viernes, 18 de julio de 2008

EL MICROSCOPIO

El microscopio, "lente para pulgas" como fue en sus comienzos denominado, fue inventado 18 años antes que el telescopio, en 1590 por el holandés Zacarías Janssen, o acaso por su padre Hans Janssen. Sin embargo tardó más que éste en emplearse. El universo lejano seducía más al hombre que la observación del microcosmos. Pero los estudios de Kircher, Hooke y Leeuwenhoek, despertaron el interés por el instrumento, y finalizando el siglo XVII dejó de ser una rareza. Muchos años había tardado el hombre en enfocar los organismos invisibles. El libro del científico inglés Robert Hook “Micrographia”, fue el primero en documentar el mundo microscópico. Las pequeñas cavidades que él descubrió en el corcho “como pequeñas células”, dieron su nombre a la unidad básica de la vida.

Aunque controvertido su descubrimiento, el jesuita Athanasius Kircher parece haberse adelantado a Leeuwenhoek al observar en 1659 con su rudimentario microscopio de 32 aumentos diminutos "gusanos" en la sangre de pacientes con peste. Revivió la teoría del “contagium animatum”, sin embargo eran apenas los glóbulos de la sangre. Fue a Anton van Leeuwenhoek (1632-1723), constructor de lentes holandés, a quien correspondió toda la gloria en el perfeccionamiento del microscopio y la observación de los primeros seres invisibles: microorganismos y protozoos.

El mundo microscópico fue la pasión de Leeuwenhoek, de una vida que duró 91 años y que hasta sus últimos momentos estuvo consagrado a un fiel e inusual epistolario con la Sociedad Real de Londres, que más parece el diario público de sus inquietudes científicas. De esas primeras cartas podemos recoger sus impresiones por el fascinante descubrimiento de las bacterias en una gota de lluvia: “Se detienen, permanecen inmóviles como si fuesen puntos, y luego se dan vuelta con la rapidez de un trompo, siendo la circunferencia que describen no mayor que la de un grano de arena”.

Con su microscopio de 200 aumentos confirmó en la cola de un renacuajo la circulación de la sangre descrita por Harvey y en 1683, descubrió las bacterias en su propia lengua, en la saliva y en el moco intestinal. Hallazgos que le dieron el crédito del descubrimiento de la flora normal del cuerpo humano.

Pero las características de aquellos primeros microscopios no eran las óptimas para la investigación bacteriológica. Deformaban habitualmente el objeto, no proporcionaban el aumento suficiente ni proveían la luz necesaria. Además adolecían de la aberración cromática, produciendo anillos de colores alrededor del objeto examinado, producto de la descomposición de la luz. En la segunda década del siglo XIX se dispuso de microscopios acromáticos como el del italiano Giovanni Battista Amici, en 1817, conseguido tras la elaboración de los primeros lentes acromáticos por el mecánico inglés Dollond, basado en los estudios del físico sueco Samuel Klingenstierna (1698-1765).

Importantes avances fueron introducidos en Jena por Karl Zeiss y Ernst Abbe. Karl Zeiss, mecánico ingenioso acudió al físico Abbe para evitar que sólo por azar se construyeran microscopios de calidad. Su asociación
permitió superar la fabricación artesanal con precisión física. En 1873 construyó Abbe el primer microscopio con condensador que permitió ver con claridad los microorganismos, luego introdujo el sistema de inmersión lo que les dio a los microscopios una resolución sorprendente, y cuyo precursor fue la lente de inmersión de Amici en 1840.

El trabajo de Abbe y Zeiss se vio enriquecido con los aportes de Robert Koch, quien ansioso de conseguir una visión óptima de los microorganismos, los visitó en Jena cuando desarrollaba su investigación sobre el carbunco. Después de aquel encuentro, se perfeccionó el microscopio, se introdujo un dispositivo de iluminación bajo la platina del microscopio y Koch pudo observar con nitidez los bacilos del carbunco en los cuerpos infectados de los animales, ya no sólo en su sangre, sino en muchos de los tejidos. Con los adelantos introducidos por Abbe y Koch los microscopios hicieron posible observar con 1000 a 1500 aumentos. Estos progresos de la microscopía le permitieron al sabio alemán ver unos años después, en 1878, unos organismos mucho más pequeños, los causantes de la sepsis postoperatoria. Luego pudo retratarlos cuando aplicó la fotografía a sus investigaciones con el microscopio. Fue Koch el primero y más entusiasta abanderado de la microfotografía.

Con la utilización del microscopio comenzó a develarse el misterio de las enfermedades infecciosas. Dos siglos transcurrieron desde las primeras observaciones hasta que aquellos diminutos organismos pudieron ser aislados, y uno más hasta el invento fabuloso de Ruska, Kausche y Borries en 1937, el microscopio electrónico, con el que fue posible observar los más diminutos agentes responsables de las enfermedades infecciosas, los virus, y las estructuras de las alguna vez imperceptibles bacterias.


BIBLIOGRAFÍA
1. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966: 41-43
2. Bastian Hartmut. La gran aventura de la humanidad. Barcelona: Ediciones Destino. 1961: 433
3. Dietz David. Historia de la ciencia. Buenos Aires: Santiago Rueda – Editor. 1943: 299-300
4. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
5. Farreras Valenti Medicina Interna. Barcelona: Editorial Marín S.A. 1967: Tomo II, 921
6. Grant Madeleine. El mundo maravilloso de los microbios. Barcelona: Editorial Ramón Sopena S.A. 1960:18-21
7. Larousse Universal. París: Editorial Larousse. 1958: V2, 584
8. Margenau Henry, Bergamini David. El científico. En Colección Científica de Life. México: Offsett Multicolor. 1966: 40, 40 (ilustración), 41
9. Nisenson Samuel, Cane Philip. Gigantes de la ciencia. Buenos Aires: Plaza & Janés S.A. 1964: 77-85
10. Nordenskiöld Erik. Evolución histórica de las ciencias biológicas. Buenos Aires: Espasa – Calpe Argentina S.A. 1949: 442-614715p
11. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI: 6, 615
12. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
13. Pfeiffer John. La célula. En Colección Científica de Life. México: Ed. Offset Multicolor SA. 1965: 12, 140 (ilustración), 182, 182 (ilustración)
14. Radl EM. Historia de las teorías biológicas. Madrid: Revista de Occidente. 1931: Tomo I: 178
15. Respuesta a todo. Bogotá: Ediciones Lerner. 1983: 302p
16. Singer Charles. Historia de la biología. Buenos Aires: Espasa - Calpe Argentina S.A. 1947: 172-177, 185-195, 485
17. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 240
18. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 2
19. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 1, 116, 117, 185, 186, 248, 348


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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viernes, 11 de julio de 2008

CARTA XXVIII: INDISCUTIBLEMENTE TE AMO

Julio 31

Mi amor:

Que fácil la sensualidad nos vence. De su cosecha tengo en mi mente imágenes fantásticas, sin embargo tan fugaces que quedan a la deriva en mi memoria frágil. Evoco exquisitas sensaciones de un placer intenso y momentáneo, cuyas artífices merecerían un mejor lugar en mi recuerdo. Pero no ocurre así con esas efímeras conquistas, hoy se me olvidan hasta los nombres de esas adorables mujeres que poseí o que me amaron. Que placer tan impersonal. La simple sensualidad es un gozo pasajero. Nada como el placer que depara un gran afecto. No busco en ti la simple sensación, voy en pos de un sentimiento que quede en mí grabado eternamente.

Mi corazón que ha sido receloso, sabe que la mujer comparte con el sol peligrosos y extremos atributos. Su calidez atrae, inocua se percibe, se advierte que sin ella no tiene posibilidad la vida. Pero también abandonado a su rayo abrasador todo se arruina. Una y otra vez me he debatido entre las bellas emociones del amor y el temor a sus heridas. Pero no postergaré más mi decisión. Me ratifico, quiero repetirte sin vacilación que se hicieron para ti mis sentimientos, mi alma, mi cuerpo y todas mis virtudes.

Has devuelto a mis ojos el brillo de la felicidad, borrado de mis labios el gesto de la frustración y la amargura, y encendido en mi corazón la llama del amor.

He vuelto a tener la maravillosa sensación de sentir que hay alguien que se angustia por mi ausencia, que me extraña, que guarda con ilusión mi nombre en sus suspiros.

Hermosa visión angelical, mi amor por ti no alberga duda.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXVII: VUELVE A LAS AULAS

Julio 25

Copito:

Basta ver el brillo de tus ojos cuando hablas de volver a los estudios, para comprender lo importante que es para ti ese anhelo. Me atormenta ver el dolor con que le das la espalda. Laudable es el empeño, no te rindas. Alcánzalo gradualmente, como alguna vez lo propusiste. Has primero el curso de auxiliar de enfermería, y cuando esa meta, más económica y menos exigente alcances, inicia tus estudios superiores con los rendimientos que aquélla profesión te deje.

No vaciles. Diligencia ya mismo el formulario y decídete a estudiar. No pienses más en el dinero. No es ese un gasto más, es el primero, el primordial, la inversión que remediará tus males.

Si aceptas el reto, cuenta desde ya con un mecenas. Pon tú la dedicación y el tiempo, yo me encargaré de que no falten los recursos. La matrícula, los textos, todos los equipos y elementos por lo pronto corren por mi cuenta.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes, 4 de julio de 2008

