sábado, 30 de agosto de 2008

LAS VACUNAS: LA RABIA Y EL CARBUNCO

La historia de la inmunización también toca a Pasteur. Se encontró accidentalmente con ella al inyectar cultivos viejos de Pasteurella pestis, bacilos del cólera de las gallinas. Esta inoculación no ocasionó la muerte de las gallinas y en cambio previno su aparición ante una nueva inyección de cultivos frescos.

Demostrada la atenuación del bacilo colérico de las gallinas en cultivos adecuados, Pasteur se introdujo en las técnicas de atenuación viral. Ignorando aún el agente causal, Pasteur sospechó que debía encontrarlo en el sistema nervioso central, y tuvo la fortuna de aislar en él, el "tóxico" de la rabia. Tras exitosas experiencias con perros sanos y rabiosos, las mordeduras recibidas de un perro con rabia por el joven Joseph Meister le brindaron la posibilidad de utilizar por primera vez en el ser humano, el 6 de julio de 1885, la vacuna contra la rabia.

El paso del virus de la saliva del perro enfermo por el cerebro del conejo terminaba en la obtención de un "virus fixe" con toda la virulencia. Pero el virus recuperado de la médula espinal del animal muerto, luego de haber sido secada al aire estéril durante dos semanas, perdía la virulencia, y protegía de la enfermedad a los perros expuestos a la forma virulenta. Había obtenido un virus atenuado.

Escribió Pasteur: “Tome dos perros, los hice morder por un perro rabioso. Vacuné a uno, dejando al otro sin tratamiento. El último pereció de hidrofobia; el primero la resistió. Sin embargo yo debería multiplicar los casos de protección de perros, y pienso que mis manos temblarán cuando tengan que llegar al hombre”. Más de un año transcurrió para que se diera ese momento decisivo.

Un joven alsaciano con 14 heridas en su cuerpo causadas por un perro rabioso, y quien además no había recibido el tratamiento con ácido carbólico -que se recomendaba entonces-, dio por fin la oportunidad de probar la vacuna de Pasteur. ¿Qué más podía ofrecerse a quien inevitablemente se asomaba a la muerte?

Durante diez días, trece veces inoculó Pasteur a Joseph Meister con médula espinal de un conejo muerto de rabia dos semanas atrás. La inmunidad inducida impidió la enfermedad y lo protegió además del virus fijo utilizado por Pasteur para confirmar la bondad del tratamiento. Un segundo caso se dio cuando un pastor mordido seis días atrás, fue inoculado por Pasteur, salvándole la vida. En seis meses, de 350 casos, sólo una niña mordida 37 días antes de vacunarse, perdió la vida. Un año después de la inoculación de Meister unas 2500 personas habían sido vacunadas contra la rabia.

Cuatro años antes de la histórica experiencia, el 31 de mayo de 1881, Pasteur había realizado otro gran experimento, la famosa vacunación de ovejas con bacilos del carbunco. Las 24 vacunadas sobrevivieron, de las no vacunadas todas enfermaron y murieron. Esta vez había sido el calor el responsable de la atenuación accidental de la bacteria.

El resultado del experimento había sido anticipado por Pasteur: “Tómense cincuenta corderos, inocúlense a 25 con cultivos de virus de antrax y algunos días después inocúlense a todos los cincuenta con un cultivo muy virulento. Los veinticinco no previamente inoculados perecerán todos, mientras los ya inoculados sobrevivirán”. Médicos, veterinarios y agricultores acudieron entre escépticos y burlones a observar el ensayo. Pidieron, para evitar trampas, que se aplicaran dosis mayores de los cultivos virulentos. Pasteur con seguridad en sus afirmaciones aceptó todos los condicionamientos. Transcurridos los angustiosos días, los testigos descubrieron veintidós corderos muertos, dos agonizantes y uno enfermo, los veinticinco vacunados estaban por el contrario saludables.

El científico se convirtió en el "hijo más ilustre de Francia" y se le honró con la Gran Cruz de la Legión de Honor. Los triunfos de su genialidad fueron el germen del hoy célebre Instituto Pasteur, inaugurado el 14 de noviembre de 1888, obra de una suscripción popular organizada por sus entusiastas sus admiradores.


BIBLIOGRAFÍA
1. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966: 122-124, 127-130
2. Ballester Escalas Rafael. Los forjadores del siglo XX. Barcelona: Gassó Hermanos Editores. 1964: 234
3. Bolton Sarah K. Héroes de la ciencia. Buenos Aires: Editorial Futuro. 1944: 210-211
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5. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
6. Enciclopedia Barsa. Editores Encyclopaedia Britannica, INC. 1960: Tomo 1, 462p
7. Enciclopedia Barsa. Editores Encyclopaedia Britannica, INC. 1960: Tomo 7, 411p
8. Enciclopedia Barsa. Editores Encyclopaedia Britannica, INC. 1960: Tomo 11: 363
9. Encyclopédie pur l’image, Pasteur. París: Librairie Hachette. 1950: 17
10. García Font Juan. Historia de la ciencia. Barcelona: Ediciones Danae. 1964: 468
11. Farreras Valenti Medicina Interna. Barcelona: Editorial Marín S.A. 1967: Tomo II, 921
12. Grant Madeleine. El mundo maravilloso de los microbios. Barcelona: Editorial Ramón Sopena S.A. 1960: 135-143
13. Murillo L. M. La medicina del Viejo y Nuevo Mundo del Descubrimiento a la Colonia. Conferencia en Simposio de Medicina Precolombina y Colonial, julio 1992, 5, 6
14. Nisenson Samuel, Cane Philip. Gigantes de la ciencia. Buenos Aires: Plaza & Janés S.A. 1964: 121-124, 177-183, 270
15. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6
16. Pfeiffer John. La célula. En Colección Científica de Life. México: Ed. Offset Multicolor SA. 1965: 172, 180 (ilustración), 181
17. Phair S, Warren P. Enfermedades infecciosas. 5ª. Ed. México: Ed. McGraw Hill Interamericana. 1998: 3, 669
18. Pujol Carlos. Forjadores del mundo contemporáneo. Barcelona: Editorial Planeta. 1979: Tomo 3: 406, 409, 410
19. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 175-178, 184 (ilustración)
20. Soriano Lleras Andrés, La medicina en el Nuevo Reino de Granada, durante la Conquista y la Colonia. 2a. Ed. Bogotá: Editorial Kelly. 1972: 192
21. Thwaites J. C. Modernos descubrimientos en medicina. Madrid: Ediciones Aguilar. 1962: 54
22. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 28, 123-132, 157, 159, 161, 165

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes, 22 de agosto de 2008

CARTA XXXII: TU SENTIDO DE JUSTICIA

Agosto 12

Copito encantador:

Debo confesar que aún me sorprende tu defensa del co-merciante de la calle. Y no por el convencimiento con que actuaste, sino por esa actitud valerosa y enérgica que no te conocía. Apenas alcanzaba a imaginar tu cuerpo frágil, dueño de tanta fortaleza. Tu humanidad menuda, propicia a los cuidados, actuando como escudo.

Ya ves como opera la fortaleza del Estado. Débil con los fuertes y fuerte con los desvalidos. Al pobre diablo le decomisaron toda su mercancía. De nada valieron tus argumentos ni tu enojo. Sencillamente no tenía aquél derecho al uso del espacio público. Queda sólo el pesar por el hambre y las necesidades que ya estará pasando con toda su familia. No me atrevo sin embargo, a culpar como tú, a los pobres policías. ¿Obligados al cumplimiento estricto y ciego de las órdenes, que más opción tenían? Antes toleraron con estoicismo tus reclamos.

Ahí tienes la cotidiana ruptura entre la ley y el deber ser, entre lo moral y lo jurídico. ¿Qué vale más, un espacio despejado o el derecho de un hombre a alimentarse? Acaso hubo con su vecino mejor motivo para el decomiso. Sorprendido con copias de discos ilegales, a él también se lo llevaron. ¿Pero habrá justicia en ese proceder? Porque en ese delito hay más culpables: el que abusivamente copia, el que indebidamente compra y sobre todo los que codiciosamente fijan el precio del producto auténtico. Éstos, en procura de ambiciosos rendimientos marginan de su mercado al pobre, olvidan la función social del arte y favorecen las copias ilegales.

Pienso que el Estado habitualmente confabulado con quien tiene el poder y la riqueza no tiene interés en poner límites a la ganancia codiciosa. Y pensar que a un precio justo los discos originales estarían al alcance de todos los bolsillos y la rebaja se vería seguramente compensada con la mayor demanda.

En fin, no da para más el incidente. En conclusión eres una mujer justa y sensible. Y a nuestros ojos, que son más objetivos, pesa más la humanidad y el poder de la razón que cualquier medida intransigente.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXXI: LO QUE OTROS DESEAN, YO A MIS ANCHAS LO DISFRUTO

Agosto 10

Dulce copito:

Qué hermosamente ciñen tu cuerpo los encajes, cuánto esa ropa íntima resalta con tus formas. Esas diminutas prendas que guardan tus secretos, que no cubren nada, pero lo ocultan todo, son el objeto del más apasionante juego. Blancas, negras o amarillas, igual destacan las líneas jugosas de tu cuerpo, igual desencadenan la cascada de un gozo inevitable. Desde que mis ojos se apropiaron de tus íntimos espacios, no dejo de evocar los momentos en que fuiste mía.

Y cuando veo las miradas inquietas con que los hombres te devoran, lejos de disgustarme, inflo mi ego. Cuanto ellos desean, yo en abundancia lo poseo.

