viernes, 15 de febrero de 2008

ENTRE LA AMANTE Y UN MATRIMONIO MAL LLEVADO

Los comentarios de José contra el matrimonio y las esposas tenían ponzoña casi siempre. Él afirmaba que se daban instintivamente, como algo que guardaba en su inconsciente. Y de pronto era verdad. Su matrimonio lo había predispuesto contra el matrimonio; y el comportamiento de Elisa, indispuesto con todas las esposas. «No hay duda –decía–, lo mejor que pudimos hacer ella y yo fue separarnos; aunque confieso que para el momento de la separación ya no me inmutaban sus ofensas. No la odiaba, porque el odio es un veneno que sólo amarga a quien lo proporciona. Apenas la ignoraba. Me ultrajaba, pero sordo a su alegato, no me daba cuenta cuándo terminaba. Era la percepción repentina del silencio la que me ponía al tanto de su ausencia». Pero sus amigos poco creían en el dominio de la situación que él invocaba. «¿Dónde quedan las represalias del crítico pugnaz?» –se preguntaban–. «¿Dónde la decisión del hombre indómito y audaz de tanto escrito?». En últimas les parecía que el escritor decidido y frentero no podía con su mujer. ¡La eterna paradoja! El hombre ingobernable, el invencible, el dominador del mundo, acorralado por su mujer en un rincón de su propio apartamento. A José le producía desazón la interpretación de los hechos, más que los propios hechos.

En su hogar la situación se había vuelto crónica, por crónica tolerable, y por tolerable sin solución. Evitaba discutir con Elisa y oponía el silencio a sus gruñidos. No como expresión de derrota, sino como manifestación de indiferencia. Pero de puertas para afuera todo era diferente. El problema era más que el eterno enfrentamiento con su mujer: era la presión de sus amigos demandando solución. Pero no fue por ello que se consiguió una amante, aunque la amante sirvió para aplacar las críticas; al menos por un tiempo. «No me siento por mi infidelidad culpable. Cada ultraje de Elisa es en mi conciencia un cargo menos. Cada encuentro con Pilar me compensa con creces un disgusto con Elisa», les explicaba a sus amigos, cual si ellos que habían propiciado la infidelidad, demandaran justificación alguna. Ellos lo celebraban, percibían que por fin se sacudía el yugo, que castigaba, que tomaba represalias. Era explicable, la confrontación entre Elisa y José había polarizado a muchos de sus allegados, y se diría que como en una justa, tomaban partido y esperaban el siguiente golpe para festejarlo o para exigir una revancha. Pero a él no parecía animarlo la venganza. «Todo ha sido casual –decía– y tan exquisito, que siento la necesidad de prolongarlo. Pilar existe para mi propia satisfacción, no es un medio para escarmentar a nadie». Pero Francesca, una amiga de iluminado pensamiento, siempre insistió en que Pilar era el castigo perfecto para Elisa, y para que el suplicio obrara todos sus efectos, Elisa debía ser notificada. Aunque siempre lo negó, fue ella quien envió el anónimo: «José no volverá a ser el blanco de tu infamia. Una mujer mejor que tú se ha conseguido».

Con Pilar, decía José, Elisa encontró el pretexto para justificar sus atropellos pasados, presentes y futuros. «A todos hizo ver que su ira contra mí no era gratuita. Decía que esa maldita infidelidad –que no llevaba ni seis meses– había horadado “hacía años” toda su confianza. Que había acabado con el amor. Amor que muchos sospechaban que Elisa jamás había sentido». Y su relación con Pilar, hasta ese momento, un verdadero oasis, comenzó a debilitarse.

Pilar era comprensiva, amorosa, paciente, prudente, considerada. La perfecta amante. Siempre a su sombra, siempre pasando desapercibida, siempre ocultando o negando la relación en público, pero viviéndola en privado con toda intensidad. Demasiado buena, creía José, para sobrevivir a los ímpetus destructores de un mujer burlada. Elisa enfiló su furia contra ella; la persiguió, la humilló, la difamó, la puso en boca de todos, en los peores términos. Y el idilio de hadas comenzó a esfumarse.

Nuevas mujeres llegaron a su vida, pero en más clandestinidad y más secreto. Ya no enteraba a todos sus amigos; para la mayoría era un hombre solitario, un hombre mal casado y sin pareja. Volvieron las críticas a su pasividad y las presiones: «Lo que tienes que hacer es separarte». Finalmente le pareció correcto y terminó por divorciarse.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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CARTA XII: ANTES DE SER DERROTADO POR CUPIDO

Julio 1

Querida Paola:

Mi razón está naufragando por tu causa en las ilusorias aguas del afecto. ¿Por qué no compartir contigo las atrevidas reflexiones del último acto cuerdo antes de que el arquero del amor me hiera irremediablemente?

Tal vez porque conozco el éxtasis del amor desmedido, como la gélida indiferencia en que termina, he hecho presa de mis pensamientos los acontecimientos descarnados de la relación amorosa, constantemente contrapuestos al ideal ansiado.

Una simple atracción es la semilla del más descomunal afecto, de un amor que no conoce límite, de un vínculo que ingenuamente creemos para siempre. Con la conquista el interés decrece, con la convivencia los defectos ocultan las virtudes y un mundo de obligaciones y labores convierte en mísero recuerdo la llama ardiente que flameó al comienzo.

Y se podrá convivir por otros intereses, mas no por el motivo primordial: el amor. Es la triste evolución de la relación de la pareja humana, y no hay maquillaje moral ni religioso que cambie esa realidad indefectible. No hay censura ni excomunión que la transforme. Quiera el Cielo si nos acerca tanto como yo pretendo, que ese no llegue a ser nuestro destino. Hermoso es poder albergar una esperanza. Una esperanza que borre las oscuras sombras que rondan por mi mente.

He visto prolongarse relaciones bajo el influjo de cánones sociales, religiosos o morales, pero a cambio de una desazón profunda. Porque es imposible avenirse a una norma que no toma en cuenta una realidad que le es enteramente opuesta. ¿Quién puede admitir serenamente que el día es resplandeciente, cuando la razón y los sentidos revelan una noche fría y tormentosa? ¿Quién puede aceptar que vive un sentimiento eterno, cuando hace tiempo que se extinguió su llama?

Hoy mi corazón se debate entre la incertidumbre y el deseo de entregarme de lleno a la conquista. Veo en ti y en mí almas bondadosas, que aman y anhelan ser amadas, que le tienen preparada al amor una morada inmejorable.

No hay duda, están haciendo efecto las flechas de Cupido. Así tanta racionalidad no sirve para nada.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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LA GENERACIÓN ESPONTÁNEA O ABIOGÉNESIS

Creían sus defensores en la génesis de los seres vivos a partir de la materia descompuesta. Y tal era su convencimiento, que Helmholtz en el siglo XVI presentó una formula para hacer ratones.

Aristóteles, más teórico que práctico, acogió la creencia primitiva de que espontáneamente de la materia en descomposición surgía la vida.

La oposición a la teoría, finalmente derrotada por Pasteur, se inició con Harvey en 1650. Fueron dos siglos de alternativos avances y retrocesos. Francesco Redi (1621-1698), médico, naturalista y poeta florentino, con un sencillo experimento en 1688 creyó sepultar la teoría. Impidiendo mediante una tela el acceso de las moscas a la carne putrefacta, enseñó que era de los huevos puestos en la tela y no de la carne, donde se generaban los gusanos. Pero su descubrimiento sólo le valió un proceso por herejía en 1674. “En la Biblia está escrito que del cadáver de un león salió todo un enjambre de abejas, por lo tanto es falso lo de las moscas y los huevos”, se escribió en el proceso contra el ateo.

El asunto de la generación espontánea enfrentó por mucho tiempo las teorías mecanicista y vitalista. La primera, defendida por el filósofo francés René Descartes (1596-1650) y por el médico y botánico holandés Hermann Boerhaave (1668-1738), entre otros, promulgaba unas mismas leyes para el mundo viviente y el inanimado; la vitalista, sostenida por el médico alemán Georg Ernst Stahl (1660-1734), proponía leyes diferentes para esos dos mundos. La existencia de la abiogénesis era fundamental para las dos teorías. Si de lo inanimado podía surgir la vida la teoría mecanicista se confirmaba, si no era asi, la brecha entre lo animado y lo inanimado corroboraba los postulados de la filosofía vitalista.