PARA TODAS LAS RELIGIONES ES EL CIELO

José nunca le ocultó a Javier su disposición a los placeres, pero en ausencia de un comportamiento hedonista que lo delatara, el sacerdote pensaba que el discurso de su amigo era locuacidad, si acaso una mera postura conceptual. Y no era cierto. Sencillamente la franqueza de José no alcanzaba para revelarle sus proezas. Acciones que hubieran afligido al religioso, pero que Joaquín juzgaba poco audaces. ¡Todo en el mundo es relativo!
Ante el tema Javier asumía la defensiva, censuraba la voluptuosidad del mundo y satanizaba tanta libertad sexual, que en su sentir era el motivo de las contrariedades con la Iglesia. «En la práctica nada importan los preceptos, pues los fieles campantemente los ignoran. Si pretenden que cambie la doctrina, será para tranquilidad de su conciencia».
–Es que la intromisión en la vida íntima fastidia –José le refutaba–. La castidad debe ser alternativa y no exigencia. Entiendo que la practicara Gandhi por un sentimiento de culpa a la muerte de su padre; comprendo que Ramón González Valencia, en otro extremo, renunciara a su aspiración de ser vicepresidente de Colombia, a cambio de que la Santa Sede lo liberara de una promesa de castidad intolerable. ¿Pero como podría aceptar que sea por imposición que se practique?
Entonces sostenía que la rigidez de la Iglesia estaba llevando a que los fieles la excluyeran de su mediación con Dios, o a que asistieran a los ritos por formalidad, y después de haber quebrantado todos los mandatos. «Hoy por hoy hay más cristianos de corazón, que cristianos practicantes». Pero Javier se mantenía en que «las reglas las pone Dios, no los creyentes».
–Las impone la jerarquía –insistía José– creyéndose que lo interpreta. Los tiempos han cambiado, han cambiado la moral y las costumbres. La Iglesia tiene la obligación de renovarse. ¿Mientras no falte al amor y a la bondad que impedimento tiene?
–Que los principios de la Iglesia no pueden ser como los trajes de los sastres, que se hacen a la medida de los clientes –el sacerdote contestaba–. La palabra de Dios no es negociable.
Y eso de la palabra de Dios era para José una afirmación inaceptable. Para él eran palabras humanas puestas en boca suya.
–¿Y dónde su palabra hace referencia a asuntos que cuando se escribieron las Escrituras no existían? –dijo José controvirtiendo.
Javier no aceptó que todo tuviera que estar escrito desde el comienzo de los tiempos para ser sagrado, y expuso que había hombres con el don de la infalibilidad, que podían mostrar a los demás la voluntad de Dios, y afirmar por ejemplo, que la anticoncepción era pecado. José, en cambio, defendió la hipótesis de que en la razón, dada por Dios, el hombre tenía el mejor instrumento para abrirse paso en las tinieblas.
–Gracias a ella no tiene el hombre que obedecer como un animal domesticado.
–La inteligencia engaña –rebatió Javier–. Hace creer a los hombres infalibles. ¿No razonan acaso los bribones? ¿Por qué todos los hombre no llegan a las mismas conclusiones? ¿Por qué existen puntos de vista tan opuestos?
–Porque la inteligencia no es la misma en todos los mortales.
–¿Entonces todos los hombres con la mismo capacidad intelectual dilucidan de la misma forma y llegan a los mismas resultados?
–No necesariamente. Una cosa es la capacidad mental y otra la elaboración del pensamiento.
–Pero una sola es la verdad.
Y sostuvo que un ser superior debía iluminar la inteligencia humana para hallarla. Pero con absolutos en la Tierra, José no comulgaba.
–Estamos dando por hecho que la verdad es conocible. ¿Pero qué es lo veraz? ¿Quién tiene la respuesta? ¿Los católicos? ¿Los judíos? ¿Los musulmanes? ¿Los budistas? ¿Acaso los agnósticos? Tantas respuestas de pronto significan que a todas las creencias las asiste un grado de verdad; porque es la honestidad en la búsqueda de lo correcto, más que el acierto en la consecución de la verdad, lo que ennoblece la conducta de los hombres.
Javier halló razón al argumento, pero se lamentó de que José no realzara la religión católico.
–¿Tan poco católico te sientes?
–Fueron la tradición cultural y la herencia familiar las que me llevaron a profesar lo que profeso. Considero a todas las creencias dignas de consideración, y a ninguna con supremacía sobre las otras. Creo que Dios es uno. Al que rezamos los católicos, es el mismo que recibe las oraciones de musulmanes y judíos. Y si de salvación se trata, la religión que se profese importará muy poco para que se abran al hombre las puertas de los Cielos. No son las religiones las buenas ni malas, ni las que hacen santos o demonios a los hombres, son los hombres los virtuosos o inmorales. Si el Paraíso es el premio por las buenas obras, sus puertas se abrirán sin importar el credo.
Había dicho lo justo, y sin embargo abrigó remordimiento. No era extraño en José que tras de ganar un pleito, entrara en un periodo de reflexión y pesadumbre, arrepentido no de sus razones, sino del eventual ultraje. Le dio pesar, pero se sosegó pensando que la irreverencia con las creencias católicas, hacía más estimables por Javier sus ocasionales demostraciones de afecto por la Iglesia.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")



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UN EQUÍVOCO SENTIDO DE HUMANIDAD*

Apenas invocada por El Espectador la inteligencia como remedio a los males de Colombia, la directiva de una respetable universidad en vergonzosa decisión ha concedido humanitariamente, el grado póstumo a una terrorista.

Equívoco sentido de humanidad que socava los principios y redime absurdamente, por la simple llegada de la muerte, las andanzas criminales. Decisión acaso por el temor coartada, que no alcanza a convencer a la razón, por más que pretenda ampararse entre las normas.

Penosa demostración de que hasta la inteligencia ha claudicado, de que las mentes lúcidas han sido trastornadas por el remolino de anarquía propiciada por corruptos y violentos.

Reflejo de una autoridad debilitada por quienes investidos de ella, se rehúsan a ejercerla; emulación de un gobierno que capitula ante el amedrentamiento sindical, narcoterrorista y subversivo; universalización de una justicia administrada con diligencia y severidad inversas a la peligrosidad del sindicado.

Perplejos debemos admitir que nos han precipitado a un futuro equivocado.


* Esta carta escrita en el 11 de mayo de 1992 aludía al título universitario conferido a un guerrillero, como una expresión más de todos los caminos -a veces absurdos- a que ha recurrido Colombia en pos de la reconciliación.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")


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domingo, 29 de junio de 2008

SOLAMENTE NACÍ PARA SOÑARTE

He perdido la ilusión de poseerte,
eres producto de mis sueños,
en realidad...
no existes.

¡Nací para soñarte!

Te quise delicada y sensitiva
para gozar con tu ternura,
para cambiar mis tristezas
por tu sonrisa
pura y cautivante.

¡Nací para anhelarte!

Soné tu suave tacto,
tu aroma de mujer,
tu palpitante corazón,
tus dulces labios...

¡Nací para quererte!

Quise tu esencia frágil
para brindarle protección
entre mis brazos fuertes;
quise tu genio angelical
para colmarlo
de íntimas ternezas.

¡Nací para adorarte!

Quise que nada pareciera
igual sin tu presencia,
pero del mundo marcharé
sin conocerte.

¡Mi penosa soledad
ya sueña con la muerte!

¡No nací para tenerte!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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LA SEPSIS PUERPERAL

A mediados del siglo XIX, aún en las clínicas de París, Londres y Berlín una de cada tres o cuatro parturientas sufrían la fiebre puerperal. Para la respetable Escuela Superior de Medicina de Viena, haber alcanzado incidencia tan alta cuando con el profesor Boer llegaba apenas a 1.25%, era verdaderamente vergonzoso. Por ello la clínica de parturientas se convirtió en el lunar de la Escuela.

Ignaz Philipp Semmelweis, médico alemán nacido en Hungría llegó como ayudante de obstetricia al Hospital General de Viena y en su primer mes vio morir de fiebre puerperal a 36 de 208 maternas. Había en aquéllas muertes algo absurdo: afectaba primordialmente a la sección de los estudiantes de medicina, mientras la mortalidad en la sección de las comadronas era diez veces menor, apenas de 1-3%.

Las explicaciones no convencían. Todas eran mujeres pobres, las únicas que acudían al Hospital; las de alcurnia tenían a sus hijos en la casa.

Se invocaban los miasmas del aire, los cambios atmosféricos, la leche descompuesta, la ruina de la edificación. Se culpó a las pacientes, como a la exploración brutal de los estudiantes. Herido el pudor de las mujeres por las manos masculinas, aquéllas se hacían más susceptibles a la epidemia, explicaba el profesor Klein. Pero la causa de las muertes continuaba en el misterio. A Semmelweis explicaciones tan poco razonables no le podían satisfacer. Al fin y al cabo las dos secciones compartían las mismas condiciones. Tan válido era lo que se afirmara para una como para la otra. Semmelweis se volvería finalmente incómodo para el profesor Klein.

Entre tanto, las pacientes imploraban no ser enviadas a la primera sección, que simbolizaba la muerte, sino a la de las parteras. Alternándose los días para la admisión entre los dos pabellones, las pacientes resistían sus dolores esperando que llegase el nuevo día en que serían admitidas en la sección de las comadronas.

"Podían verse escenas que destrozaban el corazón, cuando las mujeres arrodilladas, suplicaban que las dejasen marchar antes de ser destinadas a la clínica primera en vez de la clínica segunda, en donde querían entrar... Mujeres parturientas, con temperatura muy alta y lengua seca, es decir, gravemente afectadas por la fiebre puerperal, afirmaban pocas horas antes de su muerte, estar completamente sanas, sólo porque no querían ser tratadas por los médicos, ya que sabían que el tratamiento de éstos significaba la muerte", escribía Semmelweis.

En un intento por arrancar de la fiebre puerperal a las pacientes, Semmelweis hizo a los estudiantes repetir con exactitud los procedimientos de las comadronas durante el parto, pero igual murieron las maternas. Cada vez había más sepsis, más cadáveres y más autopsias buscando la resolución del enigma. Intuyendo un miasma venenoso transportado por los estudiantes, exigió el lavado de manos. Todos se revelaron y Klein lo despidió. Pero a los dos meses estuvo de vuelta, en el mes de marzo de 1847.

La muerte del profesor Kolletschka, su amigo, le brindaría la posibilidad de develar el misterio. Kolletschka había fallecido tras ser pinchado en una autopsia por uno de sus discípulos. Sus síntomas habían sido los de la infección puerperal. Semmelweis revisó el acta de su autopsia, encontrando las mismas supuraciones generales que las de los cadáveres de las parturientas que él disecaba. Los mismos que los estudiantes manipulaban antes de atender los partos. Eran ellos quienes estaban diseminando la fiebre puerperal. No lo hacían las comadronas porque no asistían a las autopsias. Esto explicaba porqué en los partos rápidos y en período de vacaciones era menor la frecuencia de la fiebre puerperal. Para demostrar su hipótesis, y no teniendo cabida en la sección de Klein, entró a la de las comadronas, a cargo del profesor Bartch, y consiguió con su ayuda que estudiantes y parteras intercambiaran los pabellones. La mortalidad entonces se invirtió. ¡Sí eran responsables los estudiantes! Semmelweis ordenó entonces la desinfección de las manos con cloruro de calcio. Nadie podía salir de la sala de autopsias para atender partos sin lavarse con la solución. La mortalidad descendió al 3%. Había puesto por primera vez en evidencia la infección por contacto.

Relacionando la sorpresiva muerte de varias maternas con la proximidad de su cama con la de otra paciente con un tumor infectado, concluyó que también entre enfermas, y no solamente de cadáver a paciente se transmitía la enfermedad. Exigió por tanto más limpieza, y consiguió por fin que la mortalidad igualara a la de la sección de las comadronas (0.25%). Pero sus exigentes medidas terminaron por odiosas en su relevo. El cuerpo médico que aún no comprendía su descubrimiento, insistía tercamente en purgas y sangrías.