Abrevo en tu cuerpo y no me sacio nunca. Le conozco su fragancia y todos sus humores, lo exploro con frecuencia por todos sus resquicios. Nunca termino. Tu piel es infinita. Siempre comienzo cuando el recorrido acaba. Soy catador empedernido de tu cuerpo, en él libo y me deleito hasta el cansancio. Cansancio del que no advertiré nunca su llegada. Contigo cada nueva ocasión es la primera.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes, 15 de agosto de 2008

LAS NAVIDADES Y LA REMINISCENCIA DEL DICTAMEN

La Navidad siempre fue feliz para José porque nunca le permitió la entrada a la nostalgia. Era para él un tiempo para disfrutar y descansar, para mostrar una sonrisa, para olvidar las penas, para ser indulgente y complaciente. Gozaba con las luces y el retumbar de la pólvora, con el árbol, con el pesebre, con la música y los arreglos navideños.
Recién había el año comenzado, cuando él se convenció de que la próxima Navidad no lo encontraría presente. La entrevista con el médico había sido terminante. Prefirió olvidarse del porvenir y sumirse en el pasado, dejando desfilar una a una las navidades por su mente.
Primero vio entre brumas un tumulto de chiquillos en plena algarabía, entre ellos él, de tres o cuatro años, insistiendo en tocar su pandereta, mientras los adultos intentaban sin éxito imponer la disciplina para cantar los villancicos. Llegaron luego recuerdos más nítidos, como el primer regalo de Navidad del que tenía conciencia. Lo había dejado –le habían dicho– el Niño Dios sobre su cama. Era un triciclo de colores vivos. También llegó la memoria de la Nochebuena en que confirmó que los regalos los traían los padres, y la primera Navidad en compañía de su primer amor. Hasta las navidades en casa de Elisa asaltaron su memoria: era una reminiscencia digna, nada premonitoria de los malos ratos que vendrían. Evocó la primera Navidad con Eleonora, colmada de amor y de regalos. Años maravillosos en que retribuyó como padre todo el afecto que recibió de niño. Pero Eleonora creció, y en ausencia del alborozo infantil, la Navidad se volvió más sobria y solitaria. Vino a su mente Scrooge como encarnación de quienes la detestan, y pensó en los que con la Navidad arropan su tristeza. Él no era ni lo uno ni lo uno. De pronto en ausencia de alguna compañía la Nochebuena lo había cogido en la intimidad de su estudio, solo sí, mas no afligido, pues tal era su alborozo que preparaba el apartamento como para una fiesta, una fiesta con sólo un convidado. Encendía todos los focos, inundando de luz hasta el más pequeño de los rincones del apartamento, prendía el equipo de sonido, lo cargaba con discos compactos de melodías tradicionales, y se sentaba a degustar un buen licor en su silla favorita. Poco antes de la media noche se servía un exquisito lomo de cerdo en salsa de ciruelas, el que siempre prefería al pavo acostumbrado, y a eso de las doce de la noche se asomaba al balcón a ver el espectáculo multicolor de los juegos pirotécnicos. Esa soledad plácida se interrumpía con las llamadas de costumbre: de Piedad, de Alicia, de Claudia –la ex amante que nunca lo olvidaba– y de Eleonora. Aunque lo más frecuente era que su hija lo acompañara desde la media noche, después de cumplir las mismas obligaciones con su madre.
No habría más navidades, se dijo con nostalgia. El médico había sido demasiado franco al explicarle que había entrado en un deterioro acelerado que conduciría a la muerte.
–Señor Robayo, no soy amigo de ponerle plazo a mis enfermos, pero es un hecho que el tiempo se nos está agotando.
Le recalcó que el final de la vida era tan natural como llegar al mundo, y le habló del cuidado paliativo.
–Ese cuidado significa que se controlará el dolor, que tendrá descanso reparador, que lo mantendremos hidratado, y que buscaremos la forma de alimentarlo de la mejor manera. Tendrá compañía en todo momento, así como la atención profesional que necesite. Podemos entrenar familiares en los aspectos técnicos de la asistencia. Morir en su casa, tranquilamente, disfrutando del afecto de los seres queridos es el ideal de la mayoría de los enfermos.
José pensó que era mejor alejar la sombra del hospital en su agonía, pero cierto presentimiento le indicaba que no sería posible. Cuando llegaron las complicaciones el hospital se convirtió en su casa.
Recordar aquel episodio lo hizo revivir el día en que le dieron el dictamen. La muerte había sido por años, y sin necesidad, el eje de sus pensamientos, y aseguraba que celebraría con un abrazo su llegada. Pero cuando el doctor Mendoza le confirmó el diagnóstico, ni remotamente esperó estrechar a la parca entre sus brazos. Tampoco perdió la compostura. Con desazón escucho las explicaciones pertinentes. Desde que el cáncer inicial se llama in situ y es curable, hasta que el suyo era un infiltrante que le quitaría la vida. Él lo entendió así, aunque el médico en ningún momento abatió sus esperanzas. Del consultorio salió sereno, al encuentro de su hija que lo esperaba en la sala de recibo. «Malas noticias, ha comenzado la cuenta regresiva». Se trenzaron en un estrecho abrazo. Fue parco, le dio pocos detalles. Le pidió que lo dejara sólo, para poder ordenar sus pensamientos. Ella se marchó en el auto y José se fue perdiendo entre los transeúntes. Pensó que todo moribundo debía hacer un balance, como quien deja un cargo, y vertiginosamente fue pasando su vida por su mente. Se sintió satisfecho. Pero al volver al presente lo sobresaltó la certeza de su deterioro lento y progresivo, doloroso sin lugar a dudas. De todas maneras nada que miles de millones de humanos no hubieran padecido.
Angustia por el momento de la muerte no sentía. El recuerdo de los amigos idos le hacía ver con naturalidad el trance. Aunque el recuerdo de cada desenlace parecía más motivo de intranquilidad que de sosiego. Cada fin era particular e inolvidable. ¿Sería el suyo como lo había planeado?
En los días siguientes la muerte lo puso a pensar en demasiadas cosas. Los asuntos de sus bienes y su sucesión hacía tiempo los tenía resueltos. Pensaba en los proyectos postergados que se quedarían aplazados definitivamente; pensaba en su obra, que sería uno de los medios para recordarlo; pensaba en sus seres queridos y en el trance de la separación; y pensaba, ¿por qué no?, en un reencuentro, pues no tenía indicio que le impidiera suponer que se reuniría con quienes lo habían antecedido.
Comenzó a enfrascarse en cuestiones religiosas y morales. Quisiéralo o no, la muerte tenía que ver con ellas. La posibilidad de un más allá, de un encuentro con Dios, de un premio o de un castigo, eran asuntos de los que no podían dar testimonio ni el más creyente, ni el más reacio de todos los agnósticos. El bien, el mal, lo mundano, la virtud, los instintos, el pecado, la infidelidad, el placer, la libertad, la ira, la venganza, la santidad, los sentidos, la eutanasia, eran ideas perseverantes en su mente. Todas tenían que ver con la suerte de quien traspasa las fronteras de lo conocido. Las hizo objeto de sus reflexiones, y como buen escritor, las fue consignando en una agenda, y en últimas en lo que tuviera a mano. A veces las mezclaba con los sucesos diarios y les ponía un título que le permitiera identificar el contenido, como «El último prólogo», «Muerte y bondad: objeto de mis sueños», «Eutanasia», «Mariana», «Un juicio en mi inconsciente», «El estoicismo», «Javier», «Alicia», «Mujer, sexo y ternura», «La santidad», «Irma y el conocimiento del amor», «Juicio de Dios y de los hombres», «En lo íntimo, ni la religión ni la moral», «Al fin frente a la muerte» o «Lo mejor, la infancia».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")


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EL MINISTERIO DE SALUD EN MANOS AJENAS*

Contaminada por los desprestigiados vicios de la política, la función directiva en la administración pública poco puede interesar a quienes guiados por un apostolado, nos inclinamos por destinos con más nobles y halagadores ideales.

Así, en forma imperceptible, los médicos nos fuimos alejando de la dirección de la salud hasta aceptar en forma resignada la afrentosa imposición de un ministro guerrillero. Pero más que por una sensibilidad herida por la usurpación en el gobierno de una posición que debía correspondernos, debemos sentir pena por habernos dejado marginar de una responsabilidad social que deberíamos juzgar ineludible.

Tal vez ahora cuando se da la circunstancia feliz de un relevo en el ministerio de salud, y cuando el presidente comienza a enderezar sus vacilantes pasos, pueda por fin el gobierno devolver el manejo de la salud a quienes ciencia, razón y moral asiste para dirigirla.


* Esta epístola fue publicada en el diario El Espectador el 5 de enero de 1993 (pág. 4A). Sigue siendo válida en la medida de que los médicos en Colombia preferimos ser más espectadores o víctimas de las políticas de salud que rectores de su destino. Por el contrario, la que consideré en su momento afrentosa imposición de un ministro guerrillero (Antonio Navarro Wolf) merece hoy una rectificación. Desmovilizado del M-19, Navarro ha sido como ministro, congresista, constituyente, alcalde y gobernador el mejor ejemplo de la reincorporación de un guerrillero a la sociedad.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")


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viernes, 8 de agosto de 2008

FATALIDAD

Frágil esencia
del barro modelada
que vuelve a ser tierra
en el ocaso.

!Vida efímera¡
!Destino irremediable¡

Al ser, son los anhelos,
pasiones y dolores...
infinitos;
raudos en cambio
los abrasa el tiempo.

Es la existencia exhalación de gozos,
sucesión de interminables sacrificios,
inútil carrera
tras la plenitud inalcanzable,
esclavitud al mundo
arbitrario de los hombres,
que sin razón postergan
el goce de la vida.

Efímeras dichas,
constante incertidumbre,
¡Angustia de vivir!
¡Angustia por vivir!
¡Angustia por la muerte!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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LAS VACUNAS: LA VIRUELA

La viruela, al igual que la peste y muchas otras epidemias, se propagó siguiendo las rutas comerciales. Su rastro en la antigüedad es difícil de seguir, pero se sabe que China y la India la padecieron con todos sus rigores, que África la sufrió en el siglo VI y Francia fue devastada por ella en el año 570. A partir de este momento la documentación es más florida y da testimonio de sus innumerables brotes en el mundo; cada uno con una estela de miles de cadáveres.

En 1766 dos millones de rusos muertos dejó la epidemia. Al continente americano llegó con la conquista y con el comercio de esclavos procedentes de África. Su virulencia pareció mayor que en los brotes europeos. La mitad de la población de México (tres millones y medio) fallecieron en la epidemia de 1520. Doscientas mil personas murieron en la primera epidemia de la letal enfermedad en la Española en 1515. En el Nuevo Reino de Granada desaparecieron en los brotes de 1558, 1566 y 1587 poblaciones enteras. Por igual tocaron a indios y a españoles, a nobles y a plebeyos. Treinta años duró la última de ellas en la que sólo sobrevivió 10% de la población indígena de Tunja.

La viruela acabó con el ejército del emperador germánico Federico Barbarroja en el siglo XII, se llevó entre sus víctimas a Fernando VI de España y a su esposa, y al rey Luis XV de Francia, contagiado por una de sus jóvenes amantes. Embarazoso fue su funeral cuando en su corte todos sintieron temor de manipular su cuerpo.