Años después, en 1745 o 1748, el sacerdote católico irlandés John Turberville Needham (1713-1781) seguro de haber destruido con el calor todo vestigio de vida en los matraces de su laboratorio, fortaleció la idea de la abiogénesis, al convencerse de la generación espontánea en el líquido putrescible que ellos contenían. Needham y el biólogo francés Buffon postularon la teoría de la fuerza vital, que consideraba a los organismos vistos bajo el microscopio como la fuerza particular que “vitalizaba la vida”. Para Lazzaro Spallanzani (1729-1799) el calentamiento y el aislamiento de los frascos para asegurar la esterilidad había sido insuficiente, así lo afirmaba al no obtener en experimentos semejantes, iguales resultados.

La aparición del microscopio, paradójicamente en sus inicios, llegó a fortalecer la idea de la generación espontánea al mostrar nuevas formas vivas que no se sabía de donde procedían. Aunque Anton van Leeuwenhoek descubrió con su microscopio los diminutos organismos de las materias orgánicas descompuestas, nunca defendió la teoría de la abiogénesis, siempre creyó que procedían del aire.

Enemigo de la teoría, Theodor Schwann, pregonaba en 1834 sin hallar eco a sus palabras, que la carne sólo se corrompía cuando la contaminaban impurezas como las portadas por el aire. Pasteur siempre pensó que tales organismos debían proceder de otros semejante: "omnis cellula e cellula". Pero la resistencia a Pasteur llevó a afirmar que los microbios no eran los responsables de las infecciones sino otros gérmenes surgidos de la abiogénesis. Sus ingeniosos experimentos deshicieron finalmente y por siempre tal creencia. Confirmó primero la presencia de microorganismos en el aire, luego esterilizó soluciones orgánicas con calor y las expuso al aire filtrado (libre de contaminación) demostrando que no surgía en ellas la vida, a diferencia de aquéllas sometidas al aire corriente. Fueron el último y temporal escollo las bacterias más resistentes al calor, aquéllas capaces de formar esporas. Bajo el amparo de esa circunstancia pudieron rebatir por más tiempo los amigos de la teoría, como Bastián o Félix Pouchet, los conceptos en contra de la generación espontánea expuestos por Pasteur. Pero esterilizando bajo presión y a 120 grados centígrados, el sabio francés destruyó no sólo las formas bacterianas resistentes, sino la resistente teoría de la abiogénesis.

Los dos siglos de enfrentamiento entre defensores y opositores de la teoría llevaron a la Academia de Ciencias de Francia a ofrecer en 1860 un premio a quien resolviera las dudas sobre el controvertido fenómeno. En las manos del químico francés quedó la recompensa.


BIBLIOGRAFÍA
1. Asimov Isaac. Breve historia de la biología. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1966: 44-48
2. Bastian Hartmut. La gran aventura de la humanidad. Barcelona: Ediciones Destino. 1961: 433
3. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 11ª. Ed. Barcelona: Salvat Editores S.A. 1974: 1073p
4. Loeb Jacques. El organismo vivo en la biología moderna. Madrid: Imprenta Clásica Española. 1920: 31
5. Margenau Henry, Bergamini David. El científico. En Colección Científica de Life. México: Offsett Multicolor. 1966: 28
6. Nordenskiöld Erik. Evolución histórica de las ciencias biológicas. Buenos Aires: Espasa – Calpe Argentina S.A. 1949: 481, 482, 486, 487, 489-491
7. Nuevo Espasa ilustrado 2000, España: Espasa - Calpe S.A. 1999: 1832p
8. Pasteur Luis. Estudios sobre generación espontánea. Colección héroes de la ciencia. Buenos Aires: Emecé Editores S.A. 1944: 272p
9. Pedro-Pons Agustin. Tratado de patología y clínica médicas. 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores, 1960: Tomo VI, 5, 6
10. Pequeño Larousse Ilustrado, Bogotá: Ed. Larousse. 1999: 1830p
11. Pfeiffer John. La célula. En Colección Científica de Life. México: Ed. Offset Multicolor SA. 1965: 82, 86
12. Radl EM. Historia de las teorías biológicas. Madrid: Revista de Occidente. 1931: Tomo I, 181, 182, 206, 207
13. Radl EM. Historia de las teorías biológicas. Madrid: Revista de Occidente. 1931: Tomo II, 218-222
14. Singer Charles. Historia de la biología. Buenos Aires: Espasa - Calpe Argentina S.A. 1947: 361-363, 419-429
15. Sigerist Henry. Los grandes médicos. Barcelona: Ediciones Ave. 1949: 118, 251 (ilustración)
16. ToPley W. C, Wilson G. S, Miles A. A. Bacteriología e inmunidad 2a. Ed. Barcelona: Salvat Editores. 1949: 4-7
17. Von Drigalski, Wilhelm. Hombres contra microbios. Barcelona: Editorial Labor. 115-147


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas")


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FUERZA SÓRDIDA*

A la actitud valerosa de nuestro presidente y de nuestro Ministro de Gobierno**, y al sacrificio de cuanto ciudadano honesto ha levantado su voz contra la siniestra actividad del narcotráfico, no puede oponerse la fuerza sórdida y minúscula de quienes con malas artes se han apoderado de la representación del pueblo y de los honores preservados a los más dignos ciudadanos.

Bajo su sombra los principios que deberían defender son ultrajados, porque estos huérfanos de honestidad y valentía han desterrado del Parlamento todas las virtudes.

Mientras encontramos los medios para despojar a los usurpadores de tan alta como inmerecida investidura, señalemos a nuestros conciudadanos ignorantes y confiados, los individuos que deben quedar para siempre proscritos del Congreso, y grabemos para la posteridad los nombres de quienes hoy en vergonzosa afrenta pretenden entregar la Patria a las mafias de cuyos dineros probablemente se nutrieron.

¡Caiga sobre sus hombros indignos todo el peso de la historia !

* Publicada en el periódico colombiano "El Espectador", diciembre 10 de 1989, pág. 4A
** El presidente de Colombia Virgilio Barco y el entonces ministro Lemos Simmonds prefirieron hundir en el Congreso la reforma constitucional que ellos propusieron, antes que permitir la prohibición de la extradición introducida por parlamentarios influenciados por la mafia.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")


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SOLEDAD INSONDABLE

Venus que la dicha eres
de tantos corazones,
¿qué recóndito dolor lleva tu entraña?

¿Cómo tú, que la felicidad desbordas,
puedes albergar siquiera
un pensamiento triste?

¿Sufres la ausencia de un amor
-desconocido-
que a la vida devuelva su sentido?
¿Sientes la soledad que ningún
amor puede curarte?

¿Para ser feliz qué te hace falta?
No el amor que en exceso
de mi ser rebosa,
sólo el de aquél,
que soñado en tus suspiros
inflame tus sentidos y tu alma.

Si buscando tu ventura yo pudiera
los hilos al destino trastocarle,
a mi vida el tiempo devolviera
y para amarte
transformado regresara
a la imagen de tu príncipe soñado.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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NOSTALGIA (II)

¿Por qué es triste la vida,
si rebosa de alegría por tu presencia?

¿Por qué es triste la noche,
si eres de ella lucero que refulge?
¿Si de pasión se arroban los amantes?

¿Por qué mis días parecen tristes,
si se iluminan con el sol de tu mirada?

¿Por qué a mis sueños la tristeza los invade,
si son la ilusión
para sentirte mía?

¿Por qué mis pensamientos
son presa de nostalgias,
si en ellos tu vives presente?

¿Por qué de la muerte
no temo su llegada?

¡Porque tu existencia
fue en mi vida una quimera!
En otro mundo...
seré al menos
el ángel que te guarde.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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NOSTALGIA

Reminiscencia de la felicidad perdida,
deseada evocación
que nos desgarra el alma,
ambiguo sentimiento que confunde
venturas y aflicciones;
ilusión desvanecida
de un futuro irrealizable.

Recuerdos vívidos
de seres que anhelamos,
abrazo que se extiende al infinito
estrechando a quienes marcharon
para siempre.
Añoranza de tiempos y costumbres,
de amores malogrados
que a nuestro lado
quisimos florecidos.

¡Intento inútil de volver
nuestros pasos al pasado!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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OBSESIÓN

Imaginó mi alma la ternura
y los frutos más dulces del amor,
y desde entonces,
buscó esa irrenunciable obsesión...
sin conseguirla.