Sintiéndose responsable por aquéllas muertes, su conquista lejos de alegrarlo lo atormentó y hasta pensó en suicidarse. "Sólo Dios conoce el número de parturientas que por mi culpa bajaron antes de tiempo a la tumba" afirmaba conmovido. Hizo enfáticas afirmaciones sobre la responsabilidad médica en la muerte de las pacientes, granjeándose la enemistad de los tocólogos, quienes llegaron a sentirse tratados como criminales. Gustav Adolf Michaelis, profesor de obstetricia en Kiel, atormentado por las muertes que Semmelweis atribuía a la falta de asepsia de los obstetras puso fin a sus días. "Hay que acabar con la matanza", insistía Semmelweis; e increpaba a Scanzoni: "Si sigue usted, señor consejero de la corte, educando a sus discípulos en la enseñanza de la fiebre puerperal epidémica, sin haber refutado mi tesis, le declararé ante Dios y el mundo un asesino, y la historia de la fiebre puerperal no será injusta al denominarle el Nerón de la medicina por haber sido el primero en oponerse a mi enseñanza salvadora".

Desanimado viajó a su ciudad natal, Budapest y en su hospital repitió los ensayos. Demostró además que la ropa sucia, con secreciones purulentas ayudaba a transmitir las infecciones. Hasta entonces eran habituales los delantales negros para el cirujano, acaso para ocultar la mugre. Impuso también allí el lavado de manos con agua clorada. Pero sus seguidores eran muy escasos, y sus recomendaciones despreciadas.

Iracundo siguió escribiendo a los grandes profesores de la obstetricia como Späth, Siebold y Scanzoni. Los trataba de asesinos. Su mente se había trastornado.

En agosto de 1865 quiso la ironía del destino que cortándose en una intervención quirúrgica, Semmelweis terminara sus días a los 47 años víctima de una de septicemia. Cuatro años antes había aparecido su obra "Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal".

Semmelweiss siempre intuyó un agente venenoso en la etiología pero no tuvo un conocimiento de los microorganismos como lo tendrían Pasteur o Koch. El sabio francés quien también hizo objeto de su estudio a la sepsis puerperal, clasificó a los futuros estreptococos, agentes de la infección como "microbios en rosario de granos". Semmelweiss pasaría a la historia como el "salvador de las madres", luego de haber demostrado las características endémicas y contagiosas de la fiebre puerperal y de haber formulado las normas para prevenirla.


BIBLIOGRAFÍA
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5. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
6. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 243-245
7. Tamargo J, Delpon E. Antisépticos y desinfectantes. En Farmacología. 16ª. Ed. Madrid: Interamericana-McGraw-Hill. 1996: 885
8. Thorwald Jürgen. El Siglo de los cirujanos. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1958: 250, 252, 253, 255, 256, 259, 267, 288 (ilustración), 313
9. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 138-145


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")


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viernes, 20 de junio de 2008

EN LOS UMBRALES DE LA MUERTE

Entre el ser y la nada
se deshace la razón sin comprenderte.
Vacilante entre sombras tenebrosas,
y una apacible inmensidad
de generosa refulgencia.

Tu oscura faz es implacable,
rigidez es, es cuerpo gélido,
soledad de camposanto,
dolor profundo, incomprensible,
alfa u omega,
herida abierta al infinito,
que abrupta deja desvanecer la vida.

Y sin embargo te presiento
el sueño más plácido y profundo
y refugio en las tormentas de la vida.

¡En ti burla el hombre sometido,
toda cadena que lo hace prisionero!

Obsesión de mis íntimos deseos:
¡no tiemblo ante tu mísera guadaña!
Esclavo no soy de tu designio.
¿Acaso soy soberbio al desafiarte?

Tus brazos he buscado en mis tristezas,
tus umbrales he soñado queriendo conocerte,
mis gozos no opaca tu temida sombra.
Peregrino de un destino incomprendido
no ansío anclar en el mundo
persiguiendo un sentido
pasajero a la existencia.

Tu visita llegará sin sorprenderme.
¡Tu sentencia acepto, perenne compañera!
Mis alegrías las dejo al mundo,
a tu encuentro llevo mis pesares.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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CARTA XXVI: NUESTRA DISTANCIA

Julio 23

Dulce Copito:

Tal vez sea mi estatura menor que la que estimas y la tuya mayor de lo que piensas, porque no siento inconmensurable como dices, la barrera social que nos separa. Desheredada no estás de la fortuna, tu existencia es tu real tesoro. Cerca de ti los aromas de bondad abundan.

Fácil se hace un profesional, bueno o mediocre: en un lustro de su vida se ha formado. Un ser bueno demanda mucho tiempo. Comienza a forjarse de la nada. Debe desde el nacimiento cultivarse. Un ser torcido puede inclusive maquillarse para aparentar las virtudes que no tiene. ¿En cuántos profesionales tocados por el éxito no hay más que espíritus sucios, malintencionados, que sacan provecho de sus semejantes? Dulce Copito, prefiero tu substrato, ese filón, esa alma noble y generosa. Profesionalmente eres una piedra por pulir. A mi amparo serás la Nightingale prodigiosa que has soñado.

Creo que mientras mi sombra te proteja deberías dejar de trabajar. ¡Inicia tus estudios! Dedica tu tiempo a tus hijos, a tu carrera y a nuestro tierno sentimiento. Descansa del sacrificio, del trato indolente y de las arduas jornadas laborales.

Ten confianza. De mi mano conquistarás mi mundo. Convertiré tus sueños en mis sueños, y mis sueños -nuestros sueños- se volverán reales.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA XXV: OTRO POEMA


MI NÍVEA REALIDAD

Eres como un sueño
transportado en una nube nívea,
invención de mi pensamiento peregrino,
abstracción que se pierde en los confines
de ese cielo de poetas y de amantes.

Tienes la esencia de mis sueños,
y todas sus virtudes.

En mi ilusión onírica palpitas
con la fuerza de una realidad irrefrenable.
No he más de imaginarte:
Eres realidad,
la realidad que parecía imposible.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")



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jueves, 12 de junio de 2008

NI CONSERVADURISMO EXTREMO NI CULTO AL SER HUMANO

José era incapaz de rendirle culto al ser humano, reconocía virtudes y talento, sentía respeto, admiración, pero no reverenciaba a nadie. Respetaba los derechos de los demás pero no se subyugaba a sus razones. Era pugnaz crítico contra el servilismo. Y las subordinaciones que surgían del poder lo exasperaban. «Por meros accidentes de fortuna unos están mejor que otros, unos son vasallos y otros reyes, unos jefes y otros dependientes». Hasta ese punto Javier lo secundaba. Pero las diferencias asomaban cuando los argumentos terminaban en la crítica a las opiniones de los papas, vistos por José como otros más de los mortales. Para Javier era dogma la infalibilidad del Papa.

–Papas ha habido sabios y santos, conservadores y dogmáticos, progresistas y libertinos y hasta criminales e impostores –dijo José en medio del debate.
Y recordó a Alejandro VI, de quien dijo que como buen Borgia, había sido esclavo de los placeres terrenales. También mencionó a Julio II, de quien elogió su mecenazgo, pero con tono burlón criticó el negocio en que convirtió el perdón de los pecados. «¿Quién sabe si llegarían al Cielo quienes comprando indulgencias ayudaron a construir su iglesia?». Se refería a la de San Pedro, la mayor basílica romana.
–De pronto sí –le contestó Javier–, porque en el arte se expresa la perfección de Dios.
José siguió con apuntes hilarantes de los que no escapó la mención de la papisa Juana y su parto en plena procesión. Javier lo desmintió aduciendo que era una leyenda. Y le advirtió antes de que siguiera enumerando papas:
–El pontificado entonces no era como ahora. Estaba en manos de hombres sin formación sacerdotal, y de nobles codiciosos. Yo te doy fe de los pontífices de ahora.
José aceptó su relevancia:
–Si a Juan XXIII, a Paulo VI y a Juan Pablo II te refieres, acepto el adjetivo de admirables. No escapé a la seducción del «Papa Bueno», y a su pensamiento renovador y progresista, inusitado en un anciano. Fue él quien demostró que la Iglesia sí es capaz de remozarse. Tampoco olvido el liderazgo espiritual de Pablo VI, ni desconozco en Juan Pablo II su carisma. Conservador en asuntos de doctrina, es un líder mundial indiscutible. Su protagonismo para abatir los abominables totalitarismos de la órbita soviética, desde ya lo vuelve perenne en mi recuerdo.
José insistió en la renovación sin que Javier con nada se inmutara. Al escritor le parecía curioso que su amigo ponía en práctica, sin objeción alguna –acaso por no haber vivido la transformación– todos los cambios del segundo Concilio Vaticano, resistido por tanto ortodoxo en su momento. Se preguntó entonces si cuando otro Papa se decidiera a un nuevo aggiornamento y se volviera normal que las religiosas celebraran misa y los sacerdotes se casaran, Javier transigiría. De pronto lo de su amigo era más obediencia que conservadurismo. E imaginó que Javier ante nuevos vientos renovadores no estaría en la órbita de los desavenidos. «No serás un nuevo Lefebvre dijo José», pero Javier se quedó sin entenderle. Entonces le planteó su reacción si esos cambios ocurrieran, y Javier como dándole la razón a su presentimiento, le contestó: «Tanto progresismo no imagino, y si se diera, ¿quien sería yo para poner en tela de juicio las decisiones de un pontífice?».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")



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EL ENGAÑOSO SOMETIMIENTO A LA JUSTICIA*

Dando visos de filantropía y bondad a cuantas empresas se acometen en su nombre, en nombre de la paz el país ha llegado temerariamente a negociarlo todo, ante el rechazo de pocos y la insensatez y cobardía de muchos.

Pero ha de ser efímera la paz que se consiga negociando la autoridad y los principios**, porque en concesiones que fomentan el delito no puede ella racionalmente sustentarse, más cuando los delincuentes que nos dicen sometidos mantienen incólume su negocio miserable; mientras sin garantías los ciudadanos probos que defienden la moral, deben hacerlo a costa del sacrificio de su propia vida.

A cambio de lo moralmente deseable, el pragmatismo de hoy en materia de narcotráfico nos muestra tolerantes y rendidos, y nos mostrará mañana, nuevamente, ante la subversión vencidos, de persistir en aturdidos diálogos, poco exigentes, con hordas criminales sin palabra y que al parecer no acatan dirección alguna.

Aunque por desgracia la paz también es populista, instemos al gobierno a edificarla, fundándola en el ejercicio pleno de la autoridad, en el acatamiento a la ley y en el sometimiento real a la justicia. Así consolidada, la paz sí será entonces perdurable.