El horror a la muerte y a la desfiguración fue el único sentimiento que la viruela inspiró a la humanidad que conoció de sus peligros. Por siglos, el hombre convivió con dos formas del padecimiento, presentaciones que guardaban el secreto de la inmunidad: una epidemia grave con muchas víctimas y otra benigna con baja mortalidad que confería inmunidad a ambas.

En Asia Central, China, India, Turquía y África, el conocimiento empírico del fenómeno originó medidas de protección contra el padecimiento. En la India, en las epidemias ligeras, se vestía a los niños con la ropa de los enfermos, y en Asia Central se inoculaba con agujas el pus de la viruela. Otra forma de variolación, como se conoció el procedimiento, consistió en colocar hilos impregnados con pus seco sobre rasguños frescos practicados a los así vacunados. En África la utilizaron los amos con sus esclavos y en Turquía con las bellas esclavas caucásicas, en quienes más la desfiguración que la muerte, era temida. Y hasta en el Nuevo Reino de Granada fue practicada por el sabio Mutis.

Conocida la variolación por lady Mary Wortley Montagu, esposa del embajador inglés en Constantinopla, en forma arriesgada la experimentó en sus hijos, y con arrojo la propuso a la princesa de Gales para los suyos. Corría el año de 1722. El consejo fue aceptado, no sin antes confirmar su eficacia en seis huérfanos y siete criminales. Con el ejemplo real el procedimiento se difundió rápidamente en Inglaterra, al punto que se establecieron casas especiales para realizarlo. Tronchin lo llevó a Ginebra y Voltaire lo difundió en Francia. Aún así sus riesgos generaron desconfianza. Aunque la viruela presentó nuevos brotes la vacunación no se generalizó. Se temía la transmisión de otras enfermedades como la sífilis o la adquisición de una viruela grave. De hecho muchos la padecieron y murieron. Sería el inglés Edward Jenner, médico rural de Gloucestershine, quien proveería a la humanidad de una vacuna segura.

La viruela de las vacas "varidae vaccinae", como la llamó Jenner, era una enfermedad con aparición de costras semejantes a las de la viruela. Era transmisible al hombre, que infectado de los bovinos padecía una enfermedad totalmente inofensiva con aparición de costras que hasta el pueblo relacionaba con la resistencia a la viruela; tanto que el colono Benjamín Jetsy, como tantos otros, en 1774 inoculó a su mujer pústulas de vaca, con la intención de protegerla. Pero nunca con rigor científico se analizó el fenómeno. Los médicos menospreciaban la creencia popular. Jenner no lo haría.

La ausencia de efectos a la variolación entre la servidumbre de los terratenientes llamó la atención a Jenner, quien centró sus estudios en esa manifestación. Comenzó por convencer a quienes habían padecido la viruela vacuna de dejarse inocular con la viruela auténtica. Así confirmó sin lugar a dudas el efecto protector. El 14 de mayo de 1796 vacunó al joven James Phipps, con material proveniente de costras de una muchacha infectada con la viruela de las vacas. Inoculado James 16 días después con la viruela verdadera, no tuvo reacción alguna.

El descubrimiento de la vacuna ideal, no convenció sin embargo a los miembros de la “Royal Society”. Les parecía absurdo que una enfermedad animal protegiera contra una propia de los hombres.

De las repetidas experiencias de Jenner nacieron entre 1798 y 1800 tres publicaciones que buscaron convencer al mundo escéptico, de la bondad de sus hallazgos. En 1799 Viena conoció el descubrimiento, que fue difundido por Jean de Carro. No obstante el gobierno prohibió la aplicación de la vacuna. Sin embargo la epidemia de 1800 hizo fijar de nuevo los ojos en el esperanzador descubrimiento. Los experimentos comprobaron su validez y el gobierno terminó recomendándola.

En 1802 el parlamento inglés con una donación de 10 mil libras expresó a Jenner su gratitud en nombre de toda la nación. Un desencanto transitorio llegó al confirmar que el efecto de la vacuna era temporal. Sin embargo repitiendo su aplicación el problema era solucionable.


BIBLIOGRAFÍA
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22. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 28, 123-132, 157, 159, 161, 165


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes, 1 de agosto de 2008

CARTA XXX: ESTOY ENAMORADO

Agosto 6

Copito mío:

La atracción entre los sexos, el enamoramiento y el amor no pueden evitarse, la naturaleza los decreta. El instinto, más que las inhibiciones, la cultura, la familia y la sociedad deja su huella.

El enamoramiento es una expresión suprema del afecto. Desequilibrado, extremo, el enamoramiento no conoce racionalidad ni límite, y tiene tanto de fugaz como profundo. Bajo su influjo yerra la razón y los sentidos alucinan. La realidad se distorsiona y las sensaciones placenteras no saben de fronteras. Es el imperio de la dicha inagotable, pero igual que el fuego, abrasa y se consume, y se extingue inexplicablemente, sembrando en su agonía el peor de todos los tormentos.

Me has llevado al clímax del amor, y quiero volver este momento eterno, pero conozco el abismo que ronda sus costados. ¿Cómo podría conseguir la seguridad de que este placer es para siempre? Copito, la estabilidad de mi vida está en tus manos.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXIX: DESPUÉS DE NUESTRO ENCUENTRO

Agosto 4

Enternecedor copito:

Arde aún en mi piel el fuego de nuestro primer encuentro, y palpita mi corazón con la misma intensidad de cuando fuiste mía. Mi tacto trémulo guarda todavía el maravilloso recuerdo de tus íntimos secretos. Que hermosa comunión de dos seres que se aman, arrebato sublime en que se funden los cuerpos y las almas.

La maternidad que tan duras cuentas de cobro pasa a la belleza, fue indulgente con tu cuerpo y por ti pasó sin alterarte. No hay estría que delate la existencia de tus hijos, suave es tu piel, firmes tus senos, duros tus muslos, exquisito tu sexo como la fruta fresca.

Guardo el recuerdo de tus manos y tus labios aventurándose en mi cuerpo con temor, contenidos por un pudor no deseado. Guiados por el instinto y la pasión. Ansían mas no se atreven, esperan un guiño de mi parte. Pausadamente entro en tu piel, avanzo firme, exploro con ternura y con deseo. Voy en pos de tus zonas más ardientes, dejando en ellas el sello de mis labios. Tembloroso, siento tu ser bullir. El fuego abrasa, siento que gimes en éxtasis supremo.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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sábado, 26 de julio de 2008

EQUIVOCACIÓN*

Nos equivocamos quienes creímos perpetuar con nuestro voto el pensamiento digno del caudillo asesinado**.

Esperábamos alcanzar la paz como expresión de autoridad y de justicia, nunca mediante condescendientes tratos que socavan los principios; infamante transacción con criminales, de la que la fuga del peligroso delincuente de Envigado*** es apenas esperada consecuencia.

Con el dolor que causa sentir a la patria arrodillada, alzo mi voz, como deben hacerlo muchos colombianos, para afirmar que el gobierno que elegí ya no me representa, porque sus caminos en moral y autoridad se alejan de los míos, porque sencillamente sigo fiel a los principios. ¡Jamás he claudicado!



* Esta nota publicada en el diario colombiano El Espectador, el agosto 23 de 1992 (pág. 4A) aludía a la política de sometimiento a la justicia del presidente Gaviria (quien recogió las banderas de Galán), que dando algunos privilegios a los criminales conseguía que se entregaran. Fue para muchos una negociación de los principios, Hoy, dieciséis años después, a nadie aterra, porque se volvió rutina en la lucha del Estado contra la delincuencia. Pero ha quedado la enseñanza: al criminal se le debe combatir desde sus primeras y más pequeñas fechorías. Si se le deja crecer después toca negociar con él lo innegociable.
** Luis Carlos Galán Sarmiento”
*** Pablo Escobar


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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EL CONCEPTO DE PLACER

José siempre soñó con llevar una vida sibarita. Sentía una propensión instintiva e intelectual al placer; pero los placeres los gozaba de forma contenida, y no era extraño que los aplazara por otra prioridad o por pereza. Explicaba que era cuestión de oportunidad, no de templanza. Intelectualmente hacía soberbias disertaciones defendiendo la satisfacción de los sentidos y encumbraba el goce erótico desafiando los cánones establecidos. Infidelidad y amantes gozaban del amparo de su pluma. Sin embargo el comportamiento de José no le seguía el paso a sus razonamientos. Su epicureismo era un modesto fulgor del hedonismo que destilaban sus escritos. Divorciado, con una actividad rentable y con una hija emancipada que ya no le demandaba ni tiempo ni dinero, José contaba con las condiciones ideales para la consumación de sus pasiones. Pero entre el epicúreo que predicaba y el que era, había una significativa diferencia.
Reconociendo la licitud de todo tipo de placeres, los suyos eran las artes, la literatura, la música, la buena comida, las mujeres y los viajes. Para otros era vivir consumidos en excesos. Por eso Joaquín le demandaba más desinhibición y más atrevimiento. José le respondía: «Gozar de libertad no implica hacer todo lo permitido, sino aquéllo que la voluntad desea; con el placer pasa algo semejante. Mi satisfacción reside en contar con el derecho, así nunca lo ejerza». Y añadía que el concepto de placer debía ser suficientemente amplio para que abarcara las necesidades de todas las personas: «Sólo admito por límite el daño ajeno. Que se tolere el placer al punto que tú, Joaquín, puedas ser feliz con tu goce desmedido, y yo con mis moderados desenfrenos». Pero de sus gozos, la mayoría eran laudables; otros como la gula, indiferentes; y sólo unos pocos criticables, particularmente los que con los encantos femeninos se saciaban. Casi todos eran interludios más bien sanos, entre las conferencias y sus libros, que eran los que se llevaban la mayor parte del tiempo. Pues escribía con gusto, y hallaba en ello otra manifestación del hedonismo.
Sin embargo el aviso de su muerte lo percató de sus gozos aplazados, y al no poder más postergarlos, optó tras el diagnóstico por disfrutar en exceso el breve tiempo. Luego vinieron las limitaciones que lo recluyeron, primero en su apartamento, por último en un cuarto de hospital. En su apartamento se deleitaba volviendo a repasar su obra –como escritor tenía las actitudes de narciso–, otro placer que se acrecentó con el encierro.
Y en ese quehacer estaba concentrado cuando apareció de repente, y con la espontaneidad de lo que no se está buscando, el artículo que estuvo refundido cuantas veces intentó encontrarlo. Era una de las tantas columnas que había escrito en medio de sus agarrones secretos con la muerte, que ganó ella, porque terminó por aceptarla. ¿O tal vez él? Porque dejó de preocuparle, y quedó listo para viajar al más allá en cualquier instante.
«El hombre debe asombrase de la creación. Cuanto la naturaleza le revela proclama la existencia de una mano hacedora omnipotente. Pero cuando la furia de esa naturaleza desgarra el corazón de los míseros mortales, pienso que algo falló en esa creación que imaginé perfecta. La muerte será siempre dolorosa sin importar el razonamiento con que la enfrentemos. Ideal sería que no existiera, pero si menester es, debería darse sin angustia ni tristeza, sin que sufra quien la padece, ni quienes le sobreviven. ¿Qué perfección hay en que la fuerza de la naturaleza se ensañe con el hombre?».
Le pareció un texto amargo, pero pertinente en el proceso de sus reflexiones. Lo había escrito cuando cientos de personas quedaron sepultadas bajo un alud de tierra. También creyó que era una protesta necia. «El universo tiene sus leyes y un hombre maduro y racional no le reclama. Aprende a interpretarlas para tomar sus previsiones. No construye, por ejemplo, donde el suelo se inunda o la ladera se derrumba, y construye con más resistencia donde la tierra tiembla». De todas maneras esas explicaciones no satisfacían la contrariedad del dolor causado por la muerte. Pensó en sí mismo y se sintió animado. «Aún tengo arrojo y humor a pesar de mis dolencias». Y desempolvó de su memoria el recuerdo de un amigo que tenía una solución para la muerte: «Que sea a la inversa del proceso de la vida. Comienza el hombre como un viejo decrépito y enfermo, y sale de lo más terrible. Luego rejuvenece, y se convierte en niño; se transforma en bebé, se vuelve un óvulo, y muere en la dicha de un orgasmo».