Espejismos de un amor ideal
deslumbraron mis sentidos,
vacuas formas de mujer,
sin alma femenina.

Otras,
oasis de ternura incomparable,
de virtuosos encantos
y aroma espiritual y delicado,
cruzaron sin tocar mi vida:
elíxires prohibidos de Afrodita.

Almas desatinadas
que imaginan el amor todo dulzura,
que para amar no ponen condiciones,
que sólo dan, sin recibir a cambio,
incomprendidos seres
que con candor desnudan
sus íntimos secretos,
que en sus propios afectos se consumen.

Como aquéllas,
busqué en la tierra
expresiones puras del amor
que desbordaron siempre
la condición humana:
¡encumbrados anhelos
en cenizas transmutados!

Ha de ser mi obsesión irrealizable sueño:
¡El amor terrenal es flama
que se extingue sin remedio!

Para después de mi muerte
postergaré mis ilusiones.
En otra vida,
quizá,
el amor será más generoso.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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domingo, 10 de febrero de 2008

LO QUE VA DEL SUEÑO A LO REAL

La vida suele tomar rumbos que se apartan de los objetivos idealizados en la infancia. José, como en los cuentos de hadas, soñó con una casa encantada, inundada de fragancias, con una doncella tierna y amorosa, y con un hogar dichoso y duradero. Fue su visión inocente de la vida. Tuvo un techo –para no quejarse– que lo resguardó del frío, pero sin los aromas romántico soñados. La doncella fantaseada, «fue un hechizo de pésima factura», él lo decía. «Amantes no previstas me endulzaron el amargo destilado de la reina de la casa». Los niños fueron el único sueño que dejó la realidad incólume. Ellos, que eran en su fantasía el elemento menos trascendente, a través de su hija se convirtieron en un suceso inesperado y grato.

Los patrones que le inculcaron en el hogar y en el colegio los reemplazó José, por fuerza de las circunstancias, por un modelo propio. Uno excéntrico, realizable y práctico, en oposición a uno ideal, pero imposible. La mujer esposa, amante, amiga, ama de casa y madre, no fue la que encontró en Elisa. Su dicha con ella fue fugaz. «El título de esposa apenas es un mote con el que fundamenta su derecho a infligirme todo tipo de agresiones». En ausencia de la esposa-amiga-amante, como compensación buscó auténticas amigas y auténticas amantes. Sin embargo, ya herido por su enfermedad, con un dejo de nostálgico reclamo decía que había que contentarse con lo real que era lo único contable. Y lo decía pensando en los sueños frustrados de su juventud, pero también, en la incertidumbre del futuro: en lo que sería «su vida» tras la muerte. «Son reales mis gozos y mis sufrimientos, lo que di y lo que me brindaron, lo que conquisté y lo que me arrebataron. En cambio el más allá acaso no sea más que un sentimiento o un deseo. Una eventualidad nebulosa, como la suerte, contraria a lo que deseamos... de pronto inexistente».

Creía en la felicidad como objetivo primordial del hombre. «La quiero aquí y ahora. Otros mortificándose la desechan aquí, con la esperanza de que en el otro mundo los esté aguardando. Algunos la quieren ahora sin importar su precio, inclusive el daño de sus semejantes. Yo la anhelo con cordura y sin afanes, a sabiendas de que entre la búsqueda y el hallazgo, la felicidad a veces se refunde». Consciente de que era amo del presente, pero incierto dueño del mañana, no la pospuso cuando tuvo la posibilidad de tenerla entre sus manos. El placer fue su fuente, pero también lo fueron sus desvelos cuando significaron la dicha de los suyos. Porque la felicidad que reclamaba era goce sensual, pero también satisfacción espiritual.

Había dicho que no estaba dispuesto a tener al final de sus días un saldo negativo. Lo consiguió. El balance le era favorable. «No estoy arrepentido. Mis padecimientos fueron estrictamente necesarios, no padecí por gusto. No practiqué la templaza innecesariamente. Tampoco ambicioné el poder y la riqueza, en cuya consecución el hombre sin darse cuenta arruina su ventura. A mi modo de ver, el poder no da felicidad sino esclaviza. Mi hedonismo fue mal interpretado, mis críticos sólo imaginaron en el placer el desenfreno, el sexo, la droga y el alcohol. Pero de ellos, el goce erótico fue el único que me sedujo. Mi hedonismo fue una refinada estimulación de los sentidos: el horizonte encendido del ocaso, el sol resplandeciente, el cielo azul inmaculado, el vivo verdor de la naturaleza, el agua cantarina, el mar espumoso y murmurante, la brisa cálida, el arenal dorado, el canto melodioso de las aves, el aire puro y perfumado. O la contemplación de una pintura, el arrobamiento por una nota musical, la lectura de un poema, un buen vino, un suculento plato, un concierto, una película, una alegre compañía. Todo eso tuve, así como el éxtasis sobre la piel desnuda. He cumplido, no tuve que arrepentirme de lo que dejé de hacer... porque lo hice. Nunca pasaron el alcohol ni las drogas por mi vida, nada que pudiera someter mi voluntad, porque el contrasentido del placer es terminar esclavo del estímulo que lo propicia. El vicioso disfruta menos que lo que padece».

Pero tuvo que explicar su concepción del placer para borrar la idea de la conducta disoluta. Exculpado su modelo por no ser licencioso, tacharon entonces su hedonismo de egoísta. Nada que le hubiera preocupado, porque explicaba que egoísta ha sido siempre el ser humano. «Alberga malos sentimientos, pero también una extraña disposición a prodigar felicidad a otros. Hace parte de su esencia. El niño al convertirse en adulto se pervierte, pero también renuncia al egoísmo absoluto de la infancia. El niño que arrebata el bocado a sus papás, se transforma en el padre protector que ayuna antes que privar a su hijo de un bocado. Esa sorprendente sensación de bienestar al prodigarse, también quedó incluida en mi lista de placeres. Regocijarse cuando alcanza la felicidad el oprimido, conmoverse con la gratitud de quien hemos consolado, sentirse inmenso cuando se calma la necesidad de un niño hambriento, sentir como propia la felicidad de quien sale con nuestra ayuda de un trance doloroso... Esos fueron placeres filantrópicos».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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SEGUIRÉ VIVIENDO - ÍNDICE

Prólogo
A enfrentar la muerte y a disfrutar la vida
Hedonismo ante la muerte
El moribundo piensa en conciliarse
La búsqueda de la verdad y lo correcto
José descubre que su cáncer científicamente es fascinante
Lo que va del sueño a lo real
Entre la amante y un matrimonio mal llevado
¿Qué es el pecado?
Las batallas conyugales
Las contradicciones del corazón de la mujer
José y Javier, unidos por la amistad y separados por el dogma
Entre la salvación y el sufrimiento
Por temor a la muerte se ama la vida
Joaquín y José, entre pícaros y filosóficos
El germen de la infidelidad
Ni conservadurismo extremo ni culto al ser humano
Para todas las religiones es el Cielo
El concepto de placer
Las navidades y la reminiscencia del dictamen
El último prólogo
La nostalgia de un amor duradero
Muerte y bondad: objeto de mis sueños
Los peligros de la sociedad y del Estado
Eutanasia
Pensar en la muerte es saludable
Lo que el hombre oculta
Inevitablemente el hombre es religioso
Mariana
Ideario del moribundo, sus máximas y frases incisivas
Un juicio en mi inconsciente
Conflicto entre la razón y las creencias
El estoicismo
Feminismo absurdo y feminismo razonable
Nunca sojuzgado
El doloroso mundo de las calles
Mi superyó onírico
El demonio es el hombre
Mujer, sexo y ternura
El mundo por descubrir no es el soñado
¿Terminé amando la vida?
Fustigar al poder, como defender la autoridad, es necesario
Juicios de Dios y de loa hombres
Una tarde hablando de infidelidad, de instinto y de pareja
Irma y el conocimiento del amor
La caja gris de las amantes
Lo mejor, la infancia
Un pensamiento lleno de contrastes
Nunca se pierde la esperanza
Educar no es formar. ¿Es la enseñanza un proceso en bancarrota?
Alicia
Nuestro mundo, lo que tenemos más a mano

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sábado, 9 de febrero de 2008

JOSÉ DESCUBRE QUE SU CÁNCER CIENTÍFICAMENTE ES FASCINANTE

Ante la inminencia de la muerte y la posibilidad del sufrimiento, el tema del suicidio y la eutanasia rondó la mente de José, pero a pesar de la connotación afectiva no dejó de ser un ejercicio intelectual y frío. En lo personal poco lo seducía. Aceptaba la vida como fruto de la creación divina, pues algo tan complejo y maravilloso no lo consideraba producto del azar. Pero le reconocía una individualidad intocable, lo que quería decir que era un bien del que sólo debía su dueño disponer. Y para José el dueño de la vida era el morador del cuerpo en el que ella residía. De modo que sin compartir los motivos del suicida, reconocía su pleno derecho a terminar su vida. Bajo esa perspectiva la eutanasia también tenía su asentimiento. Pero involucrar a un tercero haciendo de verdugo no lo convencía: «Por piedad a nadie le quitaría la vida. Acepto el derecho que tiene el moribundo de acelerar su fin, pero es mejor que lo consiga por sus propios medios». Para sí, no tenía previsto un desenlace tan extremo; estaba preparado a una muerte natural, ajena también a las medidas heroicas que prolongan la vida encarnizadamente.