* Este texto escrito el 29 de octubre de 1991 conserva alguna actualidad en sus apartes. La autoridad que se invocaba por fin encontró en Uribe Vélez el presidente que la materializara; pero a la mano dura, el desmonte de tantas empresas criminales también demandó benevolencia con los malhechores, que será tolerable en la medida en que sea perdurable la paz que así se obtenga.
** La figura del sometimiento a la justicia nacida en la administración del presidente César Gavira Trujillo, fue una cadena de concesiones para que los delincuentes se entregaran. ¿Fue realmente la ley la que se sometió a los delincuentes?


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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martes, 3 de junio de 2008

AMISTAD ETERNA

Puso en mi camino el cielo
el alma más noble y generosa,
ternura hecha mujer
que del olvido rescató
mis caras ilusiones,
sueños que otra rompió
sin proponerse.

¡Gracias doy a Dios por conocerte!

Purísimo corazón
que arrebató de amor
mi alma y mis sentidos,
visión angelical tan deseada
para hacerla
mi eterna compañera.

Ansiado anhelo,
soñada perfección
siempre prohibida,
humano tesoro
que no debía arriesgar:
Por una amistad,
-más duradera-
resigné mi amor...

¡Para quererte siempre!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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EL CÓLERA

Esas diarreas incontrolables, deshidratares en extremo, que terminaban dejando apergaminado el cuerpo, gris y sin aliento hasta causar la muerte, fueron para los indios desde tiempos sin memoria una situación corriente, no por la fatalidad, sino por la frecuencia de sus brotes. Uno tras otro se sucedían sin conocer su origen mientras los moradores seguían acudiendo a los estanques de agua bendita, donde los hombres piadosos se bañaban, y de aquella agua sagrada y curativa se servían sin temor. Arrojaban las deposiciones de los enfermos a las calles y contaminaban sin imaginarlo las fuentes de agua. Y cuando los peregrinos, por millares, llegaban al Ganges y a los sitios sagrados, la mortandad se tornaba indescriptible. Y es que para su propagación, peregrinaciones y guerras fueron las mejores aliadas. Presente estuvo el cólera en Medina y en la Meca, en diecisiete mil de las muertes de la Guerra de Crimea y en las doce mil de la guerra de independencia norteamericana. En cientos de miles se contaban en cada país los muertos de cada epidemia, pero nunca fueron tantos como en la India que en una sola peregrinación a Hardwar tuvo dos millones de peregrinos muertos.

Confinado por muchos siglos, hasta el XIX a Asia y particularmente a la India, tuvo el cólera con la evolución del transporte el mejor vehículo para diseminarse por el mundo. Más efectivos resultaron en su propagación los grandes vapores, los trenes y hasta las diligencias, que los lentos y pequeños veleros de otras épocas.

Sólo en la Edad Moderna Europa comenzó a tener el cólera entre la fuente de sus preocupaciones. En 1817 se inició en la India una epidemia que paseó por el mundo su sombra de terror y de muerte. Llegó a Indochina en 1819, luego a Filipinas y en 1821 a Oriente Medio, al Japón en 1822 y un año después a Rusia y de allí a Polonia, Hungría y Austria. En barcos la llevaron a Inglaterra; a Canadá llegó con los inmigrantes irlandeses. En 1833 ya hasta México la padecía procedente de los Estados Unidos.

La epidemia del cólera en Egipto en 1883, movió a Francia y a Alemania a aplicar todos sus esfuerzos al esclarecimiento de la enfermedad. Dos comisiones del más alto nivel viajaron al país africano. Una conformada por Thuillier, Nocard y Roux, colaboradores de Pasteur, y otra alemana presidida por Robert Koch. Debían enfrentar un enemigo totalmente desconocido. ¿Dónde encontrarlo? ¿En la sangre? ¿En la saliva? ¿En el sudor? ¿En la orina? ¿En las heces? ¿Acaso en el aire espirado? Estudiaron tejidos y productos corporales, realizaron inoculaciones y cultivos, estudiaron el ambiente, el suelo, el agua.

Mientras la comisión francesa perdía por el cólera a uno de sus integrantes, el doctor Thuillier, la alemana realizaba un hallazgo interesante. Todas las muestras de intestino, así como las heces frescas de los enfermos, mostraban sin falta un bastoncillo curvo nunca antes observado. Sin resultados significativos los franceses regresaron, Koch por el contrario viajó a la India y confirmo en Colombo y en Calcuta sus hallazgos. Vibriones se llamaron aquellos bacilos de tan vivo movimiento. Tras meses de trabajo agotador consiguió un cultivo puro. Siguió luego la huella del que denominó “bacilo vírgula” y señaló a las aguas de la India, sagradas o mundanas, como el vehículo que trasmitía la enfermedad. Contaminadas por los enfermos terminaban ingeridas por las personas saludables. Demostró que a pesar de la mortalidad que causaba, el bacilo era frágil, perecía en el medio seco y no se trasmitía por el aire. El ciclo de la enfermedad era sencillo, el germen se eliminaba solamente en las deposiciones y se adquiría exclusivamente por la boca.

De vuelta a Egipto pudo diferenciar el cólera de la disentería tropical al descubrir como agente causal de ésta a un organismo mayor, tanto o más grande que las células del cuerpo, la ameba, parásito ya descrito por Lösch en 1875 en las deposiciones. Aunque las enseñanzas de Koch tardaron en aplicarse fuera de su patria, con el tiempo terminaron por hacerse innecesarias las hogueras, como la que aún en 1884 encendió Marsella para purificar el aire, y las fumigaciones con azufre a los viajeros. Las medidas higiénicas, la vacunación y los antibióticos terminaron por derrotar los brotes epidémicos.

Para la Primera Guerra Mundial, se dispuso de la inmunización activa y la guerra y el cólera, por fuerza de los adelantos científicos, dejaron de ser aliados.


BIBLIOGRAFÍA
1. Carpenter Charles C. Cólera. En Tratado de Medicina Interna de Cecil. 15ª. Ed. México: Interamericana. 1983: 550
2. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
3. Farreras Valenti Medicina Interna. Barcelona: Editorial Marín S.A. 1967: Tomo I, 1084
4. Guzman Miguel. Cólera. En Medicina Interna. 3ª. Ed. Bogotá: Editorial Presencia. 1998: 718-719
5. Metchnikoff Elias. Estudios sobre la naturaleza humana. Buenos Aires: Orientación Integral Humana. 1946: 223-225
6. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 61 (ilustración), 58-68, 62 (ilustración), 211-221, 226-227, 272-278
7. Wallace Craig K. Cholera. En Infectious diseases and medical microbiology. 2ª. Ed Philadelphia: W. B. Saunders. 1986: 911-912


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")


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viernes, 23 de mayo de 2008

TU AUSENCIA

Cuánto anhelo contarte mis pesares,
esos espectros que nacen
de tu ausencia;
fantasmales moradores de la noche,
alados, volátiles, rapaces,
que asaltan mi alma
volviéndola jirones

Cuánto anhelo decirte
que estoy triste,
que anhelo tu consuelo
y tu consejo tierno.

Cuánto anhelo refugiarme
en la paz de tus palabras;
cuánto contarte nuevamente
el diario acontecer de mi existencia.

Hoy que encuentro ausente
el brillo de tus ojos,
y el calor de tu ser
se ha disipado,
cuánto extraño
que seas mi confidente
para confesarte el secreto dolor
que el temor de perderte
me depara.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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CARTA XXIV: DE HOY EN ADELANTE TE LLAMARÉ COPITO

Julio 21

Amor mío:

Todo cuanto de ti percibo tiene la virtud del terciopelo.

Tu pelo, tu piel, tus labios, tu voz, tus sentimientos, tus gestos y maneras estimulan mis sentidos de forma suave, profunda y permanente.

Eres al tacto delicada, al gusto dulce, al oído armónica y serena; al olfato apacible y perfumada y a la vista sosegada y refulgente.

Todo en ti es sedoso, manso, benévolo y sumiso, como de felpa, como de algodón. Como la bolita nívea que frota la herida sin provocar martirio, como el copito blanco que acaricia cuando frota.

Cuando te estrecho tu suavidad me calma, cuando te oigo me sereno, cuando me duermo entre tus mimos, siento que floto entre nubes de singular blancura, siento de plumas el colchón y de algodón las mantas.

En tu regazo siento que eres un copito delicado, ese copito de algodón que no lastima nunca, por eso desde hoy te llamaré Copito.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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viernes, 16 de mayo de 2008

EL GERMEN DE LA INFIDELIDAD

Aunque cursaban carreras diferentes, el encuentro diario en el billar del bienestar estudiantil terminó por forjar entre Joaquín y José una amistad inquebrantable, que creció a pesar de la renuencia de José a participar en las francachelas que Joaquín organizaba los fines de semana. Parrandero y mujeriego, Joaquín tenía fama de llevar una vida sibarita, de visitar lugares poco santos y de entablar noviazgo con jóvenes mundanas. Él siempre negó las murmuraciones más audaces, y José no llegó jamás a comprobarlas. Para él era un muchacho locuaz sin nada censurable.

Como ignoraban los padres de José las malas lenguas, le abrieron las puertas de la casa y le asignaron puesto en la mesa todos los domingos. Y esa rutina se conservó por años, hasta que los miembros del hogar se dispersaron. Entonces concibió Joaquín una tertulia de solteros en la que dio a José carácter honorario. En ella de todo se hablaba sin mesura, y al calor del ron y el aguardiente disecaban lo celestial y lo profano. Al amparo de Joaquín el culto al amor libre y a la infidelidad se volvió consigna entre los tertulianos.

El amor romántico tuvo pocas opciones en la vida de Joaquín, marcada por la vertiginosa sucesión de lances pasionales. Por eso la infidelidad que él defendía, tenía connotación distinta a la de quienes habían puesto alguna vez en el amor todo su aliento. «La infidelidad no es ni falta ni traición. Dado su origen instintivo luchar contra ella es batallar consigo mismo. Pasarse toda la vida cohibiendo los instintos es un desgaste inútil, aceptar la naturaleza es lo sensato». Eso expresaba Joaquín, pero sus contertulios, en razón de su temperamento lujurioso, opinaban que no era reflexivo su argumento. Creían que era un pretexto para justificarse. A José, por el contrario, le admitían sus juicios, aunque llegaran a las mismas conclusiones. Y era que José, que sí creía en las explicaciones de Joaquín, ahondaba en el tema con alardes de erudito, se apoyaba en su pluma bien calificada y no tenía en su contra una vida licenciosa.

