cuatro
de acariciar
un tierno sentimiento,
de soñar con placeres
de pródigos amantes,
de colmarte de detalles,
de temblar al roce
de tu mano tibia,
de mudo balbucir mi amor
ante tus ojos,
de ahondar en tu mirada,
buscando en tu alma
el mismo sentimiento,
de gozar con tus risas,
de sufrir tu ausencia,
de conocer tus gustos
queriendo complacerte,
de cantar al amor...
a tu belleza.

Cuatro meses
de absurda fantasía:
jamás fue mío,
de tu pecho,
ni un suspiro.

Hoy he visto el desdén
en tu mirada.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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viernes 21 de marzo de 2008

ENTRE LA SALVACIÓN Y EL SUFRIMIENTO

José pensaba en Dios sin oponerse a su destino. Decía con cierta presunción que otros moribundos, en cambio, se acercaban a Él en busca de un milagro, implorando consuelo ante lo inevitable o suplicando piedad ante un porvenir inescrutable. Él en términos generales se sentía tranquilo. Hablaba con Dios como consigo mismo, reacio a repetir oraciones de memoria «que inconscientemente pronunciadas se recitan sin saber lo qué se está diciendo». Lo hacía mediante reflexiones en las que le justificaba –o se justificaba– todos sus motivos. Tenía a la fe por sentimiento: «Razones del corazón que la razón no siempre entiende, convicciones que desafían, a veces, lo evidente». Luego la fe era más para sentirla que para razonarla. Vivía lo básico y desechaba lo superfluo. Sabía que todas las religiones tenían contradicciones, pero también un fundamento valedero. ¿Qué podía importarle que Jesús hubiese amado a Magdalena, o que la Virgen realmente lo fuera? «Esos son asuntos apenas relevantes para los dogmáticos que ven tambalear su fe con controversias tan triviales. Yo apegado a lo esencial, lo que descubro es bondad en esos personajes. [...] El misterio de la Trinidad no me trasnocha: no cabe ni en la cabeza de los doctos que pretenden explicarla. [...] Me sobra y me basta saber que Dios existe, y aceptar a Jesús como modelo. [...] No tengo más fe en lo que como sagrado me presentan, porque siento desconfianza de los hombres. Lo que me revelan en nombre del Altísimo, Corán, Biblia o Talmud, lo siento contaminado con la huella humana, es decir con el sesgo de sus intenciones».

Como no era hombre de preceptos religiosos, cumplía tan solo con lo que su razón le permitía. «Las cohibiciones son imposibles de cumplir. Acaso existan por aquello de que entre más prohibiciones menos se desbordan la libertad y los instintos».

De la mano de sus padres José creció a la sombra de la fe católica. De niño contuvo los impulsos «mefistofélicos» de su naturaleza; adolescente, comenzó a dudar de lo tenido por perverso. Luego dejó a un lado el bien y el mal y se conmovió con el dolor humano. «¿Cómo consiente el sufrimiento un dios tan bondadoso? ¿Cómo permite que la gente muera? ¿Por qué tiene que ser la muerte tan amarga? Si al menos se invirtiera la secuencia de la vida... La desaparición de un gameto no sería tan dolorosa».

Las catástrofes y las enfermedades de pronto adquirieron otra dimensión en su conciencia. Dejaron de ser reseñas frívolas y se convirtieron en una desazón desesperante. En un comienzo experimentó la misma inclinación del hombre primitivo: atribuírselas a la disipación humana. Pero hipótesis tan débil no resistió el naciente raciocinio. «