Esas reflexiones lo llevaron a la tasación de la existencia. Se preguntaba cuánto valía la vida, y si era el don de mayor precio. Decía que sí, tratándose de la vida ajena, pero no podía ser tan rotundo con la propia. Siempre había dicho que otros valores como la libertad, la más preciada de sus convicciones, estaba por encima de ella: «Por la libertad, hasta la misma vida».

Su descuido por vivir parecía real, pero también podía traducir cierto apego a la existencia bajo el criterio de que tanto cuidado es ominoso, y que siempre se pierde lo que más se quiere; pues su indolencia con su salud y con su cuerpo no iba a la par con el esmero con que procedía con la existencia ajena. De todas formas sin importar cual fuera el verdadero sentimiento, a José no le faltaban los arrestos para hacer mofa de su circunstancia: «Claro que si hubiera sido menos descuidado no estaría muriendo de éste cáncer... otra dolencia a la tumba me estaría llevando».

Y con esa tranquilidad se puso a investigar, aunque tarde, sobre los síntomas de su dolencia. Decía que su interés era sólo académico porque ya no iban a cambiar las cosas. «Al menos sirve para exculpar a mi estómago, que siempre me avisó que estaba enfermo». Recordaba, por ejemplo, las heces oscuras que él desestimaba por ser tan infrecuentes, o la pérdida de peso por la que sus amigos lo encontraban más apuesto. Y síntomas que toda la vida lo habían acompañado, como el meteorismo, la epigastralgia, la náusea y la dispepsia, que a fuerza de soportarlos los identificaba como manifestaciones benignas de un mal sin mayores consecuencias.

En las lecturas iniciales se encontró con el Helicobacter pylori, una referencia obligada en los artículos sobre el cáncer gástrico. Muchas veces tuvo esa bacteria, numerosas veces lo trataron, en otras tantas no le formularon nada. Sin ánimo de reclamar, un día se lo comentó al doctor Mendoza, y él le sacó de la cabeza la idea de que ese microorganismo y el cáncer de estómago fueran inseparables. «¿Qué tal, José, que le sacáramos el estómago a todos los que tienen la infección cuando sólo una proporción minúscula de los infectados llega al cáncer gástrico? Su presencia no es suficiente, tampoco es necesaria. Ni siquiera se ha aprobado el tratamiento para todos los que portan la bacteria».

Con las indagaciones la enfermedad se volvió afectivamente menos pérfida y científicamente más interesante. «Es que es apasionante –le decía a Eleonora– saber como esos cambios en un mundo microscópico terminan por matar a una persona. Todo es sutil e imperceptible, molecular y celular, lento pero seguro. No es un error de la naturaleza, sino una transformación infalible que busca la extinción. Tan precisa como el proceso que mantiene la existencia. Una transformación que articula armoniosamente la vida con la muerte. Una ley imperiosa de la naturaleza. Toma la gastritis atrófica como el punto de partida y observa esta evolución tan fascinante: La inflamación de la gastritis crea con su renovación celular acelerada, una condición propicias para el cáncer. Si la atrofia de la mucosa se le suma, decrece la acidez, y con menos acidez en el estómago, los organismos que transforman en cancerígenas ciertas sustancias de los alimentos proliferan. Esas sustancias son los nitritos que aquéllos convierten en nitrosaminas. Pero antes que cáncer, hay metaplasia intestinal y más tarde displasias, enfermedades que pueden regresar. Y en cada paso puede el enfermo intervenir, previniendo o alentando la transformación maligna. Los tumores, Eleonora, no nacen de improviso». Y su enfermedad no había sido la excepción. Todo los pasos los habían cumplido. Mientras hubo sensatez en sus controles las biopsias descubrieron la gastritis crónica, la gastritis atrófica y hasta la metaplasia intestinal, a la que por ignorancia no le encontró su real significado.

Sus escritos, como sus visitantes, mantenían fresca la historia de su enfermedad: Había atribuido a los tragos de un coctel las náuseas y un fuerte dolor en la boca del estómago, y esperó como siempre que los síntomas se calmaran con el hidróxido de aluminio, la ratinidina y la metoclopramida. Pero la indisposición progresó hasta doblegarlo. Una diarrea como alquitrán lo hizo temer que el tratamiento estuviera fuera de sus manos. Pero fue el vómito, mezcla de un líquido verdoso con grumos de color café, coágulos y sangre fresca, el que lo hizo consciente de que era urgente la asistencia médica. En ambulancia Eleonora lo llevó a la clínica. Resultó breve la que creyeron una estancia prolongada. La hemorragia se controló y la transfusión lo dejó en inmejorables condiciones. Sólo la incertidumbre del diagnóstico los mantuvo en vilo. Finalmente llegó la noticia presentida: Adenocarcinoma antral, moderadamente diferenciado e infiltrante. Nada nuevo en su expediente, pues el informe de la endoscopia ya lo sugería, sólo que el médico no había querido notificarlo sin el soporte de la patología. En la endoscopia se había observado una masa antes del píloro, con pliegues engrosados y bordes imprecisos, sorprendentemente ni ulcerada ni sangrante. Era el cáncer. Vecina a ella, una zona de gastritis erosiva explicaba la hemorragia. ¡Vaya hallazgo! Un cáncer avanzando silencioso, y una gastritis causando el alboroto que terminaba por delatar la enfermedad maligna.

José se había reservado placeres para colmar los últimos días de su existencia, pero prefirió esperar más que un indicio. Con los hallazgos de la ultrasonografía endoscópica y de la tomografía axial computarizada, se convenció de que la enfermedad había llegado a un punto sin regreso. La laparoscopia, intervención menor que le recomendaron, la difirió hasta que realizó sus sueños. Fue un tiempo que no propiamente podría calificarse de perdido, pese a que llevó al tumor al último de los estados. Restablecido de la laparoscopia, el doctor Botero le reveló en detalle todos sus hallazgos y le explicó el acelerado deterioro que vendría. José recibió quimioterapia paliativa y volvió a su apartamento. Su estado en decadencia motivó una atención más esmerada. Eleonora procuró brindársela a costa de un trajín insostenible. José se oponía a la contratación de una enfermera y sólo admitía que Javier, Piedad y Alicia anduvieran con toda libertad por sus dominios. Aunque su colaboración era valiosa, muchas eran las horas en que José quedaba solo, horas de interminable tensión para Eleonora. Había aceptado volver al hospital cuando no pudiera beber ni un sorbo de agua, pero fue un severo dolor el que lo hizo despedirse de su apartamento definitivamente. Tan intenso fue, que no se opuso a que lo transportaran de urgencia en ambulancia. Cosas de los paramédicos que insistieron en llevarlo. Ellos pensaban en su vida, José tan sólo en el dolor, y apenas pedía un calmante para morir tranquilo. En el hospital tuvo varias hemorragias digestivas y fue objeto de varias transfusiones. Incólume el tumor siguió creciendo; llegó al páncreas, comprometió el duodeno, y se arraigó en el hígado, en el pulmón, la pleura, la vesícula biliar, el epiplón y el mesenterio.