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")


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viernes, 18 de julio de 2008

ATARDECER

De gris se tiñe el infinito azul en el ocaso
y a ras del horizonte el sol estalla en llamarada.

Trazos caprichosos pincela la ardorosa flama,
acuarela fantástica que encierra
del naranja al rojo todos los matices.
Cortejo que despide al día
que comienza a morir entre tinieblas.

En la tenuidad se pierde la lucidez de las figuras
y entre penumbras,
las siluetas se confunden con sus sombras,
mientras Selene despliega su apacible manto
sobre una creación adormecida.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")


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EL MICROSCOPIO

El microscopio, "lente para pulgas" como fue en sus comienzos denominado, fue inventado 18 años antes que el telescopio, en 1590 por el holandés Zacarías Janssen, o acaso por su padre Hans Janssen. Sin embargo tardó más que éste en emplearse. El universo lejano seducía más al hombre que la observación del microcosmos. Pero los estudios de Kircher, Hooke y Leeuwenhoek, despertaron el interés por el instrumento, y finalizando el siglo XVII dejó de ser una rareza. Muchos años había tardado el hombre en enfocar los organismos invisibles. El libro del científico inglés Robert Hook “Micrographia”, fue el primero en documentar el mundo microscópico. Las pequeñas cavidades que él descubrió en el corcho “como pequeñas células”, dieron su nombre a la unidad básica de la vida.

Aunque controvertido su descubrimiento, el jesuita Athanasius Kircher parece haberse adelantado a Leeuwenhoek al observar en 1659 con su rudimentario microscopio de 32 aumentos diminutos "gusanos" en la sangre de pacientes con peste. Revivió la teoría del “contagium animatum”, sin embargo eran apenas los glóbulos de la sangre. Fue a Anton van Leeuwenhoek (1632-1723), constructor de lentes holandés, a quien correspondió toda la gloria en el perfeccionamiento del microscopio y la observación de los primeros seres invisibles: microorganismos y protozoos.

El mundo microscópico fue la pasión de Leeuwenhoek, de una vida que duró 91 años y que hasta sus últimos momentos estuvo consagrado a un fiel e inusual epistolario con la Sociedad Real de Londres, que más parece el diario público de sus inquietudes científicas. De esas primeras cartas podemos recoger sus impresiones por el fascinante descubrimiento de las bacterias en una gota de lluvia: “Se detienen, permanecen inmóviles como si fuesen puntos, y luego se dan vuelta con la rapidez de un trompo, siendo la circunferencia que describen no mayor que la de un grano de arena”.

Con su microscopio de 200 aumentos confirmó en la cola de un renacuajo la circulación de la sangre descrita por Harvey y en 1683, descubrió las bacterias en su propia lengua, en la saliva y en el moco intestinal. Hallazgos que le dieron el crédito del descubrimiento de la flora normal del cuerpo humano.

Pero las características de aquellos primeros microscopios no eran las óptimas para la investigación bacteriológica. Deformaban habitualmente el objeto, no proporcionaban el aumento suficiente ni proveían la luz necesaria. Además adolecían de la aberración cromática, produciendo anillos de colores alrededor del objeto examinado, producto de la descomposición de la luz. En la segunda década del siglo XIX se dispuso de microscopios acromáticos como el del italiano Giovanni Battista Amici, en 1817, conseguido tras la elaboración de los primeros lentes acromáticos por el mecánico inglés Dollond, basado en los estudios del físico sueco Samuel Klingenstierna (1698-1765).

Importantes avances fueron introducidos en Jena por Karl Zeiss y Ernst Abbe. Karl Zeiss, mecánico ingenioso acudió al físico Abbe para evitar que sólo por azar se construyeran microscopios de calidad. Su asociación
permitió superar la fabricación artesanal con precisión física. En 1873 construyó Abbe el primer microscopio con condensador que permitió ver con claridad los microorganismos, luego introdujo el sistema de inmersión lo que les dio a los microscopios una resolución sorprendente, y cuyo precursor fue la lente de inmersión de Amici en 1840.

El trabajo de Abbe y Zeiss se vio enriquecido con los aportes de Robert Koch, quien ansioso de conseguir una visión óptima de los microorganismos, los visitó en Jena cuando desarrollaba su investigación sobre el carbunco. Después de aquel encuentro, se perfeccionó el microscopio, se introdujo un dispositivo de iluminación bajo la platina del microscopio y Koch pudo observar con nitidez los bacilos del carbunco en los cuerpos infectados de los animales, ya no sólo en su sangre, sino en muchos de los tejidos. Con los adelantos introducidos por Abbe y Koch los microscopios hicieron posible observar con 1000 a 1500 aumentos. Estos progresos de la microscopía le permitieron al sabio alemán ver unos años después, en 1878, unos organismos mucho más pequeños, los causantes de la sepsis postoperatoria. Luego pudo retratarlos cuando aplicó la fotografía a sus investigaciones con el microscopio. Fue Koch el primero y más entusiasta abanderado de la microfotografía.

Con la utilización del microscopio comenzó a develarse el misterio de las enfermedades infecciosas. Dos siglos transcurrieron desde las primeras observaciones hasta que aquellos diminutos organismos pudieron ser aislados, y uno más hasta el invento fabuloso de Ruska, Kausche y Borries en 1937, el microscopio electrónico, con el que fue posible observar los más diminutos agentes responsables de las enfermedades infecciosas, los virus, y las estructuras de las alguna vez imperceptibles bacterias.


BIBLIOGRAFÍA
1. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966: 41-43
2. Bastian Hartmut. La gran aventura de la humanidad. Barcelona: Ediciones Destino. 1961: 433
3. Dietz David. Historia de la ciencia. Buenos Aires: Santiago Rueda – Editor. 1943: 299-300
4. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
5. Farreras Valenti Medicina Interna. Barcelona: Editorial Marín S.A. 1967: Tomo II, 921
6. Grant Madeleine. El mundo maravilloso de los microbios. Barcelona: Editorial Ramón Sopena S.A. 1960:18-21
7. Larousse Universal. París: Editorial Larousse. 1958: V2, 584
8. Margenau Henry, Bergamini David. El científico. En Colección Científica de Life. México: Offsett Multicolor. 1966: 40, 40 (ilustración), 41
9. Nisenson Samuel, Cane Philip. Gigantes de la ciencia. Buenos Aires: Plaza & Janés S.A. 1964: 77-85
10. Nordenskiöld Erik. Evolución histórica de las ciencias biológicas. Buenos Aires: Espasa – Calpe Argentina S.A. 1949: 442-614715p
11. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6, 615
12. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
13. Pfeiffer John. La célula. En Colección Científica de Life. México: Ed. Offset Multicolor SA. 1965: 12, 140 (ilustración), 182, 182 (ilustración)
14. Radl EM. Historia de las teorías biológicas. Madrid: Revista de Occidente. 1931: Tomo I: 178
15. Respuesta a todo. Bogotá: Ediciones Lerner. 1983: 302p
16. Singer Charles. Historia de la biología. Buenos Aires: Espasa - Calpe Argentina S.A. 1947: 172-177, 185-195, 485
17. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 240
18. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 2
19. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 1, 116, 117, 185, 186, 248, 348


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes, 11 de julio de 2008

CARTA XXVIII: INDISCUTIBLEMENTE TE AMO

Julio 31

Mi amor:

Que fácil la sensualidad nos vence. De su cosecha tengo en mi mente imágenes fantásticas, sin embargo tan fugaces que quedan a la deriva en mi memoria frágil. Evoco exquisitas sensaciones de un placer intenso y momentáneo, cuyas artífices merecerían un mejor lugar en mi recuerdo. Pero no ocurre así con esas efímeras conquistas, hoy se me olvidan hasta los nombres de esas adorables mujeres que poseí o que me amaron. Que placer tan impersonal. La simple sensualidad es un gozo pasajero. Nada como el placer que depara un gran afecto. No busco en ti la simple sensación, voy en pos de un sentimiento que quede en mí grabado eternamente.

Mi corazón que ha sido receloso, sabe que la mujer comparte con el sol peligrosos y extremos atributos. Su calidez atrae, inocua se percibe, se advierte que sin ella no tiene posibilidad la vida. Pero también abandonado a su rayo abrasador todo se arruina. Una y otra vez me he debatido entre las bellas emociones del amor y el temor a sus heridas. Pero no postergaré más mi decisión. Me ratifico, quiero repetirte sin vacilación que se hicieron para ti mis sentimientos, mi alma, mi cuerpo y todas mis virtudes.