José había considerado válidas las razones de Joaquín aún en tiempos en que el amor le sonreía. Tras el fracaso con Elisa su pensamiento se afianzó y sus hábitos cambiaron. Y no fue por influencia de Joaquín como creyeron muchos, sino por un impulso propio de conseguir más dicha y menos decepciones. Perdida toda la esperanza en el amor, comenzó a pensar más en la satisfacción sexual; y aunque se le volvieron tolerables las consejas de Joaquín, fue tímido en seguirlas. Cuestión de estilo, el suyo era más refinado. El mismo lo insinuaba: «El instinto de los hombres tiene más diferencias de forma que de fondo». Así que las afirmaciones de Joaquín, no obstante su rudeza, eran tenidas por José por válidas. Decía Joaquín: «¿Cómo vamos a entendernos, si las mujeres únicamente piensan en el amor, cuando nosotros sólo pensamos en el sexo? Y sin embargo, si no fuera por el sexo nada tendríamos en común con las mujeres […] El amor romántico es un lujo que no a todos importa. [...] Tarde o temprano pasa el tiempo de la costosa inversión y la paciencia; y de esperar con calma el beso o la caricia. Los hombres anhelamos satisfacciones al instante... y fáciles».

Si hubiera tenido José que dar sobre el amor su testimonio, habría dicho que sólo le había quedado frustración y dolor de un ideal que juzgaba un espejismo; que su matrimonio, desastroso, había arrasado con los sueños más tiernos de su juventud; que gracias a su brutalidad se habían vuelto más cursis las quimeras del primer amor; y que la luna de miel había sido el preámbulo del mayor yerro de su vida.

Las decepciones inmanentes al amor, afirmaron en José el convencimiento de la trivialidad y finitud de la pareja. En su análisis la rutina y la incompatibilidad de las personalidades, como en su caso, daban cuenta del fracaso de los matrimonios, junto a otra causa universalmente señalada: la infidelidad, a la que él recurrió tarde, pero con la fortuna de que precipitó la separación que lo libró de mantener una relación tormentosa hasta la muerte. Sin tener que hablar bien del amor, multiplicó sus escritos sobre la infidelidad. Primero ensalzándola y oponiéndola a la relación tradicional, luego disculpándola y justificándola, y por último previéndola y hasta lamentándola. «La infidelidad es una condición latente ineludible. No la defiendo, apenas la acepto como un hecho natural y cotidiano. [...] La fidelidad y el amor eterno no brotan por exigencias culturales. [...] Intentemos ser fieles hasta donde nuestra naturaleza lo permita... al menos nos aligera la conciencia cuando llega. [...] La relación de pareja es más sólida cuando se cimienta en la solidaridad y más frágil cuando se funda en la fidelidad».

Viendo a José convertir la infidelidad en tal torrente de meditaciones, Joaquín optó por animarlo a una promiscuidad incitadora, contándole que era como probar los mejores platos en las mejores mesas, pero José apenas acogió el consejo cerca de su final, cuando se dispuso a disfrutar hasta la saciedad los placeres que se había negado.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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UNA ASAMBLEA CONSTITUYENTE RENDIDA AL NARCOTRÁFICO *

Hoy Colombia debe perder la confianza en sus reformadores. Quienes por cobardía renuncian a la razón y a la justicia beneficiando oscuros delincuentes, no pueden legarle a Colombia principios fundados en la diafanidad de sus virtudes.

Quienes debían remediar los males del Congreso, se han contagiado de sus mismas perversiones, y ahora entregan la dignidad y la honra de la patria con el falaz pretexto de restituirle la tranquilidad perdida.

Atropellando el Derecho Internacional, los constituyentes hincados ante el narcotráfico han demostrado más abyección que los artífices de aquel frustrado “camarazo” que en buena hora frustró la acción valerosa del ministro Lemos.

Lloremos pues con El Espectador, con Lemos, con Parejo, con Galán –el padre del caudillo- y con los pocos valientes que le quedan a Colombia, el golpe artero con que saluda al país la nueva Carta Magna.



1. La Asamblea Constituyente que promulgó la Constitución Política de Colombia en 1991 abolió en su artículo 35 la extradición de nacionales. La prohibición no duró mucho: quienes se empecinaron en ella lograron revivirla. Hoy como nunca se extraditan delincuentes que aun tras de rejas en Colombia son incontrolables.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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sábado, 10 de mayo de 2008

PATRIA

Eres el suelo que guarda
el polvo de mis muertos,
y que hace temblar mi corazón
en la distancia.

Eres la historia que se confunde
con la historia de mi casta
y el porvenir que aguarda
la savia de mis deudos.

Eres la emoción que una nota marcial
convierte en lágrima;
ausencia hecha nostalgia
en la orfandad que nace en el exilio.

Eres el aire que se escapa en mis suspiros,
el mismo que aspiro en mis mañanas,
y el soplo vital que corre por mis venas.

Eres mi cuna y potencial mortaja,
feudo grandioso
que sin ser mi heredad
me pertenece.

Eres mi tradición y mis creencias,
mi forma de ser y de expresarme,
impronta y troquel,
mi sello hasta la muerte.

Eres el cielo que imagino propio
y el suelo en que no me siento extraño;
eres la exaltación que me convierte en héroe:
mártir dispuesto a lucir tu pabellón como sudario.

Eres urdimbre de recuerdos rancios,
memoria de gestas que me jactan,
invocación de mitos y leyendas,
evocación de infortunios y calvarios.

Eres la estirpe en que se hermana
el prohombre del busto patinado
y la humanidad del humilde ciudadano.

Eres en últimas…
el alma del terruño
confundida con su par en mis entrañas.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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ABSURDO

Estrictos preceptos,
rígidas rutinas
se aprenden en la infancia
para que el mundo
nos haga prisioneros.

A disfrutar obliga
la hipócrita sociedad
que nos reprime
las disciplinas
que causan frustraciones.

Anteponer por siempre
al placer, el deber
sin motivos
que la razón sustente.

Vocación absurda
al sacrificio inútil,
apego a un orden
arbitrario y necio,
desquiciadoras normas
impuestas por los hombres,
expresiones fanáticas
a Dios atribuidas,
mandatos sin bondad
-fin esencial que todo justifica-
que del hombre atropellan
dignidad, libertad y sentimientos.

Vivir para el trabajo,
trabajar para vivir,
círculo sinfín,
absurdo de la vida.

Para el deber se vive
siempre postergando
satisfacciones íntimas,
goces profundos
que nutren
al espíritu sediento.

¿Por el trabajo sometido
puede el hombre
cultivar su espíritu?
¿Dedicarlo a la reflexión,
a la contemplación
de lo creado?
¿A la expresión
de sus íntimos talentos?
¿Nutrirlo con las cosas bellas?
Placeres elevados
o mundanos cercenados
por reglas sin sentido.

Que se extinga la flama de la vida,
que rechaza una existencia sojuzgada,
que perviva si a mi ser
permite realizarse.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")


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LA TUBERCULOSIS

Temeroso de las enfermedades que no podía controlar, el hombre antiguo, con frecuencia repudió a las víctimas de los padecimientos y tendió sobre ellas un manto de culpabilidad. No ha de extrañarnos por tanto que una enfermedad como la tuberculosis, en la India fuera considerada impura y que a los enfermos se les proscribiera con la intención de que no transmitieran su impudicia.

La tuberculosis fue conocida por muchos siglos como tisis y fue confundida por los médicos griegos con la malaria. No contagiosa ésta según ellos, tampoco debía serlo "su forma pulmonar", la verdadera tuberculosis. Otra era sin embargo la creencia popular que llevaba a apartarse de los tuberculosos. No obstante la tuberculosis nunca fue epidemia.

Aceptando la teoría hipocrática de que el aspecto característico del tuberculoso era heredado, hasta los trabajos de Koch vivió el mundo de ciencia en el error de considerar hereditaria una enfermedad que era contagiosa. Hasta él, muchos dudaron, pero nadie fue capaz de sepultar el dogma. Personas que nunca enfermaron a pesar de vivir entre tuberculosos hacían dudar de su transmisibilidad.

Fracastoro, convencido de su carácter contagioso, pregonaba que los utensilios del paciente podían por años trasmitir la enfermedad, y consiguió que las autoridades italianas dispusieran en 1537 el aislamiento de los tuberculosos y la destrucción al fuego de sus pertenencias tras su muerte. En contraste con el pueblo que lo aceptaba y comprendía, los médicos ciegamente aferrados a los conceptos hipocráticos se negaron, a pesar de la evidencia, a aceptar que la tisis fuera contagiosa y resistieron la medida.

Poco consuelo hubo para los enfermos de "la peste blanca" hasta nuestro siglo. Galeno consideraba casi imposible tratar la enfermedad. ¿Cómo curarla si el reposo imprescindible no se conseguía en un órgano en permanente movimiento? Siglos después Forlanini (1882) produjo el neumotórax terapéutico, inmovilizó el pulmón y detuvo la actividad de la enfermedad.

En tanto sangrías e inútiles curas de aguas minerales se prescribían a los enfermos, anatomistas y patólogos hacían grandes descubrimientos. A los "tuberculum" que descubriera en los pulmones, Sylvius (1614-1672) les atribuyó la causa de la enfermedad. Ellos fueron en 1695 los que dieron a la tisis el nombre de tuberculosis. Morton describió las etapas clínicas, Laennec demostró que era enfermedad sistémica y Virchow la hizo objeto de detallado estudio al microscopio.

Al descubrir Pasteur que los microorganismos podían por su rápido crecimiento provocar enfermedades y causar la muerte, se atrevió a postular que la tuberculosis podía ser un padecimiento bacteriano; pero los médicos lo menospreciaron: ¿Qué podía saber un químico de tuberculosis?

Koch creyó en el origen infeccioso de la enfermedad y se dio a la tarea de descubrir su agente, pero las técnicas de cultivo y coloración resultaron infructuosas hasta que el destino hizo que en un portaobjetos con material tuberculoso olvidado en azul de metileno aparecieran los bacilos que nunca pudo observar al prepararlos con azul de metileno fresco. A los 39 años, el 24 de marzo de 1882, Koch presentó su trabajo a una comunidad médica que no podía aplaudir un descubrimiento que echaba por tierra sus conocimientos. Pero el microscopio estaba allí, disponible para confirmarlo. Se demostraba por primera vez la naturaleza parasitaria y contagiosa de las enfermedades infecciosas del hombre. La relación causal hasta entonces sólo había sido demostrada en el carbunco de los animales.

El aislamiento del bacilo parecía imposible, pero al final los resistentes cultivos terminaron por someterse al ingenio de Koch. En el cobayo descubrió el medio ideal para conseguir su crecimiento.