«De pronto otra sería tu suerte –se atrevió a decirle alguna vez Federico Castañeda– si hubieras aceptado luchar contra el mal desde un principio». «Eso no es cierto –le dijo José, en tono perentorio–. En un análisis de pronto masoquista, confronté mi decisión a la luz de las exploraciones posteriores. No me equivoqué. Las conjeturas hechas con el auxilio de los médicos indicaron que al momento de la biopsia la enfermedad ya era avanzada. Era un estado III, en una clasificación progresiva que sólo contempla cuatro etapas. Con un tumor enquistado en la profundidad del estómago, llegando hasta su músculo, e invadiendo los ganglios vecinos de la aorta, las posibilidades de recuperación eran muy pocas». Aludía a la tomografía y la ecografía endoscópica en que se fundó el estudio de extensión, como llaman los médicos a los exámenes que determinan la magnitud de la propagación del cáncer. «Sentirme mejor de lo que los estudios revelaban no era ninguna garantía. Hasta mi hígado, cuando ya mostraba en los exámenes señales de metástasis, era normal para los médicos que lo palpaban. ¡Es que estando herido de muerte se puede pasar por saludable! Si me hubiera entusiasmado con curas milagrosas, me hubieran abierto el abdomen para extirpar un tumor irresecable, me hubieran practicado quimio o radioterapia en sesiones intensivas, todo por una minúscula esperanza. En todos esos martirios se hubiera ido mi vida, dejando frustrados mis últimos anhelos». Tenía razón. Muchas de las conductas que con él tomaron demostraron responsabilidad y celo infinito por la vida. Humanamente no eran necesarias. «¿Qué hubieran hecho si un tromboembolismo pulmonar que sospecharon hubiera resultado cierto? ¿Hubiera muerto en la unidad de cuidados intensivos con todos los suplicios?», preguntaba José, a sabiendas de que a un moribundo desahuciado no hay por qué rescatarlo de la muerte.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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LOS PIONEROS DE LA TRANSFUSIÓN INTRAUTERINA EN COLOMBIA*

En la barbarie en que Colombia parece disolvese, se reconforta el espíritu con la labor meritoria que tantos colombianos realizan en silencio, y que nos hace comprender que los cimientos de la nación lejos están de derrumbarse y que su ley no podrá imponerla, pese a todo el dolor que cause, un minúsculo puñado de caines.

Entusiasma entonces, la difusión de nuestros logros y resulta particularnmente grato para quienes a nuestro cuidado tenemos a las madres y a sus futuros hijos, la publicación del periódico sobre la transfusión intrauterina.

Para quienes hemos sido testigos cercanos del desarrollo en nuestro medio de los nuevos procedimientos que han permitido la manipulación intrauterina del feto con fines diagnósticos y terapéuticos, la labor de sus pioneros, tan callada como fructífera, no puede permanecer ignota. El trabajo de estos iniciadores, los doctores Eduardo Acosta Lleras y Eduardo Acosta Cajiao, tan alejada de todo afán publicitario como lucrativo, como el de todo enamorado de la humanidad y de la ciencia, no puede sin embargo ser anónimo. Injusto sería que una patria que en su memoria guarda el nombre de quienes la desangran, no perpetuara también en el recuerdo el de sus mejores y abnegados hijos.

Al exaltar su labor, permitamos que este reconocimiento merecido, se convierta a la vez en estímulo a su misión consagrada.

* A los directores de el periódico colombiano El Espectador, noviembre 18 de 1989


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")

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CARTA XI: ÉSTE SOY, DEBES CONOCERME

Junio 28

Paolita:

Éste que conoces, consentidor y tierno, también tiene en sus venas sangre en ebullición, savia indomable. Por eso me proclamo libre de amar y profesar afectos, amo de mi libertad y señor de la voluntad que Dios y la naturaleza me entregaron. Por ella lucho hasta la muerte.

No me someto a las hipócritas reglas de los hombres, sólo atiendo a mi razón y a mi conciencia. Actúo siempre con la frente en alto; expongo mi pecho a los agravios. Por mis convicciones todo sacrificio es vivificador y lícito, ni siquiera la parca me detiene.

Soy hombre de ideas y de ideales, desmitificador e iconoclasta, propenso al peligro, con la injusticia, intolerante; flexible con las debilidades de la carne, acérrimo enemigo del comportamiento santurrón y solapado.

En lo laboral de las jerarquías me mofo, en lo social me burlo de las clases: meros accidentes del destino. Quien hoy más bajo, puede ser mañana poderoso. Sólo miro el corazón y la bondad humana. A los humildes sirvo con agrado, con más gusto que a los poderosos que llegan a creer que me han comprado. No admito esclavitud o servidumbre, ni acepto que la mujer le pertenezca al hombre, o que por artimaña de un ridículo contrato, dueño se vuelva un cónyuge del otro. Sólo concibo uniones que duren por afecto, por el consentimiento pleno y deseado, aquéllas en que el ser sea libre, y toda expresión del instinto tolerada.

Lo que recibo ofrezco, y tantos derechos y libertad concedo, como los que la consecución de mi felicidad exige. En la infidelidad no creo como pecado, es instinto natural por todos cometido. ¡Los que de amor son, no son pecados!

Me repugnan los celos aunque sean normales, tampoco concibo el destino de las almas atado a la cohibición y al sacrificio. Hedonista soy confeso y practicante.

Únicamente la bondad tiene por norte mis acciones. Nunca esperes de mí un ataque por la espalda.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA X: UN COMPLICADO PARADIGMA

Junio 25

Querida Paola:

Me dice la experiencia que tratar de reunir en un solo ser todas las virtudes que el hombre anhela en su pareja no es posible. ¿Cuántas veces es una misma mujer la mejor amiga, la mejor confidente, la mejor compañera, la mejor madre, la mejor ama de casa y la mejor amante? Casi nunca. No son más que esperanzas que se frustran y energías que se pierden en pos de un modelo que con dificultad se logra.

Hace tiempos pensé en un novedoso paradigma ¿Qué pasaría, me preguntaba, si cada necesidad fuera satisfecha por una persona diferente? Porque una buena madre puede ser muy mala amante, pero otra habrá apasionada y amorosa, otra que se destaque como amiga, otra como ama de casa insuperable.

Y conocí buenas amigas, buenas amantes y buenas confidentes, cual si el modelo sin duda funcionara. De hecho guardo el recuerdo de provechosas experiencias. Pero aunque encontré mujeres maternales, reemplazar a una madre, es imposible. El hijo la amará siempre a pesar de sus errores. Me olvidé del complejo paradigma. El de la madre de los hijos y una amante sigue siendo a mi modo de ver el que mejor funciona.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA IX: ¿CÓMO NO HE DE SER INFIEL?

Junio 22

Princesita:

He llegado a ti luego de una penosa travesía por las sendas espinosas del amor. Más maltrecho que victorioso, pero más experto.

Éste que vez luciendo, casi cínico, el diploma de su infidelidad, un día fue un cándido marido que creía en el amor y en la perennidad del matrimonio. Que fiel a ese pensamiento soportó con resignación maltratos, suplicó mil veces, perdonó otras tantas y pidió perdón sin ser culpable. Todo por prolongar un sentimiento absurdo: un amor hilado a punta de ofensas y desprecios. A punta de suspicacias y recelos.

Me acogí a los santos, a Dios, al firmamento entero. Rogaba por la transformación de aquel temperamento inicuo. Y debió escuchar el Cielo mi llamado, porque aunque los ultrajes no cesaron, ni nunca brotó de sus labios una palabra amable, el amor por ese ser por quien yo daba la vida se evanesció definitivamente, me sentí intempestivamente libre, nuestras diferencias dejaron de importarme, de nuevo me dejé tentar por las mujeres. Se acabó la lealtad con quien me había fallado.

Sufrí mientras amé sin entender la razón de las actitudes agresivas. Con el tiempo me forjé un espacio para el romance fructífero y furtivo. Y no llegué a sentir contrición por mis deslices, por el contrario, cada aventura fue la compensación a cada instante amargo. Así, tan descarnado como lees, me volví infiel sin remordimiento alguno.

Ya ves, no es gratuita mi actitud ante el amor, ni mi infidelidad está libre de motivo.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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CARTA VIII: MÁS ALLÁ DE LAS FORMAS

Junio 19

Paolita:

Sin las formas perfectas de tu cuerpo me hubiera perdido la oportunidad de conocer tu alma. Porque sin la aproximación de los sentidos pocos pasos al encuentro con la mujer damos los hombres.