Has devuelto a mis ojos el brillo de la felicidad, borrado de mis labios el gesto de la frustración y la amargura, y encendido en mi corazón la llama del amor.

He vuelto a tener la maravillosa sensación de sentir que hay alguien que se angustia por mi ausencia, que me extraña, que guarda con ilusión mi nombre en sus suspiros.

Hermosa visión angelical, mi amor por ti no alberga duda.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXVII: VUELVE A LAS AULAS

Julio 25

Copito:

Basta ver el brillo de tus ojos cuando hablas de volver a los estudios, para comprender lo importante que es para ti ese anhelo. Me atormenta ver el dolor con que le das la espalda. Laudable es el empeño, no te rindas. Alcánzalo gradualmente, como alguna vez lo propusiste. Has primero el curso de auxiliar de enfermería, y cuando esa meta, más económica y menos exigente alcances, inicia tus estudios superiores con los rendimientos que aquélla profesión te deje.

No vaciles. Diligencia ya mismo el formulario y decídete a estudiar. No pienses más en el dinero. No es ese un gasto más, es el primero, el primordial, la inversión que remediará tus males.

Si aceptas el reto, cuenta desde ya con un mecenas. Pon tú la dedicación y el tiempo, yo me encargaré de que no falten los recursos. La matrícula, los textos, todos los equipos y elementos por lo pronto corren por mi cuenta.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes, 4 de julio de 2008

PARA TODAS LAS RELIGIONES ES EL CIELO

José nunca le ocultó a Javier su disposición a los placeres, pero en ausencia de un comportamiento hedonista que lo delatara, el sacerdote pensaba que el discurso de su amigo era locuacidad, si acaso una mera postura conceptual. Y no era cierto. Sencillamente la franqueza de José no alcanzaba para revelarle sus proezas. Acciones que hubieran afligido al religioso, pero que Joaquín juzgaba poco audaces. ¡Todo en el mundo es relativo!
Ante el tema Javier asumía la defensiva, censuraba la voluptuosidad del mundo y satanizaba tanta libertad sexual, que en su sentir era el motivo de las contrariedades con la Iglesia. «En la práctica nada importan los preceptos, pues los fieles campantemente los ignoran. Si pretenden que cambie la doctrina, será para tranquilidad de su conciencia».
–Es que la intromisión en la vida íntima fastidia –José le refutaba–. La castidad debe ser alternativa y no exigencia. Entiendo que la practicara Gandhi por un sentimiento de culpa a la muerte de su padre; comprendo que Ramón González Valencia, en otro extremo, renunciara a su aspiración de ser vicepresidente de Colombia, a cambio de que la Santa Sede lo liberara de una promesa de castidad intolerable. ¿Pero como podría aceptar que sea por imposición que se practique?
Entonces sostenía que la rigidez de la Iglesia estaba llevando a que los fieles la excluyeran de su mediación con Dios, o a que asistieran a los ritos por formalidad, y después de haber quebrantado todos los mandatos. «Hoy por hoy hay más cristianos de corazón, que cristianos practicantes». Pero Javier se mantenía en que «las reglas las pone Dios, no los creyentes».
–Las impone la jerarquía –insistía José– creyéndose que lo interpreta. Los tiempos han cambiado, han cambiado la moral y las costumbres. La Iglesia tiene la obligación de renovarse. ¿Mientras no falte al amor y a la bondad que impedimento tiene?
–Que los principios de la Iglesia no pueden ser como los trajes de los sastres, que se hacen a la medida de los clientes –el sacerdote contestaba–. La palabra de Dios no es negociable.
Y eso de la palabra de Dios era para José una afirmación inaceptable. Para él eran palabras humanas puestas en boca suya.
–¿Y dónde su palabra hace referencia a asuntos que cuando se escribieron las Escrituras no existían? –dijo José controvirtiendo.
Javier no aceptó que todo tuviera que estar escrito desde el comienzo de los tiempos para ser sagrado, y expuso que había hombres con el don de la infalibilidad, que podían mostrar a los demás la voluntad de Dios, y afirmar por ejemplo, que la anticoncepción era pecado. José, en cambio, defendió la hipótesis de que en la razón, dada por Dios, el hombre tenía el mejor instrumento para abrirse paso en las tinieblas.
–Gracias a ella no tiene el hombre que obedecer como un animal domesticado.
–La inteligencia engaña –rebatió Javier–. Hace creer a los hombres infalibles. ¿No razonan acaso los bribones? ¿Por qué todos los hombre no llegan a las mismas conclusiones? ¿Por qué existen puntos de vista tan opuestos?
–Porque la inteligencia no es la misma en todos los mortales.
–¿Entonces todos los hombres con la mismo capacidad intelectual dilucidan de la misma forma y llegan a los mismas resultados?
–No necesariamente. Una cosa es la capacidad mental y otra la elaboración del pensamiento.
–Pero una sola es la verdad.
Y sostuvo que un ser superior debía iluminar la inteligencia humana para hallarla. Pero con absolutos en la Tierra, José no comulgaba.
–Estamos dando por hecho que la verdad es conocible. ¿Pero qué es lo veraz? ¿Quién tiene la respuesta? ¿Los católicos? ¿Los judíos? ¿Los musulmanes? ¿Los budistas? ¿Acaso los agnósticos? Tantas respuestas de pronto significan que a todas las creencias las asiste un grado de verdad; porque es la honestidad en la búsqueda de lo correcto, más que el acierto en la consecución de la verdad, lo que ennoblece la conducta de los hombres.
Javier halló razón al argumento, pero se lamentó de que José no realzara la religión católico.
–¿Tan poco católico te sientes?
–Fueron la tradición cultural y la herencia familiar las que me llevaron a profesar lo que profeso. Considero a todas las creencias dignas de consideración, y a ninguna con supremacía sobre las otras. Creo que Dios es uno. Al que rezamos los católicos, es el mismo que recibe las oraciones de musulmanes y judíos. Y si de salvación se trata, la religión que se profese importará muy poco para que se abran al hombre las puertas de los Cielos. No son las religiones las buenas ni malas, ni las que hacen santos o demonios a los hombres, son los hombres los virtuosos o inmorales. Si el Paraíso es el premio por las buenas obras, sus puertas se abrirán sin importar el credo.
Había dicho lo justo, y sin embargo abrigó remordimiento. No era extraño en José que tras de ganar un pleito, entrara en un periodo de reflexión y pesadumbre, arrepentido no de sus razones, sino del eventual ultraje. Le dio pesar, pero se sosegó pensando que la irreverencia con las creencias católicas, hacía más estimables por Javier sus ocasionales demostraciones de afecto por la Iglesia.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")



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UN EQUÍVOCO SENTIDO DE HUMANIDAD*

Apenas invocada por El Espectador la inteligencia como remedio a los males de Colombia, la directiva de una respetable universidad en vergonzosa decisión ha concedido humanitariamente, el grado póstumo a una terrorista.

Equívoco sentido de humanidad que socava los principios y redime absurdamente, por la simple llegada de la muerte, las andanzas criminales. Decisión acaso por el temor coartada, que no alcanza a convencer a la razón, por más que pretenda ampararse entre las normas.

Penosa demostración de que hasta la inteligencia ha claudicado, de que las mentes lúcidas han sido trastornadas por el remolino de anarquía propiciada por corruptos y violentos.

Reflejo de una autoridad debilitada por quienes investidos de ella, se rehúsan a ejercerla; emulación de un gobierno que capitula ante el amedrentamiento sindical, narcoterrorista y subversivo; universalización de una justicia administrada con diligencia y severidad inversas a la peligrosidad del sindicado.

Perplejos debemos admitir que nos han precipitado a un futuro equivocado.


* Esta carta escrita en el 11 de mayo de 1992 aludía al título universitario conferido a un guerrillero, como una expresión más de todos los caminos -a veces absurdos- a que ha recurrido Colombia en pos de la reconciliación.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")


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domingo, 29 de junio de 2008

SOLAMENTE NACÍ PARA SOÑARTE

He perdido la ilusión de poseerte,
eres producto de mis sueños,
en realidad...
no existes.

¡Nací para soñarte!

Te quise delicada y sensitiva
para gozar con tu ternura,
para cambiar mis tristezas
por tu sonrisa
pura y cautivante.

¡Nací para anhelarte!

Soné tu suave tacto,
tu aroma de mujer,
tu palpitante corazón,
tus dulces labios...

¡Nací para quererte!

Quise tu esencia frágil
para brindarle protección
entre mis brazos fuertes;
quise tu genio angelical
para colmarlo
de íntimas ternezas.

¡Nací para adorarte!

Quise que nada pareciera
igual sin tu presencia,
pero del mundo marcharé
sin conocerte.

¡Mi penosa soledad
ya sueña con la muerte!

¡No nací para tenerte!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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LA SEPSIS PUERPERAL

A mediados del siglo XIX, aún en las clínicas de París, Londres y Berlín una de cada tres o cuatro parturientas sufrían la fiebre puerperal. Para la respetable Escuela Superior de Medicina de Viena, haber alcanzado incidencia tan alta cuando con el profesor Boer llegaba apenas a 1.25%, era verdaderamente vergonzoso. Por ello la clínica de parturientas se convirtió en el lunar de la Escuela.

Ignaz Philipp Semmelweis, médico alemán nacido en Hungría llegó como ayudante de obstetricia al Hospital General de Viena y en su primer mes vio morir de fiebre puerperal a 36 de 208 maternas. Había en aquéllas muertes algo absurdo: afectaba primordialmente a la sección de los estudiantes de medicina, mientras la mortalidad en la sección de las comadronas era diez veces menor, apenas de 1-3%.

Las explicaciones no convencían. Todas eran mujeres pobres, las únicas que acudían al Hospital; las de alcurnia tenían a sus hijos en la casa.

Se invocaban los miasmas del aire, los cambios atmosféricos, la leche descompuesta, la ruina de la edificación. Se culpó a las pacientes, como a la exploración brutal de los estudiantes. Herido el pudor de las mujeres por las manos masculinas, aquéllas se hacían más susceptibles a la epidemia, explicaba el profesor Klein. Pero la causa de las muertes continuaba en el misterio. A Semmelweis explicaciones tan poco razonables no le podían satisfacer. Al fin y al cabo las dos secciones compartían las mismas condiciones. Tan válido era lo que se afirmara para una como para la otra. Semmelweis se volvería finalmente incómodo para el profesor Klein.