Con el descubrimiento del bacilo de la tuberculosis que llevaría su nombre, también demostró Koch que no obedecía la enfermedad a un problema alimenticio.

La enfermedad era transmisible, pero el aislamiento del enfermo a la usanza de la Edad Media era impracticable. Por lo pronto se buscó el control de los esputos en recipientes con desinfectantes en lugares públicos y se ordenaron curas de reposo en las montañas. Entre tanto llegó la era industrial, que contribuyó notablemente a la difusión de la enfermedad. Al descubrir Koch el bacilo, la enfermedad causaba una de cada siete muertes.

Los trabajos del sabio alemán prosiguieron hasta obtener en 1910 un extracto de toxinas del bacilo, "la tuberculina de Koch". Desde 1890 había anunciado el investigador los halagadores resultados de sus experimentos en cobayos, que sugerían la posibilidad de curar la temida enfermedad y que recibieron una publicidad tan inesperada, que instituciones científicas, universidades, gobernantes de muchos países y todo tipo de celebridades lo hicieron objeto de sus homenajes. Lister lo visitó en Berlín, Pasteur recibió en París, entusiasmado, una muestra de su vacuna, muchos científicos visitaron su laboratorio, y Prusia le construyó el Instituto de Enfermedades Infecciosas, hoy de Koch, a semejanza del de Pasteur, como reconocimiento y estímulo a su obra. Fueron primero dosis débiles de bacilos tuberculosos y luego cultivos muertos los que confirieron a los cobayos resistencia contra la infección. Pero esos mismos bacilos muertos inyectados en la misma dosis a los cobayos enfermos, les causaban la muerte; en una ínfima concentración, por el contrario, hacía que los cobayos curaran. Los animales enfermos eran hipersensibles a los bacilos tuberculosos, el éxito de los resultados dependía de la concentración administrada. ¿Qué pasaría en el hombre? Obtuvo Koch un extracto de toxinas del bacilo en glicerina, que llamó tuberculina y la experimentó en sí mismo, padeciendo una breve pero intensa reacción, pues el hombre resultó ser mucho más sensible que el cobayo. Conseguida así una dosis de referencia para el ser humano, utilizó la tuberculina en sus pacientes, en dosis progresivas y pequeñas. El mundo convencido de que curaría la enfermedad la recibió esperanzado, pero a los halagadores resultados iniciales, siguió desafortunadamente el desencanto. Pero la tuberculina se convirtió de todas maneras en un valioso aporte al diagnóstico de la tuberculosis, y la idea de Koch retomada en el Instituto Pasteur por Albert Calmette, condujo a la elaboración de una vacuna efectiva. Los noventa lactantes que por error murieron en la ciudad de Lübeck tras la aplicación de la vacuna, no consiguieron desvanecer su fama, y en la leche se siguió administrando a miles de recién nacidos. Trece años de cultivos e inoculaciones sucesivas le habían tomado a Calmette para despojar al bacilo de su virulencia.

El genio inagotable de Koch trató también de explicar la escasa frecuencia de la tuberculosis intestinal a pesar del consumo habitual de leche contaminada, y en 1901 explicó a los asistentes al Congreso Internacional de Tuberculosis en Londres el motivo: los bacilos de la tuberculosis bovina y humana eran diferentes y los peligros para las especie diferían, solamente para el huésped habitual eran considerables.


BIBLIOGRAFÍA
1. Dietz David. Historia de la ciencia. Buenos Aires: Santiago Rueda – Editor. 1943: 302
2. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
3. Glascheib H.S. El Laberinto de la medicina. Barcelona: Ediciones Destino. 1964: 49 (ilustración), 51-65
4. Laín Estralgo Pedro. Historia universal de la medicina. 1a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1980: Tomo 7, 507p
5. Nuevo Espasa ilustrado 2000, España: Espasa - Calpe S.A. 1999: 1832p
6. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
7. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 250 (ilustración), 251-257
8. Thorwald Jürgen. El Triunfo de la cirugía. 1a. Ed. Barcelona: Ediciones Destino. 1960: 359
9. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 202-210, 233-234, 264-270, 331-332

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")

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miércoles, 30 de abril de 2008

CARTA XXIII: MIS MOTIVOS

Julio 18

Mi amor:

Hace mucho que mi infidelidad ha sido proclamada. Así que no te sientas culpable de acabar con una relación que había muerto cuando tú llegaste. Antes que se sorprendiera contigo mi mirada, ya le había anunciado a ella que me volvería infiel, hastiado de su enojo.

Su mal humor constante me lanza a los brazos de una amante. Y en mi desilusión comprendo a todos aquellos hombres frustrados por mujeres con corazón de piedra, y consiento no sólo sus amantes sino sus picardías galantes. Claro que aquellas cortesanas que acarician por dinero pueden ser más amorosas que las fieras que acechan en la intimidad de los hogares.

Conozco mis debilidades y el influjo seductor de las mujeres, pero creo que brazos más amorosos de mi debilidad me hubieran apartado. No fue así, y por el contrario, me abocaron a la determinación que estoy tomando.

Son los ambientes propicios los que el amante aprovecha como el delincuente. Son las circunstancias favorables las que hacen aflorar comportamientos que de otra forma permanecerían latentes.

Presiento que tu comprensión y tus caricias alejarán de mí la necesidad de continuar buscando las virtudes que en aquélla mujer jamás hallé y llenarán el vacío que me precipitó complacido al mundo de la infidelidad.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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RECLAMO DE UN NIÑO PORDIOSERO

No quise madre
el soplo de vida que me diste.
No quise ser de tus placeres
incómodo accidente.
Todo hubiese querido
si con amor me hubieses engendrado.

No quise ser el ser con quien compartes
el plato del alimento que no tienes.
No quise ser un niño sin sueños ni ilusiones…
el limosnero de la esquina,
astroso y maloliente.

Añoré los juguetes que no tuve,
tu abrigo y tu cuidado,
los estudios…
el tiempo que no me dedicaste.

¡Qué escasa dicha ofrece
la vida en la miseria!

Otro ha de ser el mundo de la infancia,
distinto de mi mundo de tristeza.
Un sueño lúdico de risas y de afecto,
al calor de unos padres protectores.
Un regazo maternal que desvanezca
los verdugones del juego,
la fiebre y los dolores.
El abono que nutra la semilla
de una existencia digna;
ejemplo paternal en que se mire
la vida que se está formando.

No son los hijos para la soledad remedio,
muñecos que curen el hastío,
mendigos que entreguen sus limosnas
a los mayores que deberían cuidarlos,
criaturas forzadas al trabajo,
siervos rendidos por las labores diarias.

Es preciosa la vida
que tan fácil puede plantar el hombre.
Al mundo viene para ser servida,
ajena al sacrifico de padres sin ventura,
aguardando una estrella prodigiosa
y confiando en la previsión de sus autores.

Porque los amo, hijos,
sin haber nacido,
no los traeré a mi mundo
para ofrecerles nada.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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viernes, 25 de abril de 2008

AL MORRO QUE ADORNA LA BAHÍA

Simbólico vigía de la ciudad
fundada por Bastidas*.
Pétrea mole incrustada en la bahía,
como rancio testigo de la historia.

Presenciaste, espectador enhiesto y silencioso,
la comunión del indio con Seinekan** -la Tierra-,
la adoración del sol y de la luna en los ocasos:
cortejos del atardecer
salpicados en el mar cual pinceladas.

Divisaste por tu flanco los navíos
de los íberos cegados por el oro;
los viste anclar, desembarcar,
y retornar con un botín:
el filón del nativo en su baúles

Fuiste antaño –en la Colonia-
el cerrojo de “La Perla del Caribe***”:
a tu puerta debieron tocar los bergantines.
Fuiste también prisión y fortaleza;
de la rada, fortín y batería.

Oteaste a su paso los bajeles
que inquietaron las aguas sosegadas,
y debiste presentir con su llegada
el anuncio de la tromba de la muerte****.
Mas no existe opresión que dure eternamente
y pudo más la libertad que los horrores.

Y viste atravesar hacia su tumba
la frágil humanidad de un héroe victorioso,
también él -“Genio de América*****”-
debió decirte adiós con su mirada:
melancólica emoción de un hombre en agonía.

En ese devenir
de trances y proezas
eres memoria fiel y cautelosa,
escrutas y te observan,
pero impasible y reservado,
a nadie cuentas la historia
que se otea desde tu palco.

Hoy tranquilo y libre de nostalgias
eres faro, islote y centinela,
el anfitrión que invita a la bahía.
La típica estampa de postal:
ícono que con el sol encumbrado del cenit
se baña en el azul vivificante,
y en los anocheceres emerge
-como sombra chinesca- de las aguas,
proyectando sobre el mar
su giba inconfundible.


* Santa Marta, puerto colombiano sobre el mar Caribe.
** Nombre que dan los Arhuacos a la Madre Tierra.
*** “Perla de América” se llamó a Santa Marta por el comercio de perlas que allí
hubo
**** Pablo Morillo, conocido como “El Pacificador” tras desembarcar en Santa Marta implantó en la Nueva Granada el “Régimen del Terror” para contener la sublevación patriota.
***** Simón Bolívar.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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AMOR PATERNO

En tu sueño,
plácido y profundo me detengo,
contemplando el soplo prodigioso que te anima,
y veo la réplica perfecta de un hombre en miniatura,
una brizna que mueve los corazones pétreos,
una enorme pequeñez que agita sentimientos tiernos.

Eres la prolongación de mi existencia,
y sin embargo en nada te pareces:
menudo y frágil
contrastas con mi imagen recia;
incontaminado y puro,
distas de mi savia contagiada.

Eres un suspiro sublime
que debiera durar eternamente.
Mas no basta el sentimiento
para que este instante feliz nunca termine:
los años pasarán sin que se paralice el tiempo.

Hoy cuido tu sueño,
embebido, absorto,
imaginando de adulto
tu rostro y tus facciones,
proyectando a tu sino la mejor estrella,
hilvanando tu vida a mi vida
sin barreras de tiempo ni de espacio.

Mañana serás tú
quien me sientas quebradizo y frágil,
pero obsesionado aún con tu ventura.
Y cuando las flores cuides en mi camposanto,
su fragancia exhalará mi aliento,
para que sepas hijo,
que desde el cielo,
por ti sigo velando.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")

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INTERMEZZO POÉTICO - ÍNDICE

Prólogo
Al morro que adorna la bahía
Amor paterno
Antecedí tus pasos
Así he de amarte
Coloquio con las parcas
Con el odio tu felicidad huyó despavorida
Decrepitud
Descanso interminable
Eres como ninguna
Ese es el hombre
Hijo
Hombre, esencia minúscula y gigante
La esperanza de amar nunca sucumbe
Levedad
Los prodigios del poema
Mi pensamiento, un grito que subleva
Para poder vivir: un fin inalcanzable
Patria
Reclamo de un niño pordiosero
Si quieres ser mi amante
Soy alma yerta

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lunes, 21 de abril de 2008

INTERMEZZO POÉTICO - PRÓLOGO

Oscar Wilde decía con razón que era más fácil hablar de las cosas que hacerlas. Sin embargo Luis María Murillo, primero amigo entrañable y después colega, me puso en la difícil pero a la vez honrosa tarea de presentar su poemario “Intermezzo poético: Razón y sentimiento”.