Tras de tu sensualidad hallé ternura. Y el cielo que observa mis pecados, sabe que si débil a la carne es mi materia, no lo es menos a la ternura mi alma. La dulzura y la belleza que tu ser a raudales proporciona, constituyen la combinación de atributos en que siempre mi corazón y mi razón se pierden. No hay atenuante a tus encantos, tus líneas son perfectas, equilibrio supremo de tu genio y de tu aspecto. Tan bellos como profundos son tus ojos, mirada abismal en la que deseo precipitarme sin temores; mirada perturbadora y compasiva; ruego enternecedor que me domina. Tu tersa piel es más que un ingrediente suave de tu cuerpo, es una esencia, un efluvio sereno y delicado que emerge de tu entraña. Todo lo externo en ti tan armonioso apenas es destello de un interior que más bello se adivina.

Gracias hermosa mujer por revelarme las bellas cualidades de tu espíritu, presiento que ante ellas estaré rendido.

LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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SOÑANDO LO IMPOSIBLE

Cierro los ojos
para hallarte en mis ensueños.

Y brota de mis sueños
tu grácil esencia juvenil...
tan fresca;
tu larga caballera de azabache,
- noches profundas
atrapadas en tu pelo -
tu límpida mirada,
espejo de tu alma cristalina,
que irradia la bondad y la pureza;
tus labios encendidos,
que enmarcan blancura tan hermosa;
tu sonrisa amplia y generosa
- surtidor de alegrías y de dulzura -
tus manos finas
- delicada expresión
de afecto y de ternura-.

Cierro mis ojos
para hallarte en mis ensueños.

!Que plácida es mi vida
en tu presencia!
Imaginar tu amor
rendido a mi cariño.

En mi sueño tiemblo al abrazo
de tu cuerpo cálido,
en tu pecho reclinado siento,
el cadencioso palpitar
del corazón enamorado,
a tu oído musito
los versos más hermosos,
entrelazo tus manos con mis manos
y ellas atrapan los dones de Cupido,
imagino besarte con dulzura,
y entregarte mi ser
en la más tierna caricia,

Irresistible atracción
que sueña lo imposible,
locura de un pecho delirante,
momentáneo extravío
de una razón que sabe
que no dirás nunca...
te quiero.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")

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MARTHICA

Brilló a mis ojos tu ser
desde el primer instante,
y en tu encanto
mis sentidos se perdieron.

Y refulgió la dulzura en tu mirada
y doblegó mi corazón...
sin esperanzas.

Tomó entonces la placidez tu nombre
y tu imagen dominó mis sueños,
y mía creí esa onírica ilusión,
y el encendido rubí de tu sonrisa,
y el brillante azabache de tu pelo,
y la ternura que en tu ser irradia
el fino tejido de tu alma.

Embriagó tu existencia mi existencia,
y mis penumbras,
a tu luz desvanecieron,
y exhaló cada suspiro
un nombre amado:
Marthica,
constante evocación
de un dulce pensamiento.

¡Oh ilusión fugaz por la realidad estremecida!
¡Oh parpadear del amor,
que en un instante se graba para siempre!
¡Oh anhelo imposible,
que busca consuelo en tu mirada!


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)

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TUS ROSAS AMARILLAS

Nunca reparé en tu ser,
tantas veces a mi vista indiferente;
nunca imaginé tus pétalos al viento,
ni tus hojas cargadas de rocío,
ni tu flor entumecida al alba
y sedienta al sol del mediodía.

Sabía de la pasión
de tus flores encendidas
y el simbólico dolor de tus espinas.
Hoy sé que existen tus flores amarillas,
las que conmueven al ser
que anida en mis ensueños,
las que su corazón alegran,
las que me deparan
una mirada tierna,
las que la más bella sonrisa
me regalan,
por las que alcanzo a imaginar
una caricia.

Porque tú las prefieres,
yo las quiero,
rosas amarillas,
testigos,
cómplices de mis afectos,
símbolo de mi perenne sentimiento.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)


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martes, 5 de febrero de 2008

CARTA VII: EL LIBRE ALBEDRÍO EN EL AMOR NO EXISTE. A MI VIDA TE DOY LA BIENVENIDA

Junio 15

Mi muy querida Paola:

Si dueños fuéramos de nuestros sentimientos no nos impondría el destino amores agobiantes. Amores condenados al fracaso, que acaban cuando más los ponderamos o que a pesar del daño que causan no se extinguen, y en la razón fundáramos la elección de la pareja eterna. Pero es el corazón, para bien o para mal, la cuna de todos los afectos: tormentosos, plácidos, intemperantes, tiernos, agresivos, esclavizantes, libres, quiméricos, reales.

Había conocido mi vida el desamor y amores imposibles, cuando la luz de tu mirada encendió en mi alma nuevas ilusiones. No pude mantenerme incólume a ese sentimiento cuando más voluntad me sobraba para resistirlo. La bondad de tus ojos transmutó la libidinosidad que me acercó a tu cuerpo. Del deseo de un esparcimiento pasajero, pasé a la añoranza de un sentimiento duradero. Tras deleitarme con tus formas he empezado a disfrutar tu alma. Todo se ha vuelto dulzura, una auténtica caricia, la añorada en mi desesperanza.

Hoy intuyo que eres una hermosa realidad, idéntica al paradigma que ronda mis ensueños.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")


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CARTA VI: COMIENZO A CREER QUE ENCAJAS EN MIS SUEÑOS

Junio 13

Querida amiga:

En la adolescencia conocí el amor y forjé con él las fantasías más bellas. Tuve amores platónicos, idealizados, que imaginaron a la mujer perfecta, poema puro, exquisita en sus formas y virtudes. ¡Vana ilusión! La realidad es otra. Pero terco mi espíritu, persistió en sus anhelos juveniles. En un extravío que no se agota porque revive tras cada desengaño. Todo por una visión inigualable, tan espectral, que conozco de sobra sus virtudes, pero nada sé de sus facciones. Ella es bella, estoy seguro, también es tierna, dulce, comprensible, amante y tolerante. Pero no me preguntes si es alta o si es delgada, si es un trigal su pelo, si hay carmesí en sus labios, si está cautivo en sus ojos el negro profundo de la noche. No idealizo su aspecto, apenas sus virtudes. No sé de su semblante, desconozco las líneas de su cuerpo, ignoro hasta su nombre. Anhelo una imagen real y un nombre verdadero. Un cuerpo cierto para el formidable espíritu que busco.

En cada silueta de mujer una ilusión florece. En aquellos pasos que se acercan, en la suave voz que me contesta, en un dorso cubierto de cabello hasta los hombros, en una figura estilizada, deposita mi ensueño una esperanza. Casi siempre sufro la frustración de no encontrarla. Y cuando creo que es ella, me resulta esquiva.

Tal vez soy un quijote irredimible, soñador empedernido de imposibles. Procuro actuar como hombre libre, mas no puedo negar mis ataduras. ¿Si con el matrimonio sueña la mujer, con unos hijos y una relación sin sobresaltos, podrá existir aquélla que apenas en mi afecto se interese? Hasta conocerte, del no rotundo estaba convencido. Desde entonces creo que yo encajo en tus proyectos como tú en los míos

Hoy dice mi corazón que un alto en mi búsqueda resulta conveniente. Que en ti pueden hacerse realidad mis sueños, que tus virtudes son las que mi alma anhela, y si hay defectos, ellas los ocultan. Tu temperamento afín al mío, puede ser el anuncio de una vida plena, de un lazo indestructible. De un vínculo que desborde las ataduras de papel con que la sociedad conforma las parejas.