Entre tanto, las pacientes imploraban no ser enviadas a la primera sección, que simbolizaba la muerte, sino a la de las parteras. Alternándose los días para la admisión entre los dos pabellones, las pacientes resistían sus dolores esperando que llegase el nuevo día en que serían admitidas en la sección de las comadronas.

"Podían verse escenas que destrozaban el corazón, cuando las mujeres arrodilladas, suplicaban que las dejasen marchar antes de ser destinadas a la clínica primera en vez de la clínica segunda, en donde querían entrar... Mujeres parturientas, con temperatura muy alta y lengua seca, es decir, gravemente afectadas por la fiebre puerperal, afirmaban pocas horas antes de su muerte, estar completamente sanas, sólo porque no querían ser tratadas por los médicos, ya que sabían que el tratamiento de éstos significaba la muerte", escribía Semmelweis.

En un intento por arrancar de la fiebre puerperal a las pacientes, Semmelweis hizo a los estudiantes repetir con exactitud los procedimientos de las comadronas durante el parto, pero igual murieron las maternas. Cada vez había más sepsis, más cadáveres y más autopsias buscando la resolución del enigma. Intuyendo un miasma venenoso transportado por los estudiantes, exigió el lavado de manos. Todos se revelaron y Klein lo despidió. Pero a los dos meses estuvo de vuelta, en el mes de marzo de 1847.

La muerte del profesor Kolletschka, su amigo, le brindaría la posibilidad de develar el misterio. Kolletschka había fallecido tras ser pinchado en una autopsia por uno de sus discípulos. Sus síntomas habían sido los de la infección puerperal. Semmelweis revisó el acta de su autopsia, encontrando las mismas supuraciones generales que las de los cadáveres de las parturientas que él disecaba. Los mismos que los estudiantes manipulaban antes de atender los partos. Eran ellos quienes estaban diseminando la fiebre puerperal. No lo hacían las comadronas porque no asistían a las autopsias. Esto explicaba porqué en los partos rápidos y en período de vacaciones era menor la frecuencia de la fiebre puerperal. Para demostrar su hipótesis, y no teniendo cabida en la sección de Klein, entró a la de las comadronas, a cargo del profesor Bartch, y consiguió con su ayuda que estudiantes y parteras intercambiaran los pabellones. La mortalidad entonces se invirtió. ¡Sí eran responsables los estudiantes! Semmelweis ordenó entonces la desinfección de las manos con cloruro de calcio. Nadie podía salir de la sala de autopsias para atender partos sin lavarse con la solución. La mortalidad descendió al 3%. Había puesto por primera vez en evidencia la infección por contacto.

Relacionando la sorpresiva muerte de varias maternas con la proximidad de su cama con la de otra paciente con un tumor infectado, concluyó que también entre enfermas, y no solamente de cadáver a paciente se transmitía la enfermedad. Exigió por tanto más limpieza, y consiguió por fin que la mortalidad igualara a la de la sección de las comadronas (0.25%). Pero sus exigentes medidas terminaron por odiosas en su relevo. El cuerpo médico que aún no comprendía su descubrimiento, insistía tercamente en purgas y sangrías.

Sintiéndose responsable por aquéllas muertes, su conquista lejos de alegrarlo lo atormentó y hasta pensó en suicidarse. "Sólo Dios conoce el número de parturientas que por mi culpa bajaron antes de tiempo a la tumba" afirmaba conmovido. Hizo enfáticas afirmaciones sobre la responsabilidad médica en la muerte de las pacientes, granjeándose la enemistad de los tocólogos, quienes llegaron a sentirse tratados como criminales. Gustav Adolf Michaelis, profesor de obstetricia en Kiel, atormentado por las muertes que Semmelweis atribuía a la falta de asepsia de los obstetras puso fin a sus días. "Hay que acabar con la matanza", insistía Semmelweis; e increpaba a Scanzoni: "Si sigue usted, señor consejero de la corte, educando a sus discípulos en la enseñanza de la fiebre puerperal epidémica, sin haber refutado mi tesis, le declararé ante Dios y el mundo un asesino, y la historia de la fiebre puerperal no será injusta al denominarle el Nerón de la medicina por haber sido el primero en oponerse a mi enseñanza salvadora".

Desanimado viajó a su ciudad natal, Budapest y en su hospital repitió los ensayos. Demostró además que la ropa sucia, con secreciones purulentas ayudaba a transmitir las infecciones. Hasta entonces eran habituales los delantales negros para el cirujano, acaso para ocultar la mugre. Impuso también allí el lavado de manos con agua clorada. Pero sus seguidores eran muy escasos, y sus recomendaciones despreciadas.

Iracundo siguió escribiendo a los grandes profesores de la obstetricia como Späth, Siebold y Scanzoni. Los trataba de asesinos. Su mente se había trastornado.

En agosto de 1865 quiso la ironía del destino que cortándose en una intervención quirúrgica, Semmelweis terminara sus días a los 47 años víctima de una de septicemia. Cuatro años antes había aparecido su obra "Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal".

Semmelweiss siempre intuyó un agente venenoso en la etiología pero no tuvo un conocimiento de los microorganismos como lo tendrían Pasteur o Koch. El sabio francés quien también hizo objeto de su estudio a la sepsis puerperal, clasificó a los futuros estreptococos, agentes de la infección como "microbios en rosario de granos". Semmelweiss pasaría a la historia como el "salvador de las madres", luego de haber demostrado las características endémicas y contagiosas de la fiebre puerperal y de haber formulado las normas para prevenirla.


BIBLIOGRAFÍA
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5. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
6. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 243-245
7. Tamargo J, Delpon E. Antisépticos y desinfectantes. En Farmacología. 16ª. Ed. Madrid: Interamericana-McGraw-Hill. 1996: 885
8. Thorwald Jürgen. El Siglo de los cirujanos. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1958: 250, 252, 253, 255, 256, 259, 267, 288 (ilustración), 313
9. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 138-145


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")


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viernes, 20 de junio de 2008

EN LOS UMBRALES DE LA MUERTE

Entre el ser y la nada
se deshace la razón sin comprenderte.
Vacilante entre sombras tenebrosas,
y una apacible inmensidad
de generosa refulgencia.

Tu oscura faz es implacable,
rigidez es, es cuerpo gélido,
soledad de camposanto,
dolor profundo, incomprensible,
alfa u omega,
herida abierta al infinito,
que abrupta deja desvanecer la vida.

Y sin embargo te presiento
el sueño más plácido y profundo
y refugio en las tormentas de la vida.

¡En ti burla el hombre sometido,
toda cadena que lo hace prisionero!

Obsesión de mis íntimos deseos:
¡no tiemblo ante tu mísera guadaña!
Esclavo no soy de tu designio.
¿Acaso soy soberbio al desafiarte?

Tus brazos he buscado en mis tristezas,
tus umbrales he soñado queriendo conocerte,
mis gozos no opaca tu temida sombra.
Peregrino de un destino incomprendido
no ansío anclar en el mundo
persiguiendo un sentido
pasajero a la existencia.

Tu visita llegará sin sorprenderme.
¡Tu sentencia acepto, perenne compañera!
Mis alegrías las dejo al mundo,
a tu encuentro llevo mis pesares.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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CARTA XXVI: NUESTRA DISTANCIA

Julio 23

Dulce Copito:

Tal vez sea mi estatura menor que la que estimas y la tuya mayor de lo que piensas, porque no siento inconmensurable como dices, la barrera social que nos separa. Desheredada no estás de la fortuna, tu existencia es tu real tesoro. Cerca de ti los aromas de bondad abundan.

Fácil se hace un profesional, bueno o mediocre: en un lustro de su vida se ha formado. Un ser bueno demanda mucho tiempo. Comienza a forjarse de la nada. Debe desde el nacimiento cultivarse. Un ser torcido puede inclusive maquillarse para aparentar las virtudes que no tiene. ¿En cuántos profesionales tocados por el éxito no hay más que espíritus sucios, malintencionados, que sacan provecho de sus semejantes? Dulce Copito, prefiero tu substrato, ese filón, esa alma noble y generosa. Profesionalmente eres una piedra por pulir. A mi amparo serás la Nightingale prodigiosa que has soñado.

Creo que mientras mi sombra te proteja deberías dejar de trabajar. ¡Inicia tus estudios! Dedica tu tiempo a tus hijos, a tu carrera y a nuestro tierno sentimiento. Descansa del sacrificio, del trato indolente y de las arduas jornadas laborales.

Ten confianza. De mi mano conquistarás mi mundo. Convertiré tus sueños en mis sueños, y mis sueños -nuestros sueños- se volverán reales.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXV: OTRO POEMA


MI NÍVEA REALIDAD

Eres como un sueño
transportado en una nube nívea,
invención de mi pensamiento peregrino,
abstracción que se pierde en los confines
de ese cielo de poetas y de amantes.

Tienes la esencia de mis sueños,
y todas sus virtudes.

En mi ilusión onírica palpitas
con la fuerza de una realidad irrefrenable.
No he más de imaginarte:
Eres realidad,
la realidad que parecía imposible.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")



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jueves, 12 de junio de 2008

NI CONSERVADURISMO EXTREMO NI CULTO AL SER HUMANO

José era incapaz de rendirle culto al ser humano, reconocía virtudes y talento, sentía respeto, admiración, pero no reverenciaba a nadie. Respetaba los derechos de los demás pero no se subyugaba a sus razones. Era pugnaz crítico contra el servilismo. Y las subordinaciones que surgían del poder lo exasperaban. «Por meros accidentes de fortuna unos están mejor que otros, unos son vasallos y otros reyes, unos jefes y otros dependientes». Hasta ese punto Javier lo secundaba. Pero las diferencias asomaban cuando los argumentos terminaban en la crítica a las opiniones de los papas, vistos por José como otros más de los mortales. Para Javier era dogma la infalibilidad del Papa.