Desnuda el poeta Murillo en su obra diferentes facetas del amor y del querer. En “Al morro que adorna la bahía” se aprecia el amor por su país. El amor filial lo describe elocuentemente en “Amor paterno” y el amor apasionado, que sin razón proyecta el sentimiento, se acopla en “Así he de amarte”. Se descubre con el amor ingrato, y con una dosis de amargura prepara una pócima titulada “Con el odio tu felicidad huyó despavorida”.

La poesía de Luis María Murillo surge sonora como la luz del día, reflejando su esencia espiritual que se plasma en las palabras como sonido elemental del contenido divino y humano de las cosas. Su poesía tiene la rara grandeza de transformar su universo real en un mundo de ilusiones trascendentales a través del embrujo soñador de sus versos.

Porque lo conozco desde la niñez, sin temor a equivocarme puedo decir que Luis María Murillo ha sido recio en la decisión de la amistad, radical en la fe de sus ideas, amante de la ciencia y la verdad, y que ha hecho de su profesión un acto de fe y de su vida un ejemplo para las generaciones futuras.


Fernando Raffán Sanabria.

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viernes, 18 de abril de 2008

JOAQUÍN Y JOSÉ, ENTRE PÍCAROS Y FILOSÓFICOS

–El término tiene, Joaquín, variadas acepciones. Creo que se prostituye todo aquéllo que adultera o degrada su fin en pos de un interés que le es ajeno. El sexo como proveedor de placer pervierte su finalidad cuando se aparta de la satisfacción de los deseos carnales. Por eso me arriesgo a afirmar que actúan como las meretrices, las mujeres que se entregan al marido por obligación y sin placer alguno.

–¡Qué sofisma! Una tergiversación magnífica en que la virtuosa termina siendo menos que la arpía. La llamaré la hipótesis de la esposa-prostituta.
–Más bien diría una paradoja formidable, porque el argumento no es mentira.
–Habrá quienes lo nieguen, pero yo lo acepto. De por sí me irritan las mujeres que no se deleitan con lo carnal, y lo practican. Es un engaño que las prostitutas jamás gozan el sexo; de pronto las entretiene más que a las casadas.
–Volviendo al tema –dijo José–, la mala fama la cargan las que a cambio de marido tienen clientes, pero de tiempo inmemorial la mujer se ha ofrecido al hombre con tal que la sostenga.
–Por milenios las casadas han encontrado techo y comida como pago a sus favores.
–Aún hoy las mujeres sin medios para sostenerse se prostituyen en el matrimonio.
–¡Algo tiene de burdel la sagrada institución del matrimonio!

Allí estaban Joaquín y José poniendo a la moral en aprietos, haciéndola sonrojar como en sus años mozos. Porque tratándose de insolencias, nadie para alentar a José como Joaquín. Cuando los dos se juntaban todo era cuestionable, las verdades vacilaban, la irreverencia campeaba, se esfumaba lo absoluto Era la sinergia de sus pensamientos en un complot contra lo establecido. Era la antípoda de los encuentros con el cura Javier, marcados por la contradicción y la prudencia. Cuando José sentía llegar a Joaquín se relajaba, se olvidaba de la formalidad y se disponía a lidiar y a gozar con lo mundano. Pero si Joaquín bajaba a José del olimpo de su compostura, José forzaba a Joaquín a ponerle seso a sus intervenciones.

–La mujer cohibida por la sociedad –siguió José–, ha sido alentada por opciones que atentan contra su dignidad. Es reconfortante que cada día haya más mujeres profesionales, dueñas de su destino, que no tienen que aceptar una unión en inferioridad de condiciones.
–Aun a costa de nuestras conquistas –se lamentó Joaquín–, porque una mujer necesitada es una presa fácil.
–Si nos oyeran dirían que somos cínicos.
–Cínicos y machistas –sentenció Joaquín.
–Sin embargo, no las estamos infamando. Venderse fue para la mujer un mecanismo de defensa, una estrategia para sobrevivir.
–¡Están exoneradas! No culpamos a las mujeres porque tengan que vivir del hombre. Hasta inconsciente ha de ser esa costumbre.
–Qué usen su sexualidad para atraparnos me parece un juego delicioso –sentenció José–; que lo aceptemos a sabiendas de que lo hacen por necesidad y con disgusto, parece reprobable.
–Gústenos o no, ellas siempre podrán compensar la desigualdad con sus encantos. ¡Déjalas que se valgan de nuestra debilidad incapaz de resistir sus atractivos! No dirás que las feministas te pusieron de su lado.
–Ellas son el otro extremo del cordel, y el menos agradable. Son mujeres en pugna permanente. Arrasaron con la feminidad y el arquetipo tierno. Yo, Joaquín, defiendo el derecho de la mujer a la igualdad, pero en armonía permanente con el hombre, nunca la rivalidad entre lo sexos.
–Pues yo me erizo al verlas. Como alguien dijera comparando al hombre con su perro, entre más feministas conozco, más quiero a las rameras.

José alcanzó a intranquilizarse. Inspeccionó su alrededor y comprobó que estaban solos. No le hubiera gustado que se oyera tamaño despropósito, aunque a decir verdad, algo en ese parecer lo divertía.

Joaquín siguió:
–En serio, más devoción siento por ellas, que por esos engendros seudofemeninos que le muestran al hombre animosidad y repulsión. Las prostitutas al menos nos muestran simpatía. ¡Qué pesar!, porque las feministas hasta fenotipo femenino tienen; algunas hasta mujeres me parecen.
–Tu mordacidad da cuenta del punto al que conduce tan tonto enfrentamiento. Esos movimientos crean un contrapunteo contraproducente con el hombre. Yo no acepto que las conquistas deban verse como cuestión de género. Bastantes méritos tienen las mujeres para andar mendigando unos derechos. Quien es digno de un reconocimiento debe recibirlo sin importar su sexo. Pero las feministas sueñan con cómodas conquistas, asegurando cuotas exclusivas en empresas y en corporaciones públicas para eludir su concurso con el hombre, cual si las mujeres no fueran competentes. Los privilegios entre iguales a más de absurdos son odiosos. Si en verdad creemos que son iguales el hombre y la mujer, lo que tenemos que imponer es la justicia, y no unas cuotas que toman en consideración los genitales.
–A las feministas no hay logro que las sacie. Y como no faltan los pusilánimes que les siguen la corriente, habrás de ver que tanta contemplación con la mujer, dizque discriminada, llevará a los hombres a un estado más lamentable que el que vivieron ellas cuando de verdad estuvieron sojuzgadas.

El descuido en la afirmación fue imperceptible, pero lo hizo enmudecer cuando se percató de su imprudencia. Era que apenas se estaba acostumbrando al cáncer de su amigo, y su extroversión no llegaba al extremo de involucrar el tema entre sus ligerezas. Pero si no hubiera sido por su mutismo, José se hubiera quedado sin advertir el lapsus.

–Claro que nada habré de ver –dijo José con la certeza de que la validez de esa premonición no la confirmaría.

Los diálogos con los años poco habían cambiado, ni el envejecimiento ni la enfermedad habían apartado a la mujer y a la sensualidad del centro de sus conversaciones. Aún quedaba un remanente importante de los ímpetus de la juventud, que los hacía persistir entre pícaros y filosóficos en la temática de siempre. Se regocijaban con la evocación de sus mejores experiencias, el plato fuerte de Joaquín; o teorizando y formulando hipótesis, la empresa predilecta de José.

–¿Qué pasaría si el placer no fuera la finalidad del sexo? –le preguntó José, al reanudar la charla.
–Que se arruinarían nuestros razonamientos.
–No me parece. Si así fuera, hace mucho se hubieran arruinado. Con todo lo que lo pondero, el placer apenas le sirve al sexo de carnada. Su verdadero propósito es multiplicar la especie. Porque si la reproducción fuera tarea sacrificada, la humanidad desde Adán se habría extinguido. El placer es inherente al sexo para que no se niegue la humanidad a perpetuarse.
–A buena hora el hombre desentrañó los misterios de la reproducción, le «hizo conejo» a la maternidad y siguió usando el placer en su provecho.
–¿No te parece una paradoja formidable: la genialidad del hombre al servicio del «despreciable instinto»?
–Nadie sabe para quien trabaja.
–Mucho trecho va del hombre primitivo al hombre culto. De aquél que copulaba por placer, sin imaginar que estaba procreando, al que posee el conocimiento para planificar su descendencia.
–Un decir apenas –afirmó Joaquín–, si nos atenemos a tanto embarazo indeseado.
–Increíble que los adelantos de la planificación no se aprovechen. Definitivamente los que engendran sin querer en poco se diferencian de las bestias.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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SIEMPRE TE VOY A AMAR

Siempre de te voy a amar,
porque siempre serás inalcanzable,
porque sólo en sueños
disfruto de tus labios,
porque sólo en mi delirio
te anidas en mis brazos.

¡Siempre te voy a amar!

Siempre te voy a amar,
porque nunca habrá convivencia
que rompa “nuestro idilio”,
porque no nos impondrá la vida
sus cargas agobiantes,
libres somos
- de celos extenuantes -
y leales.

¡Siempre te voy a amar!

Siempre te voy a amar,
porque sólo anhelo protegerte,
porque soy capaz de amar
sin demandar un pago,
porque no me ata más lazo
que el afecto,
que permite feliz el sacrificio.

¡Siempre te voy a amar!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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A MIS JÓVENES COLEGAS *

Al terminar el Internado, se abre a vuestros pies un futuro que adivino formidable. Formidable en cuanto sembréis y propaguéis la semilla de un apostolado que es más que la restitución de la salud perdida, porque vuestra estatura impone en la sociedad ejemplo y liderazgo.

Que el amor por vuestra profesión jamás se extinga, ni vuestros pasos se aparten nunca del precioso encargo de preservar todas las expresiones de la vida humana; que vuestro entendimiento siempre esté ávido por conocer y aplicar los avances de la ciencia, y vuestro corazón pletórico de amor para tratar al paciente con humanidad y diligencia, y para actuar siempre con distinción y cortesía.