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Cartas a una amante")

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DEL OSCURANTISMO AL CONOCIMIENTO DE LAS ENFERMEDADES INFECCIOSAS - ÍNDICE

Introducción
Antiguos conceptos sobre la enfermedad - La teoría de los humores
La generación espontánea o abiogénesis
El concepto de contagio y el aislamiento de los microorganismos - Robert Koch - El carbunco
Cronología del descubrimiento de los agentes etiológicos de las enfermedades
Pasteur - La fermentación y la putrefacción
La cirugía en el tratamiento de las infecciones - Los abscesos
La peste
La sífilis
La tuberculosis
El cólera
La sepsis puerperal
El microscopio
Las vacunas: la viruela
Las vacunas: La rabia y el carbunco
Joseph Lister - La antisepsia
La asepsia:
xDe las antiguas salas de cirugía al quirófano moderno
xLas complicaciones infecciosas quirúrgicas
Los guantes de cirugía
La esterilización
La quimioterapia
La penicilina
Cronología de la aparición de los antimicrobianos
La inmunidad - Antitoxinas, fagocitos y anticuerpos
Los virus
La higiene pública
Epílogo

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EPISTOLARIO PERIODÍSTICO Y OTROS ESCRITOS - ÍNDICE

Prólogo
El mundo actual y los valores terrenales
Nuestra Policia Nacional
Paz en la tumba del caudillo
Los pioneros de la transfusión intrauterina en Colombia
Fuerza sórdida
El coraje ejemplar de El Espectador
No al aborto
Pulso firme
Las banderas victoriosas de Galán
Defensa de un ministro valeroso
Sin futuro
¿Sobran las normas de tránsito?
!Atrás la cobardia!
A mis jóvenes colegas
Una asamblea constituyente rendida al narcotráfico
Las declaraciones vergonzosas de un ex procurador
La crítica de arte como agravio
El engañoso sometimiento a la justicia
Un equívoco sentido de humanidad
Equivocación
El ministerio de salud en manos ajenas
Una justicia acomodada
Nuestro tránsito caótico
Las vicisitudes del quehacer médico
El fallo de la Corte, un fallo peligroso
La lección del hospital de Kennedy
Hacia la rectificación de las políticas en salud
Renuncia y no paro
Medicina, ¿apostolado o sacrificio?
Los derechos del médico
Una secretaría ineficiente
El triste calvario de la salud en Colombia
¿A quien le preocupa la salud?
Seudomoralistas
Un médico ejemplar
Alvaro Gómez
Entre la lealtad y la verdad
La pena de muerte
Megalomanía de una descertificación
Recordando un centenario
Reflexión sobre el proceso 8000
El iniciador de la entomología en Colombia
En defensa de un periodismo imparcial
La entomología y el doctor Murillo Quinche
Adversidades de la ley 100
En la conmemoracion del centenario del natalico de Luis María Murillo Quinche, iniciador de la entomología en Colombia
El jucio al presidente Samper
El sexagésimo aniversario de la Academia Colombiana de Ciencias
La actitud de Humberto de la Calle
Descubridores de la anestesia
El voto obligatorio
Don Guillermo Cano
La primera anestesia obstétrica
El extravío de los poderes
Un atentado contra nuestros símbolos
Los militares sí deben opinar
La eutanasia
La pensión prematura
El afrentoso retiro del general Bedoya
Los cambios en El Espectador
Una monarquía inexpresiva
Otro ardid del ex presidente López
Administración Samper, balance dramático
Los afectos virtuales
El matrimonio: una crisis de siempre
El infierno y la conducta humana
Calidad total y deshumanización total


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DEL AMOR, DE LA RAZÓN Y LOS SENTIDOS - ÍNDICE

Prólogo 1a. edición
Prólogo 2a. edición

DEL AMOR


¿Del amor que dicha he conocido?
Amor inalcanzable
Porque llegaste
Ensoñación
Obsesión
Nostalgia
El verdadero amor no lo conoces
Mujer
Recuerdo de un delirio
Agonía
He visto el desdén en tu mirada
Amistad eterna
Solamente nací para soñarte
Pienso en ti

DE LA RAZON

Absurdo
En los umbrales de la muerte
Fatalidad
Parábola de la vida humana
Las manos
Busco en vano el sentido de la vida

DE LOS SENTIDOS

Atardecer
Las nubes
Evocación marina
A la sombra del árbol de la estancia
En las alturas
Mi paso por San Gil

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POEMAS DE AMOR Y AUSENCIA - ÍNDICE

Prólogo
Tu sonrisa
Cuando a mi lado estás
Tu tristeza
Sentimiento eterno
Imagen del amor
Tus rosas amarillas
Marthica
Nostalgia
Soledad insondable
Anhelo imposible
Una tarde de añoranza
Cartagena ausente
Cartagena idílica
Intimidad
Amo
Siempre te voy a amar
Tu ausencia
Soy
Despedida
Ausencia


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sábado, 2 de febrero de 2008

LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD Y LO CORRECTO

José tenía una personalidad compleja y los desprevenidos descubrían confusos contrastes en sus actitudes. A simple vista sus posturas iban en contravía unas de otras; pero existía un hilo conductor dado por dos principios: bondad y libertad, en los que fundamentaba su razonamiento y sus acciones. El resultado de su interacción era una postura filosófica que preservaba la vida privada de toda intromisión, que reclamaba la máxima libertad para la vida intima y que recalcaba para la vida en sociedad las exigencias éticas. Demandaba la represión decidida del comportamiento antisocial, pero criticaba a la autoridad intransigente. De esa manera podían interpretarlo mal quienes desconocían todo el contexto. Los conservadores despistados, por ejemplo, lo veían radical y libertino; y reaccionario y derechista las mentes liberales. Sus contradicciones tenían la complejidad propia de la mente humana, acrecentada por la hondura de su pensamiento.
«Como buen pragmático –decía Federico Castañeda– José practica la mesura en público y en la privacidad la holgura. Es un ecléctico que abreva en todas las ideologías, pero en conjunto todas las rechaza. En él pesa tanto su condescendencia como su obstinación». Esa era una buena aproximación a su personalidad, que José ponderaba por coincidir en buena medida con la imagen que él había construido de sí mismo.
«Mis puntos de vista –aseguraba– a nadie obligan. ¿Cómo podrían hacerlo si siempre he odiado las imposiciones? Más que convencer, comparto mi visión del mundo. No espero que el influjo de mi pensamiento cambie a tantos su estilo de vida y sus costumbres». Así hacía sentir su mansedumbre, sin desmedro de su pensamiento audaz y sus férreas convicciones. Y se ufanaba de no matricularse con ninguna ideología. «Tendría que ser dogmático y demasiado simple. La libertad, la justicia y la bondad, como hecho abstracto, son lo único predecible en mi doctrina, pues en ellas fundamento todas mis razones».
La moda, la uniformidad, le fastidiaban. Odiaba que los hombres siguieran la corriente. Pensaba que cada cual debía ser el autor de su filosofía y el dueño de sus propias concepciones. En esa búsqueda solía descubrir con presunción que algunas corrientes compartían sus planteamientos, cual si fueran ellas las que le dieran la razón, y no al contrario, porque primero habían sido producto de su mente y tiempo después un hallazgo en sus lecturas. Como en un déjà vu podía sorprenderse de que otros hubieran escrito casi lo mismo que su razón conjeturaba. Original o no, su pensamiento de complejos contrastes contenía retazos de múltiples tendencias. Su faz autoritaria provenía de su anhelo de enfrentar con rigor el instinto dañino del hombre y el delito. La defensa del capital y de la propiedad privada, la libre empresa como motor de desarrollo, y el comercio sin fronteras, lo hacían compartir con la derecha; ni qué decir su aversión al comunismo. Su inclinación a las causas sociales y su consideración con los pobres lo compenetraban con cierto socialismo. Fustigaba la injusticia social y la explotación del trabajador, pero no comulgaba con las organizaciones sindicales, rebajadas en su verdadera misión y convertidas en intransigentes antagonistas de empresas y patronos. Resaltaba la actividad comunitaria, pero se ofuscaba con el colectivismo por anular la individualidad que él adoraba. Defendía la familia, por los hijos, pero arremetía contra el matrimonio, por los cónyuges. Era pragmático, pero idealista en ocasiones. Era rebelde contra la normatividad rígida y excesiva, y enérgico contra la anarquía. Era sumiso a las buenas maneras, pero insurgente e incendiario ante las cohibiciones de la libertad. Su vida tendía al centro, pero no siempre como expresión de criterios moderados, sino como sumatoria de todos sus extremos.
Otro contraste lo marcaba su relación con las mujeres. Con intensidad las deseaba pero con cautela las trataba. «Procedo con ellas con aprensión porque soy testigo de lo volubles que son sus sentimientos. No sé en que momento conviertan en acoso sexual un galanteo; en que instante truequen el amor por odio. [...] La mujer burlada es brutal, más que sufrir hiere. Cuando presiente que ha salido de sus manos el hombre que creyó de su inventario se convierte en el mayor instrumento de odio y de venganza. Ni el amor que sintió, ni el que le prodigaron la cohíbe de perpetrar las peores injusticias». «La mujer acosa y luego acusa», concluía Joaquín –otro de sus amigos–, convirtiendo el comentario en bufonada.
En sus escritos la humanidad era amada y condenada, el hombre querido y despreciado. No había contradicción en ello. Era su verbo que generalizaba por costumbre. Unos, podían ser para su pluma todos, y un defecto encarnar por completo a una persona. Hubiérase dedicado a enaltecer lo bueno, si no hubiera encontrado para criticar tanta perfidia. Por censurar lo malo olvidó el elogio de lo meritorio. Conocía los extremos del proceder humano, nada lo sorprendía. «Nada me escandaliza, bueno o malo, del hombre no me aterra nada».
Lo enojaba la esclavitud del hombre, preso de rutinas que juzgaba obstáculos a la felicidad; y lo desalentaba el envilecimiento de sus sentimientos, capaz de gozar con el dolor ajeno, de atormentar y matar sin inmutarse.
Para José el bien y el mal que parecían tan absolutos eran tan equívocos como engañosos. «De buena o mala fe cualquiera se equivoca. Pasa por bueno lo que al hombre le interesa que parezca bueno como lo que realmente lo es. Un mismo hecho es calificado de forma diferente dependiendo del ojo que lo escruta».
Esa dificultad del hombre al discernir le servía para molestar a Javier, su amigo sacerdote, apegado a valores absolutos. «¿Cuántos santos pueden estar en el infierno?», con ironía le preguntaba. Porque si en identificar la santidad, cima de la bondad y suma de cualidades visibles fácilmente, se equivoca el hombre, ¿qué podía aguardarse de las decisiones en verdad difíciles? Le sostenía que el santoral era tan humano como la humanidad, con todos sus vicios y virtudes, con toda su cordura y su locura. «Si son los hombres los que conceden el honor de los altares, cualquier cosa ha de esperarse: que conviertan en santos a los despeñados por el abismo del maniqueísmo, tras una vida de intolerancia y de condena; a los que hablaron del bien sin haberlo practicado; a seres místicos y alucinados; pero también a hombres definitivamente buenos; y a los que en hora venturosa convirtieron en bondad los dictados de su arrepentimiento. ¿Pero compartirá el Cielo los criterios de los hombres?»
Así como podía encender polémicas en los consenso, también era José capaz de concertar las diferencias. Lo intentaba en las controversias entre la realidad y el dogma, y en los litigios entre científicos y religiosos. De esta suerte escribía: «No encuentro la dificultad en armonizar con la ciencia la existencia de Dios. No es función de las disciplinas científicas negar a Dios, sino develar los misterios de su creación y las leyes que la rigen. Estimular la pugna entre esas dos nociones es producto de una necedad inconcebible. No es la ciencia la que niega a Dios, sino hombres que se envanecen con sus conocimientos». Sostenía que era una reyerta innecesaria, en la que probablemente fue la religión la que suscitó el enfrentamiento al perseguir a la ciencia, controvirtiendo sin sentido sus hallazgos y llevando a la hoguera a sus descubridores. «Que cada cual se ocupe de lo suyo. La naturaleza de Dios siempre desbordará a la ciencia, y la religión nunca podrá desentrañar las leyes de la naturaleza. ¡A Dios lo que es de Dios, y a la ciencia lo que le pertenece!».
En la búsqueda del equilibrio entre la libertad y la bondad residía para José el secreto de las acciones justas, pues creía que ambas sintetizaban intereses contrapuestos: los de la sociedad y los del individuo. Sentía que la libertad, que tanto amaba, encarnaba más la aspiración personal y egoísta, en tanto la bondad representaba la expresión filantrópica que moderaba los excesos de la libertad. Graduaba el bien y el mal (exceso o defecto de bondad), y establecía un «lindero nulo», especie de línea divisoria, indiferente. Las acciones más pérfidas estaban bajo ella, las nobles por encima. A su nivel ubicaba las acciones neutras, como llamaba a aquéllas en las que el individuo no procedía en perjuicio de sus semejantes, pero tampoco obraba inclinado por la filantropía. Allí también cabían las dependencias, la prostitución y las prácticas en las que el ser humano se convierte en la víctima de su comportamiento. Las denominaba el «daño consentido», que siempre lo enfrentó con los dogmáticos, que veían en el mal autoinfligido algo pecaminoso. Él siempre lo excusó, entendiéndolo como una manifestación soberana de la autonomía: «Acaso errada, pero soberana».
Y era en la autonomía, inmanente a la libertad, en la que sustentaba la preponderancia del discernimiento en la búsqueda del bien. El criterio del bien y el mal no debía según él ser impuesto por terceros, sino fruto de un examen personal. De ahí el choque con el fundamentalismo. Así escribía: «El bien es un absoluto inexpugnable para el hombre. Habrá de él tantos conceptos, como seres humanos sobre la faz del mundo». Descartando, por imposible, el conocimiento del bien absoluto, José forjó su propia concepción: en su proceder le dio prelación a la autonomía y a la bondad sobre los demás principios. A la ley le dejó los consensos mínimos sobre lo conveniente, o sea las normas mínimas para la convivencia; al individuo, la potestad para fijarse mayores exigencias. De tal manera que los deberes básicos eran obligatorios, pero los personales autoimpuestos. «El discernimiento de cada valor es la búsqueda de la verdad, indagación con frutos a la medida de cada ser humano».
José sostenía que en el mundo material la verdad es asequible. «Suele ser medible y demostrable, otro ocurre con la verdad moral y religiosa, y con todo aquello que cae en el campo de la espiritualidad. Por eso afirmo que la que llamamos verdad es un supuesto, una creencia, un acuerdo susceptible de cambiar. La verdad absoluta está vedada al hombre. La verdad humana es relativa, pero sin importar que coincida o no con el hecho real o irrefutable, ofrece tranquilidad al individuo porque le brinda en qué creer y le da razones para vivir en paz con su conciencia».
Así, la mente de José rondaba entre lo celestial y lo profano, entre lo frívolo y lo erudito. De tal suerte que lo lúbrico no era extraño a su cuerpo, ni a su mente. Era un tema propicio para polemizar, y ante todo, para poner a la humanidad en evidencia.
José tenía la certidumbre de que el hombre es en extremo carnal y lujurioso, pero se encubre tras un recato hipócrita forzado por los mandatos de la sociedad. Consideraba que el comportamiento instintivo del hombre no debía ser motivo de vergüenza, luego no debía ser causa de censura. «Pero siempre campea la doble moral, que pregona en público los valores que arrolla en forma clandestina». Buenas o malas, José deseaba todas las acciones a la luz del día. Por eso abominaba a los puritanos, a quienes acusaba de esconder tras de sus admoniciones la porquería de su conducta: «Tras de posturas extremas los seres humanos camuflan sus verdaderas ambiciones. El puritano es perverso porque su mente hace ver sucio el proceder de los demás, mientras enmascara el producto de sus bajos instintos en el hipócrita llamado a una pureza impracticable. La malicia no existiría si no se la hubieran inventado las mentes mojigatas».
Consciente o inconscientemente, José, cuyo ser destilaba deseos arrolladores que la mar de las veces languidecían abatidos por las barreras del seudomoralismo, buscaba una justificación irrebatible a sus sentimientos y a sus goces hedonistas, y la encontraba en las condenas que proferían los timoratos, que por reacción los encendían; y en la naturalidad con que dignos representantes de la humanidad consumaban comportamientos que a otros sonrojaban, en los que reconocía una expresión auténtica y provocadora que le satisfacía.
Veía al hombre como la conjunción de comportamientos de todo orden. Decía que podía ser tan religioso y ético como desenfrenado y hedonista, y se deleitaba repitiendo la afirmación de Picasso en que lo resumía: «Para nosotros los españoles, la vida es misa por la mañana, toros por la tarde y burdel por la noche». Pero José recalcaba que era aplicable a la humanidad entera. Y hacía de la frase un tríptico cubista, al estilo del malagueño, que sintetizaba la esencia de los hombres: Un perfil religioso y moral, un flanco entretenido y una firme vocación sexual. Pero agregaba una cuarta escena, que inspirada en el «Pensador» de Rodin, destacaba la tendencia intelectual del hombre. Y tirándole a los mojigatos la puerta en las narices, les refregaba la inspiración del arte y la literatura en los burdeles: «De allí salieron las “Señoritas de Avignon”, con que debutó el cubismo de Picasso; en esos sitios se encendió la creatividad de Lautrec, el retratista de la vida nocturna de Paris; y se iluminó la pluma del novelista Graham Green, escritor de la infidelidad y del pecado».


LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")

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