–Papas ha habido sabios y santos, conservadores y dogmáticos, progresistas y libertinos y hasta criminales e impostores –dijo José en medio del debate.
Y recordó a Alejandro VI, de quien dijo que como buen Borgia, había sido esclavo de los placeres terrenales. También mencionó a Julio II, de quien elogió su mecenazgo, pero con tono burlón criticó el negocio en que convirtió el perdón de los pecados. «¿Quién sabe si llegarían al Cielo quienes comprando indulgencias ayudaron a construir su iglesia?». Se refería a la de San Pedro, la mayor basílica romana.
–De pronto sí –le contestó Javier–, porque en el arte se expresa la perfección de Dios.
José siguió con apuntes hilarantes de los que no escapó la mención de la papisa Juana y su parto en plena procesión. Javier lo desmintió aduciendo que era una leyenda. Y le advirtió antes de que siguiera enumerando papas:
–El pontificado entonces no era como ahora. Estaba en manos de hombres sin formación sacerdotal, y de nobles codiciosos. Yo te doy fe de los pontífices de ahora.
José aceptó su relevancia:
–Si a Juan XXIII, a Paulo VI y a Juan Pablo II te refieres, acepto el adjetivo de admirables. No escapé a la seducción del «Papa Bueno», y a su pensamiento renovador y progresista, inusitado en un anciano. Fue él quien demostró que la Iglesia sí es capaz de remozarse. Tampoco olvido el liderazgo espiritual de Pablo VI, ni desconozco en Juan Pablo II su carisma. Conservador en asuntos de doctrina, es un líder mundial indiscutible. Su protagonismo para abatir los abominables totalitarismos de la órbita soviética, desde ya lo vuelve perenne en mi recuerdo.
José insistió en la renovación sin que Javier con nada se inmutara. Al escritor le parecía curioso que su amigo ponía en práctica, sin objeción alguna –acaso por no haber vivido la transformación– todos los cambios del segundo Concilio Vaticano, resistido por tanto ortodoxo en su momento. Se preguntó entonces si cuando otro Papa se decidiera a un nuevo aggiornamento y se volviera normal que las religiosas celebraran misa y los sacerdotes se casaran, Javier transigiría. De pronto lo de su amigo era más obediencia que conservadurismo. E imaginó que Javier ante nuevos vientos renovadores no estaría en la órbita de los desavenidos. «No serás un nuevo Lefebvre dijo José», pero Javier se quedó sin entenderle. Entonces le planteó su reacción si esos cambios ocurrieran, y Javier como dándole la razón a su presentimiento, le contestó: «Tanto progresismo no imagino, y si se diera, ¿quien sería yo para poner en tela de juicio las decisiones de un pontífice?».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")



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EL ENGAÑOSO SOMETIMIENTO A LA JUSTICIA*

Dando visos de filantropía y bondad a cuantas empresas se acometen en su nombre, en nombre de la paz el país ha llegado temerariamente a negociarlo todo, ante el rechazo de pocos y la insensatez y cobardía de muchos.

Pero ha de ser efímera la paz que se consiga negociando la autoridad y los principios**, porque en concesiones que fomentan el delito no puede ella racionalmente sustentarse, más cuando los delincuentes que nos dicen sometidos mantienen incólume su negocio miserable; mientras sin garantías los ciudadanos probos que defienden la moral, deben hacerlo a costa del sacrificio de su propia vida.

A cambio de lo moralmente deseable, el pragmatismo de hoy en materia de narcotráfico nos muestra tolerantes y rendidos, y nos mostrará mañana, nuevamente, ante la subversión vencidos, de persistir en aturdidos diálogos, poco exigentes, con hordas criminales sin palabra y que al parecer no acatan dirección alguna.

Aunque por desgracia la paz también es populista, instemos al gobierno a edificarla, fundándola en el ejercicio pleno de la autoridad, en el acatamiento a la ley y en el sometimiento real a la justicia. Así consolidada, la paz sí será entonces perdurable.


* Este texto escrito el 29 de octubre de 1991 conserva alguna actualidad en sus apartes. La autoridad que se invocaba por fin encontró en Uribe Vélez el presidente que la materializara; pero a la mano dura, el desmonte de tantas empresas criminales también demandó benevolencia con los malhechores, que será tolerable en la medida en que sea perdurable la paz que así se obtenga.
** La figura del sometimiento a la justicia nacida en la administración del presidente César Gavira Trujillo, fue una cadena de concesiones para que los delincuentes se entregaran. ¿Fue realmente la ley la que se sometió a los delincuentes?


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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martes, 3 de junio de 2008

AMISTAD ETERNA

Puso en mi camino el cielo
el alma más noble y generosa,
ternura hecha mujer
que del olvido rescató
mis caras ilusiones,
sueños que otra rompió
sin proponerse.

¡Gracias doy a Dios por conocerte!

Purísimo corazón
que arrebató de amor
mi alma y mis sentidos,
visión angelical tan deseada
para hacerla
mi eterna compañera.

Ansiado anhelo,
soñada perfección
siempre prohibida,
humano tesoro
que no debía arriesgar:
Por una amistad,
-más duradera-
resigné mi amor...

¡Para quererte siempre!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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EL CÓLERA

Esas diarreas incontrolables, deshidratares en extremo, que terminaban dejando apergaminado el cuerpo, gris y sin aliento hasta causar la muerte, fueron para los indios desde tiempos sin memoria una situación corriente, no por la fatalidad, sino por la frecuencia de sus brotes. Uno tras otro se sucedían sin conocer su origen mientras los moradores seguían acudiendo a los estanques de agua bendita, donde los hombres piadosos se bañaban, y de aquella agua sagrada y curativa se servían sin temor. Arrojaban las deposiciones de los enfermos a las calles y contaminaban sin imaginarlo las fuentes de agua. Y cuando los peregrinos, por millares, llegaban al Ganges y a los sitios sagrados, la mortandad se tornaba indescriptible. Y es que para su propagación, peregrinaciones y guerras fueron las mejores aliadas. Presente estuvo el cólera en Medina y en la Meca, en diecisiete mil de las muertes de la Guerra de Crimea y en las doce mil de la guerra de independencia norteamericana. En cientos de miles se contaban en cada país los muertos de cada epidemia, pero nunca fueron tantos como en la India que en una sola peregrinación a Hardwar tuvo dos millones de peregrinos muertos.

Confinado por muchos siglos, hasta el XIX a Asia y particularmente a la India, tuvo el cólera con la evolución del transporte el mejor vehículo para diseminarse por el mundo. Más efectivos resultaron en su propagación los grandes vapores, los trenes y hasta las diligencias, que los lentos y pequeños veleros de otras épocas.

Sólo en la Edad Moderna Europa comenzó a tener el cólera entre la fuente de sus preocupaciones. En 1817 se inició en la India una epidemia que paseó por el mundo su sombra de terror y de muerte. Llegó a Indochina en 1819, luego a Filipinas y en 1821 a Oriente Medio, al Japón en 1822 y un año después a Rusia y de allí a Polonia, Hungría y Austria. En barcos la llevaron a Inglaterra; a Canadá llegó con los inmigrantes irlandeses. En 1833 ya hasta México la padecía procedente de los Estados Unidos.

La epidemia del cólera en Egipto en 1883, movió a Francia y a Alemania a aplicar todos sus esfuerzos al esclarecimiento de la enfermedad. Dos comisiones del más alto nivel viajaron al país africano. Una conformada por Thuillier, Nocard y Roux, colaboradores de Pasteur, y otra alemana presidida por Robert Koch. Debían enfrentar un enemigo totalmente desconocido. ¿Dónde encontrarlo? ¿En la sangre? ¿En la saliva? ¿En el sudor? ¿En la orina? ¿En las heces? ¿Acaso en el aire espirado? Estudiaron tejidos y productos corporales, realizaron inoculaciones y cultivos, estudiaron el ambiente, el suelo, el agua.

Mientras la comisión francesa perdía por el cólera a uno de sus integrantes, el doctor Thuillier, la alemana realizaba un hallazgo interesante. Todas las muestras de intestino, así como las heces frescas de los enfermos, mostraban sin falta un bastoncillo curvo nunca antes observado. Sin resultados significativos los franceses regresaron, Koch por el contrario viajó a la India y confirmo en Colombo y en Calcuta sus hallazgos. Vibriones se llamaron aquellos bacilos de tan vivo movimiento. Tras meses de trabajo agotador consiguió un cultivo puro. Siguió luego la huella del que denominó “bacilo vírgula” y señaló a las aguas de la India, sagradas o mundanas, como el vehículo que trasmitía la enfermedad. Contaminadas por los enfermos terminaban ingeridas por las personas saludables. Demostró que a pesar de la mortalidad que causaba, el bacilo era frágil, perecía en el medio seco y no se trasmitía por el aire. El ciclo de la enfermedad era sencillo, el germen se eliminaba solamente en las deposiciones y se adquiría exclusivamente por la boca.

De vuelta a Egipto pudo diferenciar el cólera de la disentería tropical al descubrir como agente causal de ésta a un organismo mayor, tanto o más grande que las células del cuerpo, la ameba, parásito ya descrito por Lösch en 1875 en las deposiciones. Aunque las enseñanzas de Koch tardaron en aplicarse fuera de su patria, con el tiempo terminaron por hacerse innecesarias las hogueras, como la que aún en 1884 encendió Marsella para purificar el aire, y las fumigaciones con azufre a los viajeros. Las medidas higiénicas, la vacunación y los antibióticos terminaron por derrotar los brotes epidémicos.

Para la Primera Guerra Mundial, se dispuso de la inmunización activa y la guerra y el cólera, por fuerza de los adelantos científicos, dejaron de ser aliados.


BIBLIOGRAFÍA
1. Carpenter Charles C. Cólera. En Tratado de Medicina Interna de Cecil. 15ª. Ed. México: Interamericana. 1983: 550
2. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
3. Farreras Valenti Medicina Interna. Barcelona: Editorial Marín S.A. 1967: Tomo I, 1084
4. Guzman Miguel. Cólera. En Medicina Interna. 3ª. Ed. Bogotá: Editorial Presencia. 1998: 718-719
5. Metchnikoff Elias. Estudios sobre la naturaleza humana. Buenos Aires: Orientación Integral Humana. 1946: 223-225
6. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 61 (ilustración), 58-68, 62 (ilustración), 211-221, 226-227, 272-278
7. Wallace Craig K. Cholera. En Infectious diseases and medical microbiology. 2ª. Ed Philadelphia: W. B. Saunders. 1986: 911-912


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")


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viernes, 23 de mayo de 2008

TU AUSENCIA

Cuánto anhelo contarte mis pesares,
esos espectros que nacen
de tu ausencia;
fantasmales moradores de la noche,
alados, volátiles, rapaces,
que asaltan mi alma
volviéndola jirones

Cuánto anhelo decirte
que estoy triste,
que anhelo tu consuelo
y tu consejo tierno.