Que vuestra conciencia albergue eternamente la sabiduría para proceder con valor, con lealtad y con justicia, para inculcar a la sociedad y a la familia esos valores que hoy necesitamos tanto.

Que vuestra trayectoria esté surcada de grandeza para que grande sea el destino de esta noble tierra, porque en vuestras manos, jóvenes colegas, está también la dignidad y la vida de la patria.


* Por varios años el autor del blog fue jefe de Educación Médica y del Departamento de Investigación y Docencia del Hospital Central de la Policía Nacional de Colombia. Estas palabras fueron pronunciadas en la clausura del Internado Rotatorio del Hospital el 11 de junio de 1991.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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viernes, 11 de abril de 2008

CARTA XXII: QUE LAS SOMBRAS DE LA INFIDELIDAD NO NOS PERTURBEN

Julio 15

Mi amor:

Donde haya luz siempre habrá sombras, y donde asome la felicidad, temores. No podemos ignorar que los sentimientos son más efímeros que nuestra vida a pesar de nuestras buenas e infructuosas intenciones.

Muchas veces he afirmado que la monogamia no está escrita en los genes de la especie humana; que instituirla ha sido probablemente un disparate. Más con matrimonios que se fraguan para siempre. La poligamia o la monogamia cambiando de pareja son soluciones sociales a la infidelidad del hombre. Practicar la fidelidad es un tormento cuando el amor se ha ido. Que la traición acecha, he pensado en medio de la soledad y del despecho. Hoy que me vuelvo a ilusionar con el amor quisiera no pensar en ello. ¡Es imposible!

Cuando se inicia una relación hermosa quisiera que fuera para siempre, mas el amor a la voluntad no se doblega. ¡Mísero destino! Nadie ama porque la voluntad lo mande. La voluntad puede perpetuar una relación pero nunca un sentimiento. Y contra lo que dictan los cánones sociales, me opongo a que por la fuerza se mantenga una unión sin la chispa del afecto.

Víctimas somos del mandato natural que rige los sentidos, por ello no condeno a quien sucumbe a esa ley natural que involuntariamente lleva a la apatía por el ser que un día se quiso, más aún, que aviva simultáneamente el interés por otro. Una vez saturados los sentidos, pierden interés por el estímulo que los excita, por eso una criatura inédita embelesa. Habré de dosificar el placer que me prodigas para que siempre algo nuevo perciban mis sentidos.

¿Qué seguridad puedo ofrecerte?, preguntas con el sobresalto de quien vacila en emprender una aventura. Y solamente atino a contestarte que tantas como tú a mí puedas brindarme. No somos nosotros quienes guiamos al amor, sino él, el que a su antojo nos gobierna. Sólo actuemos con honestidad, sin el deseo de hacer o hacernos daño, así nunca habremos de sentir reproche.

Las promesas del enamorado son auténticas, pero no eternas como su juramento las proclama. No tienen más existencia que el amor que las inspira.

¿Pero no debemos, por ello, albergar siquiera una esperanza? ¿Por qué no disfrutar la dicha del presente si el futuro se nos presenta incierto?

Razón tienes al dudar del sentimiento que te atrae a mis brazos. Al fin y al cabo renuncio para amarte a otra relación, que en algún momento creí maravillosa. Hoy eres favorecida por mi infidelidad, no pensemos que mañana puedas por ella ser sacrificada. Mis palabras son sinceras, mi motivación honrada y mi corazón tan sólo alberga buenos sentimientos.

El temor a ser herido impide afectos profundos; genera desconfianza. Podría ser mejor para mí una relación superficial que nada arriesga. No lo anhelo así, por ti corro el peligro. En materia de infidelidad puede por igual ser uno víctima o verdugo.

No presientas que es menos mi cariño porque mis palabras rehuyen al amor eterno que juran los amantes. Con la mitad de mis años sería con ingenuidad perjuro, pues a ti me hubiera ofrecido para siempre. Con los que hoy me colman, por experiencia, únicamente te ofrezco con honestidad mi presente, y mi deseo porque la dicha pueda indefinidamente prolongarse.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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POR TEMOR A LA MUERTE SE AMA LA VIDA

Con la enfermedad llegó el momento de las confrontaciones, de saber si la muerte era la misma presentida en la distancia que vista cara a cara. En medio de su aplomo, José vivía momentos de inquietud. La incertidumbre del trance y la eventualidad del más allá incitaban su curiosidad. La desaparición de la vida como si fuera un bien intrascendente ya no lo conmovía.

«No aborrecí la vida, tampoco afirmo que la amaba». Y era verdad; por ser un bien impuesto siempre la cuestionó. «No me agrada que el individuo nazca sin intervención de su voluntad, y menos que cuando ha aceptado la existencia y se ha acostumbrado a vivir, se le arrebate la vida de forma inexorable. Cómo me hubiera gustado expresar mi anuencia de venir al mundo». No le encontraba sentido a llegar a la vida porque sí, a la fuerza, sin proyectos; a buscar una razón a la existencia; a improvisar estrategias para soportarla y a obrar como un sobreviviente. Sopesaba la hostilidad y las dificultades, las tristezas y los sacrificios, y los hallaba desproporcionados frente a los gozos y las satisfacciones. «¡Y sin embargo la gente se aferra a la existencia!». Coligió que era más por el temor a la muerte que por amar la vida. Él en cambio se ufanaba de que con el mismo ánimo que aceptó la vida, se sometía a morir. «A la parca la incorporé a mi mundo, la armonicé con mis afectos y la volví mi aliada. La percibí como una fuerza redentora en los momentos de dificultad y hastío». La sentía una puerta de escape, un último recurso que lo volvía altivo en la dificultad, porque le permitía burlarse de la vida hostil. Pero no era más que especular, porque de antemano sabía que nunca de esa alternativa se valdría.

Dedujo que si la vida, el bien preciado, desaparecía como un desecho, ningún capital menor que ella merecía un mayor esfuerzo. Que si la vida no era trascendente, nada podía serlo en este mundo. Luego no debía sacrificar su vida por en pos de desmedidas ambiciones terrenales. Y fue coherente: ni poder ni fortuna fueron objeto de sus sacrificios. Abolió los esfuerzos estériles; se volvió enemigo de las normas impuestas por los mismos hombres para desagrado de sus semejantes; anatematizó los mandatos sin bondad evidente y suplicio manifiesto; buscó la satisfacción de sus sentidos; y se olvidó de tantos cuidados con su cuerpo. Asumió comportamientos de riesgo bajo la concepción de que el mayor costo era apenas adelantar la muerte.

De manera que fue la pugna con la muerte la que le enseñó a vivir, la que le simplificó el arte difícil de existir. Sin descuidar sus principios dio vía libre a sus deseos, se hizo proclive al placer, pero sin asentarlo en el perjuicio ajeno. Ahora a punto de morir pensaba que muchas satisfacciones inmateriales fueron trascendentes, pues eran en su último viaje su único equipaje. «Me marcho con la dicha de la gratitud y el amor que me profesan, reconocimiento enorme a actitudes sencillas, a palabras amables, a gestos considerados, tan elementales que nunca creí que se tasaran tanto».

Eleonora advertía esa serenidad: «Mi papá hace ver sencillo el proceso de la muerte. El dominio de sí mismo y su impavidez desconcertante hacen pensar que nada ocurre». «Hija, cuando la muerte llega en el momento justo se la está aguardando; no tiene razón el sobresalto». Aunque era cierto el argumento, en el caso de José se había anunciado en un momento vital de su existencia, no era el momento justo por lo tanto. Haber tenido cada día una reflexión sobre la muerte hasta convertirla en parte de la vida, era el auténtico motivo de su serenidad. «Morir es cuestión de tiempo, y se puede morir hasta sin haber nacido», solía afirmar resaltando su carácter natural y perentorio. Haber peleado desde joven contra ella ahora le servía para aceptarla. Y así fue con la vida, con ella también libró duras contiendas. La disfrutó, pese a considerarla una carga insoportable. «El nacimiento es la primera contrariedad del hombre, que tiene que inventarse una razón que le quite el tedio por la vida, y paradójicamente es el pavor a la muerte la razón buscada. Por temerla, el hombre se somete a existir, sin importar las circunstancias». Pero su ánimo alegre y sibarita desdecía sus expresiones, más aplicables a los demás mortales; pues en él parecían apenas el producto pasajero de sus desencantos. Pretextos para vivir los tuvo siempre; fueron sus pensamientos, el mundo que criticaba –que le daba en abundancia motivos a su pluma– y fue su hija. Nunca fue la muerte. Con razón decía Piedad: «Convencido como está de que el destino es contrario a nuestras pretensiones, para retrasar su llegada siempre dice que la está aguardando».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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BUSCO EN VANO EL SENTIDO DE LA VIDA

Un final que aterra
obliga al hombre a desear la vida
y a perseguir motivos
que justifiquen su gozo y su tristeza.

Tras el fin real de mi existencia
busco incesante el sentido de la vida,
no ideales que finjan trascendencia,
ni simples motivos para seguir viviendo

No concibo la vida un accidente
sin razón y por inercia mantenido,
que se agota en la búsqueda
de un mísero mendrugo.

¡Busco incesante el sentido de la vida!

¿Qué finalidad tiene la vida?
¿Expiar acaso un pasado sin memoria?
¿Abrazar el sufrimiento
persiguiendo en la perpetuidad
la incierta recompensa?
¿Aferrarse a la esperanza
que con la felicidad nos ilusiona?
¿Entregar a los sentidos
el goce de placeres terrenales?
¿Será tan sólo la guarda de la especie?

¡Busco escéptico el sentido de la vida!

¿Podrá ser el amor,
entrega pura y generosa
que del Calvario baja
hasta perderse en pétreos corazones?
¿Acaso la fuerza enceguecedora del poder,
en que se forjan perversas ambiciones?.
¿Podrá ser la floración del pensamiento?
¿La busca de la perfección inalcanzable?
¿La contemplación filosófica del mundo?
¿El conocimiento científico
que al universo arrebata
sus íntimos secretos?,
¿La desprevenida búsqueda de Dios?
¿La prejuiciosa que todo sataniza?

¡Busco en vano el sentido de la vida!

¿Es el hombre un destino trashumante
sin memoria del tiempo y del espacio?
¿Una esencia surgida de la nada?
¿Una voluntad desestimada
sembrada sin querer en un mundo,
que abandonará también
sin desearlo?

¿Si es efímera la vida,
qué sentido tienen tantos esfuerzos
burlados por la muerte?
¿Qué trascendencia tiene
toda expresión que se esfuma con el tiempo?
¡Oh tránsito inútil por la tierra!
que ni siquiera deja la certeza
de esa eternidad que alivia la partida.

¡Busqué en vano el sentido de la vida!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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