Cuánto anhelo refugiarme
en la paz de tus palabras;
cuánto contarte nuevamente
el diario acontecer de mi existencia.

Hoy que encuentro ausente
el brillo de tus ojos,
y el calor de tu ser
se ha disipado,
cuánto extraño
que seas mi confidente
para confesarte el secreto dolor
que el temor de perderte
me depara.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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CARTA XXIV: DE HOY EN ADELANTE TE LLAMARÉ COPITO

Julio 21

Amor mío:

Todo cuanto de ti percibo tiene la virtud del terciopelo.

Tu pelo, tu piel, tus labios, tu voz, tus sentimientos, tus gestos y maneras estimulan mis sentidos de forma suave, profunda y permanente.

Eres al tacto delicada, al gusto dulce, al oído armónica y serena; al olfato apacible y perfumada y a la vista sosegada y refulgente.

Todo en ti es sedoso, manso, benévolo y sumiso, como de felpa, como de algodón. Como la bolita nívea que frota la herida sin provocar martirio, como el copito blanco que acaricia cuando frota.

Cuando te estrecho tu suavidad me calma, cuando te oigo me sereno, cuando me duermo entre tus mimos, siento que floto entre nubes de singular blancura, siento de plumas el colchón y de algodón las mantas.

En tu regazo siento que eres un copito delicado, ese copito de algodón que no lastima nunca, por eso desde hoy te llamaré Copito.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes, 16 de mayo de 2008

EL GERMEN DE LA INFIDELIDAD

Aunque cursaban carreras diferentes, el encuentro diario en el billar del bienestar estudiantil terminó por forjar entre Joaquín y José una amistad inquebrantable, que creció a pesar de la renuencia de José a participar en las francachelas que Joaquín organizaba los fines de semana. Parrandero y mujeriego, Joaquín tenía fama de llevar una vida sibarita, de visitar lugares poco santos y de entablar noviazgo con jóvenes mundanas. Él siempre negó las murmuraciones más audaces, y José no llegó jamás a comprobarlas. Para él era un muchacho locuaz sin nada censurable.

Como ignoraban los padres de José las malas lenguas, le abrieron las puertas de la casa y le asignaron puesto en la mesa todos los domingos. Y esa rutina se conservó por años, hasta que los miembros del hogar se dispersaron. Entonces concibió Joaquín una tertulia de solteros en la que dio a José carácter honorario. En ella de todo se hablaba sin mesura, y al calor del ron y el aguardiente disecaban lo celestial y lo profano. Al amparo de Joaquín el culto al amor libre y a la infidelidad se volvió consigna entre los tertulianos.

El amor romántico tuvo pocas opciones en la vida de Joaquín, marcada por la vertiginosa sucesión de lances pasionales. Por eso la infidelidad que él defendía, tenía connotación distinta a la de quienes habían puesto alguna vez en el amor todo su aliento. «La infidelidad no es ni falta ni traición. Dado su origen instintivo luchar contra ella es batallar consigo mismo. Pasarse toda la vida cohibiendo los instintos es un desgaste inútil, aceptar la naturaleza es lo sensato». Eso expresaba Joaquín, pero sus contertulios, en razón de su temperamento lujurioso, opinaban que no era reflexivo su argumento. Creían que era un pretexto para justificarse. A José, por el contrario, le admitían sus juicios, aunque llegaran a las mismas conclusiones. Y era que José, que sí creía en las explicaciones de Joaquín, ahondaba en el tema con alardes de erudito, se apoyaba en su pluma bien calificada y no tenía en su contra una vida licenciosa.

José había considerado válidas las razones de Joaquín aún en tiempos en que el amor le sonreía. Tras el fracaso con Elisa su pensamiento se afianzó y sus hábitos cambiaron. Y no fue por influencia de Joaquín como creyeron muchos, sino por un impulso propio de conseguir más dicha y menos decepciones. Perdida toda la esperanza en el amor, comenzó a pensar más en la satisfacción sexual; y aunque se le volvieron tolerables las consejas de Joaquín, fue tímido en seguirlas. Cuestión de estilo, el suyo era más refinado. El mismo lo insinuaba: «El instinto de los hombres tiene más diferencias de forma que de fondo». Así que las afirmaciones de Joaquín, no obstante su rudeza, eran tenidas por José por válidas. Decía Joaquín: «¿Cómo vamos a entendernos, si las mujeres únicamente piensan en el amor, cuando nosotros sólo pensamos en el sexo? Y sin embargo, si no fuera por el sexo nada tendríamos en común con las mujeres […] El amor romántico es un lujo que no a todos importa. [...] Tarde o temprano pasa el tiempo de la costosa inversión y la paciencia; y de esperar con calma el beso o la caricia. Los hombres anhelamos satisfacciones al instante... y fáciles».

Si hubiera tenido José que dar sobre el amor su testimonio, habría dicho que sólo le había quedado frustración y dolor de un ideal que juzgaba un espejismo; que su matrimonio, desastroso, había arrasado con los sueños más tiernos de su juventud; que gracias a su brutalidad se habían vuelto más cursis las quimeras del primer amor; y que la luna de miel había sido el preámbulo del mayor yerro de su vida.

Las decepciones inmanentes al amor, afirmaron en José el convencimiento de la trivialidad y finitud de la pareja. En su análisis la rutina y la incompatibilidad de las personalidades, como en su caso, daban cuenta del fracaso de los matrimonios, junto a otra causa universalmente señalada: la infidelidad, a la que él recurrió tarde, pero con la fortuna de que precipitó la separación que lo libró de mantener una relación tormentosa hasta la muerte. Sin tener que hablar bien del amor, multiplicó sus escritos sobre la infidelidad. Primero ensalzándola y oponiéndola a la relación tradicional, luego disculpándola y justificándola, y por último previéndola y hasta lamentándola. «La infidelidad es una condición latente ineludible. No la defiendo, apenas la acepto como un hecho natural y cotidiano. [...] La fidelidad y el amor eterno no brotan por exigencias culturales. [...] Intentemos ser fieles hasta donde nuestra naturaleza lo permita... al menos nos aligera la conciencia cuando llega. [...] La relación de pareja es más sólida cuando se cimienta en la solidaridad y más frágil cuando se funda en la fidelidad».

Viendo a José convertir la infidelidad en tal torrente de meditaciones, Joaquín optó por animarlo a una promiscuidad incitadora, contándole que era como probar los mejores platos en las mejores mesas, pero José apenas acogió el consejo cerca de su final, cuando se dispuso a disfrutar hasta la saciedad los placeres que se había negado.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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UNA ASAMBLEA CONSTITUYENTE RENDIDA AL NARCOTRÁFICO *

Hoy Colombia debe perder la confianza en sus reformadores. Quienes por cobardía renuncian a la razón y a la justicia beneficiando oscuros delincuentes, no pueden legarle a Colombia principios fundados en la diafanidad de sus virtudes.

Quienes debían remediar los males del Congreso, se han contagiado de sus mismas perversiones, y ahora entregan la dignidad y la honra de la patria con el falaz pretexto de restituirle la tranquilidad perdida.

Atropellando el Derecho Internacional, los constituyentes hincados ante el narcotráfico han demostrado más abyección que los artífices de aquel frustrado “camarazo” que en buena hora frustró la acción valerosa del ministro Lemos.

Lloremos pues con El Espectador, con Lemos, con Parejo, con Galán –el padre del caudillo- y con los pocos valientes que le quedan a Colombia, el golpe artero con que saluda al país la nueva Carta Magna.



1. La Asamblea Constituyente que promulgó la Constitución Política de Colombia en 1991 abolió en su artículo 35 la extradición de nacionales. La prohibición no duró mucho: quienes se empecinaron en ella lograron revivirla. Hoy como nunca se extraditan delincuentes que aun tras de rejas en Colombia son incontrolables.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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sábado, 10 de mayo de 2008

PATRIA

Eres el suelo que guarda
el polvo de mis muertos,
y que hace temblar mi corazón
en la distancia.

Eres la historia que se confunde
con la historia de mi casta
y el porvenir que aguarda
la savia de mis deudos.

Eres la emoción que una nota marcial
convierte en lágrima;
ausencia hecha nostalgia
en la orfandad que nace en el exilio.

Eres el aire que se escapa en mis suspiros,
el mismo que aspiro en mis mañanas,
y el soplo vital que corre por mis venas.

Eres mi cuna y potencial mortaja,
feudo grandioso
que sin ser mi heredad
me pertenece.

Eres mi tradición y mis creencias,
mi forma de ser y de expresarme,
impronta y troquel,
mi sello hasta la muerte.

Eres el cielo que imagino propio
y el suelo en que no me siento extraño;
eres la exaltación que me convierte en héroe:
mártir dispuesto a lucir tu pabellón como sudario.

Eres urdimbre de recuerdos rancios,
memoria de gestas que me jactan,
invocación de mitos y leyendas,
evocación de infortunios y calvarios.

Eres la estirpe en que se hermana
el prohombre del busto patinado
y la humanidad del humilde ciudadano.

Eres en últimas…
el alma del terruño
confundida con su par en mis entrañas.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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ABSURDO

Estrictos preceptos,
rígidas rutinas
se aprenden en la infancia
para que el mundo
nos haga prisioneros.

A disfrutar obliga
la hipócrita sociedad
que nos reprime
las disciplinas
que causan frustraciones.

Anteponer por siempre
al placer, el deber
sin motivos
que la razón sustente.

Vocación absurda
al sacrificio inútil,
apego a un orden
arbitrario y necio,
desquiciadoras normas
impuestas por los hombres,
expresiones fanáticas
a Dios atribuidas,
mandatos sin bondad
-fin esencial que todo justifica-
que del hombre atropellan
dignidad, libertad y sentimientos.

Vivir para el trabajo,
trabajar para vivir,
círculo sinfín,
absurdo de la vida.

Para el deber se vive
siempre postergando
satisfacciones íntimas,
goces profundos
que nutren
al espíritu sediento.

¿Por el trabajo sometido
puede el hombre
cultivar su espíritu?
¿Dedicarlo a la reflexión,
a la contemplación
de lo creado?
¿A la expresión
de sus íntimos talentos?
¿Nutrirlo con las cosas bellas?
Placeres elevados
o mundanos cercenados
por reglas sin sentido.

Que se extinga la flama de la vida,
que rechaza una existencia sojuzgada,
que perviva si a mi ser
permite realizarse.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")


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